En
los fogones de la cocina una criatura se retuerce entre
chillidos húmedos.
Hace un día agresivo y
caluroso. Parece que todas las flores del cementerio se han
marchitado. Cansado y
sonámbulo continúa en
los fuegos con su labor, trocear y condimentar, aumentar el fuego,
añadir más agua…
etcétera.
Mientras de su frente fe
brotan gordas
gotas de sudor amargo y
amarillento. Sin levantar
la mirada del fuego trocea y trocea, con
el pulso firme.
Hipnotizado por el sonido
afilado de la maza.
Luego recuerda que le
falta añadir sal al
mejunje. Abre uno de los
cajones de la cocina, saca un frasco de cristal con sal y continúa
con el caldo. Algunas
cucarachas escapan por los ángulos del cajón. Poco
a poco empieza a darse cuenta de que su mente no está bien.
Pequeños detalles le muestran que ha cometido un error. Entra
en un bucle de paranoias absurdas, pero no tiene miedo, está
acostumbrado al mismo ritmo angustioso de existir.
No
se preocupa demasiado por
las alarmas que ve porque él tiene hambre, y su apetito es voraz.
Tampoco es la primera vez
que cocina. Piensa que es hora de darle de comer al perro, y le dará
de comer un delicioso caldo casero.
Llama al perro con un silbido, pero el perro no
responde. Luego con una
risa tonta se despierta de su ensueño.
Recuerda los ladridos, los arañazos y mordidas, la yugular, la
sangre;... el festín.
Cierra un ojo y se pasa la mano por la cabeza.
Con
burla, –Tarde o temprano habrá
que hacerse vegetariano.
A
lo lejos el sol calcina toda
piel humana que reconoce. Las nubes huyen del cielo y el sol parece
que está ardiendo en absoluto
y rojo odio. Desde
el cristal de la ventana
se ve a un señor medio calvo y barrigón empapado en sangre
cocinando un animal vivo. Pero
por supuesto que es su más
sagrada intimidad.
Con
un plato de sopa en la mano enciende
la televisión y
marca
un canal infantil. Empieza
a mordisquear los huesos del
animal que tiene en la sopa. Ni
siquiera recuerda su nombre. Luego
es momento de la canción infantil, la tararea alegre y satisfecho.
La soledad es extraña se
dice a sí mismo. Y
después, para no perder la costumbre, acaricia a un perro fantasma.