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02/06/26

La familia Ivánovitch

La familia Ivánovitch había atravesado muchos problemas últimamente. Y yo cada día me sentía más extraño y de un buen humor inmejorable. Hace dos semanas que mi novia transexual me había cancelado como novio bajo la excusa de: “te avergüenzas de mí, porque no me dejas ir a tu casa para hacer el amor”. Su trasero era delicioso y su polla pequeña. Sus pechos hormonados me seducían y su rostro era dulce y hermoso. Me llevé una gran decepción. Por eso decidí dejar de tomar el tratamiento.

Mi padre era un homosexual reprimido autoritario y silencioso, pero también terriblemente homófobo y racista. Era europeo. Mi madre era una suelta adúltera con arrugas y tendencias lésbicas no admitidas que le chupó la polla a un pobre sudaca que casi termina muerto por la paliza que le pegó mi padre; y mi hermana estaba confundida respecto a la vida, la propia importancia de los valores familiares y el amor. Mientras que yo sólo era un desequilibrado mental enamorado de la muerte algo resentido con la gente y con mi propia familia. Es cierto que sufrimos malos tratos, y que papá en arrebatos de locura o simplemente sinceridad brutal, había abusado de nosotros; pero nada de eso importaba porque la familia aún se mantenía unida, aunque se tambaleara y pendiera de un hilo. Sólo bastaba alguna catástrofe o que alguien, simplemente perdiera la cabeza –no me miréis a mí, yo todavía pienso en Natalia– . Además los trapos sucios siempre se lavan en privado, o al menos eso me decían en casa. Antes de escuchar la primera y última voz que me indicó el camino hacia la grandeza y, por ende, a la autodestrucción yo era un zombie atiborrado a fármacos mentales. Una voz tan hermosa me hacía llorar de emoción cada vez que blasfemaba, me insultaba o se reía de mí. La voz de una auténtica deidad. No hablo de Dios, hablo de una deidad mucho más poderosa y mucho más generosa. Cuándo uno madura se da cuenta que todo tiene dos caras… Por un lado está la familia y por otro está la aniquilación.

Había tomado varias tazas de café y por eso me resultaba imposible dormir. Además del reciente accidente de tráfico que habían sufrido mi padre y mi hermana. Todo se confabulaba para no dejarme descansar. Yo estaba en casa de mi madre por motivos muy distintos a los de dar apoyo moral. Aunque esas bestias sólo se encargaban de minimizarla, humillarla y gastarse todo su dinero en caprichos. No voy a mentir, mis padres están separados. Mi padre se había estrellado en una curva, y resultó herido de gravedad junto a mi hermana. No soy un hijo ni un hermano despreocupado y egoísta, fui a verlos al hospital. Aunque por dentro me reía de ellos. Mi hermana tenía moretones por toda la cara y al intentar evitar el choque se lesionó las muñecas contra la bolsa salvavidas. Mientras que mi padre sólo presentaba una fractura a la altura de las cervicales. Fractura que con el paso de los días se catalogó como letal. Probablemente no volvería a caminar. Entonces, dado todo esto no tuve más remedio que ir a casa de mi madre a contarle las buenas nuevas. Ella no era rencorosa, sólo se preocupó por su hija y de mi padre no hizo ningún comentario. Eran noticias tristes, pero de igual modo, ¿qué podíamos hacer ante los caprichos de la vida? La mitad de mi familia estaba convaleciente y la otra mitad éramos una señora que encontraba paz en la meditación y alguna que otra tontería supersticiosa como ángeles guardianes, etcétera. El último sano de la familia era yo. ¿Por qué? Porque no me dolía nada. Aunque era un muchacho con trastornos mentales, perturbado, adicto al porno, rencoroso y que se había quedado sin amigos de verdad, salvo uno que, de verdad, no lo digo por mentir, no me conocía al completo cómo para juzgarme.

Mientras que mi hermana curaba y mi padre se acostumbraba a su nueva vida como inválido, yo revisaba en el cajón de mi madre su ropa interior. Seleccioné varias tangas de hilo. No por morbo, ni por provocación, sino por saber si teníamos la misma talla. A fin de cuentas si ella era tan puta cómo para ponerse esas tangas de hilo, yo podía ser el doble de puta cómo para llevar tanga y encima no ir depilada

Mi madre dormía a las 5:30 de la mañana, hora a la que suele despertar. Mientras que yo me fumaba diecisiete cigarrillos juntos (no a la vez, sino uno por uno), ella dormía. Fue entonces cuándo me acerqué a ella, a su cama, y me senté a su lado. Y luego encendí la lámpara y aguardé unos segundos. Inspeccioné la hora, faltaban 30 minutos para que despertara. Y mientras me cuestionaba por qué me había tocado ser un perturbado y por qué estaba enamorado de mi hermana, por qué odiaba a mi padre más de lo que podía amar su recuerdo… me fijé en que mi madre roncaba con las manos juntas como rezando. Sus párpados cerrados y estirados, como dos pétalos blancos y perfectos. Su nariz delicada y hermosa. Sus labios allí tentándome, llamándome, insinuándoseme… Toco la navaja en el bolsillo de mis pantalones. Pronto, me digo, pero hoy no, pronto; pero hoy no. Contente. Me acerqué a su hermoso rostro indefenso: madre paridora de infelices egocéntricos, narcisistas y arrogantes... Para después con mucho cuidado acercar mi boca a su boca y besarla. Separarme después rápidamente para que no despierte con mi rostro encima suyo. Pero no puedo alejarme de ella, se le ve tan perfecta inmóvil, quieta, perpetua. Por eso mismo ansío verla dormir durante toda la eternidad, que el tiempo, los chivatos, vecinos, amigos, novios, perros y parásitos nos permitan. Suspiro y me muerdo la lengua. Luego espero a que su reloj suene, la espero contemplándola. Y luego veo como sus ojos verdes despiertan, se arrugan sus párpados, bosteza, estira los brazos, me sonríe y me pregunta que si he dormido. Le miento, “algo” le respondo. Y durante ese instante perfecto logro ver lo más bello del mundo que no es otra cosa que contemplar cómo despierta del sueño una madre a la que amas. Hasta casi me muerdo la lengua al pensar en arrancarle los ojos con la navaja, cuándo en realidad lo único que quiero es que me deje entrar dentro de ella y esparcir mi savia en su concha experta y madura.

No lo hago siempre pero la espío mientras se cambia de ropa en su cuarto. Con mucho tacto, no quiero asustarla. Quiero que me ame más allá de los límites de la realidad, de la moralidad, de la belleza… más allá que la familia y sus trágicos errores. Quiero que me haga el amor, que me folle, que me sodomice, que me obligue a tragarme mi propia sabia blanca; y deseo que ella mee en mi boca, separar sus nalgas y lubricar su ano hasta que éste rojo y abierto me indique el camino hacia el manjar. Y luego, con mucha ternura indicarle que puje, y que de su culo nazca una hermosa serpiente de mierda que busque mi boca, mis ojos y mi polla. Quiero, como un niño que juega con arena o pasta de plástico... jugar con sus heces para que vea que la acepto más allá de todos los límites morales y humanos. Sólo la perfección que nace del coño y el culo de un madre con su cría pueden hacerle frente a Dios.

Cuándo vivía con mi padre la rutina diaria era cocinar, verle una o dos horas, volver a verle, pero esta vez desaparecer. Salir yo a la plaza a fumar marihuana con dos chiquillas, regresar, evitarnos, ningún comentario. Pero a la vez había algo de ternura en él. Mientras que en el amor de mi vida que es mi hermana sólo había frialdad y descrédito. Con el tiempo empecé a cogerle asco a mi padre. A su rostro, a su voz, a su moralidad, a sus tripas, y a su corazón; y sobre todo, a su polla. Por eso cuándo se estrelló en la curva (yo no estaba con ellos porque me dijeron expresamente que no podía ir) sentí algo nuevo. Por un lado, la oportunidad de salvarlo de ese desastre y por otro la ocasión de vengarme de él. Sobre mi hermana prefiero no hablar, pero dado que esta es una confesión antes de mi suicidio intentaré contaros un poco sobre el romance que mantuvimos mi hermana y yo. Romance que se torció cuándo conoció a un muchacho en su universidad que le eclipsó la cabeza y la volvió, lo que se considera, una completa estúpida. Y pensar, tristemente, que el último recuerdo que tendré de ella es el del abuso a sus agujeros mientras convalece en la cama de la habitación… qué desgracia que todo se acabe tan rápido, qué desgracia que ella ya no me quiera de la misma forma que hace 10 años cuándo sólo éramos niños lamiéndonos nuestros genitales, pero nuestros besos eran tan intensos que no puedo hacer otra cosa que llorar por dentro. Porque Alice, todavía te amo con toda mi alma. Un amor tan intenso que terminará por matarnos.

Salí a dar un paseo y decidí que a papá le iba a romper el cuello con un martillo. A mi madre la iba a estrangular con las cuerdas del sótano. Y a mi hermana la iba a extorsionar y manipular para que huyera conmigo. Pero huir a dónde, si todo es tan previsible y todo es tan poco anónimo en estas 7 putas islas de mierda. Así que entendí que la única forma de huir con ella era matándola también. Lo cuál me dolía especialmente, pero no del todo. Ya que, en el fondo, todo se reducía satisfacción sexual y poder sobre los demás. Demonios, cualquiera diría que no tengo corazón. Pero sí lo tengo, lo tengo clavado en la pared para poder recordar lo que es que te viole tu propia familia. Sólo quiero sangre para mi cumpleaños. Desde hace meses que las voces me hablaban. Mi hermana había curado bien, aunque todavía padecía dolores en las muñecas y tenía cicatrices por los cristales en el rostro. Cicatrices que lamería con amor y le diría que seguía siendo hermosa. Mi padre tenía una lesión importante y no podía caminar, ni mover los brazos. Me preguntaba entonces cuando la eutanasia se volvía entusiasmo. Mi madre era la que mejor vida llevaba, explorando las playas de Fuerteventura y arrojándose al mar para nutrirse con su magia mística. Por otro lado, yo estaba en casa de mi padre espiando a mi hermana por la rendija del picaporte del baño, viendo sus nalgas blancas y carnosas, y su coño casi virginal. Sus pechos firmes y su cabello mojado... cuándo mi padre me pilló en el asunto y me llamó al orden. Me giré y le pregunté que qué demonios quería, a lo que él me pregunto, casi rogando, que qué hacía. Le dije que simplemente estaba viendo por el cerrojo cómo se masturbaba mi hermana. Su rostro se puso rojo y casi poniéndose de pie y estirando los brazos –claramente sólo fue un espejismo– intentó algo. Pero la verdad es que sólo logró atropellarme con su silla motorizada. Pisándome los pies, a lo que, sujetándole de los hombros y recordando mi infancia feliz le enfundé un cabezazo tan fuerte que lo hizo retroceder. Y gemir de dolor. Después me disculpé, “lo siento papá, había olvidado que eras un deshecho humano tullido y paralítico”, luego le dije que no se metiera en mis asuntos. Él calló por miedo y por puro instinto supe que también lloró por dentro. Lloró porque era una basura en silla de ruedas. Porque mi padre se había vuelto, de ser un arrogante narcisista violador, un trapo de nervios manchado de semen de negro arrojado a una papelera para sidosos.

A menudo me pregunto por qué tengo tanto sexo metido en el cerebro. Será porque a los seis años, un hombre del cuál prefiero no mencionar su nombre, me obligase a seguir el camino hacia su pene, y que con mis dientes de leche sobara su glande rojo y perplejo. La pregunta que me hago desde hace mucho tiempo es, a pesar de ese abuso, ¿la violación repetida en un varón lo vuelve homosexual, o el primer contacto lo hace un pobre maricón sin perdón? Porque pese a amar a Alice, desearla y follarla; hay días que no puedo evitar sentirme tentado por ser sodomizado. Con las piernas abiertas y las plantas de los pies hacia el cielo mirando a ese Dios homosexual que se folla ángeles negros, con el ano húmedo por mi saliva viscosa, y una gran polla hebrea entrando y saliendo por mi agujero, hasta que el dolor sangrante se convierte en vivo placer prohibido y delicioso. Esperando como un perro hambriento que su semen se esparza por dentro de mí recto, preñándome y dejándome con una sonrisa de oreja a oreja. Aunque claro, después de esa mierda, el impulso sería el de cortarle la polla al gitano ese que me tienta y me pervierte sólo por el nacimiento de una terrible equivocación. Yo no quería tener estas inclinaciones. No soy homosexual, sólo feminista.

Le digo a mi hermana que tenemos que salir a hacer la compra, ella asiente con la cabeza algo disgustada, le digo que puede conducir ella el coche de papá, que para cuándo volvamos todo irá mejor. Le digo que me espere en el coche, pero ella me dice que las muñecas todavía le duelen demasiado. Le respondo que entonces conduciré yo. Pero que espere abajo. Ella obedece con gesto de desapruebo. También le digo que coja una chaqueta y algo de ropa. Me mira extrañada, pero le hablo fuerte y claro y ella no tiene más remedio que obedecer. Luego voy a la cocina de gas, y la enciendo, soplo con fuerza para apagar la llama y que el gas siga bailando como la muerte baila para los vivos, por dentro de la cocina. Veo a mi padre ser tan poca cosa que me duele el corazón. Porque aunque ese bastardo me sodomizara lo sigo amando. Lo miro a los ojos, luego le confieso: papá, a los 12 años follé con Alice. Fue nuestra primera vez. Y eyaculé en su boca y ella se lo tragó todo. Y no te confundas no pensó en ti. Sino sólo en mí. En su hermanito. Las siguientes veces nos escondíamos de ustedes, pero siempre lográbamos saborear nuestros líquidos. Papá está rojo de ira, celoso y atormentado. La verdad es que pretendo recuperar su corazón, por más cristalizado que esté. Tú la has vuelto un hielo con tetas, papá.

Mi padre no dice nada, sólo tiene el gesto desencajado, huele el gas, me mira con los ojos rojos y me pregunta si esto es lo que realmente quiero. Luego, me agacho hasta ponerme a su altura y le susurro: “lo que quiero es que no me hubieras vuelto maricón con tu sucia polla de suizo gigante con seis años”, mi padre se pone morado y empieza a llorar. Luego continúo: “y ahora sólo puedo alimentarme de cosas sagradas, aunque alguna polla sí que me como, en honor a ti, puto cobarde maricón”. Silencio. “Quiero que sepas que hoy vas a morir, pero no es nada personal, es que, simplemente estoy harto de ti, así cómo se harta la gente en las orgías o en las reuniones familiares, si tuviera algo de amor propio te mataría yo mismo, pero dejaré que el fuego lo haga, y que tú decidas cuándo” Luego con una expresión de paz y amor hacia Dios le doy a mi padre una caja de cerillas y una botella con alcohol. “Lamento el frío” cojo su cuerpo y lo pateo hacia el suelo, acto seguido lo arrastro hacia la pared de la cocina y lo dejo sentado frente al gas. “Si realmente fuera malo, papá, hace tiempo que te hubiera reventado el culo con mi propio puño, pero fíjate que sólo te reclamo sobre las circunstancias en las que nos conocimos”. Escucho el claxon. Me giro hacia mi padre, me arrodillo y le doy un beso en la boca. Mezclando nuestras salivas, mientras una lágrima cae de mi ojo derecho. Guardo la navaja roja. Hazte un favor y muere rápido. Porque el fuego es insoportable, como lo es el lugar al que irás. Luego, con algo de rabia y algo de desconcertante amor le digo, casi deleitándome y elevando mi alma, casi perdonándolo: “nos veremos en el infierno, papá, yo tampoco estoy limpio”.

En cierto kilómetro y a cierta hora, una casa en gran canaria explotaría por una fuga de gas, sólo se encontró un cuerpo, el de un hombre de unos sesenta años carbonizado que, entre lo que pudo rescatar el equipo de bomberos como prueba, en sus bolsillos había un reloj medalla que tenía grabado en metal: “Sólo Dios puede juzgarnos”. Un regalo que su propia madre inmigrante de mierda le había hecho al cumplir la mayoría de edad. La foto que guardaba dicho reloj estaba negra por el fuego. Pero era la de su difunta y suicida hermana. También se descubrió que el fallecido no tenía lengua. La interrogante que tenía la policía era por las habitaciones que había en la casa, tres en total, y también, sobre todo, el hecho de que la silla especial para inválidos estuviera en el salón, en lugar de servir de reposo del anciano carbonizado. También, según las investigaciones, y después de apagar el fuego, comprobaron el buzón del 2A. Comprobaron los nombres allí aparecian, y que pertenecían a esa casa. Sergei Ivánovitch hijo. Junto a Alice Ivánovitch hija; y también Alekséi Ivánovitch Padre y otro cuarto nombre, pero esta vez tachado a rotulador con bastante énfasis: Almira de Ivánovitch Madre. Todo esto hizo sospechar a la policía que no se trataba de un accidente. Pero para cuándo llegó dicha policía yo y mi hermana estábamos de camino al puerto. La idea era viajar a Lanzarote y empezar una nueva vida en una casa blanca y poder tener un perro y criar algún hijo, pero por puro capricho mío nos desviamos del camino. Las horas del reloj cuentan una historia, y los dedos y dientes que tengo necesitan tu piel, Alice.

Aparqué en un hostal de mala muerte y le dije que teníamos que quedarnos unos pocos días allí. Mi hermana no entendía nada, me dijo que eso no iba a pasar, que quién iba a cuidar de papá. ¿Y tu madre? –le pregunté. Ella es una puta y no quiero saber nada de ella. –bueno –le dije. Tú también eres bastante puta, lechera. Se giró hacia mí y con los ojos llenos de furia y vergüenza me respondió que todo aquello era cosa del pasado. Entonces con delicadeza y firmeza la cogí del cuello y la empujé contra la pared. Luego le susurré que su papá estaba muerto. Que se ha suicidado el muy maricón. Alice abrió los ojos como si fueran a explotar o a hincharse y evaporarse por los cielos, luego empezó a sollozar. Me cabreé muchísimo. Porque no soportaba verla llorar. La cogí del cuello, pero esta vez haciéndole daño. Y mientras lloraba no pude sentir nada más que auténtico amor por ella. Luego le susurré que no llore. Pero ella seguía llorando. Tengo un plan, le dije. Además, por mucho que quisiéramos a papá sabes de sobra las porquerías que nos hizo. Lo de tu aborto. Lo de los moretones. Lo de mojar la cama aún cuándo tenías 17 años. Después, entre risas, no te prometo bragas limpias, pero si una lengua áspera. Muy áspera. Alice se secaba las lágrimas, mientras en su rostro se dibujaba la expresión más hermosa que había visto en mucho tiempo: una expresión de temor pero de confianza en que todo iría bien. Luego, la llevé a mi pecho, y mientras ella me miraba a los ojos, yo sellaba mis labios con los suyos. Recuperando así, algo que nos había arrebatado la propia vida: el libre albedrío y la seguridad de acompañarnos toda la vida. Porque no había nada más sagrado que una hermana y un hermano juntos en una misma cama. Abrí las piernas de mi hermana, separé sus bragas y empecé a lamer como un gato. Ella todavía sollozaba, pero me sujetaba del pelo mientras que su flujo me recordaba al néctar de los dioses. Una voz en mi cabeza, pero no hice caso, y seguí lamiendo hasta que ella se corrió en mi boca y yo limpié todo el almíbar ácido de su hermoso coño.

Yo había llegado a gran canaria justo dos días después de asesinar a mi madre. La contemplé durmiendo varios días seguidos, le hice el café, preparé el desayuno y hasta completamos una sopa de letras muy especial que me había obsequiado. Pero el peso de la perversión, de la enfermedad y de la carne es demasiado fuerte. Nadie lo sabe pero he dejado de ir al psiquiatra desde hace 6 meses. Ya no me pinchan los malditos antipsicóticos, y por fin puedo conversar libremente con las voces del abismo. No tomo el antiepilépitco tampoco y desde que dejé de inflarme a mierda química mis deseos de suicidarme son cada vez más ligeros, casi como un enamoramiento por convicción sobre la muerte y los autores malditos. Porque en realidad más que enamorarme de la carne humana, la piel, los pies, y los culos; de la primavera; y las perversiones, yo estaba enamorado de las larvas, los enemigos y sobre todo, de la muerte. La perspectiva de la vida adquiere otro matiz cuándo no estás muy ocupado pensando en cómo matarte. Luego recuerdo las veces que mi madre intentó suicidarse. Y las ves que papá intentó huir de nuestra familia. También recuerdo muy bien el linchamiento que le propinó al amante peruano de mi madre. No somos perfectos. Pero somos familia. Aunque todavía a día de hoy sigo sin entender por qué mi madre sentía tanta atracción por un sudaca marrón de dientes podridos, mal aliento y de polla ridículamente pequeña. ¿Quizás sería por la sencillez con la que la trataba o porque, entre otras cosas, le ofrecía algo que nadie más podía ofrecerle: la seguridad de que nunca sería abandonada? Cómo sea, cuándo descubrí la casita del peruano llevaba una botella con gasolina y un pañuelo y pude, aunque sea, quemarle el coche. Luego salí corriendo mientras pensaba en nazis, ukranianos, y perros de caza. ¿La guerra? Un enamoramiento peligroso, sodomitas y soldados llorando.

Mientras mi madre dormía, yo me relamía. Trituré 6 ansiolíticos diferentes y los mezclé con el café de media tarde. Y se lo di a beber, me dijo que le sentó mal algo y que tenía mucho sueño. Le dije que estaría bien que durmiera pronto para que así pudiera ir a dar clases tranquila y llena de energías, que yo me encargaba de barrer el salón y mantener la casa en orden. Ella me lo agradeció. Me dio un beso en la mejilla y se fue a dormir. Lo siento tanto, pero ya es pronto. Eres la mujer más especial de mi vida, pero no estoy enamorado de ti, sólo estoy ansioso por probarte, corromperte y destrozarte. Cogí unas cuerdas que encontré en el garaje y suavemente fui creando un cúmulo de cuerdas que desembocaban en una terrible cuerda gorda que le impedía separar los brazos. Apresuradamente, con el resto de la cuerda até cada uno de sus pies a la cama, dejando su coño en bragas a mi merced. Me acerqué a su boca y empecé a besarla con el amor de un hijo desviado. Pero ella despertó y aterrada empezó a gritar y a revolcarse sobre la cama, hasta intentó arrancarme un trozo de labio. Pero yo no podía dejar de mirar a sus ojos. También pensaba en mi hermana, que si este era el camino de la redención, del perdón de Dios, de la malicia humana, que si las bombas explotan, que si mi padre está completamente muerto. Que si Alice me está esperando. El amor de un hijo es inexplicablemente sacrilégico. Saco de mi bolsillo una navaja y rasgo sus bragas, que están meadas por el miedo. También noto que le cuesta respirar y que llora agitada desesperada y que empieza a rezar como si Dios fuera a ir contra la propia naturaleza de un depredador. Luego empieza a gritar como loca pidiendo auxilio, pero le digo que se relaje, que se lo haré con el mismo amor con el que me reventaba los labios a bofetones, con el mismo amor con el que me torturaba en mi adolescencia. Me acerco a su coño podrido de sesentona y empiezo a lamerlo hasta que la noto húmeda. Saboreando la acidez de su orina y de su coño materno. ¿Por qué Dios nos hace nacer del coño de una mujer y no nos permite volver a ese mismo coño una vez adultos? Suspiro. ¿Dios será retrasado mental? Meto mis dedos dentro del coño adúltero de mi madre. Y luego meto dos, tres, cuatro, cinco, todo el puño. ¡Quiero que des a luz a mi puño derecho, mamá! Chupo una de sus tetas y le digo: “ya soy todo un adulto mamá: vamos a entendernos”. Pero mi madre no hace más que gritar y maldecirme como se maldice a un hijo infame. También era cierto que le guardaba rencor porque nunca me protegió de las inclinaciones de papá. Pero no estoy triste, sé que ella también sufre, y como hijo de Dios, me encargaría de parar su sufrimiento. Pero lejos de desagradarme sus gritos sólo puedo aliviarme: me encanta verla tan indefensa. Meto mis dos manos dentro de su coño. Y grito excitado y salvaje, morado y brutal: “¡Pariste a un hijo enfermo! ¡Te exijo que me dejes volver a dentro de tu coño y me abortes una y otra vez hasta que aprendas a parir a un hijo sano!”

De súbito me entra una gran tristeza, miro sus hermosos ojos verdes por última vez y clavo mi navaja en ellos, derritiendo sus pupilas y licuando en círculos por completo sus ojos. Que caen como las lágrimas de un santo maldito por Dios. Porque eso era mi madre, una santa maldecida por Dios, o raptada por Dios; es decir, por mí mismo. Pero la maldición continúa porque grita con más fuerza, pide ayuda, me condena al infierno y sigue gritando de puro dolor y agonía. Así que saco mis puños de su coño y voy al sótano, busco unos alicates y subo a su cama, y justo antes de sujetar su lengua con los alicates me grita llorando ojos y lágrimas: “por qué haces todo esto, si sabes que te amo, eres mi hijo, estás enfermo, estás loco, eres un demonio, que Dios me mate todos los nervios del cuerpo y no sienta nada de lo que voy a vivir, que Dios se apiade de mí, y de ti, y que Dios me lleve con él...¡Maldito hijo de puta, psicópata, satanás!” –sonriendo, “soy el ángel Gabriel mamá y vamos a concebir un hijo juntos”.

Pero no puedo dejar de sentirme sorprendido con tal discurso que le arranqué la lengua lo más rápido que pude. Y después me bajé los pantalones, el tanga roja de mi madre que yo mismo llevaba, y con delicadeza, mientras esa mujer se desangraba, penetré en su cuerpo maltrecho. Seguí el ritmo hasta que no pude más y al eyacular me di cuenta que mi madre, por el agobio, la desesperación y las heridas, había muerto por un paro cardíaco. “Al menos murió follando” me dije. La adúltera. “Al menos murió acompañada por la persona que más la amó en este mundo: su propio hijo”… pero todo eso eran excusas y no eran suficientes como para calmar mis aspiraciones y verdaderos intereses. Fui a la ducha. Mientras me secaba en el baño llamé a Alice, le pregunté que cómo estaba, me dijo que bien y punto. Le dejé caer que iría a visitar a papá dentro de dos días. Ella me respondió que okey. Luego me puse la ropa de mi madre: su sujetador, su tanga, su vestido y sus tacones. Me pinté los labios y los ojos y salí a la calle hecho todo un transexual. Es aquí cuándo me pregunto de verdad si lo hice por vicio, por arrogancia, por tener un sentido del humor excelente; o simplemente a modo de homenaje. A fin de cuentas nada de eso importaba, porque estaba tan hermosa como mi madre, de hecho, yo era mi madre. Rebusqué en el bolso de mi difunta madre, y cogí dinero y fui a una ferretería. Compré una sierra y abono para árboles. El dependiente me preguntó si quería llevarme de paso spray antiparásitos. Pero le respondí que no creía en nada que dañara la capa de ozono. Que era una transexual feminista vegana y por lo tanto subnormal. Tampoco creía ni si quiera en las vacas. El hombre se rió, luego le deseé un buen día; pero el tipo me dijo que me acercara al desván a tomar una cerveza. Accedí, y mientras se acercaba a mí, no podía quitarme de la cabeza a Natalia, después el viejo empezó a comerme el cuello y sobar mi polla mientras me preguntaba si podía chupármela. Le dije que sólo con una condición. Hambriento y salvaje me preguntó que qué condición. Me subí el vestido me puse el tanga a un lado y le susurré suavemente, que me comiera el culo, pero que lo hiciera suavemente como si fuera fruta fresca, como si fuera una sandía. Me arrodillé en el suelo, puse el culo en pompa y el señor empezó a lamer mi ano, luego mi esfinter y no pudo contener las ganas de meter uno o varios dedos. Mientras me relamía de placer escuché cómo se desabrochaba el cinturón y sacaba su pene. Me giré y vi un pene largo y gordo. Me pregunté por el sentido de la vida, me pregunté por qué algunas personas tienen tanta mala suerte, por qué hay injusticias en el mundo, por qué nadie encuentra paz en sus ridículas vidas. Después sentí una presión anal que me hizo estremecerme. El viejo empezó a embestirme mientras yo pensaba en que si Dios existía sólo era una broma de mal gusto, una chica o un maricón muy vicioso. Le dije al viejo que me follara más fuerte y éste lo intentó pero no pudo aumentar mucho el ritmo... me dijo que le dijera que era su puta. Me empecé a reír a carcajadas, la puta eres tú le dije, y haciendo un esfuerzo estomacal expulsé su polla llena de mierda verduzca y mal oliente. Me puse de pie, y le pegué dos o tres puñetazos bien fuertes en la cara que lo desorientaron. Todavía con la nariz sangrando seguía sonriendo torpemente. Le mandé un beso volado. Me acomodé el tanga y el vestido, mientras a él le sangraba la nariz a chorros y el labio partido le hacia tragar su propia sangre. Tengo que irme, le dije. Y lejos de enfurecerse, los viejos son gente tranquila, cerró los ojos y me suplicó que lo dejara en paz, por favor. Que era suficiente violencia por hoy... Luego, sólo por hacer una broma, le dije, recuerde señor sodomita, tengo un sierra, no querrá perder esa hermosa polla de caballo que tiene. Pero luego cambié de parecer, y me sentí ofendida mi hombría, así que me abalancé sobre el y empecé a estrangularlo hasta que perdió el conocimiento. Él forcejeó, pero yo era más fuerte y más joven. Y una vez hubo caído al suelo me dediqué a patearle la cabeza hasta que sólo quedó un amasijo de carne, piel y sangre roja. Pensé para mis adentros que no volvería a follar con sesentones que me recuerden a mi padre.

Durante el viaje en Ferry me aseguré de atar cabos. Cogí el teléfono de mi madre y envié mensajes de vacaciones, “peleas” con gente cercana. Indicios de vacaciones, etcétera. No me preocupaba mucho porque sabía cómo terminaría todo. Cómo suele terminar todo. Porque todo siempre termina sin avisar. Porque todo es finito y decadente. Porque el final de la gente perversa suele ser puntiagudo y terriblemente solitario. No os confundáis con mi enfermedad y mi perversión... la familia Ivánovitch tuvo sus buenos momentos, aunque estaba podrida. Yo siempre quise a mis padres y a mi propia hermana. Mucho más de lo que se quiere a una esclava sexual.

Vuelvo al hostal con comida caliente. Le digo a mi hermana que debemos comer. Ella aún está resentida conmigo por la nimiedad de mi padre y su funeral apresurado. Miro los ojos de mi hermana. Miro sus labios. Miro su cuello. Miro sus clavículas. Miro sus brazos. Su cintura. Sus muslos. Y sus piernas. Sujeto su cabeza con mis manos y ella se estremece. Luego le digo al oído: “he hecho algo terrible”. Y ella levanta la vista y me eclipsa la mirada con sus pupilas… trago saliva, estoy nervioso. Me lamo los labios. La observo, le pregunto: ¿puedo? Y ella asiente con la cabeza, sello mis labios en su boca. Mordisqueo sus labios, saboreo su saliva y me retuerzo de felicidad, estoy enamorado. Ella me sujeta del rostro, me acaricia la cabeza y me sujeta luego, de imprevisto, del cuello. Me empuja contra la cama del hostal. “¿Qué has hecho?” me pregunta algo tímida. Con mi mano derecha dibujo un camino hacia su coño natural y puro. Jugueteo con sus cabellera púbica y luego con sus labios mayores. Y mientras ella me besa y deja caer su saliva dulce como las lágrimas de Cristo en mi boca yo introduzco los dedos dentro de su flor casi extraviada entre intelectuales indigentes de alma. “¿Qué has hecho?” me vuelve a preguntar. La miro a los ojos, le bajo los pantalones y las bragas. La coloco en posición, con el trasero hacia mi rostro y su cara contra la cama, me humedezco el pene con saliva, lamo un poco de su coño y empiezo a penetrarla con suavidad hasta que la intensidad propia del amor nos hace follar con dureza y firmeza mientras lloro de felicidad. Y mientras eyaculo dentro suyo y ella gime mi nombre y sus piernas tiemblan yo no dejo de pensar en lo mucho que cansa cortarle con un serrucho la cabeza a una madre psicótica y católica. Entre tanto, le susurro al oído: “te voy a preñar y será el bebé más hermoso de la familia Ivánovitch”. Después mi hermana se queda dormida a mi lado y mientras ella sueña y se queda indefensa saco la navaja, y entre retortijones pienso en un engendro de hijo, en Dios follándose a una cabra, en mil espectros y una voz que me dice: “su corazón está maldito”, luego, sin hacer mucho escándalo clavo con decisión y fuerza mi navaja en su corazón para que en otro mundo se reencuentre con las personas que amó y cuidaron de ella. O al menos, por desgracia, viva la condena de la soledad en el cielo. La sangre se esparce por la cama, y yo, movido por el amor que aún le tengo empiezo a lamer esa misma sangre azul. Hasta que no puedo tragar más y empiezo a vomitarla. Contemplo los dedos de sus pies romanos, y corto su dedo meñique para que me acompañe allá a dónde vaya. Me doy una ducha rápida, cojo los billetes, la navaja, un frasco con droga y salgo de la habitación.

Más tarde, al caer la noche, me doy cuenta de lo terriblemente solo que me encuentro. Entonces me digo que si Dios existe es un auténtico perverso como yo, eso me acerca más a él que cualquier persona del mundo entero. Los teléfonos suenan, por un lado en la casa de gran canaria buscan familiares del señor Alekséi Ivánovitch Padre. Los bomberos hacen una labor impecable. Por otro lado, el novio sudaca de mi madre se comunica con a autoridades porque desde hace horas que no sabe nada de ella. La policía rompe la puerta de su casa y se encuentran con la escena. El novio de mi madre desesperado no sabe cómo encajar todo lo sucedido y termina emborrachándose tanto que… pero el dolor que le he causado es tan grande que no desaparece, y termina colgándose en el sótano de su casa. Babeándose todo el pecho con saliva hedionda a alcohol. El hostal está lleno de policías también. Hay una muchacha con una herida de arma blanca en el corazón, completamente fría y muerta y con un dedo cortado. Pero del hermano mayor no se sabe nada. Se inicia una búsqueda y captura para el hijo mayor, con antecedentes psiquiátricos llamado Sergei Ivánovitch. Ojos negros, cabello corto, metro setenta, 80 kilos. No lleva tatuajes. Sin embargo, para cuándo la policía se acerca peligrosamente hacia mi paradero recuerdo la conversación con el ruso, 3 gramos de cocaína diluida en agua te mata, 4 gramos si quieres asegurarte de morir bien rapidito.

Miro al cielo, blasfemo, me cago en Dios y en todo lo que significa la belleza y la bondad del mundo. Me cago en los psiquiatras y también en mi propia vida. Voy a una tienda y compro una gorra y una camiseta negra de manga larga. También un par de zapatos nuevos por si haya dejado huellas. Cojo la droga, la mezclo con una bebida energética y camino por la avenida principal, muy tranquilo. Me encuentro entonces con mis dos amigas. Me dicen que han pillado porros, que si quiero fumar con ellas –la vida me sonríe. ¿Acaso esto no demuestra que Dios no existe? ¿O acaso Dios está orgulloso de mí?– fumamos juntos, les doy un abrazo a cada una y me despido de ellas. Sujeto cada una de sus manos y les digo que será la última vez que nos veamos. Me preguntan por qué, y lo único que se me ocurre decirles es que estoy enfermo y que probablemente en pocos días muera de una enfermedad desconocida, que hablé con el doctor esta mañana y que es inminente. Las pobres muchachas se emocionan y una de ellas se ella a llorar. Luego, para calmarlas, les digo que su amistad fue lo que me hizo feliz los últimos meses de mi vida. Y tentado por sus labios me abalanzo hacia ellas para besarlas, pero me contengo. Lo último que hago antes de irme es decirles: “Cuándo la noche cae las cucarachas y las ratas salen, pero también la luna”.

Al anochecer me acerco al instituto dónde estudié el bachillerato, trepo por una de las paredes, me la suda la orden de alejamiento que me puso una directora chupapollas y su compinche una profesora acomplejada y estúpida, mil veces maldita y de coño con halitosis, rompo una ventana, logro abrir la puerta y entro. Busco el aula de bachillerato dónde cursé filosofía y ética. ¿Quién me iba a decir que el estudiante más brillante de mi promoción terminaría siendo un asesino con una ética dudosa y una filosofía de vida tan terriblemente apabullante que le inclina, sin Dios quererlo –no creo que a estas alturas a Dios le importe un carajo nada de esto–, al mal? Al final, todos tenían razón. Menos la directora y la perra esa chupa polla de niños con síndrome de down. Estoy enfermo y soy un monstruo. No tengo límites, no tengo escrúpulos, no tengo alma... Me siento en el pupitre del profesor, dejo la bebida con la dosis letal en la mesa y con una tiza que encontré en el borde del pizarrón me puse a escribir mi mensaje hacia la humanidad:


"Dios es un simio para el hombre"


Luego, con algo de temor burla y una sonrisa sórdida hermosa rota y acojonada cojo la bebida y me la llevo a la boca; pienso en todo lo bueno que dejo atrás y en todo lo malo que queda delante de mi lápida. A fin de cuentas sólo soy un muchacho enamorado de la muerte. Luego, de golpe, trago un sorbo; y después toda la dosis letal, y mientras siento el pulso de mi corazón acelerarse, la boca química ardiendo, euforia, llego a rozar con los dedos los pies de Dios y de su divinidad… pero con los ojos desorbitados sólo puedo rogar, aterrado por mi propio final, que el mal y los ángeles negros del abismo me den la bienvenida que merezco… al ocaso de los infames, de igual manera que se le da la bienvenida a los muertos de hambre, asesinos, miserables y enamorados. Y antes de caer en el sueño eterno de las llamas del Infierno esbozo una sonrisa porque esa familia estaba podrida y yo fui su salvador.

El frasco cae al suelo, me desplomo en el pupitre mientras sale espuma de mi boca y con el último gesto de mi alma, antes de expirar tres veces seguidas levanto la mano hacia el techo buscando a Dios; y Dios estira su mano hacia mí. Pero no logro tocar sus dedos y él impávido contempla cómo el ser humano fue su peor creación. Luego le entra una carcajada y mientras de sus ojos celestiales caen lágrimas sublimes unos niños encuentran el cadáver de un psicótico en el aula de bachillerato.



09/12/22

Genealogía

 


 


 

Nada existe.

 Si algo existiera no podría ser conocido.

Si algo existente pudiera ser conocido, sería imposible expresarlo con el lenguaje.

 

Mi padre nació sordo. Sin embargo, su discapacidad no fue corroborada inmediatamente por los médicos, pues era un niño completamente sano, y desde los primeros días escrutaba todo cuanto le rodeaba con una nitidez prematura. Como era un niño sumamente atento, no fue hasta los tres años que un pediatra pudo corroborar, a base de varias pruebas, que mi padre padecía una sordera crónica e irreversible. ¿Resultó esto un impedimento para el desarrollo normal de su existencia? Lo cierto es que no, en absoluto. Mi padre aprendió a hablar mucho antes de lo normal, pues desde bien temprano manifestó una gran habilidad para leer los labios e identificar las palabras. Por otro lado, estaba dotado de una vista excepcional. Durante su adolescencia mostró un gran interés por la astronomía, pudiendo atisbar las constelaciones de Lince y Equuleus de una mirada. Antes de los dieciocho años conocía mejor la bóveda celeste que su propia mano, y le resultaba más fácil orientarse en el cielo que seguir las indicaciones del metro. Obtuvo el premio nacional de astronomía antes de graduarse por descubrir una nueva luna en Júpiter, a la que llamaron Theia, en honor a la Titánide, y lo más sorprendente de todo fue que la descubrió a simple vista, durante una noche en la que tuvo que tumbarse bocarriba sobre un descampado y aguardar a que se le pasara la borrachera. También obtuvo varios éxitos en el campo de la microbiología, de hecho, el célebre artículo de mi padre, Entorno y vida del tardígrado, fue el primer estudio verdaderamente serio publicado en este país acerca de dicho tema, y lo cierto es que no se valió de ningún microscopio, como tampoco de ninguna lupa, para penetrar en los recónditos secretos de este misterioso animal. No obstante, la verdadera pasión de mi padre, lo que realmente otorgaba sentido a su vida, desde bien pequeño, no fue otra cosa que la música. Por extraño que parezca, siempre mostró una cualidad innata para este tipo de arte, a pesar del abrumador silencio que le rodeaba. Antes que hablar ya entonaba melodías, y oírle silbar era como escuchar el alegre canto de un mirlo en primavera o el tono embriagador de una sirena amarrada a un mástil. Sus instrumentos favoritos eran la batería y el theremín, y durante su adolescencia fundó varias bandas de Punk como vocalista, aunque su estilo era tan personal y refrescante, que su música pasó a considerarse como un nuevo subgénero denominado Meta-punk, Punk metafísico o Punk de alta montaña. Nunca se perdió un sólo concierto, pues, con una mano sobre el bafle, era capaz de detectar las vibraciones que emitían los instrumentos y aunarse al pogo desenfrenado de sus colegas. Después de finalizar su doctorado en astrofísica, se colocó como jefe de plantilla en el ROM. Sus subordinados tan pronto le admiraban como le tomaban por loco, pues decían que era capaz de pasarse noches enteras contando estrellas.

Mi madre fue ciega de nacimiento. Sus ojos estaban revestidos de una fina película de color gris que le daban un aspecto de criatura mitológica. Sin embargo, el sentido de su oído era tan fino, que sólo se podría comparar al de los murciélagos o las lechuzas. Cuando niña sus padres tenían que taponarle los conductos auditivos, porque la intensidad del sonido era tan violenta que solía provocarle hemorragias. La inesperada capacidad imaginativa de mi madre, que comenzó a manifestar desde su infancia más temprana, desembocó durante sus años de madurez intelectual en una extraordinaria facultad artística. Mi madre tenía visiones. Podía visualizar objetos que jamás había visto. En esto residía su eminente poder de configuración mental. Para ella todo sonido poseía una forma específica. Cualquier concepto, incluso el más abstracto, disponía de un trazado concreto. El tintineo metálico de la lluvia sobre las ventanas de su habitación era como una pirámide. El amor tenía la forma de un dodecaedro.  El fuego era un círculo de color verde. Los ladridos de un perro tenían la forma de un paralelepípedo. La mentira tenía la forma de un cono, aunque a veces también de cilindro. Su padre era un rombo y su madre un cuadrado. La alegría era un perfecto equilátero y la envidia una figura oblonga. El mundo que no podía ver se desplegaba ante su imaginación como una realidad alternativa creada por Lego. Incluso cuando soñaba, cada situación conservaba algún rescoldo geométrico. A lo largo de su vida fue solicitada por todo tipo de especialistas, desde prestigiosos investigadores en neuro ciencia hasta parasicólogos de toda índole. Encabezó titulares de periódico y protagonizó portadas en centenares de revistas de inspiración esotérica, en donde la comparaban con la soviética Nina Kulagina, famosa en todo el mundo por sus poderes Telequinéticos. Rechazó en varias ocasiones las insistentes invitaciones a Cuarto Milenio, pues quería dejar de ser el centro al que apuntaban los dardos mediáticos. Estudió filosofía en la UAM siguiendo un novedoso y arriesgado programa de Braille. Su libro predilecto era Ética según el orden geométrico. También escribió una tesis sobre la reminiscencia en Platón por la que recibió muchos elogios. Sin embargo, en sus ratos libres, se dedicaba a pintar… Años más tarde, la exposición que presentó en la fundación MAPFRE, El arte de ver a mi manera, la introdujo entre las altas esferas del arte abstracto. Algunos de sus cuadros fueron expuestos y valorados junto a otras obras de grandes artistas como Piet Mondrian y Kazmir Malévich. No obstante, y no me preguntéis cómo, mi madre siempre se sintió inspirada por autores como Goya o Velázquez.

Cuando mi padre conoció a mi madre, lo que más le atrajo de ella fueron sus extraños y misteriosos ojos de color metálico, así como su torpeza al caminar y las cálidas vibraciones que emanaban de su cuerpo en edad de procrear. Mi madre ya se sentía observada por mi padre sin que éste se hubiera acercado a ella para entablar algún tipo de conversación, pues llevaba escuchando los latidos de su corazón desde mucho tiempo antes de que apareciera. Pero cuando al fin mi padre se presentó ante ella, lo que terminó por conquistarla fue el tono de su voz, pues siempre dijo que le atraían los hombres extranjeros, a los que se imaginaba como un escutoide, y la pronunciación de un sordo de nacimiento puede semejarse en cierta manera a la de un ruso en castellano. Mi padre sintió que juntos sonarían como una perfecta armonía, pues de la misma manera se unen los sonidos individuales para formar una composición completa. Mi madre, en cambio, tuvo la sensación de que estando en presencia de mi padre todo cuanto la rodeaba iba adquiriendo una proporción áurea, en donde todas las piezas encajaban a la perfección.

Mi hermano mayor heredó de mis padres aquello de lo cual carecía cada uno, es decir, que fue tan sordo como mi padre y tan ciego como mi madre. Una perspectiva tan limitada acerca del mundo sensible bien hubiera podido influir en su desarrollo personal, pero lo cierto es que mi hermano mayor jamás se topó con ningún contratiempo que le impidiera desenvolverse como un niño absolutamente normal, y esto, reitero, hay que interpretarlo en el sentido más literal. Cuando comenzó a gatear por el entarimado de nuestra casa, resultaba ser tan escurridizo que entre la sordera de mi padre y la ceguera de mi madre no había quién le pillara. Nunca se tropezó con nada y podía franquear sin dificultad cualquier clase de obstáculo que se interpusiera en su camino. Su naturaleza era activa y curiosa como la nariz de un perro. Para cuando cumplió los dos años de edad, mi hermano ya reconocía con milimétrica precisión cada rincón de la casa, pues todo cuanto pudiera existir a su alrededor ya había pasado por el filtro de su magistral olfato. Lo olía absolutamente todo: desde la ropa extendida por el suelo hasta la que colmaba el cesto, el interior de los armarios, los enchufes, el polvo acumulado en los rodapiés, el somier de la cama, los barrotes de la cuna, las hendiduras entre las baldosas, la superficie de las ventanas, el cristal de los espejos, las baldas de estantería repletas de libros de mi madre y cuadernos de partitura de mi padre… el sumidero y la mampara de la ducha, la piedra pómez para raspar los callos de los pies, la escobilla del wáter, el papel higiénico, especialmente el usado, las cerdas de los cepillos de dientes, el tambor de la lavadora, las colonias de mi padre y todo tipo de potingues de mi madre… Los marcos de fotografías ubicados en el mueble del recibidor, las paredes acartonadas del pasillo sobre las que colgaban torcidos algunos de los cuadros abstractos de mi madre, las cortinas del salón, la pantalla del televisor, el mando a distancia, los restos de comida esparcidos por la mesa, el recipiente de porcelana en dónde se guardaban las llaves, las carteras o cualquier cosa que pudiera ser olfateada, limando como una aspiradora inteligente cada fibra del confortable charlestón, o puliendo la vieja alfombra persa como un Conga Ultra Home 2290 de último diseño. En la cocina husmeaba en todos los recovecos, abría la nevera y ponía los ojos en blanco aspirando los mil aromas que le llegaban del interior de “aquella caja de pandora”, pues era poco habitual el día que no lo encontraban tendido en el suelo entre convulsiones o medio muerto por la sobrecarga de estímulos. Lo mismo le sucedía con los productos de limpieza, en concreto con la lejía, por lo que mi padre tuvo que guardarlos con candado para evitar que el niño se intoxicara. Como era sordo y ciego, la única forma posible de comunicación con mis padres era a través de un código de aromas que la inteligente de mi madre reunió en una libreta de anotaciones con el título: Diccionario de los olores. Cuando empezó a salir de casa, al principio acompañado, pero después libre e independiente como el aroma de una calle de puestos de comida rápida en un país extranjero, lo que más le gustaba era irse al campo y sentarse encima de una roca, trepar a un árbol o situarse en algún punto elevado del terreno y disfrutar a sus anchas del festín de fragancias que le brindaba la naturaleza. Con el paso del tiempo, su insaciable apetito le impulsaba a buscar nuevas y perturbadoras experiencias olfativas. El perfume de la carne quemada en los crematorios, así como la hediondez propia del alcantarillado, o el inconfundible olor a materia putrefacta pasada la primera semana de un funeral anónimo se convirtieron en pasatiempos cotidianos. En sociedad se sentía como un espía que conociera los secretos más íntimos de las personas que le rodeaban. Aspirando con fuerza podía incluso hurgar entre sus recuerdos más remotos. No necesitaba verlos u oírlos para detectar sus miedos. Podía oler la envidia, los celos de un amante desesperado, el deseo sexual preñado de feromonas, que fluctuaban a su alrededor como recién brotadas de sus crisálidas. Le bastaba con entrar en algún sitio y saber cuántas personas había dentro. Cada individuo tenía su olor, su marca particular, su esencia, su rastro. El olor de cada uno no se puede cambiar ni disimular, por más capas de perfume que lleves encima mi hermano sería capaz de “verte” entre las tinieblas, o “escucharte” más allá del espacio sideral con tan solo dilatar las aletas de su nariz. Durante un tiempo, y gracias al tráfico de influencias de mis padres, comenzó su carrera profesional como agente de aduanas detectando material ilícito dentro de equipajes que, empleando la jerga de los aduaneros, “podrían oler mal”. A través de las cámaras de vigilancia los expertos detectaban comportamientos anómalos entre algunos usuarios, tales como la mirada inquieta o las manos sudadas ya suponían un aliciente de peso como para inducir sospecha. Como para intuir que “esos cabrones apestaban a mierda”. Pero el procedimiento requería mucha concentración y a veces los video vigilantes erraban en sus confabulaciones. Sin embargo, a mi hermano le bastaba con un rápido movimiento de sus fosas nasales para cerciorarse de que “esos cabrones hedían peor que el pescado podrido”.  Ni los perros o los test de droga eran tan eficientes como la nariz de mi hermano. Sin embargo, aburrido de un empleo tan poco enriquecedor como insulso, donde la escala de olores apenas variaba de un individuo a otro, decidió emprender su propio negocio aprovechando la única virtud que, ya fuera por exceso o por defecto, había heredado de mis padres. Mi hermano diseñó una cadena de “restaurantes” de alta gama inspirados en la idea de oler “cocina minimalista”. El procedimiento de la degustación consistía en destapar uno tras otro los infinitos platos de los que se componía el menú, cuyo contenido no albergaba otra cosa que una mezcla homogénea de vapores y gases que, una vez inhalados, te perforaban la pituitaria.  Después el cliente sufría una especie de catarsis al expandir las fronteras de su universo olfativo hasta niveles insospechados. La degustación podía dilatarse bastante en el tiempo y todo ello con la ventaja de salir del restaurante con el estómago completamente vacío, por lo que el cliente terminaba el evento con una sensación de liviandad muy reconfortante. Platos como Hebras de titanio con madera de pino ahumada o Huevos de avestruz sulfurados al diamante fueron catalogados como “la experiencia del año” o “la aventura estética por antonomasia” y todo como resultado del apoyo incondicional del círculo de imbéciles que especulaban con los cuadros abstractos de mi madre.

El nacimiento de mi hermana fue el primer caso diagnosticado en España de anosmia congénita, además de padecer ceguera y sordera crónicas. Fue un caso especialmente anómalo, y dada la expuesta herencia familiar, el gobierno dotó a mis padres de una generosa ayuda económica. El carácter de mi hermana era extremadamente tranquilo y sosegado, y a veces pasaba incluso desapercibida ante la aguda vista de mi padre. En una ocasión, la confundió con uno de los cuadros abstractos del pasillo. Su respiración resultaba tan pausada, que mi madre debía afinar el oído para cerciorarse de que aún permanecía con vida. Cuando nació, a pesar de constituir un nuevo olor para la colección de mi hermano, este era de una naturaleza tan neutra e inocua que pronto perdió todo interés para él. Mi hermana creció con algunos problemas de salud, pero por lo demás, y a pesar de su exagerado mutismo, bastaba con percatarse de su existencia para quedarse completamente prendido de su belleza. Una belleza no sólo física, sino que de su mismo interior emanaba una luz tan pura y edificante, que, al contemplarla, uno tenía la sensación de estar ante la presencia de una criatura sumamente divina. Los vecinos del barrio solían visitar a mi familia con frecuencia para conocerla, y se postraban sucios o desamparados a sus pies en compañía de sus hijos o animales enfermos con la intención de que les tocara. Pronto corrió la voz de que obraba auténticos milagros. Uno de los vecinos más miserables del barrio ganó la lotería el mismo día en que fue tocado por el santo dedo de mi hermana. Comía muy poco y pedía lo necesario para su exigua manutención. Sin embargo, en lo único que no escatimaba era en tomar sus famosos “baños de luz”, como si los rayos de sol constituyeran su principal fuente de alimento. En cambio, temía a la oscuridad y era extremadamente susceptible a los cambios bruscos de temperatura. Por eso en invierno, mis padres tenían que estar especialmente atentos, pues una leve bajada de temperatura podría ocasionarle un grave resfriado. Sus manos eran blancas y suaves como el algodón, le bastaba con pasar superficialmente la mano por un rostro para adivinar la edad, el sexo e incluso el género, y pronto se dio cuenta de que también podía averiguar si una persona estaba verdaderamente enferma o, por el contrario, padecía el síndrome de Münchhausen. Su sentido del tacto era de una naturaleza tan hipersensible, que, tan sólo con rozar la yema de sus dedos por cualquier parte del cuerpo, podía detectar una enfermedad a tiempo. Esto captó inmediatamente la atención de los médicos, por lo que fue integrada en un equipo de investigación contra el cáncer de páncreas, y con la ayuda de mi hermana lograron salvar muchas vidas y, si no vidas enteras, si al menos trozos de vida, rescatando órganos de la metástasis pancreática para poder refrigerarlos y donarlos a nuevos pacientes con el páncreas jodido. Trabajó primero en el Hospital Puerta de Hierro, luego en el Gregorio Marañón y, finalmente, en la Paz, en donde, por razones que me dispongo a relatar, tuvieron que trasladarla e ingresarla en el hospital psiquiátrico de Mondragón.  El estrés ocasionado por el trabajo como detectora de cáncer de páncreas, sumado al continuo contacto con la vida y la muerte, más las rotaciones horarias y la consecuente falta de luz natural acabaron por trastornar por completo a mi hermana. Comenzó a ser un hecho bastante habitual que cuando moría un paciente, y mi hermana se encontraba todavía en la habitación del muerto, la temperatura empezara a bajar inexplicablemente. También era común que, estando mi hermana sola en alguna dependencia del hospital, algunos objetos se desplazaran sin causa aparente o fueran arrojados con violencia. Luego estaba el tema de las vibraciones en su cerebro. Vibraciones que parecían venir de ultratumba acosaban a mi hermana durante la noche provocándole largos episodios de insomnio. Durante el tiempo que permaneció trabajando en el hospital perdió mucho peso, y su tez se fue tornando cada vez más pálida y macilenta. Como si los muertos por cáncer de páncreas hubieran regresado de la última frontera para disputarse su cordura. ¿Estaba mi hermana sufriendo una experiencia poltergeist? Con toda la presión que llevaba acumulada, su capacidad de detectar el cáncer comenzó a ir en detrimento, y su fama y reconocimiento expiraron como el último aliento de un paciente metastásico. Poco tiempo después, la diagnosticaron de esquizofrenia paranoide y, finalmente, chupada hasta la medula y blanca como la cera, fue ingresada en Mondragón. Con el paso del tiempo su salud se fue restaurando, la piel recobró el tono y rigidez habituales, y la belleza volvió a insuflar serenidad en su rostro. Las voces se extinguieron y los espíritus de cáncer pancreático dejaron de incordiarla para siempre. Además, allí entabló amistad con el poeta Leopoldo María Panero, que le recitaba, o más bien le balbuceaba poemas ininteligibles. Mi hermana, que era incapaz de verlo, oírlo, e incluso olerlo, se conformaba con palpar las cicatrices de una vida marcada por la autodestrucción, y acabó enamorándose de Leopoldo, aunque lo hizo desde la clandestinidad, en silencio y sin ruido.

Yo fui el último vástago de mi familia. Siguiendo la lógica de la argumentación, cabrá suponer que nací sin ninguno de los ventajosos atributos con los que contaron mis predecesores, pues nací completamente ciego, sordo, sin olfato y sin sentido del tacto. Dadas estas privaciones, comprenderéis lo extraordinariamente difícil que resulta para mí la presente exposición: pues no sólo soy una anomalía biológica, sino que, además, constituyo un auténtico problema filosófico. Como vivo al margen de las sensaciones, resulta que el mundo me es tan ajeno como lo pueda ser yo con respecto al mundo. Quizás, mientras me señalen, podrán decir: “es él”, o: “es esto”, pero eso sería como confundir la sombra que proyecta una figura con la figura misma. Es como si despertara en un ataúd y, sepultado a varios metros bajo tierra, me condenaran a escuchar lo que dicen de mí sin poder oír nada. Mi vida es como el punto de intersección de dos paralelas que se prolongasen hasta el infinito. Si en el país de los ciegos, el tuerto es el rey, entonces; en el país de los ebanistas, yo sería el amputado. Pongámonos en el lugar de mi madre, y que ésta tuviera ante sí un círculo y un cuadrado, pues yo sería la cuadratura del círculo. Mi situación es parecida a la de un mentiroso que nunca pudiera dejar de mentir, pero que, al mentir ¿estaría diciendo la verdad? O como el caso de los escépticos, que al poner en tela de juicio toda doctrina, terminarían por negar la suya propia. Si Dios, en su versión omnipotente, diseñara un muro indestructible y, al mismo tiempo, arrojara contra el muro un misil con la capacidad de traspasarlo, entonces acontecería una paradoja cósmica, es decir, mi caso. Si en un show en directo, en el punto de mira de miles de espectadores, se dispusiera una cocina completamente equipada y provista de todo tipo de ingredientes, yo sería el chef al que le temblarían las manos. La cosa es que nací con tres meses de antelación, y lo cierto es que no sé a qué vino tanta prisa, si, total, para lo que podía hacer en este mundo, mejor haber permanecido en el útero, o, mejor aún, ni siquiera haber salido de los cojones de mi padre. Se supone que, para la fecundación de un óvulo, el espermatozoide debe recorrer un largo camino repleto de peligros. Algo así como un éxodo, pero a la inversa, y que muy pocos logran su objetivo. Si, como dicen, la naturaleza no obra en vano y yo era precisamente ese espermatozoide destinado a perpetuar y mejorar las condiciones de mi especie, entonces o bien no es cierto que la naturaleza no obre en vano, o bien es que la naturaleza resulta impredecible, pues sólo cabría imaginar en qué términos de privación se encontraría el resultado de mi progenie. Me pasé varios meses en la incubadora, sumido en ese tipo de inexistencia que realmente no se diferenció mucho de lo que sería el resto de mi vida, rodeado de cables y de pantallas intermitentes que seguían mis constantes vitales asegurándose de que estuviera jodidamente sano. Quiero que sepáis que tampoco era del todo inerte, pues respondía a los estímulos como bien pudiera hacerlo un hongo. En ese mundo de sombras y silencio a veces penetraba una luz enfermiza como la del quirófano, y en vano pensé que podría ser Dios, o al menos, su cara, o quizás un poco de esperanza, cuando en el fondo no era otra cosa que la prueba manifiesta de ser un muerto enterrado en vida. Por lo visto, mi cerebro era sumamente grande, pues pesaba más que el de Einstein y Hawking juntos. Intrigados por la excepcionalidad de mi caso, un grupo de investigadores conectaron a mi cráneo un novedoso aparato que aseguraban poder medir mi inteligencia. Al primer impulso de mi cerebro, el aparato quedó completamente chamuscado. Después la empresa quebró y el jefe del equipo de investigadores se sumió en una profunda depresión. Pero todo esto sucedió antes de que se pudieran recuperar los datos recogidos durante el experimento. William James Sidis, con un coeficiente intelectual de entre doscientos cincuenta y trescientos puntos, y que hasta la fecha era el hombre más inteligente del que se tenía noticia, pasó definitivamente a la historia tras corroborar que mi CI era superior a los nueve mil puntos. Cuando apenas contaba con un año de edad, la actividad de mi cerebro era tan superior a la que pudiera soportar mi cuerpo, que era como pretender que funcionase un ENIAC del cuarenta y seis con un procesador tipo AMD Ryzen 93950x, o como que un elefante se desplazara con el corazón de una mosca, o como levantar los ochocientos veintiocho metros del Burj Khalifa sobre cimientos de escayola. Para superar dicha dificultad, mis padres contactaron con Human Machine & Technology Power Systems, una agencia especializada en la implantación de dispositivos electrónicos en el cuerpo humano. Pronto iba a formar parte de aquella estirpe de desequilibrados mentales que promueven la progresiva transformación de nuestra especie en cíborgs. Casos como el de Neil Harbisson, que fue el primer ser humano que se implantó una antena en la cabeza, presuntamente para identificar los colores mediante frecuencias de sonido, pero que, en realidad, no aspiraba sino a ocultar su condición de asexual disfrazándola de un comportamiento especialmente excéntrico. Aunque también está el célebre caso de Manel de Aguas, supuesto joven artista de Barcelona, que se implantó unas aletas en la cabeza para detectar el campo magnético de la tierra. Sin embargo, lo único que consiguió fue que le prohibieran el acceso a la basílica de la Sagrada Familia, y que incluso los perros le ladrasen más que antes. Todo ello recogido en un artículo del Testigo, titulado: Transespecie: la nueva tendencia de la Generación de Cristal. No obstante, quisiera dejar claro que no tengo nada que ver con esa panda de mamones, pues mi situación provenía de una necesidad vital y no de una absoluta desintegración personal. Además, no se trataba, en mi caso, de implantar un accesorio tecnológico en mi cuerpo, sino de coger mi cerebro, de arrancar mi conciencia, o ¡qué coño, de trasplantar mi hermosa alma a una jodida máquina!  En términos generales, si se me permite filosofar, podríamos estar hablando incluso de la creación de un nuevo organismo, del producto final de la obra de Prometeo, de la primera máquina dotada de verdadera inteligencia. Considerarlo como queráis, pero tras la peligrosa y revolucionaria operación, que duró más de tres semanas, habían logrado introducir un cerebro de más de doce kilos en un “ENIAC” cuántico. En este sentido, puede afirmarse, sin lugar a dudas, que fui el primero de mi generación. El nuevo “hardware” me brindaba la oportunidad de multiplicar de forma colosal mis facultades, pudiendo asimilar y gestionar información a una velocidad nunca vista, como si mi mente se hubiera transformado en un micelio gigantesco capaz de interaccionar con realidades infinitas. La naturaleza caleidoscópica del cosmos y sus mundos posibles. El universo holográfico desplegándose ante mí como las páginas de un libro: el origen y la futura extinción. Me había convertido en el último sueño de Dios, en un nuevo concepto de eternidad, y mientras las naciones del mundo se disputaban el dominio de la Tierra, mientras todo parecía conducir a los prolegómenos de una catástrofe nuclear, a mí me mandaron a Theia acompañado de una colonia de tardígrados. Misión Panspermia, así la llamaron, y cuando el último brote de hierba creció sobre la tierra, yo presenciaba los albores de una nueva civilización.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


22/10/19

Control de cinturones

Por L. N. M


Volvíamos de vuelta al coche estacionado en los subterráneos del edificio donde vivía mi abuela. Habíamos dejado a mi querida abuela sana y salva en su casa. Mi abuela que, a pesar de su edad, mantenía la cabeza lúcida y conservaba su sentido del humor, no obstante, cada vez estaba más sorda y ciega. Debido a un accidente transcurrido cuatro décadas atrás, mi abuela también presentaba serias dificultades de movilidad. Mi abuela siempre me ha dicho que la cruz de su vida eran sus huesos. Por este motivo, tras realizar cualquier operación con ella, el hecho de dejarla sana y salva en casa suponía todo un reto. Reto que, una vez superado, se convertía en la causa de nuestra alegría. Que mi abuela no tropezara resultaba algo francamente milagroso. Era como si en plena noche uno transitara sin recambios con su bicicleta por una carretera en mal estado y, en un momento dado, atravesara un tramo repleto de cristales. En ese instante, por más que uno sea diestro a la hora de conducir su bicicleta y efectúe con sorprendente habilidad toda clase de maniobras, el hecho de no pinchar la rueda y quedarse aislado en medio de esa carretera siniestra y solitaria; demuestra que todo en esta vida está sujeto a los designios del azar, escapando de esta forma a nuestra voluntad y entendimiento. Una vez montados en el coche, mi tío, mi tía y yo emprendimos el viaje de vuelta. Recuerdo que en ese momento todo era felicidad. Reíamos como locos montados en el coche. Yo en el asiento trasero del medio, con mis manos sobre los cabeceros de los asientos de la parte delantera, miraba a uno y otro lado sonriendo a mis tíos. “¡Que bien salió esta vez!”, dije. “¡Jamás estuve más contenta”! Repuso mi tía. “Cuando se superan con éxito las adversidades y los obstáculos que nos impone la vida, uno cobra consciencia de que es ahí mismo donde reside la felicidad”, añadió mi tío sujetando con ambas manos el volante. La puerta de la cochera se accionó a través del laser del mando a distancia que mi tío guardaba siempre en la guantera de su asiento. La luz resplandeciente del exterior nos cegó por completo durante unos segundos. Mi tío, conductor experimentado, apretó el embrague y metió la primera. Ascendimos por la rampa lentamente hasta que al fin alcanzamos la superficie. Todavía nuestros ojos no se habían acostumbrado a la claridad del día, cuando, justo de frente, un control de la guardia civil nos obligó a detenernos. Lo primero que escuchamos fue un estruendoso pitido de advertencia. El guardia, con el tricornio ceñido, se encaminó hacia el coche como un toro bravo. Era un hombre realmente esquelético y anormalmente alto. Vestía con su uniforme verde plomizo, y al caminar daba la impresión de que en cualquier momento sus piernas escuchimizadas podrían enredarse propiciando una trágica caída. El hecho de que los cuerpos caigan me parece un descubrimiento absolutamente devastador. Por eso yo siempre tengo mis objetos personales en el suelo, donde la fuerza potencial es mínima, y así siempre me prevengo de desgracias mayores. “¡Deténgase de inmediato!”, bramó el guardia. “¿Qué sucede, agente?”, preguntó alarmado mi tío. “¡Control de cinturones!”. Dando unos golpes con los nudillos de su raquítica mano derecha, el guardia ordenó a mi tío que bajara la ventanilla. Mi tío se apresuró a cumplir la orden, puesto que no deseaba en absoluto perturbar la paz y tranquilidad de los ciudadanos. Entonces el guardia introdujo su cabeza en el interior del vehículo, su cabeza que era como una calavera viviente. Apostó sus largos y finísimos dedos en el marco de la ventana e introdujo medio cuerpo. Olfateó el interior como un perro bien adiestrado, moviendo la nariz puntiaguda siguiendo el rastro del delito. Primero olfateó el cuello sudoroso de mi tío, que tenía los nervios a flor de piel. Después, adentrándose cada vez más, hasta prácticamente meter todo el cuerpo, recorrió con la nariz los sobacos de mi tía, igualmente sudados, aunque no por los nervios. Una vez transcurrida esta minuciosa inspección, dirigió su alargada nariz (cada vez parecía más alargada y puntiaguda) hacia el asiento trasero del medio. En mi vida había sentido tal violación de mi intimidad, tras la alegría pasada, ahora lo estaba pasando verdaderamente mal. Me lanzó una mirada cargada de malicia. La mirada de un cadáver viviente. Por más que tratara de reconocer en aquellos ojos achinados y chispeantes, del mismo color que el uniforme, algún rasgo que me permitiera identificar al guardia como un sujeto de la misma especie, lo cierto es que solo hallaba en ellos la fría inexpresividad de un muerto. “Ahjá”, escupió el guardia. “Lo que yo pensaba. Todos ustedes son unos malditos delincuentes”. Inesperadamente mi tía lanzó una carcajada. El guardia se viró inmediatamente hacia ella, pero ella seguía riendo y riendo, ostentando su dentadura podrida y a falta de algunos dientes. “¿Por qué dice usted eso, agente?”, preguntó mi tío, clavándole el codo a su hermana para que callara. “Ninguno lleva puesto el cinturón. Se trata de una falta gravísima que solo puede subsanarse con doscientos euros por cabeza”. “¿Doscientos euros?”, preguntó mi tío llevando las manos del volante a su despeinada cabeza. “Pero nosotros no tenemos tanto dinero, agente”. Mi tía volvió a irrumpir en carcajadas. Carcajadas que después se convirtieron en esputos. Esputos que terminaron en una tos carrasposa y flemática. “Pero eso es falso”, añadió mi tía una vez se hubo recobrado de la tos. “¿Cómo que falso? ¿Acaso se atreve usted a contradecir a la autoridad?”. “No es eso agente” continuó mi tía. “Por lo menos en mi caso, tengo que señalar que si llevo puesto el cinturón”. “Eso es radicalmente falso”, repuso azorado el guardia. “No si usted me deja explicarme”. El guardia volvió a introducir la cabeza en el coche y observó a mi tía incrédulo. “Entonces explíquese”, añadió un poco más sosegado. “Puede usted sentarse con nosotros” insinuó mi tío. “Sí, aquí en la parte de atrás. Mi sobrino le hará un sitio”. “Agente”, dijo mi tía, “¿le importa si me fumo un cigarro?”. El guardia asintió, y acto seguido, se metió dentro del coche por la ventanilla. Primero se apoyó sobre mi tío, que se revolvió incómodo en el asiento, aunque manteniendo siempre la compostura. A continuación, gateó el guardia como pudo hasta alcanzar la parte trasera. Yo me orillé a un extremo y dejé que se sentara en el medio. Mi tía se giró hacia el guardia y ofreció a todos los ocupantes unos cigarrillos. Mientras fumábamos descosidamente desde nuestras respectivas posiciones y el auto comenzaba a llenarse rápidamente de humo, mi tía comenzó a explayarse en los siguientes términos: “Lo que sucede, agente, es que llevamos puesto el cinturón, pero usted no lo ve porque nuestros cinturones son invisibles”. Arqueando una ceja: “¿Invisibles?”. “Completamente invisibles, agente”. “Comprendo”, dijo el agente un tanto sorprendido. “Pero yo jamás había oído hablar de este tipo de cinturones”. “¿Le suena a usted la cerveza artesana invisible?, preguntó mi tía. “Me temo que no”, añadió el agente cabizbajo. “Bueno, lo cierto es que me la trae al pairo”, prosiguió mi tía. “Verá usted, antes se vendía una cerveza aquí, en nuestra hermosa ciudad, que se llamaba Mangurrina. “¿Artesana también?”, preguntó intrigado mi tío. “Tan, o incluso más artesana que la invisible”. En ese momento, la densidad del humo era tal que ya no podíamos ver nuestros rostros. “¿A dónde quiere usted llegar?”. “Muy simple. Pero antes de continuar, me gustaría preguntarle si usted sabe qué quiere decir Mangurrina. Es más, si usted llega a comprender la importancia del hecho de que, a nosotros, los cacereños, nos llamen mangurrinos”. Todos permanecimos en silencio. “Ya veo que ninguno tiene ni idea. Pues bien, la Mangurrina es, por así decirlo, el sombrerito de la bellota. Esta es la razón por la cual los de Badajoz nos llaman mangurrinos. No es nada malo, créame, agente. No hay nada de malo en ello. Se trata únicamente de un problema geográfico”. “Ya entiendo”, contestó el guardia. “Por las mismas razones llamamos nosotros belloteros a los de Badajoz. Bien. Agente, ¿piensa usted multarnos ahora? ¿ahora que ya conoce toda la verdad?”. “No sé qué decirle, señora, su historia me ha impresionado mucho”. “Piense bien en todo lo que ha dicho mi hermana, agente”. “¡Oh, que carai! Supongo que su hermana tiene razón. Que toda esta disputa está fuera de lugar. El mundo es un lugar muy extraño. Cuando uno es guardia civil…”, el guardia suspiró, “uno ve demasiadas cosas. Cosas horribles. Cosas que ni si quiera podéis imaginar”. En ese momento, agobiado por el humo (creo que agobiados estábamos todos), mi tío abrió la ventanilla y el humo se fue disipando. “Está bien. Voy a dejaros marchar. Nada de esto tiene sentido si efectivamente los cinturones son invisibles, y creedme que ahora estoy convencido de que lo son”. “Muchas gracias agente”, agregó mi tío lanzándole una sonrisa, “ha sido un placer conocerle”. Mi tío volvió a poner las manos sobre el volante. De nuevo nos sentíamos felices.