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16/12/21

La receta

El Guisante Sonriente era el clásico bar erasmus donde se aglutinaban un sinnúmero de nacionalidades diversas. El objetivo que nos había traído aquella noche por el Guisante Sonriente consistía en trabar nuevas amistades o ampliar las fronteras de nuestra sexualidad sin ningún tipo de compromiso. Las candidatas eran Deméter, una joven griega que entonaba canciones populares de su país, Dominika, una polaca hambrienta de tez albina, tetas pequeñas y desproporcionadas caderas eslavas, y Georgina, una italiana del sur con abundante melena, con un rostro agradable salpicado de pequeñas pecas que le daban un aire de inocencia y frescura, aunque manchada de una repugnante pelusilla de varón pubescente que amenazaba en torno a las mejillas y bajo la nariz. Las tres siendo conocidas de mis engreídos amigos latinoamericanos, Fulgencio Amador, al que todos llamaban Rey, de nacionalidad peruana, con rasgos mongólicos y extremidades cortas y rechonchas, un pigmeo de los andes con depredadores ojos negros y colmillos afilados entrenados para desgarrar carne humana; y Anastasio Güímar, colombiano de piel cerúlea, licenciado en económicas y criado en Washington. Niño de bien a pesar de sus oscuros orígenes, adoptado por un acaudalado comerciante de la costa Este. Todos al son de una degenerada música urbana que estimulaba el contacto físico de una multitud efervescente y alcoholizada, retorciéndose sobre sí misma como un ciempiés moribundo. Yo por ahí intentando destacar entre mis latinos, pues soy alto y de buen porte, a pesar de que camine algo encorvado y nunca mire a las chicas directamente a los ojos. Sin entablar ninguna clase de conversación con nadie, sumido en cavilaciones y pensamientos poco trascendentes, disimulando mi malestar por encontrarme en un sitio como El Guisante Sonriente, rodeado por todos aquellos hijos de Dios, aparentando prestar atención a discusiones que no entendía, principalmente debido a mi más que plausible desconocimiento del inglés, abrumado por el olor a sudor y a amoniaco que emanaba de las letrinas, sin dinero en los bolsillos, sin cigarros en la tabaquera, husmeando como un perro famélico entre los cascos semivacíos de mis camarades, deshebrando las chustas acumuladas en el suelo etc. Mientras Anastasio, no sin esfuerzo, se proponía abarcar las caderas de Dominika, y Rey, con sus dedos gordos y limitados, palpaba los pronunciados pechos de Georgina buscando desesperadamente su garganta, Deméter me observaba con una mezcla de curiosidad y lástima. Después buscaba hablar conmigo de cualquier cosa, a lo cual yo simplemente asentía mirando al suelo mientras apuraba uno de esos apestosos cigarrillos reciclados. Insistía sin lograrlo en que bailáramos, susurrándome obscenidades al oído en su idioma, el que, por supuesto no entendía, pero que por el tono de su voz no podría tratarse de otra cosa proviniendo de una mente ecléctica y mediterránea. Después trataba de besarme, pero su aliento me hacía retroceder de forma instintiva. Luego me tocaba la espalda y bajaba hasta la cintura, pegando cada vez más su pelvis contra mi miembro, del que puedo asegurar que padecía un serio letargo y que no manifestó reacción alguna ante los encantos, cada vez menos discretos, de aquella lasciva criatura del señor. De esta penosa circunstancia pensaba yo evadirme considerando la paja que me haría nada más alcanzar mi despojada y humilde habitación ubicada en el barrio periférico de Nueva esperanza. Por aquel entonces me era imposible mantener relaciones sexuales satisfactorias al no ser que se tratara de prostitutas, mi dedicación plena estaba orientada a parecer un patético e indigente vagabundo centroeuropeo alcohólico y suicida de veintiún años que soñaba con convertirse en el más célebre, cabal y carismático poeta de su tiempo. Salimos del Guisante Sonriente a altas horas de la madrugada, atravesamos solitarias y oscuras calles alemanas del centro atestadas de espectros semiconscientes tratando de alcanzar la boca del metro. Nuestras amigas, borrachas y tambaleantes, se pararon ante un puesto de salchichas que desprendía una humareda tóxica con olor a curry. Anastasio, Rey y yo aguardábamos ateridos en una esquina, mientras las chicas engullían con ansiedad sus salchichas alemanas confeccionadas con seso de oveja. Después atravesamos el puente de acero que unificaba ambas orillas del Rin. El resplandor de los candados amarrados en los laterales del puente como consumadas y quizá olvidadas promesas de amor. Las chicas riendo como hienas posando ebrias y patéticas ante la cámara de sus teléfonos. Recuerdos estúpidos de una noche de fiesta retornando a las madrigueras del Studentenwerk. Las chicas se despidieron de nosotros en el primer bloque de edificios. Anastasio y Rey insistieron en que nos acompañaran hasta la habitación de aquel, pues aún conservaba algunas chelitas en la heladera. Las chicas repitieron varias veces el vocablo inglés maybe. Yo me orillé en una esquina y eché una larga meada en la dirección en la que supuse que se encontraba Inglaterra. Finalmente nos quedamos solos, dispuestos a proseguir borrachos indefinidamente. Tanto tiempo haciendo el pendejo para coger sucios en la soledad de nuestra cama. Pero lo cierto es que yo prefiero hacerme una buena paja que el ridículo con una griega. Durante el camino a casa de Anastasio hablé a mis amigos latinoamericanos de la grandeza de castilla, y de que, a pesar de nuestras diferencias étnicas, los quería tanto como si fueran descendientes de Pizarro. Impuros y degradados compatriotas de américa, yo sé que por vuestras venas aún corre sangre castellana. La habitación de Anastasio estaba limpia y ordenada. Rey le pidió que pusiera algo de música y Anastasio puso un disco original de los andes. Mientras escuchaba la música imaginé esas enormes cordilleras de américa. Una densa niebla descendiendo hacia la inexpugnable selva. Los magnéticos sonidos que emanan de la inescrutable profundidad de sus bosques tropicales. Entonces tuve una experiencia regresiva en la que encarnaba a uno de mis ascendientes extremeños abriéndose paso con un machete entre la densa vegetación, cargando el peso de una armadura manchada de sangre y atormentado por una aureola de mosquitos venenosos. La melodía de las flautas de pan seguida de una percusión primitiva y otros instrumentos ancestrales constituían la banda sonora perfecta para una incursión en el corazón de las tinieblas. Anastasio me despertó de aquel maravilloso y espaciado ensueño en el que me hallaba sumido, el muy cabrón tenía hambre y no tenía ni idea de cocinar: guarro latino malcriado y gringo. Fuimos a la cocina y abrió la despensa en la que acumulaba un montón de conservas. Casi me pidió de rodillas para que ideara qué demonios podíamos hacer con toda esa porquería almacenándose inútilmente. La cocina es como la literatura, uno puede seguir la receta al pie de la letra haciéndose con todos esos ingredientes exóticos y complicados de encontrar, o bien puede coger lo que tenga y montar un popurrí que a tres borrachos empedernidos y huérfanos de su patria pueda saber a gloria. Entonces me valí de una sartén con serias dudas de que estuviera desinfectada y mandé a Anastasio a picar ajo y cilantro. Añadimos un chorro de aceite de girasol al fuego y le fuimos incorporando sustancias sin ningún criterio específico. Removimos bien y finalmente quedó una masa homogénea mediocremente presentable. Anastasio se deleitaba con el aroma de mil especias que desprendía aquella cosa y llamamos a Rey para que echara un vistazo, aunque después de comer niños en el amazonas poco podría sorprenderle. Después de llamarle sin éxito regresamos al salón y sin encontrarle allí tampoco, comenzamos a buscarle por toda la casa. Finalmente, Anastasio lo encontró desnudo sentado en el retrete. Entre las dos manos sujetaba un casco de cerveza. Parece un pendejo la concha de su madre, dijo Anastasio. Dormía profundamente, y pasamos un par de minutos observando anonadados como respiraba. Quiero que imaginéis realmente lo que estoy tratando de exponer: su barriga redonda y sin pelos hinchándose y desinflándose como si estuviera gestando una criatura abominable allí dentro. ¡Pero marica, si tiene la verga al aire! señaló Anastasio. Regresamos al salón y le dejamos allí postrado en lo que nosotros degustamos aquella bazofia incomestible. Recuerdo que al llegar a mi habitación vomité como un diablo y lloré durante bastante tiempo sobre la taza del wáter. Muchos años después de aquella aventura literaria recibí un email de Anastasio. Hacía por lo menos siete años que no mantenía contacto con ellos. Me contaba que él y Rey iban a celebrar un reencuentro nostálgico con las chicas en Colonia y que esperaba que fuera. Luego me contaba algo más de su vida privada que no me interesó en absoluto, y que había conocido a un editor muy simpático que si quería podía intentar que me publicara. Era cierto que durante el escaso tiempo en que mantuvimos el contacto después del erasmus le había enviado algún cuento, pero el muy gringo con cara de inca ni si quiera me contestó. Al final de aquel extrañísimo mensaje con tan absurda proposición, añadía una posdata en la que rezaba:

Marica, espero que te acuerdes de la receta y me la mandes.

Saludos camarade.

A.G.

23/11/21

Utopía paraíso

1)      Antes que nada, me gustaría insistir en la desconfianza que siento acerca de cualquiera de las explicaciones de orden escatológico que hayan podido declararse sobre nuestros orígenes.

2)      No quiero afirmar que todo sea falso, pero sí, que, detrás de cualquier supuesta explicación, existe algo que se tambalea, similar a cuando percibimos el reflejo ondulatorio de nuestra imagen sobre un charco de agua.

3)      Todos provenimos del Cubo ubicado en el centro del Tanque. Sobre éste resplandecen los Tres Soles. Los Tres Soles iluminan nuestro mundo durante 14 horas, el resto del tiempo lo pasamos resguardados al calor y la oscuridad de nuestras madrigueras.

4)      Hasta donde me ha sido posible averiguar, sé que nuestros ancestros fueron originalmente cuatro. Los machos eran: Antígono y Crántor. Las hembras: Filipa y Melanta.

5)      Las paredes que recubren el Tanque están forradas de mayas trepadoras confeccionadas con alambre. Los primeros barracones se hicieron a partir de estas estructuras metálicas. También disponíamos del material suficiente y necesario para construir nuestros nidos. Las condiciones climáticas eran las ideales, junto con la necesidad de alimentos y el resto de provisiones. Los abrevaderos siempre estuvieron llenos, así como los hangares destinados al almacenamiento de comida. En el lado opuesto a los abrevaderos se encuentra “La Rueda” o zona recreacional.

6)      En términos generales, podría afirmarse que vivíamos en un auténtico paraíso. Quizás al principio si lo fuese, al menos durante las primeras líneas sucesorias, pero con el transcurso del tiempo, la situación comenzó a volverse insostenible…

7)      Durante la conocida etapa de “La Prosperidad”, regentada por el gobierno de Los Parias, la población de nuestra comunidad se duplicaba cada 55 días.

8)      Yo nací y crecí por aquel entonces. Existía cierta controversia acerca de si fueron mejor los tiempos pasados o los que estaban por venir. En este caso cabe destacar que nunca vinieron tiempos mejores que aquellos en los que transcurrió mi lactancia. Esto lo afirmo objetivamente, a pesar de que sé que este tipo de pensamiento es propio de los viejos chochos y nostálgicos, que viéndose impelidos por las circunstancias presentes, recuerdan con añoranza su pasado.

9)      A partir del día 315, las cosas nunca volvieron a ser como antes. Esta época se conoce como la de “La Gran Depresión”, ya que la tasa de reproducción se redujo hasta tres veces. Cabría preguntarse el porqué de esta circunstancia puesto que aún permanecíamos en condiciones ideales para el desarrollo de nuestra especie, o bien especular sobre los sistemas de regulación inherentes a la propia naturaleza, como puede ser el hecho de que ésta, es decir, la propia naturaleza, actuara como medida preventiva contra la superpoblación. Podríamos incluso indagar acerca de si la superabundancia puede ser contraproducente, pero, por más disquisiciones filosóficas en las que nos veamos envueltos, difícilmente averiguaríamos qué fue exactamente lo que nos llevó a la situación que me dispongo a relatar.

10)  Había unos 600 ratones cuando comenzó “La Gran Depresión”. El abastecimiento de comida no había experimentado disminución alguna. Esto nunca fue un problema, la comida y la bebida parecían brotar de las mismísimas entrañas de la tierra. Lo que si comenzó a constituir un verdadero problema fue el espacio, cada vez más reducido, en el que nos veíamos abocados a habitar. La sensación era como si las paredes del Tanque se contrajeran, como si todo, de repente, se hubiera vuelto más pequeño. Los barracones inferiores estaban superpoblados. Dormíamos unos sobre otros como animales de cuadra. Competíamos por cada milímetro cúbico de aire. Algunos expertos en climatología denunciaron esta situación ante el tribunal de Los Parias, pues afirmaban que en poco tiempo la calidad de nuestra atmósfera se pervertiría hasta alcanzar niveles de toxicidad intolerables. Algunos abrevaderos fueron corrompidos por la desmesurada cantidad de residuos fecales, que prácticamente llegaron a cubrir la totalidad de la superficie del Tanque.

11)  El día 475, el consejo de Los Parias fue destituido por el de Los Jerarcas. Los Jerarcas se apropiaron rápidamente de los enclaves de aprovisionamiento y tomaron bajo su control a las hembras, inaugurando de esta forma el periodo de “Los Jerarcas”. Estos machos eran fuertes y rudos como tejones, narcisistas y despiadados.

12)  Las condiciones ideales habían provocado que nuestra esperanza de vida se prolongara más de lo natural, por lo que esto, sumado a la falta de espacio, acrecentó la rivalidad entre las generaciones. Los Jerarcas más viejos comenzaron a agredir a los ratones más jóvenes, y toda nuestra generación se vio azotada por una vorágine de violencia y crueldad sin precedentes.

13)  Los Jerarcas solían acechar los barracones inferiores, que eran los más poblados. En cualquier momento podrían entrar en una de las madrigueras y despedazarte. Mis hermanos, Leucipo y Favorino, fueron asesinados en presencia de lactantes. También entre los propios Jerarcas se libraban cruentos combates. Este tipo de enfrentamientos solían realizarse en La Rueda, en presencia de todos. Mi amigo Molón me convenció para asistir a una de estas luchas. Durante la reyerta, alternada por ráfagas de polvo y sangre, mi amigo Molón sufrió una herida irreversible que pocos días después le causó la muerte. Nadie desvió sus oscuros ojos de ratón para ayudarme con Molón, pues el resto de mis semejantes, cegados por la histeria colectiva, no hacían otra cosa que arañar la tierra y batir sus colas, ostentando sus colmillos como ratas endemoniadas.

14)  El día 550, el Jerarca conocido como Hegesias, se batió en duelo con Herilo, su mayor contrincante. El resultado fue que Herilo perdió la visión de un ojo y Hegesias murió de hemorragia a consecuencia de una profunda herida en la garganta.

15)  Las represalias no tardaron en llegar. El día 560, Quinón, hijo de este último, descendió a los barracones y mató a los cachorros de Herilo, poniendo fin al legado sucesorio de éste. Tras este acontecimiento se desencadenó la guerra entre los Jerarcas. El vacío de poder y las sucesivas muertes entre los machos dejó vulnerables a las hembras y las crías de éstas.

16)  Sedientos de venganza, los más jóvenes aprovecharon para tomar el poder. Fueron días oscuros teñidos por la sangre de los inocentes. Yo me negué en rotundo a participar en tales matanzas, a pesar de que mis hermanos fueron asesinados a garra y colmillo por los progenitores de aquellos que ahora se habían quedado huérfanos. No había un solo recoveco en todo el Tanque, ni si quiera en el espacio del Cubo, considerado hasta entonces como un lugar sagrado, en el que un cachorro pudiera estar a salvo de los vengativos ratones adolescentes. Mataban a diestro y siniestro, sin importarles lo más mínimo el estado de gestación en el que se encontraran las hembras. Algunas de ellas eran capturadas entre varios de estos ratones y las abrían en canal, extrayendo a sus hijos de su seno como miserables garrapatas y aplastados posteriormente sus endebles huesos contra el ensangrentado suelo de las madrigueras.

17)  Como consecuencia del “ratoncidio” que se estaba cometiendo, un grupo de hembras independientes anunció vetar la reproducción si las circunstancias drásticas en las que había degenerado nuestra comunidad no cambiaban radicalmente. Este grupo se conoció como el “Elenco de la no gestación”, y se hizo realmente importante en las postrimerías de la centuria número cinco, cuando la guerra entre los Jerarcas tocaba a su fin.

18)  El día 607, murió el último de los jerarcas, Periandro. El responsable había sido Querosenos, su hermano. Las malas colas cuentan que éste fue desprovisto de sus genitales la noche en que trató de acostarse con Erquia, la hembra predilecta del Jerarca. Traumatizada por los abusos experimentados, Erquia enloqueció y sacrificó a sus propias crías. Así lo hicieron muchas hembras, pues, paradójicamente, terminaron por dirigir las agresiones de otros machos a su propia descendencia.

19)  Con la definitiva consolidación del elenco, las hembras tomaron el poder y sentaron las bases de una nueva era: “Las Reinas”.

20)  Los machos que sobrevivimos a esta situación fuimos progresivamente marginados. Algunos de nosotros terminamos por quebrar psicológicamente. Ante el veto, impuesto por el elenco, de la actividad reproductiva, una nueva generación de jóvenes ratones se volvieron homosexuales. Perdieron el interés por las hembras y comenzaron a desarrollar prácticas sodomitas entre ellos. Fueron conocidos como “Los guapos”, por la costumbre de atusar sus bigotes y la obsesión por el aseo.

21)  El día 635, las hembras del elenco emprendieron una dura persecución contra “Los guapos”. Lo que en un principio empezó como una privación de sus derechos, terminó en una auténtica carnicería. Nadie podrá explicar por qué las hembras del elenco consideraron una amenaza a este grupo de ratones homosexuales, pero en su empecinamiento por erradicarlos fueron bastante comunes los actos de canibalismo.

22)  Las imparables y cruentas luchas que se libraron desde la muerte de Hegesias trajeron como consecuencia la propagación de enfermedades: en un recuento que se realizó el día 734, nuestra comunidad había sido prácticamente diezmada.

23)  Las Reinas, tomando consciencia de que dicha situación podría abocarnos a una extinción inminente, decidieron anular el veto de la reproducción y obligar a todos los machos disponibles a que ejercieran de fecundadores.

24)  Aquellos machos que se negaron fueron exterminados. Estaba escribiendo algunas notas, cuando un par de estas poderosas hembras entraron en mis dependencias y abusaron de mí impunemente. Sin duda fue la cosa más humillante de las tantas que he padecido en mi vida desgraciada. Recuerdo que mientras me extraían el esperma como si fuera una jodida mamadora reían como auténticas ratas de alcantarilla… Unos días más tarde, un antiguo compadre que conocía desde los pacíficos días de “La Prosperidad”, se ahorcó de su propia cola. El cadáver lo había hallado una capitana del elenco, famosa por sus crueldades, y como muestra de su desprecio, lo arrastró a través de todo el recinto hasta la zona recreacional, donde a vista de los lactantes, dejó que se pudriera en señal de que eso jamás debía repetirse.

25)  En el día 803, una nueva amenaza puso en jaque a la infame tiranía de Las Reinas. Con el nacimiento de un par de gemelos, llamados respectivamente Heracles y Breva, muchos de nosotros pensamos en una remota profecía, formulada ya en tiempos de los Parias, que anunciaba el advenimiento de una era de paz y concordia. Las élites, dispuestas a conservar el poder, habían procurado borrarla de nuestra memoria. Aconsejada por La Resistencia, entre la cual me incluyo, logramos que la madre se negara a sacrificar a sus propias crías, tal como obligaba una ley con respecto al nacimiento de gemelos, promulgada durante el periodo de Los Jerarcas.

26)  Este ha sido el episodio más importante de mi vida, puesto que yo y otros cuantos machos marginados, que no habíamos sucumbido todavía ni a la locura ni a la homosexualidad, ocultamos a las crías de los perversos hocicos de Las Reinas.

27)  En el más absoluto de los secretos, formamos una sociedad clandestina conocida como “Nueva alianza”, derivada del viejo movimiento de Resistencia, que tenía como objetivo alimentar a estas crías hasta que alcanzaran la madurez y derrocaran definitivamente a Las Reinas.

28)  A pesar de todos nuestros esfuerzos, todas nuestras esperanzas sucumbieron el día en que la enfermedad nos arrebató a los gemelos. Ahora estaba todo perdido, al no ser que la profecía no fuera más que una patraña y toda nuestra esperanza una quimera.

29)  Las Reinas descubrieron nuestro escondite el día 850 y todos fuimos sentenciados a la pena capital. Sin embargo, la enfermedad actúo más rápido que las estranguladoras colas que nos cercaban, y dos días después murió Cuántica, la última soberana.

30)  Los albores de una nueva época se discernían en el horizonte. Las herederas no se pusieron de acuerdo a la hora de nombrar una nueva Reina y terminaron por matarse entre ellas.

31)  El día 860 se fundó “El consejo de los Ancianos”, aunque por ese entonces ya éramos muy pocos los que todavía nos sentíamos con alguna fuerza.

32)  Una nueva oleada de enfermedad se llevó a la última de nuestras crías el día 900.  El Consejo de Ancianos se disolvió al día siguiente…

33)  Hace cinco días Celantes perdió todo atisbo de lucidez. Decía que había sido tocado por la gracia de los cuatro ancestros. Decía que pronto todo retornaría los inicios, como cuando el agua corría limpia de los abrevaderos y de la tierra crecían tiernos tallos. Decía incluso que si nos poníamos de acuerdo podríamos repoblar el tanque. Decía que había notado como desde hacía un par de semanas se le habían hinchado las mamas. Decía que se convertiría en una hembra sana y fértil. Decía que yo… En fin. Todas incongruencias de su malgastado cerebro. Todo un disparate, mi estimado Celantes.

34)  En una incursión a los abrevaderos le encontré muerto con la mitad del cuerpo sumergido en el agua. Su rabo yacía inanimado y tieso como el alambre.

35)  Día 1001. Sin novedad.

36)  Día 1.020. Sin novedad.

37)  Día 1.024. Han fallecido Anfiarao y Bión.

38)  Día 1.037. Muerto Esquilo. En los días sucesivos fallece Cerníades. Después Demetrio. Después Sofronisco. Después el bueno de Menéxeno.

39)  Día 1.058. Soy el único que permanece con vida. No tengo mucho que contar. Merodeo de un lado para otro y aprovecho a descansar dentro Del Cubo. Allí escribo. Allí paso casi la mayor parte del tiempo. Me alimento y bebo de lo que todavía no está contaminado.

40)  Día 1.079. Soy un viejo con muchas cicatrices en el alma y en el cuerpo y no albergo ninguna duda de que el final está próximo.

41)  Día 1.088. Recuerdo mis uñas hurgando en la tierra y el movimiento rápido de mi cola. El sabor agrio de la leche. Recuerdo el Cubo Azul Cieno y la luz cegadora de los Soles la primera vez que abrí los ojos.

42)  Día 1.101. Me estoy volviendo loco. No tengo fuerzas ni para morirme. Tan solo espero que generaciones posteriores no incurran en los mismos errores. Este es el único propósito de todo cuanto he contado.

43)  Último día…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

17/11/21

Retorno


 

Durante la noche tuve un sueño muy extraño que en aquel momento se me ocurrió compartir con ellos. Me encontraba con algunos familiares aguardando impacientes la llegada de mi padre. Mi padre había estado viajando durante un tiempo por las profundidades siderales del cosmos, recorriendo infinidad de galaxias y explorando los rincones más recónditos del universo. Según los cálculos que había hecho, a su vuelta mi padre regresaría mucho más joven de lo que era cuando se marchó. Apenas sería un adolescente. La idea de que mi padre fuera más joven que yo cuando regresara del viaje me mantenía en un estado de excitación e incertidumbre indescriptibles. En realidad, todos estábamos nerviosos y expectantes por su llegada, pero yo, particularmente, más que ningún otro, pues, coño, estaba a punto de reencontrarme con mi padre, mi jodido padre, que retornaría del abismo con la apariencia de un niño. 

Mientras le esperábamos, mi abuela sacó un álbum de fotos para que todos nos fuéramos haciendo una idea del aspecto que tendría mi padre. Las fotos eran viejas y de mala calidad, pero indudablemente era mi padre el que aparecía en ellas. Fotos del año setenta y cinco, mi padre con once años vestido con un pantalón de campana y el pelo negro y largo cayéndole por los hombros. La sonrisa de mi padre. El brillo de los ojos de mi padre mirando a la cámara, inmortales, con total desconocimiento acerca de lo que le aguardaba en el futuro. Mi padre sin miedo a envejecer, con la muerte todavía muy lejos de sus ojos, sin miedo a cumplir años, sin miedo a desintegrarse. Mi padre con las manos en los bolsillos o con los brazos cruzados bajo las axilas mirando a la cámara sonriente, feliz. Año ochenta y dos, mi padre tocando la armónica en una plaza o mi padre posando de modelo para una revista. Sus ojos verdes, taciturnos, mirando directamente al infinito, hacia la nada. Expresión seria. Tranquilo. Año ochenta y siete, mi padre con algunas ojeras mirando a cámara y sosteniendo un humeante cigarrillo entre los dedos. Los años van pasando inexorables…

No podía contener mi emoción. Todo estaba a punto de volver a empezar. Según cruzara el umbral de la puerta, ¿Cómo saber quién era el padre y quién era el hijo? ¿Lo entendéis? Mi abuela podría abrazarlo como el crío que fue, como el hijo que nació de sus entrañas y que aparecía en las viejas fotos. Pero ¿yo? ¿Cómo podría observar al niño destinado a ser mi padre que, sin embargo, por algún capricho del destino, sin dejar todavía de ser mi padre, había vuelto a ser un niño que tenía frente a sí a un hijo varios años mayor que él? ¿Cómo iba a mirarme mi padre, alzando hacia arriba su cabeza de niño, observando la figura alta y más vieja de su hijo? Y al fin llegó mi padre. Entonces me arrojé a sus brazos completamente desesperado, y por más que traté de reconocer en él los rasgos de un niño, mi padre seguía siendo el de siempre, es decir, inexplicablemente más viejo, incluso noté que había vuelto un poco más gordo que cuando se fue.

16/11/21

KYNIKOS

 


 

Uno. 

Nacimos. Torpes, aturdidos, prácticamente ciegos. Impulsados por ese instinto de supervivencia que nos mueve hacia las rezumantes tetas. Nuestra madre aúlla desgarrada. Meras bolas de pelo desplazándose hacia su regazo. Ella nos da cobijo y nos alimenta. Meras bolas de pelo impregnadas de líquido amniótico. Dos hembras y tres machos. Nos peleamos por hacernos un hueco, huyendo de la intemperie. Huelo y araño a mis hermanos. Tropezamos sobre nuestros propios pasos. Nuestra madre devora su placenta, su propia materia, alimentándose de su propia carne, de sus mismas entrañas teñidas aún de sangre. 

Dos.

Uno de mis hermanos no avanza. Parece que nació sin vida, o lo que es lo mismo, para él la vida significó la muerte, lo cual entraña cierta contradicción. La vida como el comienzo de la muerte, porque nacer implica empezar a morir. Pero nacer muerto es una violación en toda regla de las leyes elementales de la naturaleza. Su muerte fue en realidad un amago de vida. Su corazón no llegó a latir. El tiempo de su vida se agotó incluso antes de haber empezado a ir marcha atrás. 

Tres.

La leche. Tocamos a más leche por hocico. Poco a poco vamos secando a nuestra madre. Desinflando a nuestra madre. Ella permanece en reposo. Quieta. Respirando hondamente. Los primeros días son oscuros. Son lentos como la oscuridad. No tengo prácticamente consciencia de mí ni de los otros. Busco continuamente el pezón húmedo de la madre. 

Cuatro. 

La primera vez que abro los ojos siento que me arden. Extrañas formas se van acoplando a mis retinas. Siluetas y sombras y oscuridad. Eso es todo. Eso es la vida. Después de beber leche me duermo, entre mis hermanos, recostados junto al vientre de la madre que apenas se ha movido desde que nacimos. Entre todos nos damos calor. Se está bien así. Se está bien. 

Cinco.

El olfato. Es poderoso el olfato. Ensancho las aletas de la nariz y me llegan del mundo mil aromas distintos. Del interior: olor a leche. El olor de mis hermanos. Olor a madera vieja. Olor a flores marchitas. Olor a herrumbre. Del exterior: a humo. A tormenta. El inconfundible olor a tierra mojada que desprenden unas botas. Unas botas enormes a las que les precede un ruido estremecedor. Las botas de un gigante cuya inmensa sombra se cierne sobre nosotros como una noche tenebrosa privada de luna y estrellas. El tacto de una mano áspera y peluda. Una mano enorme como una tarántula que nos agarra del pellejo y nos mete en un saco. Huelo la roña que esconden sus uñas. La madre gruñe a esa mano peluda y monstruosa enseñándole los colmillos. Oscuridad. Escucho a la madre ladrar hasta que sus gritos desesperados se ahogan en la distancia. No sé a donde nos llevan. 

Seis.

Nos abandonan. Olor a putrefacción. Echamos en falta la leche de la madre en el trascurso de las horas eternas, las horas del hambre pesadas como siglos mientras nos consume la incertidumbre del futuro incierto que nos aguarda en este lugar insalubre atestado de ratas. Mezquinos roedores merodean entre nosotros. Chillan restregándose las zarpas mientras nos mordisquean con sus repugnantes hocicos de rata. El miedo cala entre mis hermanos y yo. Al cabo de unos días el olor es insoportable. Al principio protestábamos de hambre y miedo, profiriendo agudos ladridos de cachorro. Luego algunos de mis hermanos dejaron de protestar. Luego algunos de mis hermanos se quedaron rígidos como estacas y callaron para siempre. Yo también quiero callar para siempre, pero algo más poderoso que el miedo y el hambre impide que cese de ladrar. De clamar auxilio al vacío. De gruñir a esas ratas que devoran los vientres hinchados y hediondos de mis hermanos muertos. 

Siete.

Una luz intensa penetra en aquel lugar inhóspito. Al fin han escuchado mis ladridos después de tanto tiempo. Después de que solo yo quedara con vida. Olor a perfume de rosas. Unas manos blancas se acercan a mí. Me acogen y me elevan como alas de ángel. Frente a mí distingo un rostro salpicado de pecas en el que brillan unos ojos negros e inmensos. Me dejo acunar entre esas manos y cierro los ojos. Siento los latidos entusiastas del corazón que me acoge. El aliento fino que mana de sus pulmones y que me acaricia el pelo. Escucho su voz dulce y tierna. Aquellas manos de la providencia me sostienen por encima del mundo. Me lavan y me libran de la peste en la que me hallaba sumido. 

Ocho. 

Se llama Gloria. La mujer con manos como alas de ángel. La mujer que me llama mi niño y que me da de beber su propia leche. Siento que recupero las fuerzas. En unas semanas he triplicado mi peso. Mis sentidos se agudizan. Un mundo que hasta entonces desconocía se abre ante mí con una voluntad pasmosa. Un sistema de cuerdas impide que me aleje demasiado, y a veces es mejor permanecer atado. El mundo es algo demasiado grande para mí, demasiado para ser enteramente explorado. Estoy mejor así, libremente atado a las manos de Gloria. Muy contento observo que mi cola no para de moverse en todas direcciones. No sé por qué. Muevo la cola y Gloria se agacha y me sonríe. Me acaricia el pelo y noto como la piel de mi cráneo se echa hacia atrás, al igual que mis orejas. Me siento relajado así. Soy feliz acompañando a Gloria al exterior durante por lo menos tres veces al día. 

Nueve.

Desde hace un tiempo me alimento de sólidos. Una auténtica bazofia. A veces es húmeda y desprende un olor semejante a la hez de un animal enfermo. Al principio sabe bien, pero luego se te hace una pasta en la boca dejándote un regusto a hígado podrido. Otras veces es seca. Se te queda entre los dientes y su sabor es parecido a lamer la herrumbre del alcantarillado. Sigo prefiriendo mil veces más la leche. Pero Gloria ya no me da leche y me tengo que conforman con semejante porquería. A veces me llega de la cocina el olor a un filete crudo. Entonces, no sé por qué, comienzo a segregar saliva como un epiléptico. Me alzo sobre mis dos patas traseras ladrando a Gloria. A veces sueño con ese olor y me imagino cómo debe saber. En una ocasión aproveché un despiste de Gloria para hacerme con uno de estos filetes. Gloria había servido el filete para un invitado. Nunca me cayó bien ese individuo. Nada más entrar en mi casa irrumpía emitiendo una clase primitiva de ladridos, gruñéndome y sacando los dientes. No soportaba el olor que desprendían sus manos sudadas ni su aliento. Yo también le ladraba a él dejando entrever mis dientes afilados dispuestos a arrancarle el corazón si daba un paso más hacia mí. Yo me apoderé de aquel filete y él me cerró el hocico prendiéndomelo entre sus gruesos y fornidos dedos de primate. No me gustaba para Gloria aquel macho salvaje con los ojos enormes y los dientes blancos como perlas. El olor de su piel negra como el ébano. Sus enormes pies descalzos manchando el suelo de mi casa. Sus desproporcionadas fauces aproximándose a la boca de mi dueña. Su lengua rosa, gorda, como el filete que había estado a punto de devorar. No me gustaba cómo acariciaba a Gloria con sus extensas manos, ni cómo se apretaban en torno a los blancos y flácidos muslos de Gloria, ni cómo se hundían en sus cavidades, ni cómo su enorme rabo se hundía allí donde también había metido la lengua, ni la leche que manaba de su rabo espesa y caudalosa, pero que olía peor que las hojas putrefactas que se apelmazan en las calles cuando los árboles mudan de piel. 

Diez.

Mi relación con los otros perros se limita a olernos con sagacidad. Nos restregamos el hocico por nuestros ortos y órganos sexuales. Se puede conocer mucho acerca del otro con olerle el culo. Es como mirarse a uno mismo frente a un espejo. Los machos que todavía conservan sus huevos desprenden un olor que despierta la rabia de otros machos, así como el interés de las hembras. Hasta el día en que yo conservé mis testículos todos los machos me ladraban cuando Gloria me sacaba al gueto. Las hembras se acercaban y disponían su trasero delante de mí hocico para que las oliera y las montara. Me gustó una perra salchicha que tenía un culo respingón. Me gustó aquel olor porque en cierta manera me recordó a mi madre. La polla se me salió en forma de cuña roja como un pintalabios y se puso tiesa y rezumante. Al principio costó que entrara. La presión de su pequeño chocho de perra virgen (era su primer celo) me dio mucho gusto. Cuando la tenía completamente dentro, alzado sobre mis dos patas traseras, me menee dentro de ella haciéndole gemir voluptuosa a través de instintivos pero prácticos y finos movimientos de cadera. Me alegro de haber perdido la virginidad. Conozco otros casos de perros que mueren sin haber echado un polvo a una perra. Pistós, por ejemplo, que era un pastor alemán que yo no llegué a conocer personalmente; pero los demás perros del gueto me contaron que el bueno de Pistós, siendo tan gallardo como era, jamás logró montar a una perra. Murió viejo y triste, con el pene tan marchito como su alma. Una artrosis prematura le privó del acto sexual desde bien joven. Es la cosa más triste del mundo.

Cuando andaba cerca de cumplir el año, Gloria me llevó amordazado a un lugar tan resplandeciente y pulcro que resultaba estremecedor. Había más como yo aguardando en la sala de espera, con el rostro cabizbajo y el rabo metido entre las piernas. Presos de un miedo inconcebible que resultaba aún peor por el hecho de que desconocíamos qué diablos hacíamos allí. Aunque yo lo sospechaba, pues un perro amigo mío me había dicho que pasado cierto tiempo nos llevaban a un sitio parecido al que me encontraba, y que un hombre gordo, vestido con una holgada camisa decorada con estampados de huellas de perro de colores, nos arrancaba los huevos tras sedarnos con un medicamento que nos privaba de voluntad. Cuando te despertabas ya no tenías huevos. Ya no te volverían a ladrar por la calle otros machos y las hembras dejarían de mostrarse interesadas, y tú al mismo tiempo perderías el interés por oler chochos de perra y orines de macho con olor a testosterona. Sin huevos todo perdía el sentido y después te ponías gordo como el hombre que te había arrancado los huevos. Lo normal es que pasaras unos días deprimido, aunque a veces la cuestión se prolongara durante semanas o meses o hasta el mismo día de tu muerte. Esto me había relatado mi amigo, que ya era viejo y hacía años que le habían arrancado los cojones. Él era un perro grande que antes presumía de haberse follado a muchas perras y de tener unos huevos grandes llenos de esperma con el que seguro habría fecundado a más de una hembra en celo. Me dijo que desde el día en que se quedó sin huevos, no había uno solo en el que no hubiera pensado en suicidarse. Cuando le sacaban al gueto hurgaba con su hocico entre la basura en busca de objetos punzantes o cortantes que tragarse y acabar de esta forma con su vida miserable. Pero la castración es un mal menor comparado con lo que suele pasar después. Durante una semana me pusieron un collarín que me impedía mover el cuello y lamerme las heridas de mis recién arrancados cojones que al cicatrizar picaban más que las putas pulgas. Gloria me sacaba al parque. Al acercarme a alguna perra ésta me ignoraba. Solo encontraba apoyo entre los otros machos castrados como yo. Observábamos de lejos cómo otros perros que no habían cumplido todavía el año jugueteaban en torno a las hembras con sus esbeltos y prietos cojones. Nuestro único consuelo era pensar en que tarde o temprano a ellos también les arrancarían los huevos y sufrirían como nosotros, marginados y privados del placer que supone cogerse a una hembra. El destino de un perro castrado está abocado al fracaso más absoluto. En pocas semanas pierdes toda vivacidad. Te deprimes. Tiendes a tener pensamientos confusos, incluso acaba por gustarte la comida basura de la que hablé antes. Pierdes el interés por toda clase de olor. La vida no tiene sentido sin huevos, esa es la cuestión, como me confesó mi gran amigo. 

Once.

Dragos, otro de los perros con los que solía juntarme en el gueto, además de carecer de huevos, también se había quedado ciego. Se trataba de un caniche enfermo y anciano. Lo que nos contó me dejó pasmado. Cuando su dueño mantenía relaciones sexuales le gustaba meter a Dragos en la habitación. Ver fornicar a humanos es lo más degradable que existe. Gloria fornica con machos y hembras por igual. A veces me quedo observándoles tratando de recordar mi primera vez, pero el sentimiento de repulsión que experimento me priva de toda capacidad. Cuando la visitaba el gorila solía meterme debajo de la cama o ladraba para que me dejaran escapar de allí. El gorila la montaba de cualquier forma y ella gemía como mil perras de Laconia. Ambos blasfemaban. Raras eran las veces que no se abofeteaban o escupían encima. Hubiera deseado ser ciego como Dragos para no presenciar tales actos. El negro era gigantesco, sus espaldas inmensas y musculadas abarcaban todo. Gloria solo era una pequeña paloma pálida entre las garras de aquel cernícalo furioso de cráneo pelado y deforme. Dragos nos contaba que a las hembras con las que se acostaba su amo les gustaba que les lamieran las partes íntimas. Él las vendaba y obligaba a Dragos a chupetear aquel órgano húmedo y abierto cuyo sabor, según lo describía, era semejante no al bacalao, sino al olor que desprende una olla hirviendo de ropa interior. A veces ese órgano también contenía rastros de sangre. Cuando esto sucedía, el acto en sí no le disgustaba tanto, porque era como chupar un hígado crudo de vaca, decía Dragos. Las hembras humanas enloquecían de placer con la lengua de Dragos. 

 

 

Doce.

Debido a la falta de ánimo por carecer de testículos, a veces me pongo a filosofar. La otra noche en el gueto no me relacioné ni con perros ni con humanos. Me retiré a una esquina del parque y me dediqué a observar a los humanos y a los perros. A veces pienso que tener perros es parecido a tener hijos retrasados. Los perros son, por norma general, unos animales tontos, unos babosos de mierda con mirada de gilipollas. Dicen que somos el mejor amigo del hombre, pero en el fondo no somos más que una mierda a los que pasado un tiempo nos arrancan los huevos. A nosotros los perros se nos han atrofiado los instintos. A mí no me hace ni puta gracia que traten de jugar conmigo, hay que ser un auténtico negado para salir corriendo tras un palo o una pelota. ¡Anda que se jodan y nos devuelvan nuestros cojones! 

Trece.

No es nada fácil mear para un perro. Mucho menos cagar. Uno se siente jodidamente vulnerable a la hora de cagar o mear cuando te están observando. Hay que buscar el sitio adecuado. Hay que seguir un rastro hasta aquel lugar en el que la mierda de instintos que tenemos nos dicen: “adelante, aquí puedes depositar tus necesidades fisiológicas, sucio animal de mierda”. No me hace ni puta gracia hacerlo a la fuerza. Prefiero cagar o mear en casa, donde estoy más tranquilo. Eso de que me recojan la mierda me da un asco que no puedo. La mierda que sale caliente de mis entrañas desprendiendo vapores nauseabundos y que Gloria recoge entre arcadas envolviéndola en una bolsa de plástico. Pienso a menudo en el desgraciado que se levanta muy temprano para vaciar las bolsas de caca que se acumulan en las papeleras del gueto. 

Catorce.

Odio ser un animal doméstico. Muy raras veces sueño, pero cuando lo hago sueño que persigo a algún pajarillo o a algún gato. Sueño que le atrapo entre mis fauces y le arranco la vida a mordiscos rememorando nuestro pasado salvaje de lobos. Pero lo que más me gusta soñar es que no me han arrancado los huevos y me cojo a una buena hembra. Sueño con ser viril y tener cachorros. Con ser un padre de familia que, posteriormente, cuando su progenie crezca, pueda reproducirse a su vez con sus cachorras y engendrar nuevos vástagos nacidos todos de una sola estirpe propagando de esta forma y durante muchas generaciones la raza única. Pero lo cierto es que soy un perro miserable, un chucho asqueroso mezclado al que le quedan por vivir todavía muchos años lamentándose de su condición de eunuco. Me gusta imaginar cómo sería mi padre. Como se cogería mi padre, vagabundo y aventurero, a la perra de mi madre. Me imagino el polvo del que fui engendrado para después contemplarme a mí mismo aquí encerrado, entre estas cuatro paredes, junto a Gloria, haciéndole compañía durante años, pensando exclusivamente en tirarme por la terraza y descansar en paz.

Quince.

Otro día en el gueto. Solo que ahora nos han segregado a una parte del parque cercada por una valla metálica precedida por un cartel que pone: Solo perros. En este corral de cuadrúpedos caninos idiotas hay dispuesta una serie de bancos donde se sientan nuestros dueños. Hace ya mucho que desistí de oler el culo o el sexo a un semejante. Ahora únicamente reflexiono, distante, apartado, como ha de hacerlo un buen filósofo, aunque sea un perro. Veo cómo juegan los perros, cómo se huelen y agitan sus nerviosas colas, cómo hurgan en la tierra y levantan una polvareda asfixiante que a mi edad soy incapaz de soportar. Estúpidos. También observo a los humanos conversando o poniéndose ebrios con litronas que envuelven en bolsas de plástico, como cacas, mientras se fuman unos cigarrillos. Pienso que en ese instante no hay ninguna diferencia entre unos y otros. Es entonces cuando me percato de que, de repente, son los propios humanos los que se ponen a cuatro patas dispuestos a olerse y lamerse los culos y los sexos. Los que se suben los unos a los otros babeando y emitiendo incomprensibles ladridos. Los que hurgan en la tierra o sacan las lenguas babeantes para que los perros, sentados todos ahora en los bancos que antes ocupaban sus amos, les lancen palos y pelotas mientras balbucean borrachos: “Buen chico, buen chico. Tira a por ella”.