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03/06/26

Quiero hacer feliz a mi hijo

 Para mi amigo Diego M. M.


Cuando mi madre murió, mi padre comenzó abusar de mí como hasta entonces lo había hecho con mi madre. Tenía trece años. Después, cuando mi padre también murió, me sentí libre del todo. Contaba con diecisiete años y me hallaba sola en el mundo. Pero esto no me desanimaba. Salía a diario a emborracharme. A veces acostumbraba a llevarme cuatro, cinco, e incluso seis hombres a la cama en una sola noche. Me encantaba el sexo. Me volvía loca que me ataran y me metieran diversos objetos en la boca y en el culo. Me chiflaba de veras que me vejaran sin piedad. Mi vagina era prodigiosa y descomunal. Yo aullaba como loba siendo maltratada hasta lo inimaginable. La concepción que tengo del sexo, o que por lo menos tenía en aquel entonces, superaba con creces toda fantasía, todo límite, y jamás quise ni deseé privarme de nada. Cuanto más lo practicaba más lo necesitaba. La mayoría de las veces me frustraba a causa de hombres que eran demasiado blandos. Los echaba de la casa a escupitajos y les maldecía haciéndoles sentir miserables. Les odiaba cuando no me pegaban. Les insultaba cuando no defecaban en mi espalda o me orinaban encima. Les odiaba y les despreciaba por lo poco viriles que eran. No obtuve mejor resultado con las mujeres. El sexo era demasiado sensible, demasiado para mí. Yo deseaba que me penetraran con punzones, o que me desgarraran la vagina con tijeras, o me metieran cristales por el culo, porque todo ello me procuraba un placer infame. Un placer que se había adueñado por completo de mi persona, esclava incondicional de mi deseo por alcanzar el paroxismo de la locura que bullía en mí de forma cada vez más monstruosa. El dolor y el placer se mezclaban de forma homogénea en todo cuanto tuviera que ver con mi deseo, con mis fantasías, infinitas y brutales; mediante las cuales procuraba culminar mis relaciones sexuales hasta alcanzar el apogeo de todo cuanto a mi cuerpo le fuera posible experimentar y soportar. Pero pronto descubrí que mi deseo era superior a mi cuerpo y que todo ello me provocaba un sufrimiento atroz, sin que por ello dejara de seguir estando aferrada a él del mismo modo que un perro maltratado continúa aferrándose a la pierna de su amo. Una noche me asaltaron tres hombres en el portal de mi casa. Yo estaba eufórica porque había consumido bastante cocaína y les supliqué que me violaran salvajemente y que me pegaran sin consideración, y ellos dejaron que les mamara bien sus vergas. Sus vergas eran ridículas y exigí que me penetraran simultáneamente por el culo, la boca y la vagina. Dos de ellos se vinieron al instante, pero el tercero aguantó más y terminó por correrse en mi vagina. Noté como el semen caliente se mezclaba con mi propia materia y me atravesaba guiado por una voluntad desconocida. Tres semanas después supe que estaba en cinta. Algo diabólico impidió que abortara. Quise tenerlo. Dejé que germinara dentro de mí y se me hinchara el vientre. Contacté con diversas entidades dedicadas a la pornografía. Me especialicé en el porno de embarazadas practicando sexo con reputados actores como “Cojones de acero”, “Verga-Rey” y “Anaconda Negra”. Todos ellos hombres viriles y de buena talla que me hicieron chorrear como una desalmada. Obtuve varios premios por el realismo de las escenas que filmaba y actores y directores me amaban y deseaban como nadie lo había hecho hasta entonces. Fueron los ocho meses más felices de mi vida. En el octavo mes se me prohibió rodar. El hijo que llevaba en mis entrañas estaba a punto de nacer. Desde que nació mi hijo ya no quise nada más en este mundo. Me había hecho relativamente rica y podría procurarle una infancia feliz y un futuro provechoso. Era mi hijo, el fruto de una violación múltiple, y le amaba como hasta entonces había amado que profanaran todos los orificios de mi cuerpo. Desde entonces solo pienso en cómo hacer feliz a mi hijo. A veces se me echa en cara que soy una madre demasiado protectora. Di de mamar a mi hijo hasta los nueve años. Me gustaba que mi hijo me mordisqueara los pezones y me hubiese gustado que lo hubiera hecho indefinidamente, hasta que un mal día se negó a causa de la vergüenza que sentía en relación con otros niños que ya no lo hacían a su edad. Yo le miré sonriente y le besé en los labios. Desde entonces, como cada tarde hasta que cumpliera doce años, cuando regresaba de jugar al fútbol con sus amigos, no quiso nunca más mamar de mis pechos. Lo cierto es que durante su infancia siempre fui muy protectora, esto lo admito sin reparos. Una tarde llegó magullado del colegio. Al principio no quiso decirme nada, pero cuando a los pocos días regresó aún más lastimado, con el rostro hinchado y cubierto de lágrimas, terminó por confesarme quiénes eran los responsables. A la mañana siguiente no vacilé en apalearlos como a perros, valiéndome de lo primero que tuviera a mano hasta romperles los huesos. Nadie nunca osará tocar a mi hijo mientras yo viva. El hijo mío que ha nacido de mis entrañas y que amo y adoro con todas mis fuerzas. A mi hijo querido que es propiedad indiscutible de mi ser. A mi hijo que es una extensión más de mí misma. Otras madres critican la relación que tengo con mi hijo. Yo las miro con recelo, como una hiena protectora y territorial. Les enseño los dientes a esas putas y no dudo en arrancarles los ojos con mis uñas si se atreven a hablar mal de mi hijo. Ninguna autoridad moral o legal impedirá nunca que yo haga feliz a mi hijo. Sé que mi hijo se masturba desde hace unos años. Ahora tiene quince y su cuerpo es ya el de un hombre, y su verga también. Cuando se marcha de casa inspecciono el cuarto de mi hijo, reviso sus cajones y pertenencias personales. Huelo la ropa interior de mi hijo, especialmente la que está sucia y me impregno las narices absorbiendo la esencia que ya desprenden sus cojones. Fantaseo diariamente con pillarle haciéndose una paja. A veces encuentro trozos arrugados de papel higiénico bajo la cama que contienen restos de su semen. Entonces me pongo a cuatro patas y los olfateo como un animalillo sucio y perverso. Lamo esos restos de semen vaticinando que un día probaré el semen fresco y calentito de mi hijo, y me humedezco las bragas como una adolescente pervertida y sinvergüenza. Yo quiero mucho a mi hijo y por eso voy hacerle un regalo especial. Hoy cumple dieciséis años. Se que a mi hijo le excitan mis pechos prominentes y redondos, a pesar de que ya tenga una edad. Sé que cuando se masturba piensa en meterme la polla entre los pechos. Esta tarde cuando llegue del instituto le esperaré en albornoz. Hoy desprendo un aroma irresistible, me he aplicado aceite por todo el cuerpo y me siento hermosa y brillante. Me he pintado los labios. Me he rasurado el coño y después me he masturbado pensando en el momento en que llegue mi hijo. Le felicitaré con un beso en los labios, le quitaré la mochila y le sentaré en el sillón. Le preguntaré cómo fue el día. Le susurraré cosas al oído para que capte la fragancia que desprende mi cuello desnudo y me inclinaré sobre él para que contemple mis pechos firmes y esbeltos. Después le desabrocharé el pantalón y le bajaré los calzones, como cuando era un niñito. Seguramente él protestará, pero su erección será incontrolable. El mismo tendrá que admitir que no hay admonición posible. Le chuparé el glande con suavidad, lamiéndole cada milímetro, y sintiendo cada centímetro de su verga introducírseme por la garganta. Llevaré el pelo recogido en un moño para que lo pueda observar todo, para que no se pierda detalle. Al principio no usaré las manos, tan solo la boca. Que vea y compruebe mi destreza, el poder de mi boca y de mi lengua y observe excitado bajar y subir mi cabeza por su verga embadurnada y ardiente. Después le apretaré los genitales, los presionaré con mi mano derecha mientras me llevo la otra a la vagina, cuyos labios la estarán esperando mojados e impacientes. Le lanzaré una mirada lasciva y sumisa desde sus huevos. Él me mirará con timidez, al menos al principio, pero después comenzará a removerse en el asiento cegado por el placer que le produce su madre. Sus ojos se pondrán del revés, perdiéndose en la inmensidad inconmensurable del éxtasis. Todo lo que quiero es hacer feliz a mi hijo. Quiero que eyacule en mi boca, o sobre mis pechos, o en ambos si es que tiene la suficiente virilidad que tanto ansío que así sea. Quiero que cuando se corra observe a su madre arrodillada y bañada de semen, del vigoroso semen de su cachorro; y quiero que me vea relamiéndome los restos que penden de la comisura de mi boca, y una vez que me lo haya tragado contemplaré satisfecha el rostro ahogado e infinitamente feliz de mi hijo.

 

 


Pies

Mi madre me llevó al podólogo. La estancia estaba limpia, y el piso resplandeciente. El olor a lejía aromatizada se mezclaba con la loción del propio doctor. En el bolsillo superior izquierdo de su bata llevaba insertada una piruleta redonda de sabor a fresa. El doctor me obsequió con una sonrisa y me dijo que si me portaba bien sería para mí. Pero a mí no me gustan las piruletas, ni las golosinas, ni tampoco las gominolas ni cualquier otra cosa que reviente los dientes y el estómago. Acaso quiera el doctor envenenarme. Salud = a ventosear feo + cagar duro y mandar a los médicos a tomar por... y me suda los huevos, los cojoncitos imberbes, voy a decirlo igual: ¡a tomar por culo! Médico = a matasanos. No sé. Quizás el remedio sea peor que la enfermedad. Quizás la jodida piruleta mierdosa que asoma por la bata como una guindilla maricona no sea más que un placebo. No soy un niño amable, no soy un niño cariñoso, sino más bien un ser melancólico y endiablado. ¿Por qué no? Por qué no ser lo que a uno le de la gana, aunque sea un puto doctor sierra piernas con piruleta. De ofrecerme algo podría ofrecerme cacahuetes. Los caca-huetes me gustan a excepción de que estén pelados, fritos y salados. Esos cabrones te hinchan por dentro como se hinchan las palomas tras ingerir las miguitas de pan que les lanzan los viejos decrépitos, aburridos y pederastas que pacen en los parques. Después se quejan de que los bazos hediondos y reventados de las palomas apesten las calles. Después se quejan de que hay niños con obesidad prematura o niños diabéticos y con el colesterol alto. Doctor= a exterminador infantil. Viejo = a genocida de palomas. Palomas= a ratas voladoras. El doctor me pidió que me sentara en la camilla y me quitara el calzado. ¿Cuántos años tenía? ¿5? ¿6? Los suficientes para ser desconfiado. ¿Los suficientes para ser peligroso? No. Infancia = a inocencia. Hace poco fui a urgencias con unas décimas de fiebre. Las púas de erizo que me clavé en el mar me estaban supurando. El doctor sujetó mis piernas ridículamente escuchimizadas e insensibles y me quitó las deportivas. Un tetrapléjico usando deportivas = a cruel ironía de la vida. La puta vida. Luego mis pies torcidos cubiertos de unos calcetines negros y agujereados, aunque hubo un tiempo en que estuvieron limpios y nuevos. Los enormes pies peludos y apestosos. Los pies de un enfermo. Pies más grandes que su antebrazo apuntando directamente a su nariz. La planta de mis pies supurante y negra como los calcetines. Pies = queso podrido atestado de gusanos. Atestado de púas. La negra espina de erizo que tengo clavada en mi corazón resentido. Joderos. Me llaman el “Ruedas” desde que empecé a ser desconfiado.

¡Dios...! exclamó.

Balbucea. Balbucea. Balbucea.

¡¡Santo Dios!! Pero es que usted…

No, no me lavo. Un lisiado de por vida = a ausencia completa de aseo personal. Muy sucio. Muy guarro. Extrae las jodidas púas de mis pies. ¡libérame! Doctor con bilis en la boca = a perro envenenado con estricnina. Doctor = a no saber que hacer. Jódete hijo de perra y lávame los pies con jabón desinfectante. Adelante, sé un buen samaritano y cura y lava estos pies rotos y pobres. Estos pies atrofiados de alimaña reptante. Doctor, sostén estos pies y grita: Lázaro camina. Lázaro levanta. Lázaro devuélveme unos pies nuevos y deshazte de estos. Lázaro = a por qué no revientas. Lázaro = a vino caminando de entre los lisiados. Lázaro hijueputa. Hace tiempo que soy incapaz de caminar, y para una vez que me sacan a hacer algo de ejercicio al mar, voy y me jodo y me cago en su puta madre que se me clava un erizo asqueroso. Pero volvamos a cuando tenía 5 o 6 años. Ahora tengo 30 y ya no soy desconfiado sino peligroso. 30 años = sucio lisiado cabrón y sociópata. El doctor toma unas medidas de mis pies y lo anota todo escrupulosamente. Después me pide que deposite mis plantas en un recipiente que contiene una sustancia como de plastilina. Observo mis huellas ligeramente torcidas sobre la superficie. El doctor asiente. Me vuelve a pedir amablemente que vuelva a sentarme y, valiéndose de un martillito, descarga unos golpecitos sobre mis rodillas sin obtener ninguna respuesta. Doctor = a Thor sin gloria.

Esto no me lo esperaba. Dijo.

Mi madre visiblemente nerviosa. El doctor me aplica un gel y me masajea las rótulas. Mi madre = a no le sobes los muslos a mi cachorro, pervertido. A continuación, me pide que me tumbe bocabajo. Ojos de mi madre = a desconcierto. El doctor inspecciona mis vértebras. Los dedos del doctor = a una tarántula recorriendo mi espina dorsal.

Principio de esclerosis, me temo. El doctor mira a mi madre. Sin lugar a dudas, señora.

Una respuesta firme, franca, sin posibilidad de remisión, sin importarle mi suerte, sin importarle mi futuro. Sinceridad del doctor = a devastadora crueldad. Después me tiende la piruleta. El doctor conduce a mi madre hacia un rincón. Hablan entre ellos y el doctor apoya sus manos en los hombros de mi madre. Mi madre observa al doctor con los ojos empañados de lágrimas. Los berridos de mi madre herida retumban por todo el hospital.

⸺¿Por qué lloras mamá? pregunto abrazándola para calmarla.

Porque el doctor dice que vas a sufrir mucho, hijo mío. Sufrirás mucho cuando seas un hombre y yo no esté para cuidarte.

⸺¿Por qué dices eso mamá?

De momento van a fabricarte un molde para corregir tu desvío y luego ya veremos sino tenemos que comprar una silla de ruedas.

⸺¿Van a ponerme unos hierros como al niño de la peli, mama?

Si hijo, posiblemente lo harán.

No llores, má. Un día saldré corriendo de aquí y no me detendré nunca. Los hierros se caerán y me dejarán libre, igual que en la peli, mamá.

Inocencia de un niño = a esperanza. A los 22 años comencé a trabajar en una agencia publicitaria de promoción para minusválidos. Personalmente prefiero que nos llamen inválidos, que nos traten de torpes, que nos maltraten a falta de zonas habilitadas. Ser ciego, sordo o tullido es sinónimo de ser un jodido inútil. Verdad = a mentira. Mentira = a verdad. Mundo = paradoja. Vida = a tragicomedia. Nosotros los tullidos debemos aceptar esto si queremos aspirar a lo que tenemos y no a lo que echamos en falta. Yo echo en falta una vida. Mi vida echa en falta a mis pies. Yo era el protagonista de estos perturbadores anuncios. Anuncios en los que aparentaba realizar tareas cotidianas, pero que en el fondo me resultaban imposibles sin la ayuda de mi madre. Madre muerta = a estar muy pero que muy jodido. Siempre trajinando con mi estúpida silla de ruedas. Yo = gasterópodo. Siempre poniendo cara de criatura desdichada. La compasión del prójimo = subvención socialista. A veces pienso en los niños africanos que tienen que caminar kilómetros para un trago de agua. A veces en un enfermo de obesidad mórbida que no puede desplazarse ni dos pasos para mear. A veces en ser abandonado en un desguace. A veces sueño con que el director de los anuncios me arroja por unas escaleras infinitas. A veces siento que estoy corriendo lenta pero inexorablemente hacia la tumba. A veces tengo la esperanza de que al final de los anuncios aparezca el eslogan de “Durex”. Propagación irresponsable de la especie = a proliferación de imbéciles. Me gratularía contemplar, después de cada anuncio, mi jodida cara corrompida, irónica y ojerosa y demacrada y desaliñada y sucia como la planta de mis pies.

15/01/24

CIUDAD RODRIGO

Muchas veces fui a Ciudad Rodrigo. La he visitado reiteradamente en numerosas ocasiones, pero siempre me ha defraudado. No pasa un sólo día sin que me pregunte qué tendrá Ciudad Rodrigo. Una y otra vez fui con el objeto de descubrirlo. Al principio de forma ocasional un par de veces al año, sin embargo, poco a poco, el misterio fue minando mi voluntad de resistencia. La obsesión iba en aumento y era incapaz de frenarla. Todos los fines de semana hacía 200 km en coche hasta Ciudad Rodrigo. Durante el camino escrutaba sus alrededores en busca de aquello que anhelaba y que, sin embargo, alguna fuerza desconocida me ocultaba. El misterio está vetado, solía decirme. ¿Pero qué diablos tendrá esta ciudad? Atravesaba sus murallas con el corazón encogido, recorría sus calles y observaba a sus ciudadanos de un modo que quizás podría tildarse de increpante, pero yo sólo quería compartir junto con todos aquellos que la visitaban la misma sensación, la misma certidumbre de que cuando uno visita Ciudad Rodrigo regresa como anonadado. Entonces comencé a ausentarme del trabajo, poniendo cualquier clase de pretexto hasta que me despidieron. Ya no sólo iba dos o tres veces a la semana, sino que incluso diariamente, y no una, sino varias veces al día. Cuando llegaba a casa, desolado, sin energías, todavía en mis sueños seguía haciéndome la misma pregunta. Una y otra vez, durante todos estos años, volvía a Ciudad Rodrigo con el fin de reafirmar o refutar la terrible convicción de que en realidad, a excepción de las murallas y un par de fachadas, Ciudad Rodrigo no poseía un elevado valor turístico. Al final mi mujer me echó de casa y nos terminamos divorciando, por lo que tomé la decisión de mudarme definitivamente a Ciudad Rodrigo. Ahora vagabundeo por sus calles todos los días y sigo pensando lo mismo. Me he convertido en un negacionista, en un espíritu de resistencia y, a pesar de que me devano los sesos una y otra vez, cada día tengo más claro que visitar esta ciudad no merece la pena.

10/01/22

La cena está servida

Desde que aquella noche nos comimos a María todo cambió entre nosotros. No creo que me sea posible evaluar dicho cambio como algo negativo, puesto que aquel acto aberrante nos mantendrá unidos de por vida. Pero tampoco podría deducirse lo contrario, es decir, que aquel acto inaugurara de algún modo un devenir positivo con respecto al futuro de nuestra relación. Simplemente lo cambió todo, y por tanto es lo suficientemente significativo como para hablar de ello.

Nosotros vivíamos en uno de los edificios que circundaban la plaza del oeste. Se trataba de un piso antiguo, propiedad de un matrimonio de ancianos decrépitos, ideal como para albergar a seis personas, aunque solo figurásemos cuatro en el contrato. Los ancianos desconocían esta situación, y de su ignorancia nos beneficiábamos nosotros, que pagábamos un precio ridículo por el alquiler.

A María nos la entregaron a comienzos de septiembre. A penas era una bola de pelo retorciéndose en la palma de la mano. A SJ le gustaba asomarla por el balcón, y la pequeña gata maullaba presa del terror. María poseía un pelaje sedoso y abundante de color pardo, con intermitentes manchas blancas. Le era característica una sola y única manchita negra en la parte superior de su hocico, de donde le sobresalían unos largos bigotes. Con el tiempo le crecieron garras y dientes afilados como púas, y desde el momento en que los abrió, resaltaban por su intenso color verde sus ojitos achinados. María creció rápidamente, traumatizada por las exposiciones a las que fue sometida inicialmente por SJ, y jamás reunió el valor suficiente como para subirse a cualquier plataforma superior a tres pies de altura.

María ha sido el mejor animal que he tenido en mi vida: inteligente, escurridiza, rápida y, en determinadas ocasiones, entrañable. Era inteligente porque convivir con nosotros en aquel piso no era tarea sencilla, exigía, por el contrario, una alta capacidad de adaptación. Adaptación que María supo adquirir desde bien pequeña, digna de la mayor de las alabanzas. Era escurridiza y rápida porque resultaba extraordinariamente difícil atraparla. Lo cierto es que un gato sabe ocultarse muy bien, hecho que puede derivarse de sus innatas habilidades para cazar, y cuando decide hacerlo, cualquier oquedad, por pequeña que sea, puede servirle como escondite. He definido más arriba que su carácter entrañable era de una naturaleza ocasional, puesto que esto acontecía especialmente en aquellos días en que María experimentaba el periodo, días en los que agradecía que le tocasen su pequeña cavidad reproductiva. En referencia a esto último, cabe señalar que durante las noches maullaba descosidamente, y no dejaba de hacerlo hasta que alguno de nosotros la acunaba entre sus brazos acariciando cariñosamente sus genitales. Es difícil de explicar lo que disfrutaba con solo observarla: con una elegancia pasmosa era capaz de esquivar las interminables cantidades de basura que diariamente se acumulaban en aquel infecto lugar, así como pasar entre los cascos vacíos de botellas y flanquear los atestados ceniceros sin perder uno solo de sus pelos.

Una vez saqué a descongelar un par de doradas que pretendía cocinar a la sal en compañía de SJ. Ambos nos descuidamos durante un rato y al volver a la cocina una de las doradas había desaparecido. Buscamos la dorada dominados por un voraz apetito y no dimos con ella hasta que escuchamos un grito de horror proveniente de la habitación de AB, que decía que bajo el armario asomaba algo así como la “cola de un pez”. En efecto, se trataba de la cola de nuestra dorada. María había hincado sus pequeños pero afiladísimos dientes en la escamosa piel del pescado, pero salvo estos desperfectos y la suciedad que la cubría, nuestra dorada estaba en perfectas y apetecibles condiciones.

Nuestros amigos del tercero, S y JB, llevaban viviendo un año juntos. Discutían a menudo, y durante sus visitas a nuestra casa podían entreverse las grietas y fisuras que ostentaba ya casi de forma irreversible su relación sentimental. Quizás les motivara vernos por el hecho de que la visita actuara como analgésico capaz de aplacar por unos minutos sus serios problemas conyugales, pero lo cierto es que no funcionaba, puesto que siempre terminaban discutiendo. Ello me resultaba francamente insoportable, y de hecho no lo hubiera tolerado si no fuera por que traían con ellos a Lola, una cachorra surgida de un cruce de Pitbull con Stanford. Os podéis imaginar el traqueteo que se traían ambos animales por la casa. Todos sabíamos que no era más que un juego entre ellas, un juego intrínseco a la naturaleza de cada una. El único juego que existe realmente en la vida: el del cazador o la presa.

A veces sentíamos la necesidad de premiar a María por su excelente comportamiento. A María le chiflaban unas barritas hechas con grasa de salmón que vendían en la tienda de animales que hacía esquina con la plaza. La dependienta era una veterinaria frustrada que había terminado por abrir una tienda para mascotas. No le gustaba demasiado su trabajo, a penas si mostraba un mínimo interés cuando le preguntabas acerca de algún producto en especial. Era vaga y sebosa y olía a meado de gato. Pero en cualquier caso nos recomendó esas barritas para nuestra pequeña María que le hacían perder la cabeza. Ni siquiera la presencia de las fauces abiertas e impregnadas de saliva de Lola hubieran impedido que María saliera de su escondite maullando y retorciéndose de impaciencia por aquel pedacito de mierda. En una ocasión AB quiso llegar aún más lejos y compró una tarrina de hígado de buey. Sobre el plato parecía un flan, por cuyos flancos resbalaba una gelatina brillante con aspecto de costra. El olor hizo que inmediatamente me rugiera el estómago. Me acerqué a aquella cosa y le pregunté a AB de qué se trataba.

            Solomillo de buey. Dijo.

            Carai. Respondí. ¿Podría probar un poco?

            Sí, claro. Pruébalo. Aunque solo prueba un poco.

Por unos instantes no comprendí. ¿A qué venía eso de que solo probara un poco? En aquella casa no existía la propiedad privada. De mal grado, pero sin ganas de pelearme por un trozo de solomillo, me serví de un tenedor y arranqué una porción.

            Esto es realmente asqueroso.

            Por eso te dije que probaras un poco.

            Sin duda es lo más repugnante que he comido en mi vida.

            Claro. Es que es para María.

El año transcurrió casi sin darnos cuenta, y cada uno de nosotros fue abandonando el piso sin querer hacerse responsable del destino de María. Ciertamente, María había supuesto un agradable entretenimiento durante todo aquel periodo de nuestras insulsas vidas, añadiendo esa chispa de vitalidad que solo aquellos que nos vemos inmersos en la apatía sabemos valorar, pero de ahora en adelante, para la mitad de los que vivíamos allí, la existencia o no de María resultaba completamente indiferente. Los últimos en abandonar el piso éramos SJ y yo, por tanto, quizás por causas accidentales, o quizás por la necesidad en la que de forma inexorable transcurre todo cuanto acontece, recayó sobre nuestras manos el destino de María. Debíamos encontrar una solución a nuestro problema lo antes posible, ya que en un par de días debíamos partir lejos, muy lejos de allí. S y JB también tenían que irse, por lo que en todo el edificio no teníamos a nadie conocido al que pudiéramos vender a María. Tampoco en la ciudad, y la verdad es que nos daba bastante apuro abandonar a María a su propia suerte, ya que, acostumbrada al confortabilidad del hogar, no sobreviviría durante mucho tiempo. Los refugios para gatos tampoco nos convencían, además, en dichas instituciones, hay que entregar al animal en calidad de “donación”, y para nosotros María tenía un valor excepcional, valor que indudablemente solo entregaríamos a cambio de dinero, puesto que no existe otra forma de solventar los daños causados por la pérdida de aquello que se tiene en mucha estima.

No habiendo pues un gran abanico de posibilidades, decidimos que la forma más adecuada para despedir a María sería la de organizar un festín en su honor. Además ni SJ ni yo habíamos probado nunca la carne de gato. Especulamos acerca de su jugosidad, su textura y el sabor, y la comparamos con otro tipo de carnes que sí habíamos probado. Quizás consistiera en algo parecido a la carne de gallina, o al pollo. La ternera, el cerdo y el cordero quedaron inmediatamente descartados. Entonces fue cuando recordamos casi simultáneamente que lo más parecido a comer gato sería el conejo o la liebre. Por eso decían lo de “que no te den gato por liebre”.

            ¿Pero has cocinado alguna vez una libre?. Me preguntó SJ.

            No que yo recuerde. En cualquier caso, lo más complicado será despellejarla.

            María es puro hueso y pellejo. Seguramente la carne será dura y fibrosa, y estará muy adherida a la piel. Nos va a costar trabajo limpiarla.

            Casualmente, el otro día pasó por el barrio el afilador. Me despertó esa dulce musiquilla que sale del altavoz y que recuerda a la melodía que produce una flauta de pan. Me asomé a la ventana con la extraña sensación de sentir por primera vez que algo se me removía en el estómago, como si en el fondo de mi ser palpitase aquello que nos recuerda que estamos vivos, y que hace que experimentamos algún tipo de emoción. No pude ver desde la ventana al afilador, pero su mensaje parecía venir desde todas las direcciones, y su voz inundó estas calles estrechas y malolientes como si se tratara del redentor.

¿Pero qué es lo que decía?. Preguntó SJ.

            Fue tan emocionante que retuve en mi memoria cada una de sus palabras. El mensaje decía: “Ya está aquí el afilador. Se afilan cuchillos, navajas, tijeras, hachas, machetes, todo tipo de utensilios de cocina, máquinas de fiambre…”. Luego volvía a repetir lo mismo, en bucle, hasta que su voz se iba perdiendo en la distancia…

            ¿Y no fuiste en su busca? ¿No sentiste en tu corazón el impulso de afilar hasta las patas de una silla?

            Pues claro que fui en su busca. Bajé con ese hacha viejo y oxidado que encontramos en el polvorín, donde C dio una fiesta el año pasado.

            Sí, me acuerdo del hacha. Siempre he querido usarlo, pero hasta hoy no se me ocurrió con qué.

No fue tarea fácil atrapar a María. Creo que ella columbró que el brillo que se desprendía de nuestros ojos no era el mismo que cuando le entregábamos las barritas de grasa de salmón. Supongo que ella sabía qué clase de destino le aguardaba. De alguna forma intuyó que aquella tarde sería su final. Despedazamos a María en la encimera de madera de la cocina y tiramos sus restos al cubo de basura. La cabeza, sin embargo, quiso quedársela SJ, algo a lo que yo me opuse en principio porque también la quería para mí, puesto que María ha sido el mejor animal que he tenido en mi vida.  

En definitiva, el guiso que hicimos con María no tenía nada que envidiar a ningún otro. Ni siquiera los menús que se sirven en los banquetes más prodigiosos podrían comparársele. Nos llevó unas cuantas horas guisar y limpiar la sangre y los pelos de María. A eso de las nueve de la noche llegaron nuestros invitados, S y JB. Iba a ser nuestra última cena en aquella ciudad.

            Puedes darle un poco a Lola. Estoy convencido de que su sabor le resultará familiar. Dijo SJ a S.

            Encuentro la salsa muy buena, solo que la carne está demasiado dura. Apuntó JB.

            Eso es porque la carne es salvaje. Respondí.

            La verdad es que si hubiera sabido que íbamos a comer liebre no hubiera venido. Nunca me gustó comer liebres. En mi pueblo siempre las cazaban, después mi abuela las despellejaba y las deshuesaba en el patio. Todo se manchaba de sangre y era muy desagradable. Añadió S.

            Además… esta carne… No sé… Sabe demasiado a algo que no me gusta. JB masticó durante un rato la porción que acababa de engullir y se quedó pensando en silencio. Un momento, claro. Ya sé a que me recuerda. Sabe un poco a salmón. Eso es, salmón. Y el salmón, como cualquier pescado, no lo soporto.

            ¿Pero quién ha hablado de que sea liebre lo que estamos comiendo? Insinué yo.

            Ni liebre ni salmón. Dijo SJ. Estamos comiendo algo muy distinto. Algo muy especial.

            ¿Y por qué no nos decís qué coño es?. Insistió JB.

En ese instante, Lola destapó el cubo de la basura y comenzó a lamer su interior.

            ¡Lola! ¡Lola! ¡quieres venir de una vez! ¡eso no se hace Lola!. Gritó S. Mira, te has llenado de pelos. Tienes todo el hocico lleno de pelos, Lola.

            Espera, para quieta. ¿Qué demonios tiene en el hocico? Preguntó JB. Coño, S, la perra está sangrando.

Es cierto que tiene sangre, pero fíjate bien, parece que no es de ella.

En ese instante S y JB se viraron hacia nosotros mirándonos con estupefacción: algo descabellado les había pasado a los dos por la mente. Una idea que no deseaban formular, pero que indudablemente estaba ahí, revolviéndoles las entrañas…

            No he visto a María hoy. Señaló S. ¡Qué raro que no salga a jugar con Lola!

            Ya sabéis que los gatos saben ocultarse muy bien. Dijo SJ.

            Sí. Eso sin duda. Pero María no está escondida en ninguna parte. María está a simple vista. Está aquí, con nosotros. Añadí yo.

            ¿Aquí dónde?. Preguntó JB en tono de alarma.

S se levantó inmediatamente de la mesa y contempló el plato de comida.

Está aquí mismo. Repuso SJ. ¡Debajo de vuestras narices!