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22 de octubre de 2019

nimbolepsia

Primero los paraguas me parecieron cobardes, después me parecieron hermosos y después perdieron todo significado para mí. Lo importante de un paraguas, además de la firmeza de sus alambres y de la calidad de la tela, es que el mango sea de un material menos gélido que el resto de la estructura, para que cuando uno lo coja con la mano no sienta ascender el frío por sus huesos. Sin embargo, mi paraguas funcionaba al revés: el mango era de metal y la mano se dormía de frío casi al momento de tocarlo. El resto del artefacto era de madera, mucho más cálida que el hierro que yo tenía que tocar para sujetarlo apropiadamente.

Hablar conmigo mismo es un hábito que he perdido con el paso de los años perdidos, y junto con la desaparición de ese hábito otros muchos también se han esfumado, acabando por sumarse a la desintegración general de mi espíritu, que lleva ocurriendo durante el último lustro. Ininterrumpidamente y sin posibilidad de reflexión ni de reacción observo cómo van cayendo una tras otra aquellas cosas de las que yo me podía sentir orgulloso: hermosuras de las que me sentía partícipe, fiestas sutiles a las que yo estaba invitado. Ahora todas las hermosuras que se me cruzan resultan estar enfermas, incomunicadas o lejanamente arrebatadas. Mi responsabilidad es tan absoluta como mi impotencia. Hablar conmigo mismo es un vicio cadavérico que debo recuperar como primer paso de lo que nunca sucederá.

Empujar hacia el fondo de los astros, volver al regazo de la loca preciosa y humana, una vez vivo de nuevo arrastrarlos a todos tras de mí, apartarlos de mí, morir escondido tras haberlo descifrado todo salvo todo. Hacer pequeñas observaciones interminables, y sacar obviedades de quicio para que los locos se deleiten. 

Conecto de pronto con el significado de la palabra "patético". Me encuentro hundido comprendiendo torturas. Las almas de los torturados de pronto se abren ante mí: las observo cabizbajas, sobre todo sometidas y no sólo tristes, acostumbradas al abuso de poder sobre ellas: saben cuándo gemir, cuándo callar y saben cómo esconderse, pero aún no saben cómo ni cuándo morir. 

Me veo a mí mismo torturado. Torturado por quienes me torturan sin querer, por torturadores insignificantes y colosales. Torturado por la tortura genérica mientras los ángeles me olvidan.

El proceso natural por el cual los ángeles me olvidan se llama nimbolepsia.

Control de cinturones

Por L. N. M


Volvíamos de vuelta al coche estacionado en los subterráneos del edificio donde vivía mi abuela. Habíamos dejado a mi querida abuela sana y salva en su casa. Mi abuela que, a pesar de su edad, mantenía la cabeza lúcida y conservaba su sentido del humor, no obstante, cada vez estaba más sorda y ciega. Debido a un accidente transcurrido cuatro décadas atrás, mi abuela también presentaba serias dificultades de movilidad. Mi abuela siempre me ha dicho que la cruz de su vida eran sus huesos. Por este motivo, tras realizar cualquier operación con ella, el hecho de dejarla sana y salva en casa suponía todo un reto. Reto que, una vez superado, se convertía en la causa de nuestra alegría. Que mi abuela no tropezara resultaba algo francamente milagroso. Era como si en plena noche uno transitara sin recambios con su bicicleta por una carretera en mal estado y, en un momento dado, atravesara un tramo repleto de cristales. En ese instante, por más que uno sea diestro a la hora de conducir su bicicleta y efectúe con sorprendente habilidad toda clase de maniobras, el hecho de no pinchar la rueda y quedarse aislado en medio de esa carretera siniestra y solitaria; demuestra que todo en esta vida está sujeto a los designios del azar, escapando de esta forma a nuestra voluntad y entendimiento. Una vez montados en el coche, mi tío, mi tía y yo emprendimos el viaje de vuelta. Recuerdo que en ese momento todo era felicidad. Reíamos como locos montados en el coche. Yo en el asiento trasero del medio, con mis manos sobre los cabeceros de los asientos de la parte delantera, miraba a uno y otro lado sonriendo a mis tíos. “¡Que bien salió esta vez!”, dije. “¡Jamás estuve más contenta”! Repuso mi tía. “Cuando se superan con éxito las adversidades y los obstáculos que nos impone la vida, uno cobra consciencia de que es ahí mismo donde reside la felicidad”, añadió mi tío sujetando con ambas manos el volante. La puerta de la cochera se accionó a través del laser del mando a distancia que mi tío guardaba siempre en la guantera de su asiento. La luz resplandeciente del exterior nos cegó por completo durante unos segundos. Mi tío, conductor experimentado, apretó el embrague y metió la primera. Ascendimos por la rampa lentamente hasta que al fin alcanzamos la superficie. Todavía nuestros ojos no se habían acostumbrado a la claridad del día, cuando, justo de frente, un control de la guardia civil nos obligó a detenernos. Lo primero que escuchamos fue un estruendoso pitido de advertencia. El guardia, con el tricornio ceñido, se encaminó hacia el coche como un toro bravo. Era un hombre realmente esquelético y anormalmente alto. Vestía con su uniforme verde plomizo, y al caminar daba la impresión de que en cualquier momento sus piernas escuchimizadas podrían enredarse propiciando una trágica caída. El hecho de que los cuerpos caigan me parece un descubrimiento absolutamente devastador. Por eso yo siempre tengo mis objetos personales en el suelo, donde la fuerza potencial es mínima, y así siempre me prevengo de desgracias mayores. “¡Deténgase de inmediato!”, bramó el guardia. “¿Qué sucede, agente?”, preguntó alarmado mi tío. “¡Control de cinturones!”. Dando unos golpes con los nudillos de su raquítica mano derecha, el guardia ordenó a mi tío que bajara la ventanilla. Mi tío se apresuró a cumplir la orden, puesto que no deseaba en absoluto perturbar la paz y tranquilidad de los ciudadanos. Entonces el guardia introdujo su cabeza en el interior del vehículo, su cabeza que era como una calavera viviente. Apostó sus largos y finísimos dedos en el marco de la ventana e introdujo medio cuerpo. Olfateó el interior como un perro bien adiestrado, moviendo la nariz puntiaguda siguiendo el rastro del delito. Primero olfateó el cuello sudoroso de mi tío, que tenía los nervios a flor de piel. Después, adentrándose cada vez más, hasta prácticamente meter todo el cuerpo, recorrió con la nariz los sobacos de mi tía, igualmente sudados, aunque no por los nervios. Una vez transcurrida esta minuciosa inspección, dirigió su alargada nariz (cada vez parecía más alargada y puntiaguda) hacia el asiento trasero del medio. En mi vida había sentido tal violación de mi intimidad, tras la alegría pasada, ahora lo estaba pasando verdaderamente mal. Me lanzó una mirada cargada de malicia. La mirada de un cadáver viviente. Por más que tratara de reconocer en aquellos ojos achinados y chispeantes, del mismo color que el uniforme, algún rasgo que me permitiera identificar al guardia como un sujeto de la misma especie, lo cierto es que solo hallaba en ellos la fría inexpresividad de un muerto. “Ahjá”, escupió el guardia. “Lo que yo pensaba. Todos ustedes son unos malditos delincuentes”. Inesperadamente mi tía lanzó una carcajada. El guardia se viró inmediatamente hacia ella, pero ella seguía riendo y riendo, ostentando su dentadura podrida y a falta de algunos dientes. “¿Por qué dice usted eso, agente?”, preguntó mi tío, clavándole el codo a su hermana para que callara. “Ninguno lleva puesto el cinturón. Se trata de una falta gravísima que solo puede subsanarse con doscientos euros por cabeza”. “¿Doscientos euros?”, preguntó mi tío llevando las manos del volante a su despeinada cabeza. “Pero nosotros no tenemos tanto dinero, agente”. Mi tía volvió a irrumpir en carcajadas. Carcajadas que después se convirtieron en esputos. Esputos que terminaron en una tos carrasposa y flemática. “Pero eso es falso”, añadió mi tía una vez se hubo recobrado de la tos. “¿Cómo que falso? ¿Acaso se atreve usted a contradecir a la autoridad?”. “No es eso agente” continuó mi tía. “Por lo menos en mi caso, tengo que señalar que si llevo puesto el cinturón”. “Eso es radicalmente falso”, repuso azorado el guardia. “No si usted me deja explicarme”. El guardia volvió a introducir la cabeza en el coche y observó a mi tía incrédulo. “Entonces explíquese”, añadió un poco más sosegado. “Puede usted sentarse con nosotros” insinuó mi tío. “Sí, aquí en la parte de atrás. Mi sobrino le hará un sitio”. “Agente”, dijo mi tía, “¿le importa si me fumo un cigarro?”. El guardia asintió, y acto seguido, se metió dentro del coche por la ventanilla. Primero se apoyó sobre mi tío, que se revolvió incómodo en el asiento, aunque manteniendo siempre la compostura. A continuación, gateó el guardia como pudo hasta alcanzar la parte trasera. Yo me orillé a un extremo y dejé que se sentara en el medio. Mi tía se giró hacia el guardia y ofreció a todos los ocupantes unos cigarrillos. Mientras fumábamos descosidamente desde nuestras respectivas posiciones y el auto comenzaba a llenarse rápidamente de humo, mi tía comenzó a explayarse en los siguientes términos: “Lo que sucede, agente, es que llevamos puesto el cinturón, pero usted no lo ve porque nuestros cinturones son invisibles”. Arqueando una ceja: “¿Invisibles?”. “Completamente invisibles, agente”. “Comprendo”, dijo el agente un tanto sorprendido. “Pero yo jamás había oído hablar de este tipo de cinturones”. “¿Le suena a usted la cerveza artesana invisible?, preguntó mi tía. “Me temo que no”, añadió el agente cabizbajo. “Bueno, lo cierto es que me la trae al pairo”, prosiguió mi tía. “Verá usted, antes se vendía una cerveza aquí, en nuestra hermosa ciudad, que se llamaba Mangurrina. “¿Artesana también?”, preguntó intrigado mi tío. “Tan, o incluso más artesana que la invisible”. En ese momento, la densidad del humo era tal que ya no podíamos ver nuestros rostros. “¿A dónde quiere usted llegar?”. “Muy simple. Pero antes de continuar, me gustaría preguntarle si usted sabe qué quiere decir Mangurrina. Es más, si usted llega a comprender la importancia del hecho de que, a nosotros, los cacereños, nos llamen mangurrinos”. Todos permanecimos en silencio. “Ya veo que ninguno tiene ni idea. Pues bien, la Mangurrina es, por así decirlo, el sombrerito de la bellota. Esta es la razón por la cual los de Badajoz nos llaman mangurrinos. No es nada malo, créame, agente. No hay nada de malo en ello. Se trata únicamente de un problema geográfico”. “Ya entiendo”, contestó el guardia. “Por las mismas razones llamamos nosotros belloteros a los de Badajoz. Bien. Agente, ¿piensa usted multarnos ahora? ¿ahora que ya conoce toda la verdad?”. “No sé qué decirle, señora, su historia me ha impresionado mucho”. “Piense bien en todo lo que ha dicho mi hermana, agente”. “¡Oh, que carai! Supongo que su hermana tiene razón. Que toda esta disputa está fuera de lugar. El mundo es un lugar muy extraño. Cuando uno es guardia civil…”, el guardia suspiró, “uno ve demasiadas cosas. Cosas horribles. Cosas que ni si quiera podéis imaginar”. En ese momento, agobiado por el humo (creo que agobiados estábamos todos), mi tío abrió la ventanilla y el humo se fue disipando. “Está bien. Voy a dejaros marchar. Nada de esto tiene sentido si efectivamente los cinturones son invisibles, y creedme que ahora estoy convencido de que lo son”. “Muchas gracias agente”, agregó mi tío lanzándole una sonrisa, “ha sido un placer conocerle”. Mi tío volvió a poner las manos sobre el volante. De nuevo nos sentíamos felices.

8 de octubre de 2019

Svegliati

Despertar por la mañana con las manos firmemente agarradas a mi propio cuello en posición de estrangulamiento. Sudando, levantarme y sentir en mis pestañas el peso de las gotas de sudor justo antes de que caigan. A pasos lentos y curvos dirigirme arrepentido a lugares calcinados, comprobar por fin que no existe una metafísica de la debilidad: que no hay épica del apagamiento, sólo añicos que aún dispersándose se buscan los unos a los otros, y el cáncer adornando mi cuerpo y las palabras adornando mi cáncer.

Despertar lejos de lamentarme, salir de casa pronto y subir a un tren presa de las ideas oscilantes, extender las palmas de las manos hacia arriba para que la luz del día las vigile. Siento que la sangre empuja hacia fuera de mi cuerpo. Si no pongo remedio en seguida seré capaz de inventar algo cobarde para que el día pase: un plan impulsivo, un juego amorfo, la apariencia de un secreto. A veces me prometo a mí mismo que voy a hacer alguna barbaridad y después hago algo muy hermoso, y también suele suceder justamente lo contrario.

Descartado por el sueño despertar y saltar dentro de un tren lleno de gente. En el vagón un hombre bromea y nosotros lo rodeamos: algunos parecen conocer a ese hombre y otros no. Todos escuchamos lo que está diciendo. Bromea sobre su relación con las mujeres o algo parecido. Dice "soy policélibe. Nunca he estado con una mujer en toda mi vida. Pero también es cierto que no me he acostado con muchas mujeres. ¡Si supiérais la de mujeres con las que no me acuesto cada día!" Lo dice como si no acostarse con esas mujeres fuera algo en sí mismo. Y yo, sin poder contenerme, rujo susurrando: "¿Y qué tal les sienta que no te acuestes con ellas?" Me mira deleitándose con las posibles respuestas y al final elige avisarme: "¡si tú  supieras con qué me acuesto yo...!"

Despertar literalmente y esperar que llegue la noche, pasar todas las horas de luz circulando en el estómago de los gusanos autómatas. En el metro una joven de aspecto financiero escoge sentarse frente a mí. Creo que finge hablar por teléfono (aunque sí habla con alguien, pues del teléfono sale una voz como si rascaran algo arrítmicamente). Su ropa es vistosa pero autosuficiente. No sé el nombre de ninguno de los colores de su ropa pero sí sé que lleva la indumentaria propia del mundo de los negocios. Me sigue pareciendo que miente porque de cuando en cuando me clava la mirada mientras habla. Una de las veces ha sonreído. Entonces creo que sus intereses se encubren unos a otros y que en ese momento yo ocupo algún lugar en algún punto recóndito de sus deseos. Habla bien, con elegancia e inseguridad bienintencionadas. Me gustaría preguntarle cuánto dinero tiene, cuánto dinero gana, y si es cierto que los mercados son tan trepidantes: gente follando con prisa en los ascensores, gente follando mientras piensa en apostar, gente apostando mientras piensa en follar, pantallas inundando salas, tecnicismos, cocaína, los relieves impredecibles de los gráficos, adivinos deprimidos...

También quise haberle preguntado quién era la persona más mala que había conocido.

Cuando sea luna llena regresaré al bosque donde mis fantasías se criaron. La oscuridad transparente del bosque y sobre mi cabeza los desiertos verticales. Me veo a mí mismo avanzando entre las ramas acompañado de un fantasma humano, una figura con una estela gris y brillante. Yo soy la sombra de quien lo acompañó. Sigo enamorado del fantasma con toda la fuerza de mi incomprensión. He sobredimensionado lo que me aterra hasta inutilizar mi amígdala cerebral: ya no sé cuándo siento miedo. Sé que estoy profundamente equivocado y que allí donde antes había suerte ahora hay vacío, no vacío sin entrañas sino rodeado de nada, y no hay paz posible ni lucha tampoco.


5 de octubre de 2019

Diarios

         No soy capaz de dirigirme la palabra a mí mismo cuando me doy cuenta de todo el daño que he causado. Por eso siempre estoy en silencio. Aunque en mi cabeza sólo haya ruido seco de gritos asfixiados con mi propio puño. Y cuando pienso en mi madre, cuando realmente pienso en esa mujer, me entra una angustia tan terrible que me hace desear matarme. Una angustia que me devora por completo, como si estuvieran a punto de clavarme un arpón en el estómago, muy despacio, casi haciéndome el amor. Pero sólo sería una muerte sin más, nada espectacular. Y cuando pienso en mi padre me dan ganas de cambiar mi vida por la suya, para que le saque algo más de provecho. Es decir, matarme.

          Escucho música animada en el salón mientras mi padre duerme asustado por los gritos y los putos muebles que he roto hace unas horas. En realidad yo sólo quería bailar. Pero yo no puedo dormir porque soy culpable. Me fumo un cigarrillo con auténtica soberbia, como si fuera lo único elegante de mi vida. Fingiendo que lo fumo cara al público, en un alarde de sobrestimación. Y salgo por las noches en busca de viejos maricones para que me follen porque no tengo alma, porque estoy vacío, porque sólo busco saciar mi apetito humano. No tengo interés en ninguna mujer porque ninguna mujer es como mi madre. Ni tampoco tengo interés en ninguna muchacha porque ninguna muchacha es como mi hermana. Y no tengo ningún interés en ningún muchacho porque ningún muchacho es como Vorj.

          Odio tanto las manchas de mis dientes, las puto odio, son negras, horribles, como si fueran susurradores de mis vicios. Debería coger un alicate y arrancarme los dientes malos, como deberían arrancarme a mí de esta familia. Mi padre ha decidido deprimido irse a dormir a las 7 de la tarde porque no soporta verme sentado en el sofá destrozado. Luego he ido a espiarle con la sonrisita típica de enajenado mental, y lo he visto muy serio y muy triste intentando quedarse dormido. Entonces he entendido que tenía miedo y que no podía mirarme a la cara. Me he puesto muy mal, he cogido una chaqueta y he salido a la calle a gritar y pegarme con las farolas. Pero con la mano abierta, como si le diera bofetones a mi madre, que pegarle con los nudillos duele demasiado.

          Estoy en la casa de mi madre, ella con sus buenos deseos me dice que ha preparado pescado empanado para mí, que hace frío, mucho viento, que lo vamos a pasar bien. Pero entonces yo decido comportarme como un cretino, le miro a los ojos con odio y le reprocho mil estupideces que ha cometido; y sí, es cierto que mi madre me violó la mente con pocos años, que me pegaba, insultaba y todas esas delicias maternales; pero tampoco era tan mala madre. Y, sin ningún tipo de pudor piso y meo encima de sus buenos deseos, pero ella está cansada, me entran ganas de llorar, me estrangula con la mirada, pero estoy tan acostumbrado a ser una auténtica mierda que me da igual, me trago el llanto y miro con rostro serio, con los ojos de un loco. Enciendo un cigarrillo y le pregunto arrogante si se va a poner a llorar como la puta maricona que es. Entonces mi madre pone gesto de incredulidad, curva la boca y empieza a sollozar. Me pregunta que por qué le hago tanto daño, le digo que uno cosecha lo que siembra. Su llanto empieza a aumentar, pero no te confundas, yo también estoy llorando contigo, al menos no estás sola en eso.

         De vez en cuando me da por pensar en mi madre, y es ahí cuando no puedo más con mi culpa, y me entran ganas de matarme. Justo como ahora. Ahora mismo es un momento increíble para matarse. Porque no puedo con la culpa. Después pienso con terrible dolor en un niño de cuatro años siendo abofeteado, gritado, insultado tanto hasta que su mente no es suya. En mí con cuatro años encerrado como castigo improvisado en el salón, vomitándome encima del pánico que me daba estar solo, y a mi madre regresando, de su paseo espiritual, dejándose llevar por su amor gritándome que me trague mi propio vómito. Me veo a mí mismo y me entran aún más ganas de llorar. No me lo creo, pero qué marica soy. Y mientras le mantengo la mirada a ese niño él me mira todavía con más firmeza e intento apartar la mirada, pero me persigue. Me arrancaría los ojos. Pienso un poco más en mi madre, en su cansancio, en sus te quiero agónicos, casi desmayándose por su propia culpa, y me entran muchísimas ganas de fumar. Me pregunto casi derrotado, ¿por qué le doy guerra a una anciana cuando lo único que suplica es paz?

          Después estoy en el coche de mi padre rumbo a casa llorando porque mi madre me ha usado otra vez, quejándome mientras él me tranquiliza, sin dormir tres días, aprovecho para pedirle perdón por gritarle y montar un escándalo el otro día, pone gesto de auténtico asco al verme la cara, al verme pronunciar esas palabras: –ya hablaremos de eso Sergio. Me quedo frío, soy asqueroso.

          Le digo a mi hermana que tenemos que hablar que es hora de que volvamos a hablarnos, que ha pasado mucho tiempo y me dice que no tiene nada qué decirme, que soy su hermano pero que tampoco lo soy tanto. Le pido, casi suplicando, si puedo, con las pocas monedas que me quedan de un trabajo que conseguí invitarla a tomar algo y me mira a los ojos, a los ojos de su hermano, y dice que no lo cree. Siento rabia dolor y tristeza. Le miro a los ojos, le pregunto si habla en serio, dice que sí, que no quiere saber nada de mí. Le digo que se lo piense, por favor… Entonces voy a mi cuarto me muerdo un nudillo para no armar escándalo mordiéndome a mí mismo el puto cuello como un depredador, me desvisto cojo una toalla y me ducho. Me pongo guapo, le digo que estoy listo, que si se lo ha pensando mejor que si vamos a tomar algo… Me mira con la misma mirada con la que miro a mi madre. Y finalmente me dice que va a salir con papá, que van a salir ellos dos solos, que no estoy invitado.

         Luego pienso que en realidad le debo haber hecho mucho daño para que me odie de esa manera. Le digo que muy bien, con delicadeza, que lo pasen bien. Mi padre no dice nada, en el fondo sabe que me lo merezco. Le digo a mi padre que se acerque y le susurro: lárgate de una puta vez de mi puta casa. Cierran la puerta y empiezo a chillar histérico, a llorar rabioso a reventar la nevera a cabezazos a patalear, a escupir a maldecir, a llorar solo en la casa hasta que las cosas se calmen. Yo no quería ser así, mi madre me ama, mi padre no puede mirarme a la cara, mi hermana no quiere saber nada de mí. Me llama por teléfono un pobre infeliz para salir a fumar porros. Le digo que sí, que nos vemos en la plaza, llego, me pregunta cómo estoy y le digo que bien. Fumamos hasta que nos entra hambre, le digo que vayamos a mi casa a comer. Abro la puerta y mi padre y mi hermana están allí, no los saludo, vamos directos a la cocina, preparo algo para comer y engullimos. Después le digo que simplemente se vaya. Más tarde, varias horas más tarde recibo un mensaje de un desconocido, le digo que sí, que voy a su casa, y mientras me folla pienso en mi madre, el tipo jadea, gime y se vuelve rojo e inmenso, mientras mi madre llora. Su polla gorda destroza mi culo y pienso que me merezco todo eso. Tengo ganas de matarme mientras me dejo violar, pero con indiferencia le pregunto si se va a correr dentro o en mi cara. Luego le digo que necesito quince pavos para el taxi, me da un billete de diez y me largo.



3 de octubre de 2019

Calor


        En los fogones de la cocina una criatura se retuerce entre chillidos húmedos. Hace un día agresivo y caluroso. Parece que todas las flores del cementerio se han marchitado. Cansado y sonámbulo continúa en los fuegos con su labor, trocear y condimentar, aumentar el fuego, añadir más agua… etcétera. Mientras de su frente fe brotan gordas gotas de sudor amargo y amarillento. Sin levantar la mirada del fuego trocea y trocea, con el pulso firme. Hipnotizado por el sonido afilado de la maza.

       Luego recuerda que le falta añadir sal al mejunje. Abre uno de los cajones de la cocina, saca un frasco de cristal con sal y continúa con el caldo. Algunas cucarachas escapan por los ángulos del cajón. Poco a poco empieza a darse cuenta de que su mente no está bien. Pequeños detalles le muestran que ha cometido un error. Entra en un bucle de paranoias absurdas, pero no tiene miedo, está acostumbrado al mismo ritmo angustioso de existir.

       No se preocupa demasiado por las alarmas que ve porque él tiene hambre, y su apetito es voraz. Tampoco es la primera vez que cocina. Piensa que es hora de darle de comer al perro, y le dará de comer un delicioso caldo casero. Llama al perro con un silbido, pero el perro no responde. Luego con una risa tonta se despierta de su ensueño. Recuerda los ladridos, los arañazos y mordidas, la yugular, la sangre;... el festín. Cierra un ojo y se pasa la mano por la cabeza.
Con burla, –Tarde o temprano habrá que hacerse vegetariano.

       A lo lejos el sol calcina toda piel humana que reconoce. Las nubes huyen del cielo y el sol parece que está ardiendo en absoluto y rojo odio. Desde el cristal de la ventana se ve a un señor medio calvo y barrigón empapado en sangre cocinando un animal vivo. Pero por supuesto que es su más sagrada intimidad.

     Con un plato de sopa en la mano enciende la televisión y marca un canal infantil. Empieza a mordisquear los huesos del animal que tiene en la sopa. Ni siquiera recuerda su nombre. Luego es momento de la canción infantil, la tararea alegre y satisfecho. La soledad es extraña se dice a sí mismo. Y después, para no perder la costumbre, acaricia a un perro fantasma.

15 de septiembre de 2019

Esa princesa me ha vuelto marica

¡Recórcholis!
¡qué marica soy!

Capítulo único
***

             Si soy honesto no recuerdo con disgusto cuando le hice una paja a un chico con parálisis, ni tampoco me humilló que se corriera en mi boca. Aunque el sabor casi me hace vomitar (no me gusta ese aroma), pero supongo que en realidad eso es asunto mío. Y aunque es cierto también que me lo tragué todo sólo por hacerle feliz, pensé en todo momento que nadie en la vida haría jamás algo así por él. Nadie se traga la corrida de un puto paralítico en silla de ruedas. No es que me gustaran los hombres, es sólo que entendía que sólo éramos carne. Además ese pobre muchacho estaba muy caliente y en cierto modo entendí que yo tenía una responsabilidad con él. La conversación había escalado sobre mí y tenía que cumplir una labor: además tampoco soy un sucio calientapollas.

       Me inicié en estas labores entre chicos gracias a una princesa que me había vuelto muy marica. Pero sólo era marica con él (bastante de hecho), el resto del tiempo era un auténtico macho: o al menos eso quería creer. Qué puedo decir de mí: soy talentoso para muchas cosas, arrogante en otras. Cínico hasta la muerte. Y tengo el mismo talento para apuñalar con los ojos. Aquel muchacho discapacitado había vivido emociones muy fuertes conmigo, aunque también era cierto que llevábamos máscaras y artefactos por la época y el momento en el que nos encontrábamos: no éramos completamente nosotros. Pero nada de esto era demasiado espectacular. Nunca me imaginé que todo acabaría así, el chico de la media cara, de la media espalda, de la media polla; etcétera: etcétera: etcétera. Hasta la nausea. Una princesa triste y deprimida, alguien muerto, quizás veinte, y alguien irrisoriamente en silla de ruedas. Un fetiche extraño.

          Yo sólo podía ofrecerle un falso espejismo de placer y comprensión. En el fondo yo sabía que él sólo quería un poco de amor. No me sentía especialmente sucio por todo esto, sino que yo era realmente una persona sucia. Pero me gustaba jugar a arriesgarlo todo en este mundo. Las máscaras nos distorsionaban las facciones y parecíamos de plástico. Éramos criaturas muy hermosas pero también muy sufridas. Todo el mundo quería aparentar o ser otro. Ser una farsa, mentir, exagerar, buscar atención. Aquí todos éramos putas de la atención. Y la verdad es que todo este asunto era terriblemente patético y devastador. A mí, en particular, me deprimía muchísimo.


Capítulo falso
***
          Después de subirme los pantalones y con el imbécil satisfecho me dijo que yo era una slut cum y fue entonces cuando me di cuenta que habían abusado de mí. Que se habían aprovechado de mí porque no merecía esas palabras, porque no era sólo eso, porque era mucho más que sólo carne. Entendí lo que sentían muchas chicas. El ser usadas por algún arrogante hablador hijo de su puta madre. Y por eso me rompía tanto el alma pensar que mi princesa había vivido todo eso con el soplapollas de turno. Porque cuando se enteró que me lo encontré por la catedral, cerca de un bar, y empezamos a charlar se puso de los nervios: se envenenó completamente. Porque no era un capricho o simple desprecio, era auténtico odio. Auténtico odio, ardiente odio, auténticas maldiciones salidas de su boca.

          Y yo sentía un amor sagrado por esa persona, por mi dulce princesa. Ese chico era increíble: sus ojos de indolencia eran los más hermosos que había visto nunca en toda mi vida, su barba casi divina empapaba mis ojos de lágrimas. Su cabello largo me embriagaba y sus pómulos afilados como la escarcha me dejaban petrificado. Sus labios secos y tibios susurrándome mariconadas. En cierta ocasión me pregunté si no era realmente la encarnación de Cristo. Que si esa princesa no era el mismísimo Cristo pidiéndome que me lo follara por el culo. Que si Cristo quería que nos hiciéramos una mamada juntos, que el número de la bestia era el 66 y el de Cristo el 69. No me jodas, todos los maricas creen en Dios.


(...) 
          Estoy destrozado, alguien abusó de mi princesa y no pude hacer nada. La imaginé caminado por la ciudad recién follada, sucia, llena de semen y lágrimas. Sintiéndose una puta mierda. Acercándose a la catedral dónde están los grandes señores, saludando a la gente con disimulo, aparentando calma y paz; y luego caminando hacia el horizonte hasta encontrar el puente de la ciudad y saltar al agua para morir ahogada. O devorada por un cocodrilo gigante. Me rompe el alma su tristeza y su soledad, su silencio y su maldición, su miedo y su dolor. Me rompe el alma que alguien tan bello como él tuviera que sufrir cosas tan horrible como ser usado por alguien al que en realidad no le importas más que ser un agujero caliente. Porque nadie hermoso de verdad merece sufrir absolutamente nada. Y los más horribles de alma tampoco, aunque (me río), hay excepciones como ese puto maricón de mierda.


Asco
***
          Deseaba encontrarme de nuevo a ese cabrón que se aprovechó de mí y romperle la nariz a puñetazos. Pero todo tiene consecuencias: debería estar él saltando al abismo y ahogándose con su propia sangre, saltando a un océano de sangre para morir lleno de escarcha roja. Debería estar él traumatizado y no yo, y no la princesa, y no nadie; salvo él. No debería sentirme sucio ni odiarme a mí mismo por ceder ante un puto hablador, bajarme los pantalones y dejarle entrar en mí, permitirle correrse dentro y luego besar sus labios llenos de su propia corrida. Tú sí que eres una puta de las corridas, hijo de la grandísima.


Capítulo 1
***
         Mi princesa era increíble. Su dulzura era absolutamente penetrante. Ni siquiera yo podía aguantarle la mirada, porque había sufrido más que yo. Ni siquiera yo podía hablar más que él, aunque él no dijese nunca nada. Sus manos rodeándome desde mi espalda, sus dedos entrelazados con los míos desde mi abdomen. Sus labios bendiciendo mis propios labios. Su voz en mi nuca, sus labios sobre mi polla, sus ojos sobre mi polla, sus manos sobre mi polla… su puta alma sobre mi polla. Era increíble. Cuando le hacía el amor me estremecía de puro regocijo, jadeaba llorando de auténtica dicha, porque él era mío y yo era suyo, y sólo había absoluto amor, silencioso amor: amor marica. Él me hacían dudar de todo lo que el mundo me había mostrado. Y por eso tenía una sonrisa imposible en mi rostro. Porque yo era auténtico con él. Porque yo era real con ella.

          Tuvimos largos paseos por la ciudad juntos, aguantando el frío de la ciudad. Con los ojos congelados y los labios mordidos. Con las manos entrelazadas como dos novias el día de su parto. Con el cabello atado por el viento y con las pestañas intactas por los buenos viajes oníricos. Con la nariz fría como el odio de un hombre bueno. Caminando por la ciudad llenos de felicidad y complicidad. Riéndonos entre nosotros sobre cualquier estupidez, riéndonos de la gente como dos demonios, saboreando la felicidad… Como dos enamoradas nazis. Dos dulces pétalos de lo más sagrado y retorcido que puede ofrecer el mundo: intimidad. Largos paseos por la ciudad acompañando nuestras tristes y dolidas almas negras, como ángeles con cuernos de mil cabezas, como sangre de color púrpura, como odio volviéndose amor en una petaca de alma humana. Unidos por un sentimiento de desprecio arrogante hacia el mundo. Del más delicioso narcisista y terrible cinismo. Juntos en una habitación fumando hierba hasta emborracharnos con el humo absorbente. Fumando hasta las siete de la mañana, entre polvo y polvo. Respirando sagrado deleite de Dios. Siendo la novia de Dios: siendo Dios. Absolutamente. Mía. No existe nada que pudiera romper mi alma salvo el pasado de diminutos mortales, arrogantes también, pero obscenamente humanos. Basura que sólo sabe causar daño y maltratar flores bellísimas. Esa princesa era un bombón. Noches enteras sudando en medio del frío congelante. Sudados y abrazados mientras esperábamos que el agua se calentara en la bomba de calefacción y volvíamos a follar y a follar y a follar... Largas y atropelladas conversaciones en inglés que ni yo mismo sabría volver a pronunciar. Lo más hermoso de mi vida me lo ofreció una princesa que había sido ofendida.


Apéndice
***
          Hablé con El hombre Agujero y trazamos un plan. Íbamos a ir a por él. Luego vinieron las buenas noticias. Volvimos a hablar con La Sucia Larva y fuimos a por ese cabronazo. Fuimos los tres a por el tipo que abusó de mi princesa, lo mío no importaba porque era lo suficientemente fuerte cómo para soportar un dolor y una tragedia así en mi vida, y aunque mi princesa podía soportarlo también: yo no podía. Lloré de emoción cuando Larva me dijo que sí, que olvidáramos el pasado y que ahora estábamos juntos en esto para vengar completamente la afrenta que sufrió mi novia. Abismo me dijo que también estaba dentro y que íbamos a ir a muerte. Casi parecían los viejos tiempos, auténtica complicidad. Intimidad. Amor. Y cuando lo encontramos en un bar de la ciudad, nos acercamos a él de forma lenta y sutil, hasta que nos brindó su atención, le hipnotizamos con nuestras lenguas, con nuestras palabras hasta que él cedió a nuestra magia y con engaños lo llevamos al baño de los chicos. No me había reconocido, el subnormal tenía mala memoria. Con la expectativa de una raya de coca gratis vino al baño con nosotros. Entonces saqué de mi bolsillo un frasco de cristal con la coca, piqué 4 rayas y le di el billete, le digo que él primero, se relame dice que cuál de todas, le digo que eso da igual porque todas son para él, se alarma un poco, dice que eso es demasiado, que le va a estallar el corazón, lo dice riéndose nervioso. Miro a Larva, arqueo las cejas, y le responde que es de mala educación rechazar droga gratis. Abismo se sonríe, dice que para nada era mucho, que era muy suave, y con el dedo húmedo coge un poco de coca y se lo unta en las encías, le mira seguro, y le dice que vea, que no es tanto como lo pensaba. Pero el puto maricón éste no quiere meterse las rayas, entonces saco de detrás de mis pantalones un revólver cargado. Me empiezo a descojonar en su cara, luego le explico que tengo esa arma sólo para él. El tipo traga saliva, y empieza a esnifar la primera raya. Alguien intenta entrar al baño, pero Larva lo empuja fuera y le dice que nadie quiere a nadie más en esta orgía particular y perpetua. Ese tipo tenía auténtico sentido del humor. Tenemos pocos minutos, le doy al seguro y libero el arma, le hago saber que estoy listo para su corrida. Le grito –Esnifa más, puto maricón. Obedece. Lo esnifa todo, asustado y medio loco, con los ojos hinchados y con la nariz sangrante. Le miro a los ojos con la mirada de un asesino –lame el puto plato, le grito. Me hace caso, se le ve activo como un toro, enfurecido y confundido. Siento lástima por el alma que me voy a comer. Le doy el arma a Abismo que la sujeta con expectación y deseo. Luego le doy un bofetón al puto marica éste y me contesta agresivo, lo veo en su forma más primitiva y deliciosa, y empezamos a pegarnos puñetazos hasta que por peso logro derribarlo al suelo. Magullado tengo sólo segundos hasta que entre alguien, Abismo juguetea con la pistola y Larva le pisaba los brazos al imbécil mientras vendía mi alma. Luego le bajo los pantalones y empiezo a follármelo. Y justo cuando voy a correrme dentro de él, mientras él lloriquea y tocan rabiosos a la puerta, escuchamos un disparo que nos estremece por completo. Niego con la cabeza, veo la sangre detrás mío, desparramada sobre mis pies, a Larva con el rostro roto y los ojos rojos, no me lo puedo creer. Vacilo torpemente si correrme o no, esta vida es una puta mierda. Abismo se ha pegado un tiro. Y no sé bien si por error o porque no soportó ver todo lo malo de mí. Miro a Larva con los ojos rotos y desfigurados, él rechista y me dice que ya sabe qué va a ocurrir, le digo con el poco sentido del humor que me queda que se encierre en una de las celdas de váter y que no salga. Se ríe nervioso, cojo el arma, abro la boca y pienso. Joder.


Nota: Escrito por Vorj.
Leído por Void.
Editado por Larva.
Leído por Luis


11 de septiembre de 2019

La fábula de las gallinas

(escrito por MACARIO AMADOR, amigo de Sífilis Mon Amour)

Encontré a mi tío en la celda 206. Estaba sentado encima de la cama encogido de brazos y piernas. Tenía el rostro desencajado y los ojos tumefactos debido a la falta de sueño. Deslicé repetidas veces la palma de mi mano ante ellos sin obtener por su parte reacción alguna. Sus ojos apuntaban hacia el fondo de la estancia. Parecía enajenado, sumido en pensamientos ajenos a este mundo. Acerqué mi oído a sus labios, que temblaban incesantes. No cesaba de murmurar: “serán putas las gallinas, serán putas las gallinas, serán…”. Todo ello sucedió después de los hechos que me dispongo a relatar. Cabe señalar previamente que mi tío nació antes de tiempo, impulsado quizás por esa rabia congénita que tanto le caracteriza. Su madre dio luz a los seis meses, permaneciendo mi tío varias semanas en ese tipo de inexistencia propia de las incubadoras. Sumido en las tinieblas y rodeado de cables y de pantallas intermitentes que seguían sus constantes vitales, a veces el resplandor de un foco bañaba aquel siniestro lugar de una luz enfermiza, y esta luz enfermiza no era desde luego la presencia de ningún Dios; sino más bien la prueba manifiesta de la dureza con que determinados individuos tienen la desgracia de venir al mundo. Durante este periodo mi tío fue objeto de comentarios ininteligibles por parte de los médicos que no hacían más que prolongar la agonía de mi abuela. Luego mi tío creció sano, robusto y hermoso como un tostón y mi abuela pudo morirse tranquila dejándole en herencia la granja. Pronto mi tío cobró fama en el resto de las granjas aledañas de que por el motivo más insignificante era capaz de destruir todo cuanto le rodease, incluso aquello que más sudor y esfuerzo le hubiera costado conseguir. Pongo como ejemplo a su mujer, a la que atravesó con una horqueta tras enterarse de que se había quedado embarazada. Pero yo no he venido aquí a hablar del desafortunado final de la mujer de mi tío, ni del hijo que llevaba en sus entrañas. De lo que quiero hablar es de lo que les aconteció a las gallinas que tenía mi tío en su granja. Materia hoy de gran interés y que me dispongo a contar con el objeto de ilustrar a aquellos individuos cegados por la ignorancia y que sin duda padecen serios trastornos mentales tan dignos de estudio como el caso de mi tío. Resulta que en la granja había un corral de gallinas presidido por un Gallo que todas las mañanas las engatusaba con su hermoso Kikiriki. Un día mi tío le arrancó la cabeza. Tenía las manos grandes y fuertes capaces de descoyuntar a un jabalí, por lo que lo del Gallo no satisfizo sus poderosas ansias de destrucción. Acto seguido plantó la cabeza del Gallo en medio del corral clavándola en una estaca. “No cantarás más, puto gallo”, le dijo mi tío a la cabeza inerte. Después irrumpió en macabras carcajadas al mismo tiempo que le sacudían aterradoras convulsiones. Luego mi tío se tranquilizó y se puso a observar a sus gallinas, que contemplaban la estampa sin entender por qué el gallo no las cortejaba con su maestro kikiriki. Cuando mi tío se retiró, las gallinas discutieron durante largo rato sobre qué había podido pasar, y, finalmente, como la mayoría eran bastante idiotas, también se marcharon. Todas a excepción de una, la Gallina Alfa. Esta gallina le había cogido ojeriza al Gallo porque su kikiriki era francamente fabuloso, mientras que el suyo semejante al balbuceo de un sordomudo imbécil. En el fondo del océano habitan seres dotados de particularidades asombrosas. Tal es el caso del Kobudai hembra, que tiene la habilidad de cambiar de género inesperadamente. La metamorfosis del Kobudai es realmente extraordinaria. La parte frontal de la cabeza se pronuncia desmesuradamente hasta formar una especie de huevo enorme que le deja el rostro completamente desfigurado. Igualmente, los labios se le agrandan saliéndole del borde unos dientes repugnantes que crecen muy separados entre sí. En conjunto el pez cobra el aspecto de un ser primitivo y monstruoso que supera con creces cualquier clase de Ente digno de la peor pesadilla o de la imaginación más prodigiosa. En cualquier caso, el parecido con la Gallina alfa de la que estamos hablando es meramente anecdótico. Lo cierto es que, a la Gallina Alfa, tras picarle los ojos a la cabeza del Gallo, se le tornó la cresta más esbelta y colorada, así como su pico más largo y afilado, y le brotaron instantáneamente las Barbillas propias de los machos colgándole bajo el pico como testículos arrugados, rojos como un par de cerezas, o como anginas inflamadas. Luego, tras emerger el sol de las tinieblas, se escuchó tal Kikiriki que la apacible comunidad de las gallinas salió al corral visiblemente contentas y celebrando con espasmódicos andares el milagro sucedido. No así mi tío, que tal canto le trastornó el sueño, un sueño en el que cogía un tren con destino a marruecos, y que inexplicablemente, tras alcanzar el estrecho, pegaba un brinco increíble que le hacía pasar al otro lado hallando así el paroxismo de su felicidad, pues cabe decir también, que no había nada en el mundo que mi tío más deseara que conocer la costa de marruecos. Por este motivo, se levantó iracundo y rabioso de la cama y, amarrando su escopeta, descerrajó un par de tiros a la entusiasta comunidad de las gallinas. Saltaron las plumas con solemne vuelo hacia el cielo matutino para descender luego en círculos oscilando entre la nube de pólvora hasta alcanzar la arena removida y ensangrentada del corral. Cuando tras la cortina de humo fue perfilándose intacta la cabeza del Gallo cuyas fuertes manos habían arrancado, mi tío comenzó a temblar tal como lo encontré en la celda 206 del manicomio, y como debió permanecer durante todos estos años desde aquel “incidente” con las gallinas. 

8 de septiembre de 2019

La noche cruje

La noche cruje incinerada de ninfas espías y aire cautivo
riguroso aire de dioses ebriópodos el Amor es un mamut
exprimiendo su soledad con ojos diminutos
e inútiles de tanta verdad habitemos cuartos-apocalipsis miopes
y susurremos ven a mí especie humana decapitado dios femenino
que brotas en eras de amor indeseado
conduciendo al puerto iracundo donde yace el color sin descanso
entre los cristales se aparea fulminado mi trance
sin otro corazón que la ansiedad parpadeante
contempla aterrado la caligrafía de las estrellas
que están royendo nuestra parte invisible
desvístete en horas de oro psicópata para nadie
con ojos cerrados configura el atardecer inhumano
llévate a la boca los cereales de penumbra
envejece en canciones
comparte esa desidia


29 de agosto de 2019

Pills & Chill

En todo laberinto siempre hay un acertijo ambiguo que chilla su propia existencia. Y en medio de cualquier guerra siempre hay alguien que pierde la cabeza por otra persona. Amado y decapitado: soliloquio enfermizo. Entre gritos sordos y mucho ruido me encuentro de pie frente a una escena que es mía, pero que no me pertenece. ¿Qué soy?  No siento miedo, no siento rabia: ni hambre ni paz. Es una indiferencia que me sobrecoge y me refugia en un instante de irrealidad del que no soy responsable. Tampoco soy partícipe de la catástrofe, lavándome las manos con mi propio sudor y mi propia saliva. Soy un endemoniado muchacho enloquecido.

Días antes había contactado con un tipo por un chat para ir a follar a su casa. Le había contado mil mentiras suculentas sobre mí, le había puesto cachondo, lo había educado para que sintiera deseo y necesidad hacia mí. Había alimentado todos sus vicios y morbos más profundos. Y sólo yo sabía que estaba obedeciendo a una fuerza superior: hacer que un demonio deseara mi carne. Pero claro que yo iba a corresponderle, claro que iba a darle amor. Los días previos fue todo un juego de hornillos: calentar la sopa, encender el microondas, encender una cerilla. Y él simplemente accedía y se adentraba más y más en el agujero vicioso psíquico de su deseo engañado, mostrando su pasividad ingrata y necesitada. Yo no le prestaba mucha atención, pero sí la suficiente como para que no se asustara ni desconfiara de mí: a fin de cuentas obedezco a un demonio. Uno muy retorcido.

Hacerle creer que yo era suya. Seguir con la farsa un poco más hasta decidir que iba a ir en serio. Al final acordamos una fecha y una hora: nos íbamos a ver en su casa. Le dije que me iba a duchar y que me iba a preparar, que estaría muy guapa: que si quería que fuera depilada al encuentro, que si le gustaba que llevara braguitas, que si me maquillaba los ojos, que si me pintaba las uñas, que si tenía que ser su hembra. Y él  como loco dijo que sí a todo mientras yo reía por dentro con mucha malicia. Pensaba mientras me relamía y me masturbaba con mi imaginación: follar o matar.

Al llegar a la plaza de la ciudad próxima me mandó su ubicación y caminé las calles sucias y lascivas hasta el número 46 de una calle sin importancia. Una casa vieja y aburrida, con la puerta blanca y desgastada, oliendo a incienso maldito. Toqué a la puerta tres veces como se le toca la puerta a los demonios mientras escuchaba los ladridos de su perra. Me había dicho que la iba a guardar en la otra habitación porque era muy revoltosa. Debería follarse a su perra y dejar de inventarse historias, dejar de ser tan patético como yo, tan patético como para intentar follar por un chat de mierda y conseguirlo.

Me abre la puerta un señor de cuarenta y pocos años, algo gordo y algo sucio. Noto en su mirada una tristeza profunda y un deseo de morir. Entiendo que es un cordero que voy a sacrificar, o el cordero soy yo, y el sacrificado, y el muerto, y el sangre, y el quieto. Estos días estaba haciendo un calor endiablado. Entré, le saludé con las cejas aparentando la poca hombría que me quedaba: a fin de cuentas yo era la perra y él cabalgaría. Y me mostró una habitación limpia y patéticamente engañosa. Pasé por el vestíbulo y entré en el cuarto: si los demonios le hablaran a todas las personas del mundo... Él se sentó en la cama y se bajó los pantalones. Me dijo que se la mamara y le dije que sí con la cabeza. Asintiendo como un niño pequeño frente a un adulto que le pide que le chupe la polla.

Mientras se acostaba en la cama y yo trepaba por su cuerpo como una serpiente pasiva, coloqué mis piernas alrededor suyo y lo sujeté con fuerza. Él sonrió como aquel que sabe que va a vivir una experiencia emocionante. Ignorando las voces de mi cabeza, el sangrado de mi nariz, y la mirada de loco que tengo. Llevé mi mano hasta su cuello y le dije que cerrara los ojos. Él obedeció y con todo el apetito y la ira de mi estómago le acaricié el rostro y le dije que era muy guapo. Él dijo que yo también lo era, que era muy guapa y que estaba muy caliente, que tenía la polla húmeda. Me relamí al verle tan abierto de piernas y dispuesto a ser mío. Entonces fue cuando empecé a reventarle la cara a puñetazos. Mis nudillos ardían y mi boca chorreaba saliva amarga por el tabaco. Mientras con la otra mano le estrujaba el cuello inmovilizándolo. Nadie comprende la fuerza que tiene un loco. Continué así hasta que me cansé y él estaba ya aturdido cuando saqué de mi bolsillo una cuerda, escuché un susurro que me mandaba y lo pasé por su cuello: y mientras veía su ridícula polla encogida y toda la saliva y la sangre empecé a asfixiarlo. Su rostro cambiaba de color. Entre un tono pálido casi azul, hasta uno rojo púrpura violeta. Y seguí así hasta que me percaté que el pobre inútil se había muerto.

Recordé en ese momento a mi novia confesándome que una vez de noche en una fiesta se dejó seducir por un señor mayor que le invitó a una copa y a su casa, y que una vez dentro mientras le hacía una mamada él eyaculó en su boca y ella se lo tragó. Me contó que le dio mucho asco y que incluso vomitó en la calle. Yo no tenía culpa de amar a alguien tan perjudicada, pero tampoco tenía razón para despreciarla. Yo soy igual que ella, yendo a la casa de un maldito viejo con la intensión de chupársela. Con tristeza y mal sabor de boca le dije que a veces hacíamos cosas horribles. Veo su cadáver en la cama y tirando de la cuerda con rudeza lo precipito al suelo. Me da lástima que una chica tan hermosa como ella haya tenido que vivir cosas así, pero cuándo el apetito asoma cualquiera pierde la cabeza. Pienso en mil cosas, que si estoy enfermo, que si simplemente soy un loco. Me cago en Dios, toda esta rabia. Empiezo a patear el cadáver, vacilo en si llevarme su polla en el bolsillo, pero me da tanto asco la idea de tocarla que me contengo. Quizá debería chuparla.

Me odio a mí mismo, me agacho hacia su polla y empiezo a mamar, mientras que la sangre residual pone duro su miembro y acelero el ritmo, lamo y escupo, no tengo valor para tragar esa leche fermentada. Chupo y escupo mientras mamo y me maldigo y me odio, contengo lar arcadas: esto es suficiente, ya pagué por los pecados de esa chica. He hecho la misma mierda que ella, he sido leal, he sido un buen novio, la he amado, me he sacrificado por ella para ser ella, para que ella y yo seamos sólo uno.

Voy a la habitación de al lado y saco a su perra. La llevo hacia él para que le vea. La perra sólo gime y se asusta por verlo tan extraño e inerte en el suelo. Putas perras, todas son iguales, hermosas criaturas excitadas. ¿Esa perra se follará su cadáver como yo? Hoy tú mueres, mañana yo. Me siento en la cama y reflexiono un poco sobre el sentido de la vida, las responsabilidades, el amor, el valor de la familia, el silencio y la soledad. A fin de cuentas es un día hermoso. Intento pensar en los objetos que toqué, en limpiar lo poco que se puede limpiar, veo que en mis nudillos hay heridas y sangre que probablemente sea mía. Esta noche tengo que ir de paseo, tengo que drogarme duro en alguna fiesta. Tengo que trascender, soy un místico endiablado. Soy un muchacho ouija, estoy maldito, me corrompe mi sangre amarilla, me sigue un demonio, dos tres quince demonios y un espejo roto. Una piedra en el bolsillo, un pendiente negro, una argolla infinita. Cojo un pañuelo y lejía y limpio la cara del hombre. Luego me doy cuenta de que me voy a arrepentir pero empiezo a destrozarle la cabeza a patadas. Desfigurándolo y rompiendo su mandíbula. Pienso en que tengo que quemar esos zapatos o simplemente tirarlos a la basura en otra ciudad cercana. Veo las fotos de su habitación en la que sale con un trofeo de pesca y otra foto en la que sale su madre. Ojalá su madre me hubiese visto intimando con él. Me follé su vida.

Me enciendo un cigarrillo y fumo dos tres caladas. Hace mucho calor. Sólo por el humor, voy a la cocina, abro la nevera y cojo un cartón de leche. Vuelvo hacia él  y la derramo sobre sus partes y me entra la locura y la risa. Me carcajeo pensando que el pobre imbécil se ha corrido encima. No puedo con mi alma, qué risa me produce todo. Me quito los zapatos y abro la puerta cogiendo la camiseta por dentro y salgo. Camino media calle y luego giro a la izquierda, sigo recto, espero al bus y llego a mi barrio. En mi boca yace el sabor acre y amarillo de su polla. Escupo todo lo que puedo, pero al llegar a la esquina empiezo a vomitar todo lo que había comido durante el día. Vomito tanto que termino escupiendo sangre. Al estar cerca de casa pienso en tirar los zapatos o en quemarlos, pero al final lo que haré es sumergirlos durante varios día en lejía y amoniaco. Luego probablemente los pueda volver a usar. En los periódicos saldrá que un pobre viejo maricón apareció muerto en su casa y que su perra se lo comió a trozos. Subo las escaleras y mi padre me ve sucio y agitado. Porque todos los viejos que son asesinados son maricones. Maricones como yo.

Con la paz de un santo me pregunta si estoy bien, le sonrío y le digo que mi novia me contó que una vez le hizo una mamada a un viejo y que casi vomita cuando se tragó su corrida. Niega con la cabeza con desaprobación y cierta indiferencia, y me responde que hay que buscar mujeres buenas, no pordioseras locas y perjudicadas. Le sonrío, como mamá le digo. Se ríe. Me pregunta que por qué ando sin zapatos, vacilo un rato: es que acabo de matar a un tipo y tengo miedo de que su sangre me persiga por el camino.

Mi padre guarda silencio, me señala el pasillo, por favor dúchate y tómate la medicación. Asiento con la cabeza: como un perro voy a ir a tomarme la medicación, yo te obedezco, semejante viejo cabrón. Pienso en hacerle daño con palabras: en si debería, llorando, bajar hacia su entrepierna y empezar a mamársela. Porque nadie tiene el más mínimo interés por mí, mi novia no existe, sólo es una chica a la que veo a veces. Me invento cosas, miento, me escondo, huyo. Nadie tiene el más mínimo interés por mí. Si al menos pudiera mostrarle a mi padre lo que sé hacer con la lengua... Si mi padre me quisiera por hacerle una mamada, sería el hijo más mamón de todo el mundo. Estoy confundido, herido y asqueado, quiero matarme. Te quiero papá aunque no te importe nada, aunque nades en un río de mierda y me veas ahogándome y no digas absolutamente nada.

A veces no hay necesidad de alimentar a un monstruo feliz. Porque soy un chico feliz. Cojo la pastilla me la meto en la boca, la saboreo y luego la escupo en el váter. Hoy no es uno de esos días en los que me la tragaré. Porque yo no trago, sino escupo. No tengo el más mínimo cariño hacia mí. En realidad ella sí es mi novia, nos hemos visto muchas veces, nos hemos besado, nos queremos. En realidad a ella le doy igual, no nos hemos visto nunca, no existe, le da asco el tacto de mi boca, no nos queremos: yo no existo.

Me ducho, me pongo unos pantalones y regreso al salón. Le digo que voy a salir dentro de unas horas. Asiente con la cabeza mientras sigue mirando la televisión. Le pregunto que cómo está, me dice que bien, asiento, le acaricio el hombro y regreso a la habitación. Pasan 4-5 horas y me visto. Llego a la plaza principal, quedo con un amigo, vamos al parque a echarnos unos porros, le invito una cerveza. Me dice de pillar coca, que ha cobrado solucionando líos a la gente. Le digo que es muy cara, que mejor anfetaminas que alimentan y tienen vitaminas. Se ríe, sólo un poco, no soy demasiado divertido. Dice que nos vayamos a la capital a pillar y de borrachera. Le sonrío, es buen tipo, es un buen plan, le comento, ¿sabes que hoy casi me viola un viejo marica? Se asquea, le digo que sí, que la vida es muy extraña, que todos están locos, que si él no lo está todavía falta poco para que lo esté, que sé reconocer a un loco cuando lo veo. Me cae bien ese tipo, le miro a los ojos de súbito manteniendo la mirada y entonces le digo marcando muy bien las palabras: ¿Quieres que te la chupe?

(Escrito atropelladamente por VORJ en una noche de verano

Corregido humildemente por VOID en una mañana de verano)

27 de agosto de 2019

Todas mis voces

Todas mis voces y destinos hambrientos
Los quiero en el silencio de las entrañas de las olas
Los quiero ahogados y muertos no en tus ojos
Cucarachas de hielo en la cara de un ángel
Tus ojos de despertar fúnebre y no regresar
Quiero ahogarme en distorsión bendita, no en ti
Lejos del alma con la que he mentido
Y ahogarme en el líquido incógnito, sin ti
En el fondo del azar, donde no hay escondites
Y que el sueño más alto me perfore las manos
Y la profesión del viento me secuestre
Y me lleve a la oscuridad donde no hay mente
Y podamos allí, al igual que los árboles
Dedicarnos al cielo, la decepción y la calma

16 de agosto de 2019

Lulú

I

Al entrar a casa entendí que algo no estaba como antes. Las puertas de las habitaciones habían sido abiertas, un perfume fresco flotaba por los pasillos y alguna presencia sutil despojaba al lugar de su habitual aire de cripta. Nada faltaba, todo estaba en su sitio, pero esa ya no era exactamente mi casa. Después, cuando descubrí durmiendo sobre mi cama a la criatura pálida que decidí llamar Lulú, supe que debía andarme con mucho cuidado: no ser brusco ni cometer, por ejemplo, la injusticia de despertarla sólo para satisfacer mi curiosidad.

Había decidido llamarla Lulú porque eso era lo que tenía tatuado en la planta de su pie izquierdo, en grandes y sencillas letras mayúsculas. Yo nunca había visto un tatuaje en esa parte del cuerpo. La “L” estaba en el talón, y el acento de la “Ú” en el dedo pulgar. Un tatuaje así -deducción soñolienta, que no conseguí continuar de ninguna manera convincente- sólo se lo hace quien puede prescindir de su pie durante una temporada...

Puede que Lulú se introdujera en mi casa con la mayor facilidad, pero cuanto más pensaba en ello más lejos me sentía de adivinar cómo podía haberlo hecho. El apartamento estaba en un quinto piso, y mi puerta tenía una cerradura triple, además de un código de acceso. Era imposible que esas manitas blancas y ese cuerpo menudo pudieran ejercer alguna clase de violencia contra mi puerta, de modo que tenía que haber sido obra de la inteligencia: una inteligencia de la que yo mismo no disponía en aquel momento. Pero el caso es que la muchacha había entrado y, aunque nada estaba revuelto, era muy posible que buscase algo sin éxito por toda la casa (pues había huellas de sus pies descalzos en todas las habitaciones) y que, cansada de no encontrarlo, se desplomara sobre mi cama vencida por el sueño, tal y como yo la encontré.

Observé largo rato su figura durmiente, tumbada boca abajo con la melena rubia desparramada sobre su cara y sus brazos y piernas extendidas en cuatro direcciones muy distintas, como una rosa de los vientos humana. Aún en toda la amplitud de su gesto congelado, Lulú era verdaderamente pequeña: no mediría más de lo que mide un niño con un loro posado en la cabeza. Iba únicamente vestida con una blusa absurda y transparente como agua.

Me asombré también de lo poco que se movía al respirar. Incluso acercando los ojos a un palmo de su caja torácica, fui incapaz de reconocer movimiento alguno. De repente -cosa que no se me había ocurrido antes- tuve miedo de que estuviera muerta. Aún así, me acerqué a comprobarlo, y al poner las yemas de mis dedos a unos centímetros de su boca noté con alivio el flujo intermitente de aire caliente: su diminuto aliento.

Debo añadir, por cierto, que en aquel momento no sentí el menor impulso de deseo. Me encontraba demasiado cansado y extrañado como para ocuparme de eso y, aunque ese cuerpo estaba sin duda dotado de una gran sensualidad, yo era entonces (además de un borracho) un ferviente lector de los místicos orientales y cristianos, con que estaba prevenido contra todo tipo de tentaciones y alegrías. Además, todavía no la había visto despierta, y ni siquiera sabía quién era.

Mientras yo mismo iba quedándome dormido en el sofá, seguía deshaciéndome en consideraciones sigilosas, tratando de adivinar por qué estaba Lulú en mi cama. Quizá la habían drogado y arrastrado hasta ahí en contra de su voluntad. Quizá una personalidad sumamente oscura la había colocado ahí para extorsionarme. Pero yo no poseía nada de valor, ni información privilegiada o secretos y, en general, no creía ser afortunado en ningún sentido, con la excepción, quizás, de que Lulú estaba durmiendo en mi cama...


II

Mi sueño estuvo lleno de amargura e invadido por la sensación de que en alguna parte, no lo bastante lejos, se estaban cometiendo errores sucesivamente y sin control: yo mismo, sin poder reprimirlo, era el causante o la inspiración de muchos de ellos. Lo primero en ocurrir era que, al abrir mi cuenta en Soulstore, recibía miles de notificaciones y mensajes escritos en un idioma desconocido para mí. De la noche a la mañana yo me había vuelto muy popular para algunas personas, y todas esas personas eran jovencitas de unos 15 años procedentes de algún país de Europa del Este. Más allá de mi nueva fama vergonzosa y limitada a un torrente de niñas inconscientes, el motivo también me resultaba asombrosamente vacío. Se trataba de mi cara, que al parecer era muy semejante a la de una estrella musical del momento llamada Psalmus. Algunas de esas chicas sabían que yo no era él, mientras que otras vivían engañadas. Para las primeras yo era una broma, y para las segundas una confusión.

Decidido a aclarar el problema, y como nunca había escuchado nada de ese personaje, tecleé su nombre en Doomplay y pulsé la opción de “ver todo”.

No había un solo vídeo de Psalmus que no mostrase la misma superficie negra en movimiento. Era un negro simple, completamente opaco, sin relieve ni textura: el mismo negro que permanece en la pantalla cuando el ordenador está apagado y, sin embargo, éste parecía moverse. Mejor dicho: aquella oscuridad daba la sensación inequívoca de estar desplazándose a toda velocidad en alguna dirección y -lo que es más difícil de explicar- también con algún propósito. El movimiento intuido era tan vertiginoso que uno de inmediato se preguntaba si podría la luz adelantar a esa cosa.

Con los primeros segundos tuve suficiente como para preguntarme por qué escucharían los jóvenes de Europa del Este una música tan desconcertante. Probablemente fuera un problema mío -supuse en sueños-: le había perdido la pista a la evolución de la música contemporánea. Pero aquella no me desagradaba en absoluto. Era como si Bach hubiera compuesto algo mil años antes de nacer para ser interpretado con instrumentos que sólo existirían mil años después de su muerte. El género se llamaba Folk Neutral y efectivamente sonaba como música regional de ninguna parte, procesada digitalmente, matematizada y tocada con instrumentos que no pertenecían al mundo físico (ni al imaginario tampoco).

Cuando, en medio de ese trance antinatural, irrumpió el canto de Psalmus, no pude dejar de notar que tenía una voz prodigiosa. Entonces pulsé el traductor para entender la letra y descubrí que se trataba del salmo sexagésimo primero de la Biblia (“oración de un desterrado”): salmo que yo conocía de memoria y que sólo yo podía cantar de esa manera.

¡Escucha, oh Dios, mi clamor,
atiende a mi plegaria!
Te grito desde el confín de la tierra,
con el corazón desmayado.
Condúceme a la roca inaccesible...

Angustiado por la súbita comprensión, corrí hacia el espejo. En cuanto me vi, el vidrio se nubló y allí estaba: el vacío, nada más que una ráfaga negra acercándose a algo, no arrastrada sino consciente, sacrificada y veloz, aunque a la vez fuera un milagro percibir su movimiento (pues era un negro invariablemente negro). Me asusté de ser yo. Me sentí preso de la agitación suplicante e insoportable con que culminan las pesadillas: la conciencia de estar soñando a la fuerza, seguida de una última visión horrible que nos concede el deseo de despertar.

 
III

Me levanté del sofá sobresaltado, palpándome el rostro y parpadeando sin cesar, como si quisiera demostrarme que podía decidir cuánta luz y cuánta oscuridad entraba por mis ojos. Entonces me acordé de Lulú y, tras unos segundos de desorientación, reparé en la cama vacía y escuché cómo en el baño corría el agua de la ducha.

De nuevo apostando por una extraña calma, me dirigí a la cocina como si aquella mañana fuera equivalente a todas las demás. Hice lo que siempre hacía: preparé tostadas, café, y puse sobre la mesa varias piezas de fruta. Sin embargo, cuando Lulú cerró la llave del agua yo contuve el aliento y fui incapaz de empezar a comerme las tostadas con normalidad. Mi dedo reposaba sobre la mantequilla. Mi dedo distraído ensuciándose mientras yo pensaba: no era un secuestrador -me animaba a mí mismo- y no tenía motivos para estar asustado. Tratar de conservar la tranquilidad, preparar un desayuno equilibrado y posponer la necesidad de comprender las cosas no me convertía en un criminal. Hasta ese momento yo no había hecho nada más que observar, ¿y qué hay de malo en observar? ¿Y por qué iba yo a hacer otra cosa que no fuera observar?

Entonces Lulú apareció por la puerta de la cocina envuelta en mi toalla amarilla, con el pelo mojado y la piel brillante. Iba acompañada por los restos de una nube de vapor que la venía persiguiendo desde el cuarto de baño, y parecía ruborizada por el calor. Nos miramos inexpresivamente durante un segundo y después ella me dedicó una sonrisa intrigante. Tenía un rostro hermoso y redondo que recordaba un poco al de aquellos roedores nocturnos con los ojos enormes. En torno a sus pupilas se cerraban dos anillos plateados: un iris muy poco común que confería a su mirada una especie de frialdad irreal. Tratando de adivinar su edad, me encontré más confundido que la pasada noche. Sin duda, aquel era el cuerpo de una pequeña mujer, pero quien me estaba mirando, además de carecer de facciones, tenía la expresión de pura concentración que sólo puede existir en el rostro de un niño. Finalmente ella abrió la boca primero, y su voz era un murmullo templado y firme:

Hola
Hola, buenos días
Buenos días
¿Qué estás haciendo en mi casa?
No lo sé
¿No te acuerdas?
No
Vale, no pasa nada
Vale
¿Quieres que llame a la policía?
No
Bueno
Gracias
¿Quieres volver a tu casa?
Yo no tengo una casa
¿Llamo a alguien para que venga recogerte?
No hay nadie
¿Café y tostadas?
Está bien

Le eché whiskey al café. Lulú se sentó y mordisqueó mecánicamente las tostadas. Desayunamos en silencio, aunque ella estaba absorta, con toda su atención proyectada sobre la comida, y yo no hacía otra cosa que observarla. Después le dije que debía irme a trabajar y traté de despedirme, sin dejar de repetir de muchas maneras distintas que en esa casa no había nada interesante, pero que podía quedarse si así lo deseaba: si es que no le importaba desperdiciar su vida de ese modo tan extraño. Ella me sonreía sin responder e hizo un gesto indefinido con el brazo antes de que yo cerrara la puerta entre sus ojos y los míos.


IV

A la vuelta del trabajo me la encontré haciendo una especie de gimnasia vacilante en el salón. Había gotas de sudor por todo el suelo y olía a puerto. Aquella noche conversamos más animadamente, bebimos y también la escuché reír por primera vez.

¿Te llamas Lulú?
No lo sé, ¿cómo te llamas tú?
Luminio
Es un nombre muy feo
Sí. A mi padre se le ocurrió mirando el escaparate de una tienda en la que ponía “Aluminio”, pero la “A” estaba tapada por la rama de un arbol

Al oír la risa de Lulú se activaba en mí un complejo mecanismo de vanidades y gratitudes.

Al cabo de tres días dormíamos juntos, soñábamos con irnos a vivir al campo y yo vivía en un estado de continua sospecha distraída por la alegría: a Lulú le encantaba besarme, y yo estaba a punto de olvidar el misterio de su aparición. La misma noche en que la había escuchado reír por primera vez, ella se deslizó a oscuras sobre mi cuerpo dormido y me desperté con su piel desnuda ardiendo entera sobre mí. Seguíamos, además, conversando feliz e irreflexivamente hasta altas horas, como yo no había nunca antes hablado con nadie.



V

Pero entonces llegó la factura. Llamaron a mi puerta con tres golpes secos, y desde el otro lado del marco un hombrecillo me entregó el papel. Pretendían cobrarme una suma monumental de dinero a razón de un encargo que yo ni siquiera recordaba haber hecho. Lo tuve que leer varias veces para empezar a comprender. Miré a mi espalda, a Lulú, que se encontraba la cocina tratando de aprender a pelar patatas. El hombre, que iba vestido únicamente con un traje absurdo lleno de antenas, miró también al interior de mi casa, pensando quizás lo mismo que yo: era imposible que el dueño de ese cuchitril pudiera pagar tal cantidad. Mis ahorros no eran ni la milésima parte del importe.

Oiga
¿Cómo lo metieron en mi casa sin abrir la puerta?
¿Cómo dice?
Sí. Cuando llegué a casa el artilugio ya estaba aquí
Ah, eso es por la impresión holográfica. Es un aparato.. ¿Ve? Cabe por debajo de la puerta. Entonces yo aprieto el botón...
Entiendo, gracias
No hay de qué. ¿Algo más? ¿No estará pensando en devolverlo? Si es así, debo inspeccionar a fondo...

El hombre se puso de puntillas para mirar de nuevo a Lulú por encima de mi hombro, como si un hubiera en el mundo nada que deseara más que hacer esa inspección a fondo.

¡No! Olvídelo. Deme eso, lo firmaré.
Si usted lo dice. Ponga también su número de identidad, por favor
Bien, ahí tiene
Gracias, quédese con su copia
Adiós



Cerré la puerta y corrí al ordenador, donde todo quedó confirmado: la operación bancaria existía y ya me habían notificado el embargo de todos mis bienes si no devolvía el artículo en un plazo de quince días. ¿La explicación? Muy sencillo: desde hacía tiempo yo bebía casi todas las noches, a veces hasta caer inconsciente. Estaba claro que había comprado a Lulú en medio de una borrachera tal que ni siquiera guardaba el más mínimo recuerdo de ello. Me desplomé sobre el sofá. La situación era irreversible: yo ya no estaba dispuesto a renunciar a ella.

Lulú
¿Qué pasa? ¿Quién era?
No podremos seguir aquí mucho tiempo
¿Cuál es el problema?
Yo te compré... pero no tenía dinero para comprarte
Oh
Vendrán a por ti y a por mí...

Ella se sentó a mi lado y me acarició la cara durante mucho tiempo mientras pensaba. Ahora yo me asombraba también de su aspecto inconfundiblemente vivo. El artificio en su mayor grado de perfección (o de profanación) se confundía con la vida, y si de verdad se trataba de un remolino de piezas empujándose unas a otras y bombeando gestos y anhelos prefijados, entonces el hombre no podía ser mucho más que eso mismo. Pero es que Lulú parecía superarme precisamente en todo lo humano. La belleza podía conmoverla y entorpecerla, y a veces razonaba con una sensibilidad tan ágil, tan poco industrial y tan despierta, que podría decirse incluso que se comportaba como si tuviera fe. Y me pregunté entonces qué sería de una época en la que las máquinas parecen capaces de encontrar la fe y los hombres parecen incapaces de conservarla.

Róbame
¿Qué?
Quiero que me robes
¿A qué te refieres?
No me devuelvas
No pensaba hacerlo
He aprendido a estar contigo
Si queremos seguir juntos tendrá que ser diferente
Ya me he hecho a la idea
Habrá que esconderse. Vales una fortuna
Eso es mentira
Pero da igual. Tendremos que huir