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22/10/19

Control de cinturones

Por L. N. M


Volvíamos de vuelta al coche estacionado en los subterráneos del edificio donde vivía mi abuela. Habíamos dejado a mi querida abuela sana y salva en su casa. Mi abuela que, a pesar de su edad, mantenía la cabeza lúcida y conservaba su sentido del humor, no obstante, cada vez estaba más sorda y ciega. Debido a un accidente transcurrido cuatro décadas atrás, mi abuela también presentaba serias dificultades de movilidad. Mi abuela siempre me ha dicho que la cruz de su vida eran sus huesos. Por este motivo, tras realizar cualquier operación con ella, el hecho de dejarla sana y salva en casa suponía todo un reto. Reto que, una vez superado, se convertía en la causa de nuestra alegría. Que mi abuela no tropezara resultaba algo francamente milagroso. Era como si en plena noche uno transitara sin recambios con su bicicleta por una carretera en mal estado y, en un momento dado, atravesara un tramo repleto de cristales. En ese instante, por más que uno sea diestro a la hora de conducir su bicicleta y efectúe con sorprendente habilidad toda clase de maniobras, el hecho de no pinchar la rueda y quedarse aislado en medio de esa carretera siniestra y solitaria; demuestra que todo en esta vida está sujeto a los designios del azar, escapando de esta forma a nuestra voluntad y entendimiento. Una vez montados en el coche, mi tío, mi tía y yo emprendimos el viaje de vuelta. Recuerdo que en ese momento todo era felicidad. Reíamos como locos montados en el coche. Yo en el asiento trasero del medio, con mis manos sobre los cabeceros de los asientos de la parte delantera, miraba a uno y otro lado sonriendo a mis tíos. “¡Que bien salió esta vez!”, dije. “¡Jamás estuve más contenta”! Repuso mi tía. “Cuando se superan con éxito las adversidades y los obstáculos que nos impone la vida, uno cobra consciencia de que es ahí mismo donde reside la felicidad”, añadió mi tío sujetando con ambas manos el volante. La puerta de la cochera se accionó a través del laser del mando a distancia que mi tío guardaba siempre en la guantera de su asiento. La luz resplandeciente del exterior nos cegó por completo durante unos segundos. Mi tío, conductor experimentado, apretó el embrague y metió la primera. Ascendimos por la rampa lentamente hasta que al fin alcanzamos la superficie. Todavía nuestros ojos no se habían acostumbrado a la claridad del día, cuando, justo de frente, un control de la guardia civil nos obligó a detenernos. Lo primero que escuchamos fue un estruendoso pitido de advertencia. El guardia, con el tricornio ceñido, se encaminó hacia el coche como un toro bravo. Era un hombre realmente esquelético y anormalmente alto. Vestía con su uniforme verde plomizo, y al caminar daba la impresión de que en cualquier momento sus piernas escuchimizadas podrían enredarse propiciando una trágica caída. El hecho de que los cuerpos caigan me parece un descubrimiento absolutamente devastador. Por eso yo siempre tengo mis objetos personales en el suelo, donde la fuerza potencial es mínima, y así siempre me prevengo de desgracias mayores. “¡Deténgase de inmediato!”, bramó el guardia. “¿Qué sucede, agente?”, preguntó alarmado mi tío. “¡Control de cinturones!”. Dando unos golpes con los nudillos de su raquítica mano derecha, el guardia ordenó a mi tío que bajara la ventanilla. Mi tío se apresuró a cumplir la orden, puesto que no deseaba en absoluto perturbar la paz y tranquilidad de los ciudadanos. Entonces el guardia introdujo su cabeza en el interior del vehículo, su cabeza que era como una calavera viviente. Apostó sus largos y finísimos dedos en el marco de la ventana e introdujo medio cuerpo. Olfateó el interior como un perro bien adiestrado, moviendo la nariz puntiaguda siguiendo el rastro del delito. Primero olfateó el cuello sudoroso de mi tío, que tenía los nervios a flor de piel. Después, adentrándose cada vez más, hasta prácticamente meter todo el cuerpo, recorrió con la nariz los sobacos de mi tía, igualmente sudados, aunque no por los nervios. Una vez transcurrida esta minuciosa inspección, dirigió su alargada nariz (cada vez parecía más alargada y puntiaguda) hacia el asiento trasero del medio. En mi vida había sentido tal violación de mi intimidad, tras la alegría pasada, ahora lo estaba pasando verdaderamente mal. Me lanzó una mirada cargada de malicia. La mirada de un cadáver viviente. Por más que tratara de reconocer en aquellos ojos achinados y chispeantes, del mismo color que el uniforme, algún rasgo que me permitiera identificar al guardia como un sujeto de la misma especie, lo cierto es que solo hallaba en ellos la fría inexpresividad de un muerto. “Ahjá”, escupió el guardia. “Lo que yo pensaba. Todos ustedes son unos malditos delincuentes”. Inesperadamente mi tía lanzó una carcajada. El guardia se viró inmediatamente hacia ella, pero ella seguía riendo y riendo, ostentando su dentadura podrida y a falta de algunos dientes. “¿Por qué dice usted eso, agente?”, preguntó mi tío, clavándole el codo a su hermana para que callara. “Ninguno lleva puesto el cinturón. Se trata de una falta gravísima que solo puede subsanarse con doscientos euros por cabeza”. “¿Doscientos euros?”, preguntó mi tío llevando las manos del volante a su despeinada cabeza. “Pero nosotros no tenemos tanto dinero, agente”. Mi tía volvió a irrumpir en carcajadas. Carcajadas que después se convirtieron en esputos. Esputos que terminaron en una tos carrasposa y flemática. “Pero eso es falso”, añadió mi tía una vez se hubo recobrado de la tos. “¿Cómo que falso? ¿Acaso se atreve usted a contradecir a la autoridad?”. “No es eso agente” continuó mi tía. “Por lo menos en mi caso, tengo que señalar que si llevo puesto el cinturón”. “Eso es radicalmente falso”, repuso azorado el guardia. “No si usted me deja explicarme”. El guardia volvió a introducir la cabeza en el coche y observó a mi tía incrédulo. “Entonces explíquese”, añadió un poco más sosegado. “Puede usted sentarse con nosotros” insinuó mi tío. “Sí, aquí en la parte de atrás. Mi sobrino le hará un sitio”. “Agente”, dijo mi tía, “¿le importa si me fumo un cigarro?”. El guardia asintió, y acto seguido, se metió dentro del coche por la ventanilla. Primero se apoyó sobre mi tío, que se revolvió incómodo en el asiento, aunque manteniendo siempre la compostura. A continuación, gateó el guardia como pudo hasta alcanzar la parte trasera. Yo me orillé a un extremo y dejé que se sentara en el medio. Mi tía se giró hacia el guardia y ofreció a todos los ocupantes unos cigarrillos. Mientras fumábamos descosidamente desde nuestras respectivas posiciones y el auto comenzaba a llenarse rápidamente de humo, mi tía comenzó a explayarse en los siguientes términos: “Lo que sucede, agente, es que llevamos puesto el cinturón, pero usted no lo ve porque nuestros cinturones son invisibles”. Arqueando una ceja: “¿Invisibles?”. “Completamente invisibles, agente”. “Comprendo”, dijo el agente un tanto sorprendido. “Pero yo jamás había oído hablar de este tipo de cinturones”. “¿Le suena a usted la cerveza artesana invisible?, preguntó mi tía. “Me temo que no”, añadió el agente cabizbajo. “Bueno, lo cierto es que me la trae al pairo”, prosiguió mi tía. “Verá usted, antes se vendía una cerveza aquí, en nuestra hermosa ciudad, que se llamaba Mangurrina. “¿Artesana también?”, preguntó intrigado mi tío. “Tan, o incluso más artesana que la invisible”. En ese momento, la densidad del humo era tal que ya no podíamos ver nuestros rostros. “¿A dónde quiere usted llegar?”. “Muy simple. Pero antes de continuar, me gustaría preguntarle si usted sabe qué quiere decir Mangurrina. Es más, si usted llega a comprender la importancia del hecho de que, a nosotros, los cacereños, nos llamen mangurrinos”. Todos permanecimos en silencio. “Ya veo que ninguno tiene ni idea. Pues bien, la Mangurrina es, por así decirlo, el sombrerito de la bellota. Esta es la razón por la cual los de Badajoz nos llaman mangurrinos. No es nada malo, créame, agente. No hay nada de malo en ello. Se trata únicamente de un problema geográfico”. “Ya entiendo”, contestó el guardia. “Por las mismas razones llamamos nosotros belloteros a los de Badajoz. Bien. Agente, ¿piensa usted multarnos ahora? ¿ahora que ya conoce toda la verdad?”. “No sé qué decirle, señora, su historia me ha impresionado mucho”. “Piense bien en todo lo que ha dicho mi hermana, agente”. “¡Oh, que carai! Supongo que su hermana tiene razón. Que toda esta disputa está fuera de lugar. El mundo es un lugar muy extraño. Cuando uno es guardia civil…”, el guardia suspiró, “uno ve demasiadas cosas. Cosas horribles. Cosas que ni si quiera podéis imaginar”. En ese momento, agobiado por el humo (creo que agobiados estábamos todos), mi tío abrió la ventanilla y el humo se fue disipando. “Está bien. Voy a dejaros marchar. Nada de esto tiene sentido si efectivamente los cinturones son invisibles, y creedme que ahora estoy convencido de que lo son”. “Muchas gracias agente”, agregó mi tío lanzándole una sonrisa, “ha sido un placer conocerle”. Mi tío volvió a poner las manos sobre el volante. De nuevo nos sentíamos felices.

03/10/19

Calor


        En los fogones de la cocina una criatura se retuerce entre chillidos húmedos. Hace un día agresivo y caluroso. Parece que todas las flores del cementerio se han marchitado. Cansado y sonámbulo continúa en los fuegos con su labor, trocear y condimentar, aumentar el fuego, añadir más agua… etcétera. Mientras de su frente fe brotan gordas gotas de sudor amargo y amarillento. Sin levantar la mirada del fuego trocea y trocea, con el pulso firme. Hipnotizado por el sonido afilado de la maza.

       Luego recuerda que le falta añadir sal al mejunje. Abre uno de los cajones de la cocina, saca un frasco de cristal con sal y continúa con el caldo. Algunas cucarachas escapan por los ángulos del cajón. Poco a poco empieza a darse cuenta de que su mente no está bien. Pequeños detalles le muestran que ha cometido un error. Entra en un bucle de paranoias absurdas, pero no tiene miedo, está acostumbrado al mismo ritmo angustioso de existir.

       No se preocupa demasiado por las alarmas que ve porque él tiene hambre, y su apetito es voraz. Tampoco es la primera vez que cocina. Piensa que es hora de darle de comer al perro, y le dará de comer un delicioso caldo casero. Llama al perro con un silbido, pero el perro no responde. Luego con una risa tonta se despierta de su ensueño. Recuerda los ladridos, los arañazos y mordidas, la yugular, la sangre;... el festín. Cierra un ojo y se pasa la mano por la cabeza.
Con burla, –Tarde o temprano habrá que hacerse vegetariano.

       A lo lejos el sol calcina toda piel humana que reconoce. Las nubes huyen del cielo y el sol parece que está ardiendo en absoluto y rojo odio. Desde el cristal de la ventana se ve a un señor medio calvo y barrigón empapado en sangre cocinando un animal vivo. Pero por supuesto que es su más sagrada intimidad.

     Con un plato de sopa en la mano enciende la televisión y marca un canal infantil. Empieza a mordisquear los huesos del animal que tiene en la sopa. Ni siquiera recuerda su nombre. Luego es momento de la canción infantil, la tararea alegre y satisfecho. La soledad es extraña se dice a sí mismo. Y después, para no perder la costumbre, acaricia a un perro fantasma.

11/09/19

La fábula de las gallinas

(escrito por MACARIO AMADOR, amigo de Sífilis Mon Amour)

Encontré a mi tío en la celda 206. Estaba sentado encima de la cama encogido de brazos y piernas. Tenía el rostro desencajado y los ojos tumefactos debido a la falta de sueño. Deslicé repetidas veces la palma de mi mano ante ellos sin obtener por su parte reacción alguna. Sus ojos apuntaban hacia el fondo de la estancia. Parecía enajenado, sumido en pensamientos ajenos a este mundo. Acerqué mi oído a sus labios, que temblaban incesantes. No cesaba de murmurar: “serán putas las gallinas, serán putas las gallinas, serán…”. Todo ello sucedió después de los hechos que me dispongo a relatar. Cabe señalar previamente que mi tío nació antes de tiempo, impulsado quizás por esa rabia congénita que tanto le caracteriza. Su madre dio luz a los seis meses, permaneciendo mi tío varias semanas en ese tipo de inexistencia propia de las incubadoras. Sumido en las tinieblas y rodeado de cables y de pantallas intermitentes que seguían sus constantes vitales, a veces el resplandor de un foco bañaba aquel siniestro lugar de una luz enfermiza, y esta luz enfermiza no era desde luego la presencia de ningún Dios; sino más bien la prueba manifiesta de la dureza con que determinados individuos tienen la desgracia de venir al mundo. Durante este periodo mi tío fue objeto de comentarios ininteligibles por parte de los médicos que no hacían más que prolongar la agonía de mi abuela. Luego mi tío creció sano, robusto y hermoso como un tostón y mi abuela pudo morirse tranquila dejándole en herencia la granja. Pronto mi tío cobró fama en el resto de las granjas aledañas de que por el motivo más insignificante era capaz de destruir todo cuanto le rodease, incluso aquello que más sudor y esfuerzo le hubiera costado conseguir. Pongo como ejemplo a su mujer, a la que atravesó con una horqueta tras enterarse de que se había quedado embarazada. Pero yo no he venido aquí a hablar del desafortunado final de la mujer de mi tío, ni del hijo que llevaba en sus entrañas. De lo que quiero hablar es de lo que les aconteció a las gallinas que tenía mi tío en su granja. Materia hoy de gran interés y que me dispongo a contar con el objeto de ilustrar a aquellos individuos cegados por la ignorancia y que sin duda padecen serios trastornos mentales tan dignos de estudio como el caso de mi tío. Resulta que en la granja había un corral de gallinas presidido por un Gallo que todas las mañanas las engatusaba con su hermoso Kikiriki. Un día mi tío le arrancó la cabeza. Tenía las manos grandes y fuertes capaces de descoyuntar a un jabalí, por lo que lo del Gallo no satisfizo sus poderosas ansias de destrucción. Acto seguido plantó la cabeza del Gallo en medio del corral clavándola en una estaca. “No cantarás más, puto gallo”, le dijo mi tío a la cabeza inerte. Después irrumpió en macabras carcajadas al mismo tiempo que le sacudían aterradoras convulsiones. Luego mi tío se tranquilizó y se puso a observar a sus gallinas, que contemplaban la estampa sin entender por qué el gallo no las cortejaba con su maestro kikiriki. Cuando mi tío se retiró, las gallinas discutieron durante largo rato sobre qué había podido pasar, y, finalmente, como la mayoría eran bastante idiotas, también se marcharon. Todas a excepción de una, la Gallina Alfa. Esta gallina le había cogido ojeriza al Gallo porque su kikiriki era francamente fabuloso, mientras que el suyo semejante al balbuceo de un sordomudo imbécil. En el fondo del océano habitan seres dotados de particularidades asombrosas. Tal es el caso del Kobudai hembra, que tiene la habilidad de cambiar de género inesperadamente. La metamorfosis del Kobudai es realmente extraordinaria. La parte frontal de la cabeza se pronuncia desmesuradamente hasta formar una especie de huevo enorme que le deja el rostro completamente desfigurado. Igualmente, los labios se le agrandan saliéndole del borde unos dientes repugnantes que crecen muy separados entre sí. En conjunto el pez cobra el aspecto de un ser primitivo y monstruoso que supera con creces cualquier clase de Ente digno de la peor pesadilla o de la imaginación más prodigiosa. En cualquier caso, el parecido con la Gallina alfa de la que estamos hablando es meramente anecdótico. Lo cierto es que, a la Gallina Alfa, tras picarle los ojos a la cabeza del Gallo, se le tornó la cresta más esbelta y colorada, así como su pico más largo y afilado, y le brotaron instantáneamente las Barbillas propias de los machos colgándole bajo el pico como testículos arrugados, rojos como un par de cerezas, o como anginas inflamadas. Luego, tras emerger el sol de las tinieblas, se escuchó tal Kikiriki que la apacible comunidad de las gallinas salió al corral visiblemente contentas y celebrando con espasmódicos andares el milagro sucedido. No así mi tío, que tal canto le trastornó el sueño, un sueño en el que cogía un tren con destino a marruecos, y que inexplicablemente, tras alcanzar el estrecho, pegaba un brinco increíble que le hacía pasar al otro lado hallando así el paroxismo de su felicidad, pues cabe decir también, que no había nada en el mundo que mi tío más deseara que conocer la costa de marruecos. Por este motivo, se levantó iracundo y rabioso de la cama y, amarrando su escopeta, descerrajó un par de tiros a la entusiasta comunidad de las gallinas. Saltaron las plumas con solemne vuelo hacia el cielo matutino para descender luego en círculos oscilando entre la nube de pólvora hasta alcanzar la arena removida y ensangrentada del corral. Cuando tras la cortina de humo fue perfilándose intacta la cabeza del Gallo cuyas fuertes manos habían arrancado, mi tío comenzó a temblar tal como lo encontré en la celda 206 del manicomio, y como debió permanecer durante todos estos años desde aquel “incidente” con las gallinas. 

29/08/19

Pills & Chill

En todo laberinto siempre hay un acertijo ambiguo que chilla su propia existencia. Y en medio de cualquier guerra siempre hay alguien que pierde la cabeza por otra persona. Amado y decapitado: soliloquio enfermizo. Entre gritos sordos y mucho ruido me encuentro de pie frente a una escena que es mía, pero que no me pertenece. ¿Qué soy?  No siento miedo, no siento rabia: ni hambre ni paz. Es una indiferencia que me sobrecoge y me refugia en un instante de irrealidad del que no soy responsable. Tampoco soy partícipe de la catástrofe, lavándome las manos con mi propio sudor y mi propia saliva. Soy un endemoniado muchacho enloquecido.

Días antes había contactado con un tipo por un chat para ir a follar a su casa. Le había contado mil mentiras suculentas sobre mí, le había puesto cachondo, lo había educado para que sintiera deseo y necesidad hacia mí. Había alimentado todos sus vicios y morbos más profundos. Y sólo yo sabía que estaba obedeciendo a una fuerza superior: hacer que un demonio deseara mi carne. Pero claro que yo iba a corresponderle, claro que iba a darle amor. Los días previos fue todo un juego de hornillos: calentar la sopa, encender el microondas, encender una cerilla. Y él simplemente accedía y se adentraba más y más en el agujero vicioso psíquico de su deseo engañado, mostrando su pasividad ingrata y necesitada. Yo no le prestaba mucha atención, pero sí la suficiente como para que no se asustara ni desconfiara de mí: a fin de cuentas obedezco a un demonio. Uno muy retorcido.

Hacerle creer que yo era suya. Seguir con la farsa un poco más hasta decidir que iba a ir en serio. Al final acordamos una fecha y una hora: nos íbamos a ver en su casa. Le dije que me iba a duchar y que me iba a preparar, que estaría muy guapa: que si quería que fuera depilada al encuentro, que si le gustaba que llevara braguitas, que si me maquillaba los ojos, que si me pintaba las uñas, que si tenía que ser su hembra. Y él  como loco dijo que sí a todo mientras yo reía por dentro con mucha malicia. Pensaba mientras me relamía y me masturbaba con mi imaginación: follar o matar.

Al llegar a la plaza de la ciudad próxima me mandó su ubicación y caminé las calles sucias y lascivas hasta el número 46 de una calle sin importancia. Una casa vieja y aburrida, con la puerta blanca y desgastada, oliendo a incienso maldito. Toqué a la puerta tres veces como se le toca la puerta a los demonios mientras escuchaba los ladridos de su perra. Me había dicho que la iba a guardar en la otra habitación porque era muy revoltosa. Debería follarse a su perra y dejar de inventarse historias, dejar de ser tan patético como yo, tan patético como para intentar follar por un chat de mierda y conseguirlo.

Me abre la puerta un señor de cuarenta y pocos años, algo gordo y algo sucio. Noto en su mirada una tristeza profunda y un deseo de morir. Entiendo que es un cordero que voy a sacrificar, o el cordero soy yo, y el sacrificado, y el muerto, y el sangre, y el quieto. Estos días estaba haciendo un calor endiablado. Entré, le saludé con las cejas aparentando la poca hombría que me quedaba: a fin de cuentas yo era la perra y él cabalgaría. Y me mostró una habitación limpia y patéticamente engañosa. Pasé por el vestíbulo y entré en el cuarto: si los demonios le hablaran a todas las personas del mundo... Él se sentó en la cama y se bajó los pantalones. Me dijo que se la mamara y le dije que sí con la cabeza. Asintiendo como un niño pequeño frente a un adulto que le pide que le chupe la polla.

Mientras se acostaba en la cama y yo trepaba por su cuerpo como una serpiente pasiva, coloqué mis piernas alrededor suyo y lo sujeté con fuerza. Él sonrió como aquel que sabe que va a vivir una experiencia emocionante. Ignorando las voces de mi cabeza, el sangrado de mi nariz, y la mirada de loco que tengo. Llevé mi mano hasta su cuello y le dije que cerrara los ojos. Él obedeció y con todo el apetito y la ira de mi estómago le acaricié el rostro y le dije que era muy guapo. Él dijo que yo también lo era, que era muy guapa y que estaba muy caliente, que tenía la polla húmeda. Me relamí al verle tan abierto de piernas y dispuesto a ser mío. Entonces fue cuando empecé a reventarle la cara a puñetazos. Mis nudillos ardían y mi boca chorreaba saliva amarga por el tabaco. Mientras con la otra mano le estrujaba el cuello inmovilizándolo. Nadie comprende la fuerza que tiene un loco. Continué así hasta que me cansé y él estaba ya aturdido cuando saqué de mi bolsillo una cuerda, escuché un susurro que me mandaba y lo pasé por su cuello: y mientras veía su ridícula polla encogida y toda la saliva y la sangre empecé a asfixiarlo. Su rostro cambiaba de color. Entre un tono pálido casi azul, hasta uno rojo púrpura violeta. Y seguí así hasta que me percaté que el pobre inútil se había muerto.

Recordé en ese momento a mi novia confesándome que una vez de noche en una fiesta se dejó seducir por un señor mayor que le invitó a una copa y a su casa, y que una vez dentro mientras le hacía una mamada él eyaculó en su boca y ella se lo tragó. Me contó que le dio mucho asco y que incluso vomitó en la calle. Yo no tenía culpa de amar a alguien tan perjudicada, pero tampoco tenía razón para despreciarla. Yo soy igual que ella, yendo a la casa de un maldito viejo con la intensión de chupársela. Con tristeza y mal sabor de boca le dije que a veces hacíamos cosas horribles. Veo su cadáver en la cama y tirando de la cuerda con rudeza lo precipito al suelo. Me da lástima que una chica tan hermosa como ella haya tenido que vivir cosas así, pero cuándo el apetito asoma cualquiera pierde la cabeza. Pienso en mil cosas, que si estoy enfermo, que si simplemente soy un loco. Me cago en Dios, toda esta rabia. Empiezo a patear el cadáver, vacilo en si llevarme su polla en el bolsillo, pero me da tanto asco la idea de tocarla que me contengo. Quizá debería chuparla.

Me odio a mí mismo, me agacho hacia su polla y empiezo a mamar, mientras que la sangre residual pone duro su miembro y acelero el ritmo, lamo y escupo, no tengo valor para tragar esa leche fermentada. Chupo y escupo mientras mamo y me maldigo y me odio, contengo lar arcadas: esto es suficiente, ya pagué por los pecados de esa chica. He hecho la misma mierda que ella, he sido leal, he sido un buen novio, la he amado, me he sacrificado por ella para ser ella, para que ella y yo seamos sólo uno.

Voy a la habitación de al lado y saco a su perra. La llevo hacia él para que le vea. La perra sólo gime y se asusta por verlo tan extraño e inerte en el suelo. Putas perras, todas son iguales, hermosas criaturas excitadas. ¿Esa perra se follará su cadáver como yo? Hoy tú mueres, mañana yo. Me siento en la cama y reflexiono un poco sobre el sentido de la vida, las responsabilidades, el amor, el valor de la familia, el silencio y la soledad. A fin de cuentas es un día hermoso. Intento pensar en los objetos que toqué, en limpiar lo poco que se puede limpiar, veo que en mis nudillos hay heridas y sangre que probablemente sea mía. Esta noche tengo que ir de paseo, tengo que drogarme duro en alguna fiesta. Tengo que trascender, soy un místico endiablado. Soy un muchacho ouija, estoy maldito, me corrompe mi sangre amarilla, me sigue un demonio, dos tres quince demonios y un espejo roto. Una piedra en el bolsillo, un pendiente negro, una argolla infinita. Cojo un pañuelo y lejía y limpio la cara del hombre. Luego me doy cuenta de que me voy a arrepentir pero empiezo a destrozarle la cabeza a patadas. Desfigurándolo y rompiendo su mandíbula. Pienso en que tengo que quemar esos zapatos o simplemente tirarlos a la basura en otra ciudad cercana. Veo las fotos de su habitación en la que sale con un trofeo de pesca y otra foto en la que sale su madre. Ojalá su madre me hubiese visto intimando con él. Me follé su vida.

Me enciendo un cigarrillo y fumo dos tres caladas. Hace mucho calor. Sólo por el humor, voy a la cocina, abro la nevera y cojo un cartón de leche. Vuelvo hacia él  y la derramo sobre sus partes y me entra la locura y la risa. Me carcajeo pensando que el pobre imbécil se ha corrido encima. No puedo con mi alma, qué risa me produce todo. Me quito los zapatos y abro la puerta cogiendo la camiseta por dentro y salgo. Camino media calle y luego giro a la izquierda, sigo recto, espero al bus y llego a mi barrio. En mi boca yace el sabor acre y amarillo de su polla. Escupo todo lo que puedo, pero al llegar a la esquina empiezo a vomitar todo lo que había comido durante el día. Vomito tanto que termino escupiendo sangre. Al estar cerca de casa pienso en tirar los zapatos o en quemarlos, pero al final lo que haré es sumergirlos durante varios día en lejía y amoniaco. Luego probablemente los pueda volver a usar. En los periódicos saldrá que un pobre viejo maricón apareció muerto en su casa y que su perra se lo comió a trozos. Subo las escaleras y mi padre me ve sucio y agitado. Porque todos los viejos que son asesinados son maricones. Maricones como yo.

Con la paz de un santo me pregunta si estoy bien, le sonrío y le digo que mi novia me contó que una vez le hizo una mamada a un viejo y que casi vomita cuando se tragó su corrida. Niega con la cabeza con desaprobación y cierta indiferencia, y me responde que hay que buscar mujeres buenas, no pordioseras locas y perjudicadas. Le sonrío, como mamá le digo. Se ríe. Me pregunta que por qué ando sin zapatos, vacilo un rato: es que acabo de matar a un tipo y tengo miedo de que su sangre me persiga por el camino.

Mi padre guarda silencio, me señala el pasillo, por favor dúchate y tómate la medicación. Asiento con la cabeza: como un perro voy a ir a tomarme la medicación, yo te obedezco, semejante viejo cabrón. Pienso en hacerle daño con palabras: en si debería, llorando, bajar hacia su entrepierna y empezar a mamársela. Porque nadie tiene el más mínimo interés por mí, mi novia no existe, sólo es una chica a la que veo a veces. Me invento cosas, miento, me escondo, huyo. Nadie tiene el más mínimo interés por mí. Si al menos pudiera mostrarle a mi padre lo que sé hacer con la lengua... Si mi padre me quisiera por hacerle una mamada, sería el hijo más mamón de todo el mundo. Estoy confundido, herido y asqueado, quiero matarme. Te quiero papá aunque no te importe nada, aunque nades en un río de mierda y me veas ahogándome y no digas absolutamente nada.

A veces no hay necesidad de alimentar a un monstruo feliz. Porque soy un chico feliz. Cojo la pastilla me la meto en la boca, la saboreo y luego la escupo en el váter. Hoy no es uno de esos días en los que me la tragaré. Porque yo no trago, sino escupo. No tengo el más mínimo cariño hacia mí. En realidad ella sí es mi novia, nos hemos visto muchas veces, nos hemos besado, nos queremos. En realidad a ella le doy igual, no nos hemos visto nunca, no existe, le da asco el tacto de mi boca, no nos queremos: yo no existo.

Me ducho, me pongo unos pantalones y regreso al salón. Le digo que voy a salir dentro de unas horas. Asiente con la cabeza mientras sigue mirando la televisión. Le pregunto que cómo está, me dice que bien, asiento, le acaricio el hombro y regreso a la habitación. Pasan 4-5 horas y me visto. Llego a la plaza principal, quedo con un amigo, vamos al parque a echarnos unos porros, le invito una cerveza. Me dice de pillar coca, que ha cobrado solucionando líos a la gente. Le digo que es muy cara, que mejor anfetaminas que alimentan y tienen vitaminas. Se ríe, sólo un poco, no soy demasiado divertido. Dice que nos vayamos a la capital a pillar y de borrachera. Le sonrío, es buen tipo, es un buen plan, le comento, ¿sabes que hoy casi me viola un viejo marica? Se asquea, le digo que sí, que la vida es muy extraña, que todos están locos, que si él no lo está todavía falta poco para que lo esté, que sé reconocer a un loco cuando lo veo. Me cae bien ese tipo, le miro a los ojos de súbito manteniendo la mirada y entonces le digo marcando muy bien las palabras: ¿Quieres que te la chupe?

(Escrito atropelladamente por VORJ en una noche de verano

Corregido humildemente por VOID en una mañana de verano)