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03/10/19

Calor


        En los fogones de la cocina una criatura se retuerce entre chillidos húmedos. Hace un día agresivo y caluroso. Parece que todas las flores del cementerio se han marchitado. Cansado y sonámbulo continúa en los fuegos con su labor, trocear y condimentar, aumentar el fuego, añadir más agua… etcétera. Mientras de su frente fe brotan gordas gotas de sudor amargo y amarillento. Sin levantar la mirada del fuego trocea y trocea, con el pulso firme. Hipnotizado por el sonido afilado de la maza.

       Luego recuerda que le falta añadir sal al mejunje. Abre uno de los cajones de la cocina, saca un frasco de cristal con sal y continúa con el caldo. Algunas cucarachas escapan por los ángulos del cajón. Poco a poco empieza a darse cuenta de que su mente no está bien. Pequeños detalles le muestran que ha cometido un error. Entra en un bucle de paranoias absurdas, pero no tiene miedo, está acostumbrado al mismo ritmo angustioso de existir.

       No se preocupa demasiado por las alarmas que ve porque él tiene hambre, y su apetito es voraz. Tampoco es la primera vez que cocina. Piensa que es hora de darle de comer al perro, y le dará de comer un delicioso caldo casero. Llama al perro con un silbido, pero el perro no responde. Luego con una risa tonta se despierta de su ensueño. Recuerda los ladridos, los arañazos y mordidas, la yugular, la sangre;... el festín. Cierra un ojo y se pasa la mano por la cabeza.
Con burla, –Tarde o temprano habrá que hacerse vegetariano.

       A lo lejos el sol calcina toda piel humana que reconoce. Las nubes huyen del cielo y el sol parece que está ardiendo en absoluto y rojo odio. Desde el cristal de la ventana se ve a un señor medio calvo y barrigón empapado en sangre cocinando un animal vivo. Pero por supuesto que es su más sagrada intimidad.

     Con un plato de sopa en la mano enciende la televisión y marca un canal infantil. Empieza a mordisquear los huesos del animal que tiene en la sopa. Ni siquiera recuerda su nombre. Luego es momento de la canción infantil, la tararea alegre y satisfecho. La soledad es extraña se dice a sí mismo. Y después, para no perder la costumbre, acaricia a un perro fantasma.