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03/06/26

Póstumo

Dedicado a Santiago

Con una sonrisa en la cara me dirijo a la máquina de café portátil de casa. Enciendo la cafetera sin ningún sentimiento alguno. Hiervo el café, suavemente como una inyección de cianuro en la vena de mi primer bebé nacido del amor más transverso. Espasmos y pesadez mental, como cuándo una mujer mayor da a luz a un bebé nacido de una violenta perforación. Intento calmarme. No lo logro. Negatory. Voy a ser honesto con todos vosotros. Ayer casi me da un ataque de pánico. Y cuando los síntomas subieron escalando como cucarachas a mil por mi cabeza supe que estaba en alto riesgo. A un pelo de morir. Me desperté asustado y temblando de pánico y terror para niños pequeños de pies descalzos. Como una arpón en el dedo meñique. Cagado de miedo. Había visto de cerca a los Iluminatis por tercera vez consecutiva. En un extraño ritual en el que me forzaban a participar de sus actividades. No tuve opción a negarme. Hablaron en mi idioma, me dieron instrucciones pero yo me negué en rotundo cuando vi que la vida de mis hijos dependía de ello. Mis hijos no iban a pagar por los pecados que yo cometiera. Ni tampoco iba a suicidarme dejando a mis hijos traumatizados y muertos de miedo, yo tenía que sobrevivir a toda costa, medio cojo, ciego, tullido, sin dientes, y probablemente, por desgracia, con total seguridad, sin mi miembro viril. Estaba en clara desventaja, había nacido para perder; sin embargo eso no significaba que no me iba a defender con todas mis ganas. Iba a hacer un claro pvp de uno contra 6. Un vídeo pornográfico probablemente grabado por algún extranjero de mierda. Por suerte, no me afectaba en absoluto, ya que yo era un sociópata integrado. Esa carta me salvaba de todo remordimiento y de todo dolor que podría desencadenar en la pérdida de control de mi vida. Todavía estaba calentando cuándo me despertó el dolor de cabeza. Habré dormido unas pocas dos horas. La escalada mental es complicadísima. Tienes que dormir poco a poco, porque tienes el sueño destruido. Y ello implica cansancio lento. Y probablemente una fatiga profunda. La muerte por fatiga es acojonantemente sublime. No deja ni la sangre en el asfalto. Estás marcado con una cruz roja sobre tu cabeza. ¿Si ya estabas marcado para el asesinato, tendrías el valor de pelear por morir lento?

II

Cuando desperté de la pesadilla entendí que no había sido sólo una pesadilla nocturna, sino que era la presentación de aquellas bestias a las que nos enfrentábamos los de SMA. Habían hecho un consejo de guerra, y nos habían marcado para destruirnos. Aniquilar el amor de nuestros corazones y follarse a nuestros bebés. Allí supe que tenía que hacer algo. Yo no era el mejor luchador, ni tampoco el más esbelto ni el más fuerte, pero yo a pesar de tantos problemas físicos, estaba forjado a nervio y agilidad. 

III

Tenía la daga más pequeña del grupo. Todos ellos eran monstruos con espadas kilométricas y dagas forjadas en sangre de Cristos muertos. Y yo sólo tenía una pequeña daga que logré forjar con mi padre. Una de metal templado, pero de manija de hueso marino. Una daga heredada de la familia, pero que era muy útil. Los vi a todos, ellos eran reales. Y yo también. Estaba en otra dimensión, con entes gigantes y crudos. Y yo sólo era un humano que estaba cerca de la sobredosis de pastillas, encima, por estúpido, mezcladas con alcohol. No pretendía suicidarme. Yo nunca haría algo así. Yo pretendía ponerme al límite. El efecto de pesadilla se mantiene aún ahora cuando escribo estas letras. Sin embargo, la paz que me da estar en mi catedral no me la quitan ni siquiera los gigantes que me terminaron atravesando con una espada Cristal. Muriendo rápido y sin posibilidad de despedirme de este mundo. 

V

Me puse serio.

VI

Me puse muy serio.

VII

Entonces me dispuse a dormir después de 6 días sin dormir prácticamente nada. Había mentido a todo el mundo respecto a eso, y las consecuencias iban a ser tremendas. Entre otras cosas conocer a esos Entes. Los vi como si yo fuera un juguete al que levantaban de las piernas y los brazos, hasta dislocarme los hombros y romperme parte de la espalda. Se reían mientras lo hacían. Se reían con viveza y alegría. Ellos se estaban riendo de mí. ¿Cómo era posible que a Vorj le sucediera eso? Era imposible evitar lo inevitable, observando el sadismo, supe de inmediato, y en ese momento que había muerto.

VIII

Tenía dos opciones, el cielo o el infierno. O sucumbir ante el fantasma y estar en el purgatorio. Elegí purgatorio. Y allí empezó todo. Nuevamente me tocó vivir aquel sueño perverso. En el que las bestias llevaban las máscaras de mis seres queridos. Mi hermana, mi padre, y mi madre. Atavismo también estaba muerto y desfigurado. Tenían la máscara de mi novio. Y eso me hizo entrar en calor. Fue entonces que a la quinta vez del bullying decidí clavarle la daga justo en el labio inferior al más pequeño de ellos, y tratar de paso, en probar su sangre. Era un consejo que Ytchz me había dado. Así que obedecí sin objeciones. La sangre brotó como mayonesa en el estómago de alguien que no tiene apetito ni puede tragar ningún trozo de pan. Terror absoluto.

Eran ocho en total, ¿Cómo iba a librarme de ellos? Yo era humano. Eso me daba una ventaja extrema y letal. Podía morir llevándome a ellos conmigo. El precio no era muy caro, dadas las circunstancias. Ahora me río porque sólo a mí se me podía ocurrir lo de hacerle un piercing en el labio a un ente espectral y que este llorase por lo agudo del daño. A veces Exodum era fantasmal y eso me gustaba de él, a pesar de ser un fantasma, me hacía sentir poderoso y respetado. A fin de cuentas qué más daba vivir cerca de Atavismo, amarnos y cuidarnos, si yo iba a seguir oliendo mal. No te confundas muchacho, aprendiste a fumar recién a los 33 años, y eso que llevas desde los 20 con ese tonteo tonto. El alma es más fuerte que el cuerpo. A veces sólo hace falta respirar aire puro.

IX

Desperté meado y cagado. Tuve que tirar el colchón a la basura, pero por suerte, a lo lejos, en la pared, había una araña. Una araña preciosa de color rojo.

Tres sueños que tuve antes de quedar dormido

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                           rimas de dor

abstracto pido que el deseo
no exista
escupo leve
un canto ácido y amargo
que nos hiciera libres en otro momento
me despediste
sin embargo
desahuciado el sonido
quedan otras tantas dije seguro 
con líneas desconocidas
anónimo de tono
de fonación escondida
endurezco la frente que aquí hace frío 
que llueve y graniza y al final del verano
escarcha 
con la mano débil dos trazos que son nombre
ojalá haber sabido que en vano 
sonreí más allá de las nubes
de nubes grises con hambre
que se atrevían a acontecer
la fe en el hombre
con mirada de sal en bolsas de kilo
cuando estás lejos de ti:
amor no correspondido
huidizo atraviesas la carne
te haces una placenta propia
atléticos pulmones sorbes el fuego fuerte
y luego lloras
morado
al nacer
el resto de tu gris
vida 
dame tiempo que aún así 
no sabré calcular el peso
de aquellas pequeñas palabras
que en el diccionario ayudábanme
a ser definido
ye algo que podría hacernos tan libres
ye castigo mío no poderme escuchar la voz
ye la mía devoción servir los oídos 
ye morir en vida esperar a estar vivo
ye la mía responsabilidad querer vivir 
cuando en mí pienso
estrujo el seso y torturo al córtex
dejando de aprender lo aprendido
tratamiento paliativo
acaríciame que me olvide
da ya el golpe que todo fulmine
échame aceite en los ojos arrópame 
recuérdome caliente 
estoy vivo 
y sin embargo es dulce el vino
pienso
que mañana será otro día 
y no el día en que me haya ido
en el que me haya ido del todo
seré 
un sabor fundido en paladares tibios
cerrando una comitiva sin esquinas
para manos que no la tocarán 
esto es una espina tímida 
aquello que mamá dice ser solo son aromas y oscuras prácticas
dale alpiste al pico
toca el timbre aguardando tu amor
pica en la puerta una percusión ominosa
conjura un hechizo
hace que todo siga su curso
tiene frío y le asusta tu sustantivo
***



agudo

en esta lumbre
de infinita cegera
pestañas de miedo
lleno de pestañas blancas y ojos rojos
el hogar vientre diáfano quiere decir
agrandar la mordida
dejando que los músculos 
se relajen

en esta lumbre 
ladrar de rabia y dolor
farmacia vientre opaco
se esclarece la necesidad 
abulta en un lado
viene hacia mí retorciéndose 
va a todas partes con las vísceras 
pegadas
a las estrellas
a una caja de cartón
pegadas 

tantas estrellas cuál es su oído 
donde podría susurrar secretos indecisos
preguntas de encimera
si me lo permitieran
si las manos fueran espadas y al tocar
partieran el cielo
qué pasaría
***



。⁠:゚⁠(⁠;⁠´⁠∩⁠`⁠;⁠)゚⁠:⁠。

más allá de esta detestable situación de donde no sería sin mí con esos sueños que replican tu  a m a b i li dad 
y tu  Bondad qué pesadillesco-n humo
   sin el sujeto a detestar 
de quererme no soy capaz no sería capaz de nada y lo preferiría 
             y otra vez alzo la mirada para      sentirme una sirena en ese cabeceropara la cama blanco blan co roto
un bivalvo nacarado abierto

queda cultivar un mito sin genitales subacuático
hacerme florecer como figura de sombra marrón en el fondo del lago verde una excusa perfecta la salvación deseada     
          predispuesto con ello al fin de mi vida dar

_____ se cierre esta concha me atrape dentro yme convierta en sirena  _____  se caiga la cama al fondo de la tierra forzándome. a ser carbón luego puede ser que un diamante hueco o un hueco que pueda ser un tesoro
_____ este cigarro absurdo ahuyente cualquier posibilidad de galerna chabola emocional que es mi hogar sí,yes ... pero no aguantará á otro invierno sombrilla esquelética 
           y mi vida oliendo 
       
            nunca me esperaron al otro lado no sé quién podría     
            yo q ue  fui insensato y bailé lleno de histeria alrededor de un charco ácido   no lo merezco si ni las estrellas quieren verme me planteo si les valieron las penas ""volverme loco  "
que no q ue noy queno 

.. .me digo que estar drogado es orgánico 
me abro dos grietas paralelas en los
antebrazos de la mente
    entonces aquí debiera darse comienzo al gran cambio .... . pájaro muerto de tanta poesía el único final el u`nico periquito querido ... .animal salvaje  Ud. hará que estos poetas acaben siendo cowboys y abandonarán la vida también peroesta vez en Su nombre

era-hubiera si domás fácil no enfrentarse
al sueño de otro dueño
          salir a la calle y fumar un cigarri llo mientras araño la caravista y digo que deberían arar el campo y los hombres que solían venir y los surcos bien marcados 

y todos estos hechos-vidas protegen ahora los restos necrosados y sépticos de mi alma
        me acuesto siempre en la profundidad de sus terrores 
y poco   a    poco ,habito sus decadentes vasos ...
>¡¡qué felicidad!!

¡cómo lloran tan dulce cómo un duelo tan higiénico ,,,, que la arena y el agua atraviesan sin demandar ya nada!
oh dios lo sabe que aquella sangre    era para jugar tan sólo/solo

              para saber entero en lo innato de mis desviaciones
cuál era el sentido de la luna ésta ,está tan alejada,,,,,, de mí
de mí
 como cae debajo del tiempo
 la palabra nunca
***

SMA

 No puedo tragar ni si quiera un trozo de pan. Muerdo una zanahoria pensando que me aliviará el sabor de nuestro último beso. Estoy bien sólo qué fatigado. Te pienso. Siempre.

Quiero hacer feliz a mi hijo

 Para mi amigo Diego M. M.


Cuando mi madre murió, mi padre comenzó abusar de mí como hasta entonces lo había hecho con mi madre. Tenía trece años. Después, cuando mi padre también murió, me sentí libre del todo. Contaba con diecisiete años y me hallaba sola en el mundo. Pero esto no me desanimaba. Salía a diario a emborracharme. A veces acostumbraba a llevarme cuatro, cinco, e incluso seis hombres a la cama en una sola noche. Me encantaba el sexo. Me volvía loca que me ataran y me metieran diversos objetos en la boca y en el culo. Me chiflaba de veras que me vejaran sin piedad. Mi vagina era prodigiosa y descomunal. Yo aullaba como loba siendo maltratada hasta lo inimaginable. La concepción que tengo del sexo, o que por lo menos tenía en aquel entonces, superaba con creces toda fantasía, todo límite, y jamás quise ni deseé privarme de nada. Cuanto más lo practicaba más lo necesitaba. La mayoría de las veces me frustraba a causa de hombres que eran demasiado blandos. Los echaba de la casa a escupitajos y les maldecía haciéndoles sentir miserables. Les odiaba cuando no me pegaban. Les insultaba cuando no defecaban en mi espalda o me orinaban encima. Les odiaba y les despreciaba por lo poco viriles que eran. No obtuve mejor resultado con las mujeres. El sexo era demasiado sensible, demasiado para mí. Yo deseaba que me penetraran con punzones, o que me desgarraran la vagina con tijeras, o me metieran cristales por el culo, porque todo ello me procuraba un placer infame. Un placer que se había adueñado por completo de mi persona, esclava incondicional de mi deseo por alcanzar el paroxismo de la locura que bullía en mí de forma cada vez más monstruosa. El dolor y el placer se mezclaban de forma homogénea en todo cuanto tuviera que ver con mi deseo, con mis fantasías, infinitas y brutales; mediante las cuales procuraba culminar mis relaciones sexuales hasta alcanzar el apogeo de todo cuanto a mi cuerpo le fuera posible experimentar y soportar. Pero pronto descubrí que mi deseo era superior a mi cuerpo y que todo ello me provocaba un sufrimiento atroz, sin que por ello dejara de seguir estando aferrada a él del mismo modo que un perro maltratado continúa aferrándose a la pierna de su amo. Una noche me asaltaron tres hombres en el portal de mi casa. Yo estaba eufórica porque había consumido bastante cocaína y les supliqué que me violaran salvajemente y que me pegaran sin consideración, y ellos dejaron que les mamara bien sus vergas. Sus vergas eran ridículas y exigí que me penetraran simultáneamente por el culo, la boca y la vagina. Dos de ellos se vinieron al instante, pero el tercero aguantó más y terminó por correrse en mi vagina. Noté como el semen caliente se mezclaba con mi propia materia y me atravesaba guiado por una voluntad desconocida. Tres semanas después supe que estaba en cinta. Algo diabólico impidió que abortara. Quise tenerlo. Dejé que germinara dentro de mí y se me hinchara el vientre. Contacté con diversas entidades dedicadas a la pornografía. Me especialicé en el porno de embarazadas practicando sexo con reputados actores como “Cojones de acero”, “Verga-Rey” y “Anaconda Negra”. Todos ellos hombres viriles y de buena talla que me hicieron chorrear como una desalmada. Obtuve varios premios por el realismo de las escenas que filmaba y actores y directores me amaban y deseaban como nadie lo había hecho hasta entonces. Fueron los ocho meses más felices de mi vida. En el octavo mes se me prohibió rodar. El hijo que llevaba en mis entrañas estaba a punto de nacer. Desde que nació mi hijo ya no quise nada más en este mundo. Me había hecho relativamente rica y podría procurarle una infancia feliz y un futuro provechoso. Era mi hijo, el fruto de una violación múltiple, y le amaba como hasta entonces había amado que profanaran todos los orificios de mi cuerpo. Desde entonces solo pienso en cómo hacer feliz a mi hijo. A veces se me echa en cara que soy una madre demasiado protectora. Di de mamar a mi hijo hasta los nueve años. Me gustaba que mi hijo me mordisqueara los pezones y me hubiese gustado que lo hubiera hecho indefinidamente, hasta que un mal día se negó a causa de la vergüenza que sentía en relación con otros niños que ya no lo hacían a su edad. Yo le miré sonriente y le besé en los labios. Desde entonces, como cada tarde hasta que cumpliera doce años, cuando regresaba de jugar al fútbol con sus amigos, no quiso nunca más mamar de mis pechos. Lo cierto es que durante su infancia siempre fui muy protectora, esto lo admito sin reparos. Una tarde llegó magullado del colegio. Al principio no quiso decirme nada, pero cuando a los pocos días regresó aún más lastimado, con el rostro hinchado y cubierto de lágrimas, terminó por confesarme quiénes eran los responsables. A la mañana siguiente no vacilé en apalearlos como a perros, valiéndome de lo primero que tuviera a mano hasta romperles los huesos. Nadie nunca osará tocar a mi hijo mientras yo viva. El hijo mío que ha nacido de mis entrañas y que amo y adoro con todas mis fuerzas. A mi hijo querido que es propiedad indiscutible de mi ser. A mi hijo que es una extensión más de mí misma. Otras madres critican la relación que tengo con mi hijo. Yo las miro con recelo, como una hiena protectora y territorial. Les enseño los dientes a esas putas y no dudo en arrancarles los ojos con mis uñas si se atreven a hablar mal de mi hijo. Ninguna autoridad moral o legal impedirá nunca que yo haga feliz a mi hijo. Sé que mi hijo se masturba desde hace unos años. Ahora tiene quince y su cuerpo es ya el de un hombre, y su verga también. Cuando se marcha de casa inspecciono el cuarto de mi hijo, reviso sus cajones y pertenencias personales. Huelo la ropa interior de mi hijo, especialmente la que está sucia y me impregno las narices absorbiendo la esencia que ya desprenden sus cojones. Fantaseo diariamente con pillarle haciéndose una paja. A veces encuentro trozos arrugados de papel higiénico bajo la cama que contienen restos de su semen. Entonces me pongo a cuatro patas y los olfateo como un animalillo sucio y perverso. Lamo esos restos de semen vaticinando que un día probaré el semen fresco y calentito de mi hijo, y me humedezco las bragas como una adolescente pervertida y sinvergüenza. Yo quiero mucho a mi hijo y por eso voy hacerle un regalo especial. Hoy cumple dieciséis años. Se que a mi hijo le excitan mis pechos prominentes y redondos, a pesar de que ya tenga una edad. Sé que cuando se masturba piensa en meterme la polla entre los pechos. Esta tarde cuando llegue del instituto le esperaré en albornoz. Hoy desprendo un aroma irresistible, me he aplicado aceite por todo el cuerpo y me siento hermosa y brillante. Me he pintado los labios. Me he rasurado el coño y después me he masturbado pensando en el momento en que llegue mi hijo. Le felicitaré con un beso en los labios, le quitaré la mochila y le sentaré en el sillón. Le preguntaré cómo fue el día. Le susurraré cosas al oído para que capte la fragancia que desprende mi cuello desnudo y me inclinaré sobre él para que contemple mis pechos firmes y esbeltos. Después le desabrocharé el pantalón y le bajaré los calzones, como cuando era un niñito. Seguramente él protestará, pero su erección será incontrolable. El mismo tendrá que admitir que no hay admonición posible. Le chuparé el glande con suavidad, lamiéndole cada milímetro, y sintiendo cada centímetro de su verga introducírseme por la garganta. Llevaré el pelo recogido en un moño para que lo pueda observar todo, para que no se pierda detalle. Al principio no usaré las manos, tan solo la boca. Que vea y compruebe mi destreza, el poder de mi boca y de mi lengua y observe excitado bajar y subir mi cabeza por su verga embadurnada y ardiente. Después le apretaré los genitales, los presionaré con mi mano derecha mientras me llevo la otra a la vagina, cuyos labios la estarán esperando mojados e impacientes. Le lanzaré una mirada lasciva y sumisa desde sus huevos. Él me mirará con timidez, al menos al principio, pero después comenzará a removerse en el asiento cegado por el placer que le produce su madre. Sus ojos se pondrán del revés, perdiéndose en la inmensidad inconmensurable del éxtasis. Todo lo que quiero es hacer feliz a mi hijo. Quiero que eyacule en mi boca, o sobre mis pechos, o en ambos si es que tiene la suficiente virilidad que tanto ansío que así sea. Quiero que cuando se corra observe a su madre arrodillada y bañada de semen, del vigoroso semen de su cachorro; y quiero que me vea relamiéndome los restos que penden de la comisura de mi boca, y una vez que me lo haya tragado contemplaré satisfecha el rostro ahogado e infinitamente feliz de mi hijo.

 

 


Pies

Mi madre me llevó al podólogo. La estancia estaba limpia, y el piso resplandeciente. El olor a lejía aromatizada se mezclaba con la loción del propio doctor. En el bolsillo superior izquierdo de su bata llevaba insertada una piruleta redonda de sabor a fresa. El doctor me obsequió con una sonrisa y me dijo que si me portaba bien sería para mí. Pero a mí no me gustan las piruletas, ni las golosinas, ni tampoco las gominolas ni cualquier otra cosa que reviente los dientes y el estómago. Acaso quiera el doctor envenenarme. Salud = a ventosear feo + cagar duro y mandar a los médicos a tomar por... y me suda los huevos, los cojoncitos imberbes, voy a decirlo igual: ¡a tomar por culo! Médico = a matasanos. No sé. Quizás el remedio sea peor que la enfermedad. Quizás la jodida piruleta mierdosa que asoma por la bata como una guindilla maricona no sea más que un placebo. No soy un niño amable, no soy un niño cariñoso, sino más bien un ser melancólico y endiablado. ¿Por qué no? Por qué no ser lo que a uno le de la gana, aunque sea un puto doctor sierra piernas con piruleta. De ofrecerme algo podría ofrecerme cacahuetes. Los caca-huetes me gustan a excepción de que estén pelados, fritos y salados. Esos cabrones te hinchan por dentro como se hinchan las palomas tras ingerir las miguitas de pan que les lanzan los viejos decrépitos, aburridos y pederastas que pacen en los parques. Después se quejan de que los bazos hediondos y reventados de las palomas apesten las calles. Después se quejan de que hay niños con obesidad prematura o niños diabéticos y con el colesterol alto. Doctor= a exterminador infantil. Viejo = a genocida de palomas. Palomas= a ratas voladoras. El doctor me pidió que me sentara en la camilla y me quitara el calzado. ¿Cuántos años tenía? ¿5? ¿6? Los suficientes para ser desconfiado. ¿Los suficientes para ser peligroso? No. Infancia = a inocencia. Hace poco fui a urgencias con unas décimas de fiebre. Las púas de erizo que me clavé en el mar me estaban supurando. El doctor sujetó mis piernas ridículamente escuchimizadas e insensibles y me quitó las deportivas. Un tetrapléjico usando deportivas = a cruel ironía de la vida. La puta vida. Luego mis pies torcidos cubiertos de unos calcetines negros y agujereados, aunque hubo un tiempo en que estuvieron limpios y nuevos. Los enormes pies peludos y apestosos. Los pies de un enfermo. Pies más grandes que su antebrazo apuntando directamente a su nariz. La planta de mis pies supurante y negra como los calcetines. Pies = queso podrido atestado de gusanos. Atestado de púas. La negra espina de erizo que tengo clavada en mi corazón resentido. Joderos. Me llaman el “Ruedas” desde que empecé a ser desconfiado.

¡Dios...! exclamó.

Balbucea. Balbucea. Balbucea.

¡¡Santo Dios!! Pero es que usted…

No, no me lavo. Un lisiado de por vida = a ausencia completa de aseo personal. Muy sucio. Muy guarro. Extrae las jodidas púas de mis pies. ¡libérame! Doctor con bilis en la boca = a perro envenenado con estricnina. Doctor = a no saber que hacer. Jódete hijo de perra y lávame los pies con jabón desinfectante. Adelante, sé un buen samaritano y cura y lava estos pies rotos y pobres. Estos pies atrofiados de alimaña reptante. Doctor, sostén estos pies y grita: Lázaro camina. Lázaro levanta. Lázaro devuélveme unos pies nuevos y deshazte de estos. Lázaro = a por qué no revientas. Lázaro = a vino caminando de entre los lisiados. Lázaro hijueputa. Hace tiempo que soy incapaz de caminar, y para una vez que me sacan a hacer algo de ejercicio al mar, voy y me jodo y me cago en su puta madre que se me clava un erizo asqueroso. Pero volvamos a cuando tenía 5 o 6 años. Ahora tengo 30 y ya no soy desconfiado sino peligroso. 30 años = sucio lisiado cabrón y sociópata. El doctor toma unas medidas de mis pies y lo anota todo escrupulosamente. Después me pide que deposite mis plantas en un recipiente que contiene una sustancia como de plastilina. Observo mis huellas ligeramente torcidas sobre la superficie. El doctor asiente. Me vuelve a pedir amablemente que vuelva a sentarme y, valiéndose de un martillito, descarga unos golpecitos sobre mis rodillas sin obtener ninguna respuesta. Doctor = a Thor sin gloria.

Esto no me lo esperaba. Dijo.

Mi madre visiblemente nerviosa. El doctor me aplica un gel y me masajea las rótulas. Mi madre = a no le sobes los muslos a mi cachorro, pervertido. A continuación, me pide que me tumbe bocabajo. Ojos de mi madre = a desconcierto. El doctor inspecciona mis vértebras. Los dedos del doctor = a una tarántula recorriendo mi espina dorsal.

Principio de esclerosis, me temo. El doctor mira a mi madre. Sin lugar a dudas, señora.

Una respuesta firme, franca, sin posibilidad de remisión, sin importarle mi suerte, sin importarle mi futuro. Sinceridad del doctor = a devastadora crueldad. Después me tiende la piruleta. El doctor conduce a mi madre hacia un rincón. Hablan entre ellos y el doctor apoya sus manos en los hombros de mi madre. Mi madre observa al doctor con los ojos empañados de lágrimas. Los berridos de mi madre herida retumban por todo el hospital.

⸺¿Por qué lloras mamá? pregunto abrazándola para calmarla.

Porque el doctor dice que vas a sufrir mucho, hijo mío. Sufrirás mucho cuando seas un hombre y yo no esté para cuidarte.

⸺¿Por qué dices eso mamá?

De momento van a fabricarte un molde para corregir tu desvío y luego ya veremos sino tenemos que comprar una silla de ruedas.

⸺¿Van a ponerme unos hierros como al niño de la peli, mama?

Si hijo, posiblemente lo harán.

No llores, má. Un día saldré corriendo de aquí y no me detendré nunca. Los hierros se caerán y me dejarán libre, igual que en la peli, mamá.

Inocencia de un niño = a esperanza. A los 22 años comencé a trabajar en una agencia publicitaria de promoción para minusválidos. Personalmente prefiero que nos llamen inválidos, que nos traten de torpes, que nos maltraten a falta de zonas habilitadas. Ser ciego, sordo o tullido es sinónimo de ser un jodido inútil. Verdad = a mentira. Mentira = a verdad. Mundo = paradoja. Vida = a tragicomedia. Nosotros los tullidos debemos aceptar esto si queremos aspirar a lo que tenemos y no a lo que echamos en falta. Yo echo en falta una vida. Mi vida echa en falta a mis pies. Yo era el protagonista de estos perturbadores anuncios. Anuncios en los que aparentaba realizar tareas cotidianas, pero que en el fondo me resultaban imposibles sin la ayuda de mi madre. Madre muerta = a estar muy pero que muy jodido. Siempre trajinando con mi estúpida silla de ruedas. Yo = gasterópodo. Siempre poniendo cara de criatura desdichada. La compasión del prójimo = subvención socialista. A veces pienso en los niños africanos que tienen que caminar kilómetros para un trago de agua. A veces en un enfermo de obesidad mórbida que no puede desplazarse ni dos pasos para mear. A veces en ser abandonado en un desguace. A veces sueño con que el director de los anuncios me arroja por unas escaleras infinitas. A veces siento que estoy corriendo lenta pero inexorablemente hacia la tumba. A veces tengo la esperanza de que al final de los anuncios aparezca el eslogan de “Durex”. Propagación irresponsable de la especie = a proliferación de imbéciles. Me gratularía contemplar, después de cada anuncio, mi jodida cara corrompida, irónica y ojerosa y demacrada y desaliñada y sucia como la planta de mis pies.

Mi mejor amigo

 No sé si han pasado diez años o cinco. Y aunque me gustaría sentirme de nuevo acompañado y por siempre respaldado en este mundo sucio infame y cruel, no encuentro valor para mirarme a la cara y aceptar que fui completamente un desgraciado con mi mejor amigo. Sumido en pensamientos crueles malévolos y distorsionados por mi condición. Pero la verdad es que, mientras me hago mayor, todavía recuerdo quién fue el que me dio valor cuándo sólo era un niñato con pretensiones un poco mariconas sobre ser escritor. Yo no tenía nada. Yo no tenía a nadie. Y él me adoptó. No es que no pueda con la culpa o el rencor. Es que no puedo con la bajeza que cometí. Y sí, en su carta me lo explicaba bien. Aunque en ese tiempo no supe cómo encajarlo, ahora mirándolo con perspectiva sólo sé que estaba intoxicado y enfermando. Es que siempre caigo en los mismos errores. No puedo prometerme nada a mí mismo que no sea que mi mejor amigo era, y digo era, porque desapareció de mi vida. Y aunque si lo mío fue tan monstruoso... sólo necesito saber una cosa para poder tener fuerzas. Mientras que algo sí que me lo han enseñado los años. Necesito saber, querido Larva, si a pesar de todo, de las maldades y crueldades, aún, dentro de todo lo que soy, fui, y nunca seré: no lo sé... ¿Aún me quieres?

Girasoles en tus ojos

 

Hace aproximadamente un año te escribí una carta de amor en un aula vacía. La carta estaba encabezada con el siguiente título: “Una hora fantasma para decirte que te quiero”. Yo no soy poeta, es decir, no he sido bendecido por los dioses con el don de la lírica. Pero, sin embargo, en el aspecto prosaico del lenguaje alguna ventaja si me han concedido. Es un deber inexcusable para mí decirte lo mucho que te quiero, pintar con las metáforas adecuadas la bella persona que representas. Recuerdo una de las primeras sonrisas que me regalaste cuando te besé a escondidas en la boca del metro. Tus ojos apuntándome con amor sincero, brillantes y hermosos como dos astros que iluminan un campo de girasoles. En tu retina veo siempre esos girasoles con pétalos de color verde melado por los que irradia el amor, esa dulce ambrosía que pensé no volver a catar de unos labios, y que si me faltara algún día sólo el diablo sabría en que abismo profundo encontrarme. Te recuerdo tendida en el improvisado sofá de mi casa, nuestro pequeño campo de batalla sexual, allí dónde nos encomendábamos al más imperioso de los deseos, a veces sin desvestirnos siquiera, desenfrenados, como un juego animal, dónde el placer y el delirio se confundían hasta convertirse en voluntad frenética y arrolladora. Nuestros fluidos saliendo de los cuerpos, impulsados por el poderoso magnetismo de la música y los espíritus elevándose más allá del tiempo olvidando incluso a la propia muerte. Respiraba tu cuerpo desnudo y lo lamía como lame el oro un avaro miserable. Mis dedos recorriendo tu piel como termitas hambrientas y, en el más lóbrego de los habitáculos, era feliz como el sueño de un ciego. Soy muy consciente de que las circunstancias de la vida van cambiando, pues nuestras vidas son como las mareas del océano, y si tú eres el mar, amado ser de mis entrañas, yo quiero ser como el viento que acaricia tus senos hasta volverlos espuma. También quiero señalar que el contenido de esta carta tampoco es expurgatorio. Sé que las palabras son como las hojas de un árbol en otoño, que se tornan amarillentas como la melancolía y que a menudo las barre el viento o se las traga la tierra. Sé que lo importante son nuestras acciones, pues éstas son como las huellas del caminante en un terreno arcilloso en el que, tiempo después, cuando vuelven días más cálidos, aún perduran dejando el rastro indeleble de nuestro ser. También sé el largo trayecto que aún me queda por recorrer y lo mucho que tengo que mirar en mi interior para tapiar cada una de las fisuras por las que emerge la mala hierba. Entonces te pido que pienses en la desoladora imagen de un castillo abandonado a los estragos del tiempo, entre cuyas ruinas puede escucharse el suplicio interminable de los fantasmas que se aferran al último pedazo de muralla. Tú eres el sol que disuade las tinieblas devolviendo al castillo su antiguo esplendor. Sin embargo, esta no es una carta que verse sobre fantasmas y castillos, pero si, una carta de amor. Quiero que sepas que he entendido que no puedo alcanzar tu centro con las alas intactas, y también que incluso la llama que brilla en tus ojos puede extinguirse algún día: porque el sol que más brilla también puede sufrir un eclipse. Quiero que sepas que para ti será mi última lágrima y que mi corazón siempre te guardará una rosa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El galgo

 Mi padre quiere ver las encinas aquejadas por “La seca”. Dice que, características de esta enfermedad, lo son, por ejemplo, las manchas blancas que se manifiestan en sus hojas. “La seca” está diezmando las encinas de nuestra tierra. Cuando mi padre golpea con su vara de olivo el tronco de una de estas encinas suena a hueco. Mi padre dice que esto es así porque “La seca” absorbe desde la raíz hasta la copa todas las acuosidades de la encina. Diseminados por la explanada vemos alcornoques descorchados ostentando su carne roja, y sus imponentes ramas, como cornamentas de ciervo, se retuercen en actitud agonizante.  Ante nosotros la vasta dehesa extremeña, tostada como un campo de trigo y moteada por pequeñas formaciones rocosas. Recortada en el horizonte se distingue la silueta montañosa de la sierra. El azote del sol implacable del oeste sobre nuestras cabezas. Mi padre avanzando en primera posición. Yo tras mi padre, adaptándome a su paso inquebrantable, imitando el ritmo de su respiración profunda, y en todo deseando parecerme a él porque yo siempre he querido ser como mi padre.  Observo las huellas de mi padre grabadas en la tierra. Comparo la horma de sus botas con las mías y experimento un sentimiento de frustración al comprender lo mucho que me queda para ser como mi padre, para abarcar aquellas hormas o incluso superarlas. Mi padre unos metros más allá levantando una espesa polvareda, y yo unos metros más acá transformando mis pasos en zancadas para alcanzar a mi padre, y mi padre secándose con el antebrazo el sudor de su frente que le resbala hasta los ojos. Yo unos metros más acá escupiendo ese polvo, sacándomelo de los ojos y de la nariz, restregándome con los nudillos el rostro cubierto de ese polvo blancuzco que penetra por todas partes. El sol declina en el horizonte cada vez más hundido, desangrándose lentamente en el cielo cárdeno del crepúsculo. Finalmente alcanzamos un charco ponzoñoso sobre el que pululan nubes de mosquitos, diminutos puntos negros revoloteando sobre las aguas brillantes e inquietas en cuya superficie se refleja la vibrante imagen de un galgo ahorcado. En la encina próxima al charco la cuerda roñosa oscila levemente mecida por la brisa y el cadáver se mueve como un columpio viejo y olvidado. Los pasos de mi padre hacia el galgo retumban en mis oídos como los latidos de mi corazón golpean en mis sienes. Cientos de miles de larvas horadan la carne en descomposición. Mi padre alza la vara de olivo y golpea el chasis esquelético del galgo emitiendo un ruido similar al del tronco de una encina aquejada por “La seca”. La calavera del galgo ligeramente inclinada hacia un lado y sujeta a la cuerda roñosa por las cervicales. Las cuencas vaciadas de sus ojos y la lengua acartonada del galgo pendiendo grotescamente de la mandíbula desencajada. Bajo los jirones de piel y pelo del galgo se aprecia el hormigueo de las larvas devoradoras, y pienso si los buitres leonados que usualmente planean los cielos de mi tierra en busca de carroña no han sacado previamente tajada del cadáver. Me desconcierta que unos seres tan diminutos como las larvas sean capaces de causar tantísima devastación. Quién sabe de cuantos peldaños se compone la jerárquica pirámide de la carroña. Quién sabe en verdad si en realidad somos nosotros también unos carroñeros, peor incluso que los buitres y los gusanos. Mi padre desenvaina su cuchillo de caza y corta la soga y el galgo se precipita en el charco. Entonces mi padre dice:

Cuando el galgo se hace viejo se le cuelga de una encina como ésta y así es que lo matan. Eso hacen. Eso harán siempre. Cuando el galgo es inútil para sus propósitos tienen que colgarlo como han hecho con este galgo. Un galgo que ya no puede correr tras las presas como lo hacía antes, cuando era más joven y rápido, ya no tiene utilidad para un cazador.

Mi padre se vira ante mí y me observa desde lo profundo de sus ojos negros y ardientes. El sudor resbalando por las arrugas de su frente. Todo su rostro rígido como el de una estatua. Las mandíbulas firmes y afiladas y echadas hacia adelante como víctimas de una tensión permanente. Así era mi padre. Mirar a mi padre era como mirar un pozo cavado tan profundamente en la tierra que ni asomándote con una luz podrías discernir nada más allá. Yo asentí porque yo quería ser como mi padre. Porque mi padre era para mí el ejemplo de persona al que yo aspiraba convertirme. Imaginé entonces el día en que las hormas de mis botas grabadas en la tierra fueran igual o incluso más grandes que las de mi padre. Cuando todo esto suceda entonces no habrá diferencia entre quién es hoy mi padre y quién seré yo entonces, porque en ese momento el tiempo habrá cumplido su cometido y aunque todo haya cambiado todo volverá a ser lo mismo porque así es la vida. En ese momento comprendí, y no albergué más dudas acerca de cuál sería su destino cuando las hormas de mis botas sean igual o incluso más grandes que las de mi padre.