ALERTA: +18 Lea bajo su propia responsabilidad. Adictivo como nicotina en encía virgen. No nos hacemos responsables de su estabilidad mental. Consuma con moderación. Joya de ficción. Terapia grupal marginal: TLP-Sociópatas-Psicópatas-Amables. Colaboradores nacionales. Siglo XXI. En honor a Albertito de la Mancha. SMA fundado en 1993 por Larva Destouchez.
Páginas
04/06/26
«El iluminado»
tabaco y ron
My bad queer son
Sin expectaciones, ni aciertos. Sin juzgarme a mí mismo ni mis desviaciones mentales, ni mi amor por lo punky raro weird y queer, pero sí por el camuflaje. Ese que perjudica al mundo entero y los vuelve tontos y vagos. La gente no sabe guardar secretos. Escupo con asco al recordar mi pasado. Te escupiría con cariño al verte cara a cara. No eres ni mi hija ni mi sobrina, así que aparta de mi camino, niño deforme. No quiero nada de ti, ni siquiera tu atención, talento, ni cariño. ¿Es que cuándo lo vas a puto entender? No quiero nada de nadie, porque nunca he recibido nada de nadie. Y lo digo llorando como un puto crío, y a la vez lo digo serio, con los ojos muertos y los labios secos de fumarme tu alma a cada cigarro que me eché en tu compañía. No me arde el recuerdo, me arde haber sido humano, como esa estúpida canción de un alien y y una estación de trenes, ¿qué quieres, acaso quieres que llore? Pues lloraré, pero nunca sabrás cuánto lo echaba de menos. ¿Qué quieres que de verdad llore por todo lo que he vivido? ¿Qué quieres, acaso, A*, quieres verme llorar? Lloraré toda la eternidad, toda la vida de un cogollo, toda la vida de una flor silvestre, toda la existencia de una margarita, toda la esencia de una amapola; pero te advierto de antemano que lo que saldrá de mí no será humo, sino cianuro en polvo. Y en mis lágrimas de impotencia y decrepitud, dolor y abuso sólo habrá un concepto clave: estrés postraumático y amor tardío.
¿Quieres que de verdad me abra más, que te explique algo que ya conoces? Soy una persona no binaria, no me importa absolutamente nada que no sea no perder el tiempo o aburrirme. Oh, vaya, de verdad que se me han secado las lágrimas. De verdad que se me ha cerrado el alma. De verdad que no puedo tragar ni un trozo de pan. Bebo agua como si fuera comida. Como arroz como si fuera una manzana podrida. Y sé que no es tu culpa, sólo que no entendí que tenía que hacer tantos sacrificios por cuidarte. No era tiempo para cuidarnos, era tiempo para crecer. Escribo esto con la garganta seca, llena de la más terrible amargura. Hiel con humo. Con dolor. Porque sé que ese dolor será eterno, mamá. Ya tendré tiempo de llorarte, pero no importa, no te culpo de nada, he aprendido a saber diferenciar a las personas rotas, de las personas sanas: y por suerte, las personas sanas están más locas que yo. A ti te guardo cariño y distancia, gracias a que existe el mar y los barcos. Escribo con hambre, con hambre de ti, y frío con frío espectral. Pero no me importa. No me importa ni el hambre ni el frío, ¿sabes por qué A*, porque sé con certeza que las sirenas sí existen. Sólo hay que trabajar en ello, no hace falta ponernos sujetador los dos para poder hacer ejercicio. Barrer la casa, limpiar el salón, tender la cama. Te quiero ver bien, y por eso respeto tus medidas de precaución, yo sólo intentaba mostrarte de lo que soy capaz sólo por estúpidamente ganar. Soy capaz de sacrificar a mis cachorros si hace falta, soy un depredador, un lobo sigma y feroz. Que sobrevivan los que se forjan en fuego arena y sal. Y sé, aunque no lo creas, que estás forjada en ello. Sólo te falta confiar un poco más en tus camaradas de SMA. Así como confiamos en ti. No hay nada que no se pueda salvar o vengar. Sin embargo, para esas labores hay que ser muy cuidadosos. Te pondré un ejemplo: No es lo mismo si yo digo que esa canción de mamá soy humano no se qué es hermosa y punto, que si digo; qué hermosa es mamá y su humano. Por eso el malentendido de la otra vez. No quiero competir contigo, pero ya que has vivido en mis tripas, sabrás que soy exactamente igual que tú. Estoy serio, es hora de ir a dormir. Buenas noches, cariño. Por cierto, hay que ser más desconfiado de la gente, o no otorgarles tu energía, cuídala, así como yo intento cuidar la mía cuando interactúo con 1 o 2 contactos. O incluso contigo. Soy frío, cuando me dicen que no, es que no. Sin embargo cuando me dicen de momento, espero, como un perro verde con collar de púas y un tanga de leopardo.
03/06/26
Póstumo
Dedicado a Santiago
Con una sonrisa en la cara me dirijo a la máquina de café portátil de casa. Enciendo la cafetera sin ningún sentimiento alguno. Hiervo el café, suavemente como una inyección de cianuro en la vena de mi primer bebé nacido del amor más transverso. Espasmos y pesadez mental, como cuándo una mujer mayor da a luz a un bebé nacido de una violenta perforación. Intento calmarme. No lo logro. Negatory. Voy a ser honesto con todos vosotros. Ayer casi me da un ataque de pánico. Y cuando los síntomas subieron escalando como cucarachas a mil por mi cabeza supe que estaba en alto riesgo. A un pelo de morir. Me desperté asustado y temblando de pánico y terror para niños pequeños de pies descalzos. Como una arpón en el dedo meñique. Cagado de miedo. Había visto de cerca a los Iluminatis por tercera vez consecutiva. En un extraño ritual en el que me forzaban a participar de sus actividades. No tuve opción a negarme. Hablaron en mi idioma, me dieron instrucciones pero yo me negué en rotundo cuando vi que la vida de mis hijos dependía de ello. Mis hijos no iban a pagar por los pecados que yo cometiera. Ni tampoco iba a suicidarme dejando a mis hijos traumatizados y muertos de miedo, yo tenía que sobrevivir a toda costa, medio cojo, ciego, tullido, sin dientes, y probablemente, por desgracia, con total seguridad, sin mi miembro viril. Estaba en clara desventaja, había nacido para perder; sin embargo eso no significaba que no me iba a defender con todas mis ganas. Iba a hacer un claro pvp de uno contra 6. Un vídeo pornográfico probablemente grabado por algún extranjero de mierda. Por suerte, no me afectaba en absoluto, ya que yo era un sociópata integrado. Esa carta me salvaba de todo remordimiento y de todo dolor que podría desencadenar en la pérdida de control de mi vida. Todavía estaba calentando cuándo me despertó el dolor de cabeza. Habré dormido unas pocas dos horas. La escalada mental es complicadísima. Tienes que dormir poco a poco, porque tienes el sueño destruido. Y ello implica cansancio lento. Y probablemente una fatiga profunda. La muerte por fatiga es acojonantemente sublime. No deja ni la sangre en el asfalto. Estás marcado con una cruz roja sobre tu cabeza. ¿Si ya estabas marcado para el asesinato, tendrías el valor de pelear por morir lento?
II
Cuando desperté de la pesadilla entendí que no había sido sólo una pesadilla nocturna, sino que era la presentación de aquellas bestias a las que nos enfrentábamos los de SMA. Habían hecho un consejo de guerra, y nos habían marcado para destruirnos. Aniquilar el amor de nuestros corazones y follarse a nuestros bebés. Allí supe que tenía que hacer algo. Yo no era el mejor luchador, ni tampoco el más esbelto ni el más fuerte, pero yo a pesar de tantos problemas físicos, estaba forjado a nervio y agilidad.
III
Tenía la daga más pequeña del grupo. Todos ellos eran monstruos con espadas kilométricas y dagas forjadas en sangre de Cristos muertos. Y yo sólo tenía una pequeña daga que logré forjar con mi padre. Una de metal templado, pero de manija de hueso marino. Una daga heredada de la familia, pero que era muy útil. Los vi a todos, ellos eran reales. Y yo también. Estaba en otra dimensión, con entes gigantes y crudos. Y yo sólo era un humano que estaba cerca de la sobredosis de pastillas, encima, por estúpido, mezcladas con alcohol. No pretendía suicidarme. Yo nunca haría algo así. Yo pretendía ponerme al límite. El efecto de pesadilla se mantiene aún ahora cuando escribo estas letras. Sin embargo, la paz que me da estar en mi catedral no me la quitan ni siquiera los gigantes que me terminaron atravesando con una espada Cristal. Muriendo rápido y sin posibilidad de despedirme de este mundo.
V
Me puse serio.
VI
Me puse muy serio.
VII
Entonces me dispuse a dormir después de 6 días sin dormir prácticamente nada. Había mentido a todo el mundo respecto a eso, y las consecuencias iban a ser tremendas. Entre otras cosas conocer a esos Entes. Los vi como si yo fuera un juguete al que levantaban de las piernas y los brazos, hasta dislocarme los hombros y romperme parte de la espalda. Se reían mientras lo hacían. Se reían con viveza y alegría. Ellos se estaban riendo de mí. ¿Cómo era posible que a Vorj le sucediera eso? Era imposible evitar lo inevitable, observando el sadismo, supe de inmediato, y en ese momento que había muerto.
VIII
Tenía dos opciones, el cielo o el infierno. O sucumbir ante el fantasma y estar en el purgatorio. Elegí purgatorio. Y allí empezó todo. Nuevamente me tocó vivir aquel sueño perverso. En el que las bestias llevaban las máscaras de mis seres queridos. Mi hermana, mi padre, y mi madre. Atavismo también estaba muerto y desfigurado. Tenían la máscara de mi novio. Y eso me hizo entrar en calor. Fue entonces que a la quinta vez del bullying decidí clavarle la daga justo en el labio inferior al más pequeño de ellos, y tratar de paso, en probar su sangre. Era un consejo que Ytchz me había dado. Así que obedecí sin objeciones. La sangre brotó como mayonesa en el estómago de alguien que no tiene apetito ni puede tragar ningún trozo de pan. Terror absoluto.
Eran ocho en total, ¿Cómo iba a librarme de ellos? Yo era humano. Eso me daba una ventaja extrema y letal. Podía morir llevándome a ellos conmigo. El precio no era muy caro, dadas las circunstancias. Ahora me río porque sólo a mí se me podía ocurrir lo de hacerle un piercing en el labio a un ente espectral y que este llorase por lo agudo del daño. A veces Exodum era fantasmal y eso me gustaba de él, a pesar de ser un fantasma, me hacía sentir poderoso y respetado. A fin de cuentas qué más daba vivir cerca de Atavismo, amarnos y cuidarnos, si yo iba a seguir oliendo mal. No te confundas muchacho, aprendiste a fumar recién a los 33 años, y eso que llevas desde los 20 con ese tonteo tonto. El alma es más fuerte que el cuerpo. A veces sólo hace falta respirar aire puro.
IX
Desperté meado y cagado. Tuve que tirar el colchón a la basura, pero por suerte, a lo lejos, en la pared, había una araña. Una araña preciosa de color rojo.
tres sueños que tuve antes de quedar dormido
***************************************
rimas de dor
El Mendigo y el Iluminado
Al borde del camino había un Mendigo. Llevaba más de treinta años pidiendo limosna a los viajeros. Sentado sobre una pequeña caja de madera muy sucia, el Mendigo extendía su vieja gorra y decía: «por favor, una ayuda para el hambriento».
Una mañana llegó un Iluminado y el Mendigo, debilitado porque hacía días que ningún viajero cruzaba por el Camino y le daba para comer, extendió su gorra y dijo, como solía: «por favor, una ayuda para el hambriento…».
«No tengo nada para ti» respondió el Iluminado. Y al observar el deplorable estado en que se encontraba el Mendigo, le preguntó: «¿Por qué vives así, dependiendo de los viajeros para comer?».
«Soy muy pobre y muy viejo. No tengo fuerzas para trabajar» respondió el Mendigo.
Y en seguida se apercibió el Iluminado de la caja tan extraña que el Mendigo utilizaba como asiento. «¿Qué hay dentro de esa caja en la que estás sentado?» preguntó como con hondura de pronto.
«¿De esta caja? No lo sé. Nunca he mirado dentro. Creo que nada».
«Mire dentro, por favor» ordenó sonriente y vigoroso el Iluminado.
«Será mejor que mire usted mismo dentro. Yo estoy medio ciego, incluso aunque dentro hubiera algo de valor, no sería capaz de verlo: ningún brillo me sorprende ya. Sea lo que sea que haya dentro, puede quedárselo, seguro que le pertenece a usted mucho más de lo que me pertenece a mí».
Defraudado por aquella indisposición, pero celebrando la generosidad pusilánime del Mendigo, que se levantó torpemente del asiento mientras el Iluminado se le acercaba, levantó la tapa de la caja de madera y miró adentro. Tras un breve momento de espantosa confusión, al fin lo comprendió todo.
¿Y qué fue lo que vio el Iluminado allí dentro? ¿Qué verdad más brillante y valiosa que la moneda más brillante y valiosa? ¿Qué fue lo que definitivamente comprendió? Que era su propia cabeza lo que estaba dentro de la caja, mirándole a él con pasmo absorto. Irritado por aquel truco tan barato, indigno sin duda de la sorpresa de un Iluminado, cogió su cabeza, la sostuvo en su regazo y se tambaleó por el camino unos pocos pasos hasta que cayó mortalmente agraviado.
Todos los tesoros están malditos y todas las moralejas son mentira.
31/05/26
Flores
Mi propia vida se esfuma de mis manosSoy una cuerdaY tú un ángel sin pollaDesvarío, estoy loco de amorCaes por el precipicio como una dulce ventajay me hace reír a carcajadas imaginarte caerporque yo nunca he caído tan bajoMi propia muerte se esfuma de mis manosSoy un enteY tú un demonio con coñoMe mofo de mis sentimientosEstoy harto de la hipocresía y de lo últimoSi tan sólo pudiera pedir un deseoBorrar tu traumaSalvar mi almaMorir en una cama
02/11/24
Diarios Vorj
20/09/23
El mendigo y el viajero
¡Cuántos cuentos absurdos se han escrito a lo largo de los milenios!
[Este Cuento, más adelante]
Al borde del camino había un feo Mendigo. Llevaba más de treinta años pidiendo limosna a los viajeros, siempre en el mismo lugar, con su cara arrugada, llena de verrugas y de gérmenes. Sentado sobre una pequeña caja de madera carcomida, el Mendigo extendía su gorra, antiguamente de color verde esmeralda pero ahora de un amarillo pistacho, y decía: «por favor, una ayudita para los hambrientos…».
Una mañana llegó un Viajero y el Mendigo, debilitado porque hacía días que nadie cruzaba por su Camino y le daba de comer, extendió su gorra en descomposición cromática y dijo, como solía: «por favor, una ayudita para los hambrientos…».
Pero el Viajero juzgó el ruego de una exigencia muy inapropiada, porque allí sólo estaban ellos dos y sólo uno era el hambriento, de manera que el Mendigo debió decir que le diera a él una ayuda para comer. Creyó ver en el mendigo un atisbo de mediocridad embustera y tal vez un secreto. Hasta sus ojos le parecían demasiado pequeños, demasiado rasgados, ocultos tras las arrugas y las costras. Es mucho más común de lo que parece, sin embargo, confundir los brillos de un tesoro con los resplandores de un relámpago.
«¿Qué hay dentro de esa caja?» preguntó el Viajero, al percatarse de aquella caja tan extraña que el Mendigo utilizaba como asiento. Más que una caja aparentaba ser un cofre. Eso le parecía al Viajero, tentado por aquella dulce promesa. El Mendigo carraspeó nervioso, se alteró infantilmente y apenas balbució unas pocas frases de palmaria torpeza.
«¿En mi caja? Ejem, ejem, pues no lo sé. Nunca he mirado dentro, etcétera. Creo que nada. Pero ale, ale, siga su camino, no parece que vaya a concederme un miserable duro…» dijo el Mendigo, buscando espantar al Viajero, o por lo menos ofenderle, con ese gesto de las manos tan común pero ofensivo, que consiste en afearle a alguien su mera presencia ante nosotros agitando los nudillos en sus narices como si de un vapor apestoso se tratase.
«Mire dentro, por favor» ordenó implacable el Viajero. Los viajeros no son moco de pavo. La mayoría de los viajeros que se cruzan por nuestros caminos han conocido mucho mundo, probado exquisitos manjares, conquistado un número infinito de mujeres, sobrevivido a un par de duelos, leído tantos libros y tan misteriosos que su sola presencia espanta a los fantasmas y recaudado una gran fortuna con lucrativos y soberbios negocios. Sus cabezas son fenomenales almacenes de profundas sabidurías y divertidas anécdotas. A los niños les encanta oír sus historias. Hasta sus amigos los envidian. Por donde pisan la hierba crece más verde y se dora en un bucle definitivo de purísimo placer.
«La verdad que prefiero que no» murmuró exhausto el Mendigo. Se había cansado solamente de mover las manos. Así de desnutrido se encontraba.
«Pues si no miras tú, tendré que hacerlo yo. No puedo seguir mi camino si no miro qué hay dentro de la caja» dijo autoritario el Gran Viajero.
«Pero yo no sé si puedo permitírselo, señor. No, definitivamente no puedo…».
Irritado por aquella negativa tan estéril e impotente, el Viajero cargó contra el Mendigo, lo hizo a un lado de un empujón tras un brevísimo forcejeo y abrió la tapa de la caja. Cualquiera que hubiera sido testigo de aquella sencilla pelea reconocería que, a pesar de la enorme desigualdad física existente entre ambos contrincantes, el Mendigo se había esforzado sobremanera. Pero, ¿cuánto vale el esfuerzo de un mendigo? Poco, muy poco, casi nada.
El Viajero hundió las narices hasta el fondo de aquella caja. ¡Qué idiota! Si hubiera leído este cuento antes de protagonizarlo todo le habría ido mucho mejor. Naturalmente, yo no tendría historia alguna que contar, o no ésta, tendría que improvisar alguna otra y quién sabe si no sería mucho más absurda. ¡Cuántos cuentos absurdos se han escrito a lo largo de los milenios! No, nunca más.
Dentro se encontró el Viajero en un nebuloso infinito de mares que volcaban unos sobre los otros, fundiéndose y desvaneciéndose en oleadas, muriendo y resucitando, matándose y procreando, todo en un mismo y bravísimo gesto. ¡Pero no, ingenuo lector! Aquellas olas, aquellos mares no eran mares como esos mares a los que seguramente tú estés habituado, independientemente de si los has visto en costas o en postales. ¡Pues no eran mares, sino lenguas! ¡Eran lenguas, miles de millones de lenguas rojas como fresones salvajes e hinchadas como sandías! Lenguas humanas mecidas por una fría corriente de más lenguas humanas, en una corriente de lenguas que se mecían a sí mismas. ¿Y dónde están las palabras?, se preguntará el lector impaciente. ¡Ah! Las palabras eran rayos, rayos cegadores que atravesaban los ojos como finísimas agujas de luz electrocutada, rayos silenciosos y secos, así como húmedas y dicharacheras son las lenguas, rayos silenciosos como la fuente demoníaca en que se sumía todo aquel baile desastroso y toda aquella lucha zafia y promiscua, aparentando una brutal masa de estúpido movimiento sin sentido ni dirección.
Luego de apartar su mirada del interior de la caja, advirtió el penoso Viajero que había quedado mudo, inútil para la oratoria y por lo tanto los negocios y las conquistas, pues su lengua le había sido arrancada de la boca y ya no podía proferir palabra o grito alguno. Vivir es ir perdiendo las ganas de ganar dinero para sustituirlas por las ganas de dejar huella, ya sea en forma de obras intelectuales, imperios, hijos o gritos bastante horribles, pues también los gritos embarazan. ¿Cuánto tiempo había pasado mirando aquel abismo temible e insondable y otros muchos adjetivos que mejor ahorrarnos, para que el pobre Viajero pueda volver pronto sobre sus pasos y hallar consuelo en su lecho? No podría decirlo. Un segundo, tal vez cien años, tal vez el abismo lo engendró, tal vez el abismo lo retenga en su seno hasta el fin del mundo y lo esté ahora mismo rebozando en lenguas como a un filete de pollo en pan rallado y huevo…
«Se lo advertí» le dijo el Mendigo, de rodillas en medio del camino, mirando al Cielo y dirigiéndose a sus compasivos testigos. «Mira que se lo advertí: usted pensó que habría algo de valor en mi caja, porque es lo que todos los Viajeros piensan, pero yo sé que mi caja sólo esconde el Infierno. ¿Que cómo lo sé? Porque de algún modo esa caja es también mi corazón, mi lengua está bien, gracias por preguntar, pero los mandamases del imperio infernal que mi caja alberga me han prohibido hablar del asunto, y yo les tengo tanto miedo que obedezco… Lo único que puedo hacer es pelear para que no abran la caja y regañarles cuando la abren. Pero soy muy débil y todo el mundo me vence sin dificultad. ¡Ay! Si tan solo me dieran de comer antes de abrir la caja, y no después, yo podría hasta mostrar alguna especie de resistencia… Como dice un amigo mío, al que estimo y de hecho admiro: si hubieras leído este cuento antes de protagonizarlo todo te habría ido mucho mejor…»
07/03/23
Una araña en el colchón
Serían las nueve de la mañana cuando despertó de un inquieto sueño. Había pasado la noche entera revolviéndose entre las sábanas, pero al despertar fue incapaz de recordar lo que había estado soñando: vagas reminiscencias de aprensión y un extraño orgullo iracundo. En su ignorancia deseó haber despertado convertido en un asqueroso insecto, en una pequeña araña tejedora de panza negra y largas patas. Cualquier cosa le parecía mejor que ese adulto inútil y miserable en el que se había convertido. Por eso, y porque cuando no tienes motivos para despertar tampoco tienes motivos para levantarte, decidió permanecer en la cama hasta la hora de comer, cuando su padre le llamaría tocando la puerta para acudir a la mesa adonde tendría preparado un plato de caldo de pollo que cocinaría el día anterior con algunas sobras y un par de pastillas “avecrem”. En la mesa sobre un mantel sucio de amapolas y manchas de tomate habría un vaso de agua, servilletas, cubiertos y una naranja. La televisión daría las noticias con un murmullo enfermizo de fondo. Lentamente, frente a su padre, ensimismado en su larga tarea de sorber la sopa, retiraría la silla arrastrando las patas por el parqué, se apartaría el pelo de la cara, se sentaría, clavaría los codos en la mesa y con la primera cucharada de sopa con sabor al tabaco negro vespertino que fumaba su padre se echaría a llorar sobre el plato de sopa y se preguntaría para qué hacía falta más valor, si para matarse él o para matar a su padre. Él sabía por qué quería morir, no hacía falta más que verle, la reiteración en sus inercias no era sino un espejismo, el mañana era tan sólo un rodeo, un circunloquio que iba de lo mismo a lo peor, una artimaña de lo idéntico para desembarazarse de su propia regularidad estéril. Pero en cuanto a su padre… ¿acaso no tenía su padre derecho a su propia agonía?, ¿a su decadencia, a saborear los torcidos deleites de su enfermedad, de su hundimiento?, ¿a elegir el dolor, la insistencia, a demorar la nada un rato más? Un buen padre debe estar orgulloso de su hijo, sea quien sea su hijo y haga lo que haga, un buen padre debe estar orgulloso de su hijo incluso si su hijo amanece un día convertido en un repugnante insecto, incluso si su hijo decide hacer acopio de valor, enderezar su espíritu puramente compasivo y volverse un parricida. ¿Qué padre no quiere lo mejor para sus hijos? ¿Y a qué hijo le gusta ver sufrir a su padre? Revolviendo la sopa en el plato, como antes se había removido él mismo en la cama durante el sueño, creería ver su propio reflejo convertido en un remolino de aditivos cancerígenos y restos rancios de pollo con un ligero sabor a Ducados, creería verse a sí mismo como un dañino insecto, como una araña reclusa parda o una errante bananera, vomitando su negra bilis sobre la sopa, su baba purulenta y nociva. Entonces su padre, cansado y feliz, le contaría que había descubierto una radio nueva, que luego le diría cómo se llama porque ahora no se acuerda, pero que es una radio donde ponen música de todos los rincones del mundo, del África y del Brasil, de los cinco continentes y también de España, música que él nunca antes había oído y que si no fuera por esa radio nunca habría oído. Su padre se esforzaría por recordar el nombre, balbucearía en vano, encendería un cigarro en la mesa aunque no había nada que le resultase más desagradable que un padre moribundo fumando su tabaco con la comida todavía caliente en el plato, y por debajo de toda esa costra mundana, de ese campo infeccioso llamado hombre y llamado padre creería ver un poco de alegría, de sana curiosidad, de bondad genuina y castigada. No, no podría luchar contra su padre, no podría concebir la lucha ni tampoco asegurar su victoria, lo más que concebía era una proclama estúpida y ruin, una insensibilidad fatua y como una falta mayúscula de gracia inconsolable. Que su padre se lleve consigo a la tumba toda su alegría, toda su ingenuidad y su falta de malicia, la música y las letras, que se lleve Brasil y Oceanía a la tumba, que no quepan en el ataúd tantas cosas buenas juntas, o mejor, que lo incineren, que lo incineren y los restos se esparzan por el aire callando bocas y limpiando oídos, apretando corazones y latiendo en las sienes de los injustos y los desesperados. ¿Qué lección le quedaría por aprender de su padre? Ninguna, su padre ya no tenía nada que enseñarle, pues su única lección era de una estupidez incomprensible, la falta de valor, la falta de una ética más allá de la indolencia. Lágrimas corrían por todas direcciones, ensayando laberintos, y los olores y los sabores y los ruidos y las caras se mezclaban en una sola sustancia insulsa y dolorosa, ya no habían dos seres incomprendidos uno frente al otro, sino acaso una sola carne, una epifanía de cuerpos podridos, un padre muerto, un hijo asesino y una araña teniendo una pesadilla en el colchón.