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22/10/19

Control de cinturones

Por L. N. M


Volvíamos de vuelta al coche estacionado en los subterráneos del edificio donde vivía mi abuela. Habíamos dejado a mi querida abuela sana y salva en su casa. Mi abuela que, a pesar de su edad, mantenía la cabeza lúcida y conservaba su sentido del humor, no obstante, cada vez estaba más sorda y ciega. Debido a un accidente transcurrido cuatro décadas atrás, mi abuela también presentaba serias dificultades de movilidad. Mi abuela siempre me ha dicho que la cruz de su vida eran sus huesos. Por este motivo, tras realizar cualquier operación con ella, el hecho de dejarla sana y salva en casa suponía todo un reto. Reto que, una vez superado, se convertía en la causa de nuestra alegría. Que mi abuela no tropezara resultaba algo francamente milagroso. Era como si en plena noche uno transitara sin recambios con su bicicleta por una carretera en mal estado y, en un momento dado, atravesara un tramo repleto de cristales. En ese instante, por más que uno sea diestro a la hora de conducir su bicicleta y efectúe con sorprendente habilidad toda clase de maniobras, el hecho de no pinchar la rueda y quedarse aislado en medio de esa carretera siniestra y solitaria; demuestra que todo en esta vida está sujeto a los designios del azar, escapando de esta forma a nuestra voluntad y entendimiento. Una vez montados en el coche, mi tío, mi tía y yo emprendimos el viaje de vuelta. Recuerdo que en ese momento todo era felicidad. Reíamos como locos montados en el coche. Yo en el asiento trasero del medio, con mis manos sobre los cabeceros de los asientos de la parte delantera, miraba a uno y otro lado sonriendo a mis tíos. “¡Que bien salió esta vez!”, dije. “¡Jamás estuve más contenta”! Repuso mi tía. “Cuando se superan con éxito las adversidades y los obstáculos que nos impone la vida, uno cobra consciencia de que es ahí mismo donde reside la felicidad”, añadió mi tío sujetando con ambas manos el volante. La puerta de la cochera se accionó a través del laser del mando a distancia que mi tío guardaba siempre en la guantera de su asiento. La luz resplandeciente del exterior nos cegó por completo durante unos segundos. Mi tío, conductor experimentado, apretó el embrague y metió la primera. Ascendimos por la rampa lentamente hasta que al fin alcanzamos la superficie. Todavía nuestros ojos no se habían acostumbrado a la claridad del día, cuando, justo de frente, un control de la guardia civil nos obligó a detenernos. Lo primero que escuchamos fue un estruendoso pitido de advertencia. El guardia, con el tricornio ceñido, se encaminó hacia el coche como un toro bravo. Era un hombre realmente esquelético y anormalmente alto. Vestía con su uniforme verde plomizo, y al caminar daba la impresión de que en cualquier momento sus piernas escuchimizadas podrían enredarse propiciando una trágica caída. El hecho de que los cuerpos caigan me parece un descubrimiento absolutamente devastador. Por eso yo siempre tengo mis objetos personales en el suelo, donde la fuerza potencial es mínima, y así siempre me prevengo de desgracias mayores. “¡Deténgase de inmediato!”, bramó el guardia. “¿Qué sucede, agente?”, preguntó alarmado mi tío. “¡Control de cinturones!”. Dando unos golpes con los nudillos de su raquítica mano derecha, el guardia ordenó a mi tío que bajara la ventanilla. Mi tío se apresuró a cumplir la orden, puesto que no deseaba en absoluto perturbar la paz y tranquilidad de los ciudadanos. Entonces el guardia introdujo su cabeza en el interior del vehículo, su cabeza que era como una calavera viviente. Apostó sus largos y finísimos dedos en el marco de la ventana e introdujo medio cuerpo. Olfateó el interior como un perro bien adiestrado, moviendo la nariz puntiaguda siguiendo el rastro del delito. Primero olfateó el cuello sudoroso de mi tío, que tenía los nervios a flor de piel. Después, adentrándose cada vez más, hasta prácticamente meter todo el cuerpo, recorrió con la nariz los sobacos de mi tía, igualmente sudados, aunque no por los nervios. Una vez transcurrida esta minuciosa inspección, dirigió su alargada nariz (cada vez parecía más alargada y puntiaguda) hacia el asiento trasero del medio. En mi vida había sentido tal violación de mi intimidad, tras la alegría pasada, ahora lo estaba pasando verdaderamente mal. Me lanzó una mirada cargada de malicia. La mirada de un cadáver viviente. Por más que tratara de reconocer en aquellos ojos achinados y chispeantes, del mismo color que el uniforme, algún rasgo que me permitiera identificar al guardia como un sujeto de la misma especie, lo cierto es que solo hallaba en ellos la fría inexpresividad de un muerto. “Ahjá”, escupió el guardia. “Lo que yo pensaba. Todos ustedes son unos malditos delincuentes”. Inesperadamente mi tía lanzó una carcajada. El guardia se viró inmediatamente hacia ella, pero ella seguía riendo y riendo, ostentando su dentadura podrida y a falta de algunos dientes. “¿Por qué dice usted eso, agente?”, preguntó mi tío, clavándole el codo a su hermana para que callara. “Ninguno lleva puesto el cinturón. Se trata de una falta gravísima que solo puede subsanarse con doscientos euros por cabeza”. “¿Doscientos euros?”, preguntó mi tío llevando las manos del volante a su despeinada cabeza. “Pero nosotros no tenemos tanto dinero, agente”. Mi tía volvió a irrumpir en carcajadas. Carcajadas que después se convirtieron en esputos. Esputos que terminaron en una tos carrasposa y flemática. “Pero eso es falso”, añadió mi tía una vez se hubo recobrado de la tos. “¿Cómo que falso? ¿Acaso se atreve usted a contradecir a la autoridad?”. “No es eso agente” continuó mi tía. “Por lo menos en mi caso, tengo que señalar que si llevo puesto el cinturón”. “Eso es radicalmente falso”, repuso azorado el guardia. “No si usted me deja explicarme”. El guardia volvió a introducir la cabeza en el coche y observó a mi tía incrédulo. “Entonces explíquese”, añadió un poco más sosegado. “Puede usted sentarse con nosotros” insinuó mi tío. “Sí, aquí en la parte de atrás. Mi sobrino le hará un sitio”. “Agente”, dijo mi tía, “¿le importa si me fumo un cigarro?”. El guardia asintió, y acto seguido, se metió dentro del coche por la ventanilla. Primero se apoyó sobre mi tío, que se revolvió incómodo en el asiento, aunque manteniendo siempre la compostura. A continuación, gateó el guardia como pudo hasta alcanzar la parte trasera. Yo me orillé a un extremo y dejé que se sentara en el medio. Mi tía se giró hacia el guardia y ofreció a todos los ocupantes unos cigarrillos. Mientras fumábamos descosidamente desde nuestras respectivas posiciones y el auto comenzaba a llenarse rápidamente de humo, mi tía comenzó a explayarse en los siguientes términos: “Lo que sucede, agente, es que llevamos puesto el cinturón, pero usted no lo ve porque nuestros cinturones son invisibles”. Arqueando una ceja: “¿Invisibles?”. “Completamente invisibles, agente”. “Comprendo”, dijo el agente un tanto sorprendido. “Pero yo jamás había oído hablar de este tipo de cinturones”. “¿Le suena a usted la cerveza artesana invisible?, preguntó mi tía. “Me temo que no”, añadió el agente cabizbajo. “Bueno, lo cierto es que me la trae al pairo”, prosiguió mi tía. “Verá usted, antes se vendía una cerveza aquí, en nuestra hermosa ciudad, que se llamaba Mangurrina. “¿Artesana también?”, preguntó intrigado mi tío. “Tan, o incluso más artesana que la invisible”. En ese momento, la densidad del humo era tal que ya no podíamos ver nuestros rostros. “¿A dónde quiere usted llegar?”. “Muy simple. Pero antes de continuar, me gustaría preguntarle si usted sabe qué quiere decir Mangurrina. Es más, si usted llega a comprender la importancia del hecho de que, a nosotros, los cacereños, nos llamen mangurrinos”. Todos permanecimos en silencio. “Ya veo que ninguno tiene ni idea. Pues bien, la Mangurrina es, por así decirlo, el sombrerito de la bellota. Esta es la razón por la cual los de Badajoz nos llaman mangurrinos. No es nada malo, créame, agente. No hay nada de malo en ello. Se trata únicamente de un problema geográfico”. “Ya entiendo”, contestó el guardia. “Por las mismas razones llamamos nosotros belloteros a los de Badajoz. Bien. Agente, ¿piensa usted multarnos ahora? ¿ahora que ya conoce toda la verdad?”. “No sé qué decirle, señora, su historia me ha impresionado mucho”. “Piense bien en todo lo que ha dicho mi hermana, agente”. “¡Oh, que carai! Supongo que su hermana tiene razón. Que toda esta disputa está fuera de lugar. El mundo es un lugar muy extraño. Cuando uno es guardia civil…”, el guardia suspiró, “uno ve demasiadas cosas. Cosas horribles. Cosas que ni si quiera podéis imaginar”. En ese momento, agobiado por el humo (creo que agobiados estábamos todos), mi tío abrió la ventanilla y el humo se fue disipando. “Está bien. Voy a dejaros marchar. Nada de esto tiene sentido si efectivamente los cinturones son invisibles, y creedme que ahora estoy convencido de que lo son”. “Muchas gracias agente”, agregó mi tío lanzándole una sonrisa, “ha sido un placer conocerle”. Mi tío volvió a poner las manos sobre el volante. De nuevo nos sentíamos felices.

03/10/19

Calor


        En los fogones de la cocina una criatura se retuerce entre chillidos húmedos. Hace un día agresivo y caluroso. Parece que todas las flores del cementerio se han marchitado. Cansado y sonámbulo continúa en los fuegos con su labor, trocear y condimentar, aumentar el fuego, añadir más agua… etcétera. Mientras de su frente fe brotan gordas gotas de sudor amargo y amarillento. Sin levantar la mirada del fuego trocea y trocea, con el pulso firme. Hipnotizado por el sonido afilado de la maza.

       Luego recuerda que le falta añadir sal al mejunje. Abre uno de los cajones de la cocina, saca un frasco de cristal con sal y continúa con el caldo. Algunas cucarachas escapan por los ángulos del cajón. Poco a poco empieza a darse cuenta de que su mente no está bien. Pequeños detalles le muestran que ha cometido un error. Entra en un bucle de paranoias absurdas, pero no tiene miedo, está acostumbrado al mismo ritmo angustioso de existir.

       No se preocupa demasiado por las alarmas que ve porque él tiene hambre, y su apetito es voraz. Tampoco es la primera vez que cocina. Piensa que es hora de darle de comer al perro, y le dará de comer un delicioso caldo casero. Llama al perro con un silbido, pero el perro no responde. Luego con una risa tonta se despierta de su ensueño. Recuerda los ladridos, los arañazos y mordidas, la yugular, la sangre;... el festín. Cierra un ojo y se pasa la mano por la cabeza.
Con burla, –Tarde o temprano habrá que hacerse vegetariano.

       A lo lejos el sol calcina toda piel humana que reconoce. Las nubes huyen del cielo y el sol parece que está ardiendo en absoluto y rojo odio. Desde el cristal de la ventana se ve a un señor medio calvo y barrigón empapado en sangre cocinando un animal vivo. Pero por supuesto que es su más sagrada intimidad.

     Con un plato de sopa en la mano enciende la televisión y marca un canal infantil. Empieza a mordisquear los huesos del animal que tiene en la sopa. Ni siquiera recuerda su nombre. Luego es momento de la canción infantil, la tararea alegre y satisfecho. La soledad es extraña se dice a sí mismo. Y después, para no perder la costumbre, acaricia a un perro fantasma.