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04/06/26

Qué sucio Vorj. Cómo vas a pensar esas cosas con sólo 17 años. Eres perverso la verdad.

«El iluminado»




i


«El simple hombre ve lo que aparece a los ojos;
pero en cuanto a Jehová, él ve lo que es el corazón»
(1 Samuel 16:7)


ii


«Dios sabe lo que hay en el corazón de la gente
y destruye solo a quienes considera malvados»
(Génesis 18:23-32)


iii


«Al estar bajo prueba, que nadie diga:
‘Dios me somete a prueba’. Porque con cosas malas
Dios no puede ser sometido a prueba,
ni somete a prueba él mismo a nadie»
(Santiago 1:13)


iv


«Ningún ser humano está exento de sufrir,
ni siquiera los que gozan del favor divino»
(Alejandro 9:17-20)




Un terremoto inesperado había destruido por completo toda la ciudad. Y el pacífico pueblo se había visto en la dolorosa tarea de lidiar con la masacre. Los ecos y las repeticiones. Incinerarse a sí mismo, reinventarse. Las víctimas se habían llevado consigo toda la apariencia, estaban desnudos ante la adversidad, aterrados, lacrimógenos, deseando despertar. Y los muertos habían acabado con la poca fe que se respiraba entre sus supervivientes. Los niños muertos eran lo que más hería a la comunidad. Puta, compadre, no hay manera de digerir eso. Sin embargo, de entre la desgracia se irguió un hombre. Bendecido por la desobediencia. Naciendo de entre los escombros. Un hombre magullado pero eterno, absorbido por la ceguera y la iluminación más hipnótica que los bebés humanos pudieran conocer. Un hombre auténticamente hermoso, lleno de una inocencia sublime y una delicadeza admirable. La ciudad podría haberse quedado hecha pedazos, pero ese valiente Cristo había sobrevivido y prueba de que Dios velaba por todos era la misión que le encomendó. Con las manos llenas de polvo se pasó los dedos entre los cabellos y se peinó, y contempló una herida en sus costillas. Negó consternado y cuando escuchó a los vivos enterrados negó hasta la saciedad con incredulidad, morbo y sospecha. Suspiró y supo de inmediato lo que debía que hacer. Y aún con el pecho turbulento decidió ser hombre y caminar entre las calles en busca de alguien a quien ayudar: encontrar a alguien al que contarle la gran revelación.


En poco tiempo logró recuperar su andar, y con pasos elegantes recorrió las calles en busca del sol. Su rostro marrón y de prominente nariz le hacía parecer un guerrero maya. Pero su boca era la de un error. En su cabeza se iluminaba el dedo traicionero de Dios, y en su mente una calma asombrosa y una rotundidad hacia lo inesperado: nada podría sorprenderle nunca más. Porque nada podía estar a la altura de Dios, ni siquiera la depresión... Vio sangre muerte polvo y barrios enteros destruidos por el baile de las casas del Infierno. Pero nada de eso podría quitarle su calma, su voz se sumía en la profundidad de las catacumbas y de un único deseo sagrado. Tosió un poco de sangre hiel y sarro, y se llevó las manos a los bolsillos mientras paseaba sobre los escombros, como una gaviota que se posa sobre los restos de un barco deshecho. La gente gritaba aterrada ante semejante catástrofe, las señoras gemías lacrimosas entre ladrillos y muebles rotos. Algunos niños no habían tenido la oportunidad de escapar del colegio, nunca el colegio fue tan espantoso, ¿habrán aprendido algo ese día? Al menos habían aprendido la más importante y dolorosas de las lecciones, la muerte. Niños casi adultos persignándose, maldiciendo no haber hecho caso a los mayores, ¿sería todo esto su culpa? ¿Sería todo esto por su lastimera culpa? Pues ellos eran criaturas incompletas: no lo suficientemente desobedientes cómo para ser niños, ni lo suficientemente serenos cómo para ser hombres. Estaban rotos. Además, tampoco estaban lo suficientemente vivos porque con cada temblor sus cuerpos atrapados entre los muros del colegio se engullían. Era una serpiente gigante de asfalto, hormigón y vigas metálicas. Eran por lo tanto niños deshabitados. Los edificios se habían desplomado sobre ellos. El triángulo de la vida es pura neblina. Algunos hombres hicieron labor de voluntariado junto a más hombres para rescatar a los heridos. Jóvenes, muchachos, padres de familia, divorciados, misóginos, maricones, ermitaños y desequilibrados mentales. De alguna manera todo aquello era una festividad. Y cómo era una fiesta todo el mundo estaba invitado. Pero no podían contener las lágrimas, sentir en su corazón el terrible sudor de la angustia. Era imaginar a alguien atrapado entre unas paredes muertas y tener que aceptar que en ese lugar van a morir. ¿Cómo se puede lidiar con algo así? ¿Cómo se puede aceptar de manera tan inminente que ha llegado tu hora? ¿Cómo iban a poder intentar calmarse ante lo evidente? Entre los escombros los gritos de un hombre que llama a su madre muerta, delirios insoportables de un hombre que ha hecho niño, lamentos, alaridos, rezos tan altos que podían llamar la atención de Dios. Gritar que no les olviden, que no están todavía muertos. Lo blanco en sus ojos, el barro blanco en sus cuerpos, cenizas de hogares se mecen entre los cuerpos. Mi papá está enterrado también. Y sé que no le voy a volver a ver. ¿Qué hago?


La gente que odiaba a la gente también se unió a la causa. Ningún incidente como éste se podía tomar a la ligera. Aunque toda catástrofe sólo se puede tomar a la ligera. Porque toda desgracia sólo se puede aceptar irresponsablemente. Con risas fingidas. Y aunque la mayoría sabía que estaba fingiendo, no podían evitar impregnarse de toda esa buena voluntad, de toda esa forzosa y tonta fe en los demás. ¿Éramos acaso fabricantes de las esperanzas chilladas más necesitadas? Sólo podíamos rompernos las espaldas buscando a los heridos y en sus cuerpos muertos encontrar sólo a un indeseable inoportuno. Encontrar a Dios. Por un momento todos olvidaron que eran personas despreciables. Porque nadie en esa ciudad se salvaba, todos habían nacido condenados a ser despreciables. ¿Había Dios tachado sus nombres de la lista? Los únicos que podían escapar de este destino eran los niños retrasados y los que murieron poco después de nacer. Las jóvenes ególatras y soberbias dueñas del coño más delicioso jugo de melón eran señoras llenas de comprensión, ternura, piedad y necesidad de acunar a los viejos sucios viciosos culpables y mugrientos. Y por ello sus coños eran sacos de semen repugnante, de leche agria, de peste negra. Los violadores de niñas ya no tenían peso sobre sus hombros, ¡eran libres!, ni culpa ni remordimiento. Algunos ladrones inteligentes supieron aprovecharse del gran cadáver en el que se había convertido la ciudad. Y siendo grandes aves de carroña desplumaron a todos los ciudadanos que caían en sus trampas. ¿Eran estos ladrones seres despreciables? Sólo Dios podía amarlos tanto como yo. Ladrones os daría mi alma por haber tenido el coraje. Os elogio y os beso en mi mente. Ninguno había cometido actos infames. Sólo con estar allí por la labor eran hombres buenos. Creando un espejismo infinito. También se murió un chaval que iba conmigo a la universidad. Alimentado la decepcionante infamia. ¿Salvar a un niño? Los misóginos amaban por un instante sagrado a todas las mujeres del pueblo desde una posición tan conmovedora que hasta podías olvidar que consumían pornografía dura y perversa. Violaciones en alta definición. Aunque de entre todos ellos, los que estaban más asustados y que por algún motivo siempre se veían perdiendo la mira eran los muchachos. Porque siempre en algún momento todos los muchachos pierden la cabeza, se acojonan, les cae un muro en la cabeza, y no saben bien hacia dónde correr. Pero el místico se preguntaba, ¿correr? ¿Hacia dónde si corres hacia tu propia muerte? Y los muchachos suelen volverse locos..., todos los muchachos solemos perder la cabeza. Así que en parte no eran tan despreciables. Tampoco podía despreciarme a mí. Creo que papá está muerto. Los locos nunca pueden ser despreciables, son ángeles deliciosos. Padres divorciados unidos por rescatar a los hijos de los vecinos y a su vez de los hijos de los vecinos de sus vecinos..., y así hasta que crean un puente tan largo que podría alimentar a todas las sombras. Hijos muertos sin riesgo a sobrevivir. Bendita suerte. Seamos claros, todos los niños de esa ciudad habían muerto excepto una niña que jugaba en el parque y dos o tres más que habían sido rescatados por las divisiones 30 y 40. Pero toda aquella desgracia no importaba absolutamente nada porque existía un hombre que había visto la más maravillosa de las revelaciones y había sobrevivido. Y éste mismo tenía el deber de exhibirse y enseñar con los brazos abiertos, obsequiar con su visión a sus imperfectos semejantes. Porque ese vagabundo que paseaba entre los escombros con una ligera sonrisa y una herida profunda en el estómago de una ciudad en ruinas era El Iluminado.


El iluminado no tenía culpa de nada. Porque las prioridades no las había creado él, y sin embargo, estaban bastante claras aún cuando la duda era razonable. ¿La humanidad antes que el capricho? ¿Dios antes que unos pocos niños muertos? ¿DIOS ANTES QUE PAPÁ? Además sabía bien, por su luz interior, que la muerte era la única eternidad existente, y que la vida era sólo un sueño accidentado, un trámite especialmente tedioso. No lo decía él, lo decía Dios. Que nada podía estar por encima de su voz porque de su boca no brotaba sonido humano, sino el ocio de una criatura inexplicable que se aburría. ¿El libro de Dios habla de la catástrofe? ¿Habrá Dios predicho esto? ¿Sería Dios tan estúpido cómo para no saber nada de esto? No creo que el propósito de Dios para el hombre fuera el sufrimiento, ni tampoco que deseara que algo que Él mismo creó fuera destruido por sí mismo. Pero si Dios lo creó todo, ¿por qué no nos creó menos vulnerables? ¿Por qué con una mirada alguien puede enloquecer o llorar? ¿Acaso todo es culpa de nuestros padres? Y los primeros padres que desobedecieron la autoridad divina que se rebelaron contra Dios eran los únicos responsables de las doscientas treinta y dos muertes de ese pueblo. ¿Era Dios un exterminador de criaturas imperfectas? ¿Estaría Él simplemente sacudiendo el polvo? ¿Acaso el gran error imperdonable de los primeros hombres y por ello de todos nosotros sólo fue decidir fijar las propias normas sobre lo bueno y lo malo? ¿Era Dios un creador resentido? Al ver que los hombres le daban la espalda y no le daban lo que le pertenecía tuvieron que pagar las consecuencias. Aunque también era cierto que Dios le dijo a Adán que llenara la tierra pero que esto no significaba crear ciudades. Porque crear sólo le pertenecía a él. Porque nadie podía imitarlo, eso era pecado. Y el hombre en su absoluta desobediencia hizo ciudades, y las ciudades no eran parte del plan de Dios. Pero qué culpa iba a tener un descendiente de Caín al pensar que sería buena idea fundar una ciudad, comerciar, hacerse rico y aprovecharse de los que llamaría luego ciudadanos. ¿Por qué no siguió el consejo imperativo de Dios y se conformó con vivir en casas de una planta? ¿Por qué Caín tenía que ser un genio? ¿Dios le maldijo por ser un genio? ¿Dios le odió porque su criatura podía llegar a hacerle sombra? ¿Por qué las poblaciones no eran parte de la idea original y todos los desastres de hoy tienen que ser por causa del mismo hombre? Pero a pesar de todo esto, no puedo encontrar injusto que se culpe a Dios por los errores que comete el hombre, porque los hombres son LA responsabilidad de Dios...


En la acera reconoció a una de las señoras solidarias que tuve la fortuna de conocer. Una señora de baja estatura, piel ocre y cabellos canosos. De nariz pequeña y con un lunar obeso en la mejilla. Con zapatitos de madera, una falda negra, una camiseta y una chompa. Era la misma señora que en invierno le daba patatas asadas y en verano agua con limón. Sentía por ella un cariño especial, la sentía como un ángel guardián. Así que ni corto ni perezoso se acercó rápidamente a ella más emocionado que consternado. Le dijo que lo había visto todo, que incluso vio su destino y la fatalidad de la humanidad... el terremoto. Y ella muy afectada le dijo Juan qué he perdido a mis niños que había sido un terremoto espantoso, que había muchos heridos y peor aún muchos damnificados... Que no tenía valor para pensar en los muertos, que Dios les ampare. Lo dijo como mordiéndose la lengua, temiendo maldecir sin querer, injuriar sin saber. Que temía por su familia, su hijo y sus nietos. Así que El Iluminado para consolarla le dio la razón, y añadió orgulloso que todo eso carecía de importancia, que si bien era cierto que su hijo debía estar ya bien muerto, y que por el aspecto de los edificios sus nietos estarían reventados bajo una pared no había de qué preocuparse, luego le preguntó: –¿Qué será todo ese dolor pasajero en comparación a la iluminación eterna y la sabiduría infinita de Dios? La señora sintió náuseas y un pinchazo en el estómago, hicieron que le provocara arrojar cuando habló de su Dios, y maldijo las veces que se preocupó por aquel enfermo, calumniándose a sí misma sin darse cuenta..., tener el valor de soltar semejante sarta de estupideces en un momento tan delicado. –Señora mía, continuó, el mundo no se va a acabar por unas pocas muertes, ¿tiene idea de cuántas personas vivimos en este mundo? ¡Las ciudades no están hechas para los hombres! No le dejó terminar. –¡Exacto! ¡Muchísima gente! Sin embargo, usted entenderá que lo que le vengo obsequiar, oh señora mía, es toda la sabiduría del mundo condensada en una sola canción, para usted, para que la pueda saborear y aceptar el nuevo mundo, para que sus días sean el paraíso mismo, para que nunca más caiga en la desesperación la angustia y la tristeza, para... –¡Calla ya tarado! La señora no le dejó acabar su emotivo discurso y le importó un comino todo lo que salió de su boca, porque ni siquiera entendía de qué demonios hablaba.


De la señora herida nació el gesto de soltar un bofetón, marcarle bien el rostro con una mancha roja y humillante, por la mala intención, por la mala sangre, por todo lo que dijo sobre su hijo y sus nietos; por ponerla nerviosa, por desearle lo peor, por ensuciarle la cabeza con cochinadas; pero en lugar de todo ello la angustia le hizo sollozar. Y luego rompió a llorar porque estaba realmente preocupada por su hijo y sus nietos. Con la saliva cayendo de su boca. Su dentadura postiza. Sus ojos abultados, la piel colgando de sus ojeras. Sus arrugas, una abuela llorando. Y no existía nada más triste y desagradable que ver a una señora llorando. Al Iluminado le cambió la cara, quiso morderse el puño, abrazarla, suplicar su perdón, pero no tenía el valor suficiente como para soportar el rechazo. Quizá fue allí la única vez en la que el Iluminado actúo como un ser humano. Porque sintió lástima de todo el daño que había ocasionado con su ceguera. Agachó la cabeza, murmuró una despedida de arrepentimiento y se fue deprimido.


Pero el vagabundo iluminado luchó contra sí mismo y logró no perder la esperanza y lo volvió a intentar. Se acercó a todas las personas que pudo, a todo superviviente de la catástrofe, no le importaba si estaban cojos ciegos llorosos, o un poco tontos por el golpe, lo único que importaba era compartir con ellos su experiencia, su visión. Pero todos estaban demasiado metidos en sus problemas cómo para tener tiempo para Dios. El Iluminado se llevó algún que otro golpe, algún empujón, otras personas vieron en él a un inútil, un estorbo, a un miserable infeliz desequilibrado entrometido. La gente parecía enloquecer en cuánto él aparecía, y peor aún cuando abría la boca y afirmaba que muy probablemente, casi de seguro, todos sus familiares estaban ya muertos y que eso no importaba. Que estaban perdiendo el tiempo organizándose, llevando comida agua y gasolina en las motos, que si algo se derrumba debe enterrarlo todo, lo vivo y no muerto, los hombres y el amor. Que era una auténtica tontería estar tan preocupados y tristes por gente que ya estaba muerto. ¿Tus hermanos? Muertos. ¿La señora de la limpieza? Muerta. ¿Un ciego un poco homosexual? Muerto. ¿Los niños de los colegios católicos? Más que muertos, devorados por el pavimento. ¿La hermana de tu madre? Desaparecida. ¿Papá? Muerto...


El Iluminado no tenía reparo en sacar la lengua y decir la verdad. Un hijo de Dios no podía mentir. Y aunque no le faltaba razón y su convicción era inapelable e inexorable, y además el aspecto de la ciudad era terrible y desalentador, porque había conversado con Dios. Él no podía mentirse, ni por supuesto mentir. Porque uno que conoce la verdad sólo puede pagar con la verdad. Aunque el precio sea su destrucción, la soledad, la muerte o el desprecio de su propio Dios. Poco a poco El Iluminado empezó a sentirse cómo lo que siempre fue: un insignificante vagabundo miserable apestoso ignorante torpe perezoso ambiguo y vicioso hombre que por supuesto no tenía ni sueños ni esperanzas. Se tomó un tiempo para inspeccionarse a sí mismo. ¿Él era real? Sabía que olía mal, que la gente le evitaba por su mal olor. Sabía que su cabeza estaba llena de yagas, mugre y cebo hediondo. Que sus cabellos negros tenían algunas canas. Que aunque intentaba peinarse y siempre que tenía ocasión reciclaba cuchillas de afeitar para dejar su cara limpia lampiña y al descubierto, no dejaba de ser un monstruo. Un hijo abandonado. Y por eso creyó tan fuertemente que era el indicado, porque su destino más que nacer de la pura suerte era un acto divino, Dios sabía que él se merecía esa gratificación, ese premio..., se merecía un regalo por haber padecido tanto en toda su vida. Su garganta hedía a úlceras gástricas, a hiel, a mucosa podrida blanquecina que descansaba sobre las rugosidades de sus amígdalas. Su saliva era pegajosa y pastosa como la mía. Ni siquiera podía permitirse escupir porque terminaba escupiéndose a sí mismo. Su ropa olía a vómito, sus pantalones a orina mierda y pequeñas eyaculaciones torpes. Apestaba como un desgraciado. Sus pies estaban podridos de tanto caminar y no dejar la piel respirar. Amarillos, con un olor a queso ácido, a vinagre milenaria. Entre sus dedos había costras, mocos verdes y heridas rojas. Sus talones solían agrietarse, así que también había sangre como yo. Sobre todo sangre. Sus uñas estaban arrancadas porque los hongos se las habían podrido y durante las noches aprovechaba el aburrimiento para matar el hambre, y con cierto desprecio se arrancaba las uñas para luego llevárselas a la boca, las masticaba y saboreaba su textura, ese yeso pastoso con sabor a talco. Sus dientes estaba picados, el sarro se había vuelto color cobrizo como yo. Y su estómago era grande, deforme, parecía un trasero mórbido. Y por un instante cogiéndose sus carnes sintió arrepentimiento por no haberse cuidado, lloró internamente, y después sucedió el milagro. Se acarició su violenta monstruosidad. Valientemente acarició su grasa, besó sus manos, y se llevó el beso a su rostro, se peinó como pudo. Pensó en su padre arreglándole para ir al colegio o a misa. En sus manos ásperas y a la vez delicadas, dedos generosos, el calor de unas manos que más que manos parecían guantes. Miró sus zapatos y se dijo que lo importante no tenía por qué verse, que lo importante nunca está en el interior, no quiso pensar más en todo eso, era todo una trampa porque siempre importaba algo. Al menos sus zapatos tenían mejor aspecto que sus pies. Tragó toda la saliva que pudo y con la camisa que llevaba se frotó un poco los dientes. No era un hombre perfecto, pero al menos sería mucho más perfecto que nadie en toda esa ciudad... Porque nadie podía decir con tanto orgullo como él que en su totalidad él mismo en persona y en generosa realidad era El Santo Iluminado.


El hijo de Dios se dispuso a continuar con su viaje en busca de gente que desease saber la verdad absoluta inequívoca y ardiente sobre todas las cosas. Después de intentarlo con muchos necios creyó que el mundo estaba sordo y loco por no querer saber nada sobre el grandioso suceso. De verdad que no se lo explicaba. Suceso mucho más importante que un patético terremoto. En fin, uno con la gente sólo puede llevarse una fiasco. En una calle con casas pobres una niña lloraba entre ladrillos grises y él vagabundo se acercó a ella. –¿Qué te pasa pequeña?, le preguntó. Y llorosa le dijo que estaba jugando en el parque cuando vio que su casa se caía, que su papá estaba allí, que mamá, su hermano... ¡todos! Y el vagabundo mirándola con detenimiento y melancolía rompió a llorar de risa, –¡pero qué niña tan ingenua!, exclamó. ¡Tus padres están bien, niñita mía! La niña dejó de llorar de golpe. –¡Cómo es eso posible!, preguntó salvaje. –Sí, sí, lo que oyes, dijo confiado. –¿Pues dónde están?, preguntó la niña. –Muertos niñita mía, están muertos. Sintió la desesperación apoderándose de ella, creciendo como una serpiente al rededor de su cuerpo. Hasta sus pulmones limpios de escombros se encogieron. Y cuándo iba a volver a llorar el vagabundo la detuvo con los dedos y le dijo rápidamente: –Pero puedes ir a verlos. No hay ningún problema con eso. –¿Cómo?, ¿cómo?, chilló la niña. –Muy fácil niñita mía, ya que veo que a ti no te voy a poder explicar nada porque eres un poco ingenua, te lo diré muy rápido, la única forma que tienes para estar con ellos, y jugar en el parque, y regresar a casa y verlos, estar frente al televisor con ellos, y cenar, y dormir en tu cama es sólo un paso, quizá sólo un salto. –¿Un paso? Por favor..., dijo la niña intrigada y mucho más calmada. –¡Por favor...! –Sí sí, dijo el vagabundo, luego añadió, –sólo tienes que morir.


La niña sintió que su estómago se rompía. Y el vagabundo muy contento se fue de allí, era bastante fácil hablar con los niños, parecía que eran los únicos que escuchaban. Muy satisfecho él, a fin de cuentas acababa de decirle todo lo que ella necesitaba saber sobre el incidente. No iba a perder el tiempo con una pobre niña cuando lo que necesitaba ella, lo que verdaderamente necesitaba era simplemente morir. Pero, se dijo, iluminado por el manto de Dios, en cierto modo, perfiló, en cierto modo..., todos necesitamos morir, ¿no? Todos necesitamos ese exorcismo. ¿Cómo es que nadie se había dado cuenta antes? Se escupió en las manos y se peinó. Olió óxido en las yemas de sus dedos, pero no le prestó la más mínima atención. Luego en el camino encontró a un señor muy sereno y hablaron sobre Dios, y resultó ser que Dios no podía estar en él. Luego entendió que era un patético farsante. Qué demonios iba a saber un ignorante como él sobre Dios. Un cura, ¿me tomas el pelo? No estaba dispuesto a perder más su preciado tiempo y se fue. Pero tenía muy claro algo. Tenía que inseminar a todos con la voluntad de Dios, aún cuando no quisieran saber nada de él, a la fuerza, porque ¿qué es decirle la verdad a alguien que sólo quiere vivir entre sus mentiras sino sólo la fertilización de una virgen? ¿Qué es amar enseñar y compartir a Dios sino sólo una violación? Debía pues, convertirse en violador. En un violador de masas. Y así lo hizo. Caminó furioso y decidido, no iba a dejar que nadie le detuviese, les iba a decir a todos, a la fuerza, el mensaje de Dios. Los iba a dejar ciegos con su luz. Así era el camino del Iluminado, y no podía quejarse. Porque para él no había nada más satisfactorio que destrozar a la gente. Porque destrozar no era nada malo, destrozar era amor, y el amor sólo puede ser Dios. Porque, se dijo torpemente, se puede hacer el amor a una niña. Porque Dios lo acepta todo. Eso debía hacer, volver hacia la niña de antes y violarla gracias a la verdad de Dios. Pero rápidamente camino cambió de parecer. Se retractó y volvió sobre sus pasos. Seguramente, se dijo, algo se le habría pasado, pero eso no podía ser posible, si Dios se lo había dicho todo y Dios no podía fallar porque era insobornable, los deseos de Dios no pueden estar equivocados. ¿Era acaso violar una forma de perdonar?


Entre los escombros una mujer cogió el cadáver de su pareja. Llorosa y destruida y mientras intentaba abrir las puertas y mover las paredes se puso a gritar histérica. Le amaba tanto que él ya no hablaba. Y con la más triste necesidad desabrochó sus pantalones, lo desnudó aún caliente y limpió un poco la sangre de su cuerpo. Luego besó su boca desencajada y se restregó contra su cuerpo triturado. La sangre fluía todavía por su cuerpo hacia sus pies, y la polla de Alberto se erecto. Y ella pensando que era su último consuelo y la única despedida se la llevó a su boca y la amó. Después se colocó encima y mientras temblaba y suplicaba, y pensaba en que iba a morir allí se introdujo el pene de su novio en su vagina. Pero éste empezó a arrugarse antes de que ella pudiera llegar a sentir el orgasmo. Desesperada cogió una astilla de metal y lo clavó por la uretra de su amor. Y aún con el metal frío se metió a la fuerza el pene incrustado. Se concentró, cerró los ojos y le rezó a Dios. Mientras el engendro se frotaba entre las paredes cavernosas de su coño. El metal raspaba su membrana pero también el pene. Y entre desgarros y caricias logró poder correrse. Se mezcló la sangre de su coño con el de su novio y ansiosa y enloquecida por sentir una última vez el semen de su amado reventó los cojones con una roca hasta conseguir un mejunje de sangre semen carne y escroto. Se la llevó a la boca. El cuerpo de cristo. Y se lo tragó. Notó la sangre brotando salvaje de su interior y la cogió con las manos como un explorador hace de un río y la bebió. La sangre de Cristo. Y una vez húbose despedido de su vida hizo palanca con unas vigas, se colocó al lado de su novio y dejó que un gran trozo de escombro le reventara la cabeza. Dios está enfermo.


Desde lo alto de unos escombros un asesino observaba a la gente. Dios le había dado a él la Santa Iluminación y podía distinguirlo a simple vista, incluso sólo con el olfato; lo llamó y el hombre bajó y se acercó a él. Le miró a los ojos y le dijo: –¿Deseas matarme? Y el asesino con los ojos muy abiertos y vidriosos negó falsamente pero con rotundidad. –¿Por qué?, le preguntó, ¿no es cierto que deseas matarme? Y éste dijo, porque matar está mal. Y entonces El Iluminado sintió una terrible tristeza porque cómo era posible que una persona tan majestuosa como él se negara a sí mismo ser, y negara de esta forma su propia naturaleza también. –No Tengas miedo, le dijo, soy el padre. Puedes decírmelo, puedes confiarme tu verdad, a fin de cuentas también soy El Iluminado y no tengo reparo en compartir contigo también la verdad absoluta. El asesino dudó, pero al final fue libre y le confesó todos sus crímenes. El vagabundo no se sorprendió pues nada podría sorprenderle, acaso sólo Dios, acaso sólo la muerte; ni tampoco buscó darle una lección sobre lo que estaba bien y lo que está mal, él no era un descendiente de Caín. No pasa nada, criatura mía, le dijo. Y acercándose a él le ofreció el abrazo más hermoso de toda su existencia, un abrazo lleno de comprensión y amistad. El asesino no se negó, pero se mostró receloso, y al final cedió. Y mientras se fundían sus cuerpos en un abrazo El Iluminado le susurró al oído: –Estás perdonado de todos tus falsos crímenes, porque, criatura mía, matar no puede estar mal de ninguna manera. Porque morir es la única solución. Y el asesino sintió un escalofrío que recorría toda su alma, sus piernas temblaron y empezó a llorar como si todo el polvo del accidente hubieran ido a nadar dentro de sus ojos. Húmedo rojizo y agradecido apretó con más fuerza al vagabundo contra sí. Y besó sus mejillas y su frente, se aferró a su cuerpo, impregnó sus dedos en él como perforándole y continúo llorando. Porque al fin alguien le decía la verdad. Al fin alguien le entendía. Por fin no estaba solo. Después se calmó y el vagabundo le dijo que debía seguir su camino. Y el asesino asintió con complicidad un poco de pena y le dejó marchar. Pero no había duda de que había sido un afortunado, había conocido a Dios.


Desde lo lejos se ve a un hombre que se encuentra con otro y se ponen a conversan. Alguien observa a un vagabundo y se pregunta si su sangre será roja o marrón. No puede dejar de pensar en él. Se excita, se muerde los labios y decide comérselo. Camina con cuidado de no ser descubierto. Se ha enamorado y no lo puede evitar. Ni quiere negarlo, ni quiere mentirse. Hoy ha aprendido algo muy importante. En medio de tanto caos algo de luz. Bendito el cielo, se dice. Y camina hacia él. Y sigue el rastro que deja el hedor inconfundible de los genitales de los vagabundos. Y se esconde tras los escombros, cada vez está más cerca, pero luego deja que el vagabundo le adelante. Y sigue, hacia él, decidido, lleno de paz, lleno de esperanza. Lo ve caminar y se imagina su vida, su dicha, el cielo le sonríe y cómo podría ser el mundo tan extraño. Gente muerta, gente asustada intentado recuperar una pierna o un brazo, algún recuerdo de alguien que existió para darle un funeral sano. ¿Pero acaso algún funeral es saludable? Algo que les explique que no serán olvidado, que no se han extinguido de la faz de la tierra. Pero él se dice a sí mismo que hoy ha sido un día increíble, tanta gente muerta, se relame. Tantas ovejas desbordadas, tantas víctimas, tantas presas. El vagabundo caminando, qué delicia, puede saborear su piel, el orín, sus axilas; puede frotarse entre sus brazos, su cabeza, el olor mantecoso de sus cabellos. Quitar la piel a tiras, arrancarle los dientes con el culo, romper sus dedos con la lengua. Lamerle el rostro mientras llora y gimotea. Se acerca hacia él, masturbarse, no se contiene, está cada vez más cerca. Está distraído. Frente suyo un muro, a unos metros un grupo de gente se acerca gritando. ¿Le habrán descubierto? ¿Habrá alguien que haya hecho el amor entre escombros? Se pregunta a sí mismo. Eso no puede ser, no no no, no puede ser. Se mantiene firme. Luego escucha a la gente correr y no puede contenerse, está completamente enamorado coge una piedra, suelta un poco de orina por la emoción, coge otra piedra.


Después de hablar con el hombre más sabio del mundo se dio cuenta de que era al único, por encima de todas las criaturas, al que de verdad pudiera matar. Su solemnidad era tan insoportable que le hacía enloquecer. Además, ¿cómo un miserable mequetrefe iba a tener todo ese conocimiento en sí mismo si ese bastardo pordiosero no había visto a Dios? ¿Acaso él era el nuevo guía del mundo entero? Resolvió el asunto empujándolo contra los escombros, maldiciendo su confianza interior y gritando que no tenía ni puta idea de lo que hablaba, que no podía mentirle a él, porque nadie le puede mentir a Dios, que no podía soltarle semejante imbecilidad hedionda cínica ególatra y quedarse tan satisfecho. Que lo condenaba a la insaciabilidad. Que aunque la muerte no significara nada real, ojalá hubiera muerto él en el terremoto y no los niños, los ancianos, y los locos. Lo dijo con tanta naturalidad que hasta podía parecer que hablaba en serio, pero la verdad era aún más perversa. Los niños muertos no le importaban nada. No porque supiera que ahora estaban en un lugar mejor, ni porque estuvieran en otra atmósfera, sino porque alguien que ha visto a Dios no puede sentir remordimientos ni lástima ni dolor. Simplemente no puede preocuparse por criaturas tan livianas. Aún cuándo su intención en todo momento era compartir su sabiduría no podía luchar contra semejante agravio. Además estaba harto de toda esa gente que quería darle consejos, mostrarle lo equivocado que estaba, educarle, darle una vida, un techo, hacerle entrar en la rueda de la que todos eran cómplices. Amarle... Estaba harto de tener que luchar contra sí mismo para no creerse un fracasado. En su corazón sólo había rencor hacia todo el mundo. Y eso que era un tipo apareamiento feliz. Por un momento llegó a pensar que si Dios lo había iluminado era porque en lo más profundo de su alma sólo albergaba rencor. Pero pronto olvidó todo eso cuando vio a una muchedumbre ultrajada, hambrienta y furiosa perseguirle. Así que el vagabundo echó a correr intentando encontrar algún refugio en el que poder depositar su confianza y esconderse. Porque confiar es huir. Y porque estaba muerto de miedo.


Una piedra choca contra su cabeza, aturdido y un poco ciego pierde el equilibrio y cae al suelo. Pero no se desmaya, Dios está de su lado. Mientras corre se lleva la mano a la cabeza y nota una brecha. Cuando la acerca hacia su rostro distingue un guante espeso de sangre. Dios no hace distinciones. Cualquier criatura le sirve para hacer su propósito. Cualquier criatura puede hacer el ridículo para saciar el apetito de su Dios imbécil. Mientras la mancha poseída grita que aquel que habla de Dios debe morir. Se aproximan a él, vociferando y escupiéndose entre ellos como simios enfurecidos. Pero llenos de la más profunda ofensa: reírse de los muertos no está bien. Arrancándose la piel de los brazos, saltando sus ojos las cuencas de sus cráneos. ¡Al tullido! Gritan, a por él, a por el infame, el farsante, el mentiros. Avanzan hacia su fin en filas monstruosas. El vagabundo siente pánico. Quiere llorar. Intenta seguir corriendo. Se ve acorralado. Y una piedra pasa por encima de su cabeza. Alguien le llama, ¡Iluminado! ¿Será Dios? Se convence, ¡será Dios! La masa viciosa, ¡a por el engendro! ¡Qué no escape ese vagabundo infernal! ¡Qué no escape semejante bodrio humano! ¡Esa escoria sucia y podrida creyendo ser Dios! ¡Mis hijos han muerto y vienes a reírte de nosotros! Abre bien los ojos y le tiemblan las retinas. Corre un poco más y se desploma al lado de un edificio sin techo. Pegado contra la pared echa un doloroso vistazo a todos los salvajes que le reclaman. ¡A por el degenerado, a por el enfermo! ¡Matemos entre todos! ¡Qué no quede nada de él! ¡Que sea una víctima más! ¡Nadie reclamará su cuerpo porque no es persona, es un monstruo! ¡Es un indeseable! Traga saliva, tiembla confundido empieza a rezar.


El dolor es un beso mientras duermes. Tenía la labor de contar lo que vio. La sabiduría infinita sólo puede existir un instante, porque todo lo infinito se narra en un instante. El amor es un instante, el odio es un instante, la muerte es un instante; pero la decepción es eterna. Porque la decepción siempre acaba. Y lo infinito es inapelable, y lo inapelable es Dios. ¡Pero acaso Dios sólo durará un instante! Y el Iluminado acepta su suerte, pero no deja de estar asustado. Con el dolor lastimero de un niño al que nadie quiere escuchar, que se arrastra sobre su propio sudor y se mea en los tobillos, escondido en un agujero, esperando a que las bestias no le encuentren, a que se haga de noche para intentar huir. Pero el sol lo ilumina todo, hasta la fealdad, y El Iluminado no puede escapar de su condición de llama humana; ninguna iglesia se habrá salvado, ninguna catedral será lo suficientemente fuerte cómo para soportar el capricho de un Dios enajenado. No queda ningún edificio en pie porque las paredes sobre las que descansa cedieron allí mismo y enterrándolo entre los escombros vio que estaba completamente confundido.


Y con el último hilo de vida que quedaba en su interior intentó mirar al cielo y preguntarle a Dios. Porque aunque la muerte no significara nada sentía tanto miedo a morir, y ciertamente El Iluminado estaba muriendo. Sus huesos se resquebrajaban, la piel se curtía, la carne se deformaba y su cráneo se iba haciendo cada vez más estrecho. Buscó a Dios en su final y no encontró nada más que miedo y angustia. Mientras las paredes danzaban sobre su muerte, su funeral nunca iba a poder brindarle la paz que brevemente conoció cuando resurgió de entre los escombros. Y lloró muriendo mientras la sangre brotaba de su cuerpo. Sangre amarilla y mocos rojos de entre sus ojos. Y justo cuándo ya no quedaba nada de él sólo un último trayecto de la sangre hacia su cerebro le pidió a Dios que por favor le volviera a contar ese cuento, que le consolara, que le quitara el miedo, que le devolviera la fe en la eternidad, ¡qué le ayudara a morir! Pero Dios, por encima del hombro y sin mover la boca ni los ojos..., sin ni siquiera existir le dijo con la luz divina que nada de aquello existía, que todo había sido siempre una broma.

tabaco y ron

¿Quién no se muere un poco cuando se muere una madre? Intentemos aceptar el duelo pero en realidad sólo nos volvemos más insensibles, cosa que nos vuelve flores de metal.

My bad queer son

Sin expectaciones, ni aciertos. Sin juzgarme a mí mismo ni mis desviaciones mentales, ni mi amor por lo punky raro weird y queer, pero sí por el camuflaje. Ese que perjudica al mundo entero y los vuelve tontos y vagos. La gente no sabe guardar secretos. Escupo con asco al recordar mi pasado. Te escupiría con cariño al verte cara a cara. No eres ni mi hija ni mi sobrina, así que aparta de mi camino, niño deforme. No quiero nada de ti, ni siquiera tu atención, talento, ni cariño. ¿Es que cuándo lo vas a puto entender? No quiero nada de nadie, porque nunca he recibido nada de nadie. Y lo digo llorando como un puto crío, y a la vez lo digo serio, con los ojos muertos y los labios secos de fumarme tu alma a cada cigarro que me eché en tu compañía. No me arde el recuerdo, me arde haber sido humano, como esa estúpida canción de un alien y y una estación de trenes, ¿qué quieres, acaso quieres que llore? Pues lloraré, pero nunca sabrás cuánto lo echaba de menos. ¿Qué quieres que de verdad llore por todo lo que he vivido? ¿Qué quieres, acaso, A*, quieres verme llorar? Lloraré toda la eternidad, toda la vida de un cogollo, toda la vida de una flor silvestre, toda la existencia de una margarita, toda la esencia de una amapola; pero te advierto de antemano que lo que saldrá de mí no será humo, sino cianuro en polvo. Y en mis lágrimas de impotencia y decrepitud, dolor y abuso sólo habrá un concepto clave: estrés postraumático y amor tardío.

¿Quieres que de verdad me abra más, que te explique algo que ya conoces? Soy una persona no binaria, no me importa absolutamente nada que no sea no perder el tiempo o aburrirme. Oh, vaya, de verdad que se me han secado las lágrimas. De verdad que se me ha cerrado el alma. De verdad que no puedo tragar ni un trozo de pan. Bebo agua como si fuera comida. Como arroz como si fuera una manzana podrida. Y sé que no es tu culpa, sólo que no entendí que tenía que hacer tantos sacrificios por cuidarte. No era tiempo para cuidarnos, era tiempo para crecer. Escribo esto con la garganta seca, llena de la más terrible amargura. Hiel con humo. Con dolor. Porque sé que ese dolor será eterno, mamá. Ya tendré tiempo de llorarte, pero no importa, no te culpo de nada, he aprendido a saber diferenciar a las personas rotas, de las personas sanas: y por suerte, las personas sanas están más locas que yo. A ti te guardo cariño y distancia, gracias a que existe el mar y los barcos. Escribo con hambre, con hambre de ti, y frío con frío espectral. Pero no me importa. No me importa ni el hambre ni el frío, ¿sabes por qué A*, porque sé con certeza que las sirenas sí existen. Sólo hay que trabajar en ello, no hace falta ponernos sujetador los dos para poder hacer ejercicio. Barrer la casa, limpiar el salón, tender la cama. Te quiero ver bien, y por eso respeto tus medidas de precaución, yo sólo intentaba mostrarte de lo que soy capaz sólo por estúpidamente ganar. Soy capaz de sacrificar a mis cachorros si hace falta, soy un depredador, un lobo sigma y feroz. Que sobrevivan los que se forjan en fuego arena y sal. Y sé, aunque no lo creas, que estás forjada en ello. Sólo te falta confiar un poco más en tus camaradas de SMA. Así como confiamos en ti. No hay nada que no se pueda salvar o vengar. Sin embargo, para esas labores hay que ser muy cuidadosos. Te pondré un ejemplo: No es lo mismo si yo digo que esa canción de mamá soy humano no se qué es hermosa y punto, que si digo; qué hermosa es mamá y su humano. Por eso el malentendido de la otra vez. No quiero competir contigo, pero ya que has vivido en mis tripas, sabrás que soy exactamente igual que tú. Estoy serio, es hora de ir a dormir. Buenas noches, cariño. Por cierto, hay que ser más desconfiado de la gente, o no otorgarles tu energía, cuídala, así como yo intento cuidar la mía cuando interactúo con 1 o 2 contactos. O incluso contigo. Soy frío, cuando me dicen que no, es que no. Sin embargo cuando me dicen de momento, espero, como un perro verde con collar de púas y un tanga de leopardo.






03/06/26

Póstumo

Dedicado a Santiago

Con una sonrisa en la cara me dirijo a la máquina de café portátil de casa. Enciendo la cafetera sin ningún sentimiento alguno. Hiervo el café, suavemente como una inyección de cianuro en la vena de mi primer bebé nacido del amor más transverso. Espasmos y pesadez mental, como cuándo una mujer mayor da a luz a un bebé nacido de una violenta perforación. Intento calmarme. No lo logro. Negatory. Voy a ser honesto con todos vosotros. Ayer casi me da un ataque de pánico. Y cuando los síntomas subieron escalando como cucarachas a mil por mi cabeza supe que estaba en alto riesgo. A un pelo de morir. Me desperté asustado y temblando de pánico y terror para niños pequeños de pies descalzos. Como una arpón en el dedo meñique. Cagado de miedo. Había visto de cerca a los Iluminatis por tercera vez consecutiva. En un extraño ritual en el que me forzaban a participar de sus actividades. No tuve opción a negarme. Hablaron en mi idioma, me dieron instrucciones pero yo me negué en rotundo cuando vi que la vida de mis hijos dependía de ello. Mis hijos no iban a pagar por los pecados que yo cometiera. Ni tampoco iba a suicidarme dejando a mis hijos traumatizados y muertos de miedo, yo tenía que sobrevivir a toda costa, medio cojo, ciego, tullido, sin dientes, y probablemente, por desgracia, con total seguridad, sin mi miembro viril. Estaba en clara desventaja, había nacido para perder; sin embargo eso no significaba que no me iba a defender con todas mis ganas. Iba a hacer un claro pvp de uno contra 6. Un vídeo pornográfico probablemente grabado por algún extranjero de mierda. Por suerte, no me afectaba en absoluto, ya que yo era un sociópata integrado. Esa carta me salvaba de todo remordimiento y de todo dolor que podría desencadenar en la pérdida de control de mi vida. Todavía estaba calentando cuándo me despertó el dolor de cabeza. Habré dormido unas pocas dos horas. La escalada mental es complicadísima. Tienes que dormir poco a poco, porque tienes el sueño destruido. Y ello implica cansancio lento. Y probablemente una fatiga profunda. La muerte por fatiga es acojonantemente sublime. No deja ni la sangre en el asfalto. Estás marcado con una cruz roja sobre tu cabeza. ¿Si ya estabas marcado para el asesinato, tendrías el valor de pelear por morir lento?

II

Cuando desperté de la pesadilla entendí que no había sido sólo una pesadilla nocturna, sino que era la presentación de aquellas bestias a las que nos enfrentábamos los de SMA. Habían hecho un consejo de guerra, y nos habían marcado para destruirnos. Aniquilar el amor de nuestros corazones y follarse a nuestros bebés. Allí supe que tenía que hacer algo. Yo no era el mejor luchador, ni tampoco el más esbelto ni el más fuerte, pero yo a pesar de tantos problemas físicos, estaba forjado a nervio y agilidad. 

III

Tenía la daga más pequeña del grupo. Todos ellos eran monstruos con espadas kilométricas y dagas forjadas en sangre de Cristos muertos. Y yo sólo tenía una pequeña daga que logré forjar con mi padre. Una de metal templado, pero de manija de hueso marino. Una daga heredada de la familia, pero que era muy útil. Los vi a todos, ellos eran reales. Y yo también. Estaba en otra dimensión, con entes gigantes y crudos. Y yo sólo era un humano que estaba cerca de la sobredosis de pastillas, encima, por estúpido, mezcladas con alcohol. No pretendía suicidarme. Yo nunca haría algo así. Yo pretendía ponerme al límite. El efecto de pesadilla se mantiene aún ahora cuando escribo estas letras. Sin embargo, la paz que me da estar en mi catedral no me la quitan ni siquiera los gigantes que me terminaron atravesando con una espada Cristal. Muriendo rápido y sin posibilidad de despedirme de este mundo. 

V

Me puse serio.

VI

Me puse muy serio.

VII

Entonces me dispuse a dormir después de 6 días sin dormir prácticamente nada. Había mentido a todo el mundo respecto a eso, y las consecuencias iban a ser tremendas. Entre otras cosas conocer a esos Entes. Los vi como si yo fuera un juguete al que levantaban de las piernas y los brazos, hasta dislocarme los hombros y romperme parte de la espalda. Se reían mientras lo hacían. Se reían con viveza y alegría. Ellos se estaban riendo de mí. ¿Cómo era posible que a Vorj le sucediera eso? Era imposible evitar lo inevitable, observando el sadismo, supe de inmediato, y en ese momento que había muerto.

VIII

Tenía dos opciones, el cielo o el infierno. O sucumbir ante el fantasma y estar en el purgatorio. Elegí purgatorio. Y allí empezó todo. Nuevamente me tocó vivir aquel sueño perverso. En el que las bestias llevaban las máscaras de mis seres queridos. Mi hermana, mi padre, y mi madre. Atavismo también estaba muerto y desfigurado. Tenían la máscara de mi novio. Y eso me hizo entrar en calor. Fue entonces que a la quinta vez del bullying decidí clavarle la daga justo en el labio inferior al más pequeño de ellos, y tratar de paso, en probar su sangre. Era un consejo que Ytchz me había dado. Así que obedecí sin objeciones. La sangre brotó como mayonesa en el estómago de alguien que no tiene apetito ni puede tragar ningún trozo de pan. Terror absoluto.

Eran ocho en total, ¿Cómo iba a librarme de ellos? Yo era humano. Eso me daba una ventaja extrema y letal. Podía morir llevándome a ellos conmigo. El precio no era muy caro, dadas las circunstancias. Ahora me río porque sólo a mí se me podía ocurrir lo de hacerle un piercing en el labio a un ente espectral y que este llorase por lo agudo del daño. A veces Exodum era fantasmal y eso me gustaba de él, a pesar de ser un fantasma, me hacía sentir poderoso y respetado. A fin de cuentas qué más daba vivir cerca de Atavismo, amarnos y cuidarnos, si yo iba a seguir oliendo mal. No te confundas muchacho, aprendiste a fumar recién a los 33 años, y eso que llevas desde los 20 con ese tonteo tonto. El alma es más fuerte que el cuerpo. A veces sólo hace falta respirar aire puro.

IX

Desperté meado y cagado. Tuve que tirar el colchón a la basura, pero por suerte, a lo lejos, en la pared, había una araña. Una araña preciosa de color rojo.

tres sueños que tuve antes de quedar dormido

 ***************************************

                           rimas de dor

abstracto pido que el deseo
no exista
escupo leve
un canto ácido y amargo
que nos hiciera libres en otro momento
me despediste
sin embargo
desahuciado el sonido
quedan otras tantas dije seguro 
con líneas desconocidas
anónimo de tono
de fonación escondida
endurezco la frente que aquí hace frío 
que llueve y graniza y al final del verano
escarcha 
con la mano débil dos trazos que son nombre
ojalá haber sabido que en vano 
sonreí más allá de las nubes
de nubes grises con hambre
que se atrevían a acontecer
la fe en el hombre
con mirada de sal en bolsas de kilo
cuando estás lejos de ti:
amor no correspondido
huidizo atraviesas la carne
te haces una placenta propia
atléticos pulmones sorbes el fuego fuerte
y luego lloras
morado
al nacer
el resto de tu gris
vida 
dame tiempo que aún así 
no sabré calcular el peso
de aquellas pequeñas palabras
que en el diccionario ayudábanme
a ser definido
ye algo que podría hacernos tan libres
ye castigo mío no poderme escuchar la voz
ye la mía devoción servir los oídos 
ye morir en vida esperar a estar vivo
ye la mía responsabilidad querer vivir 
cuando en mí pienso
estrujo el seso y torturo al córtex
dejando de aprender lo aprendido
tratamiento paliativo
acaríciame que me olvide
da ya el golpe que todo fulmine
échame aceite en los ojos arrópame 
recuérdome caliente 
estoy vivo 
y sin embargo es dulce el vino
pienso
que mañana será otro día 
y no el día en que me haya ido
en el que me haya ido del todo
seré 
un sabor fundido en paladares tibios
cerrando una comitiva sin esquinas
para manos que no la tocarán 
esto es una espina tímida 
aquello que mamá dice ser solo son aromas y oscuras prácticas
dale alpiste al pico
toca el timbre aguardando tu amor
pica en la puerta una percusión ominosa
conjura un hechizo
hace que todo siga su curso
tiene frío y le asusta tu sustantivo
***



agudo

en esta lumbre
de infinita cegera
pestañas de miedo
lleno de pestañas blancas y ojos rojos
el hogar vientre diáfano quiere decir
agrandar la mordida
dejando que los músculos 
se relajen

en esta lumbre 
ladrar de rabia y dolor
farmacia vientre opaco
se esclarece la necesidad 
abulta en un lado
viene hacia mí retorciéndose 
va a todas partes con las vísceras 
pegadas
a las estrellas
a una caja de cartón
pegadas 

tantas estrellas cuál es su oído 
donde podría susurrar secretos indecisos
preguntas de encimera
si me lo permitieran
si las manos fueran espadas y al tocar
partieran el cielo
qué pasaría
***



。⁠:゚⁠(⁠;⁠´⁠∩⁠`⁠;⁠)゚⁠:⁠。

más allá de esta detestable situación de donde no sería sin mí con esos sueños que replican tu  a m a b i li dad 
y tu  Bondad qué pesadillesco-n humo
   sin el sujeto a detestar 
de quererme no soy capaz no sería capaz de nada y lo preferiría 
             y otra vez alzo la mirada para      sentirme una sirena en ese cabeceropara la cama blanco blan co roto
un bivalvo nacarado abierto

queda cultivar un mito sin genitales subacuático
hacerme florecer como figura de sombra marrón en el fondo del lago verde una excusa perfecta la salvación deseada     
          predispuesto con ello al fin de mi vida dar

_____ se cierre esta concha me atrape dentro yme convierta en sirena  _____  se caiga la cama al fondo de la tierra forzándome. a ser carbón luego puede ser que un diamante hueco o un hueco que pueda ser un tesoro
_____ este cigarro absurdo ahuyente cualquier posibilidad de galerna chabola emocional que es mi hogar sí,yes ... pero no aguantará á otro invierno sombrilla esquelética 
           y mi vida oliendo 
       
            nunca me esperaron al otro lado no sé quién podría     
            yo q ue  fui insensato y bailé lleno de histeria alrededor de un charco ácido   no lo merezco si ni las estrellas quieren verme me planteo si les valieron las penas ""volverme loco  "
que no q ue noy queno 

.. .me digo que estar drogado es orgánico 
me abro dos grietas paralelas en los
antebrazos de la mente
    entonces aquí debiera darse comienzo al gran cambio .... . pájaro muerto de tanta poesía el único final el u`nico periquito querido ... .animal salvaje  Ud. hará que estos poetas acaben siendo cowboys y abandonarán la vida también peroesta vez en Su nombre

era-hubiera si domás fácil no enfrentarse
al sueño de otro dueño
          salir a la calle y fumar un cigarri llo mientras araño la caravista y digo que deberían arar el campo y los hombres que solían venir y los surcos bien marcados 

y todos estos hechos-vidas protegen ahora los restos necrosados y sépticos de mi alma
        me acuesto siempre en la profundidad de sus terrores 
y poco   a    poco ,habito sus decadentes vasos ...
>¡¡qué felicidad!!

¡cómo lloran tan dulce cómo un duelo tan higiénico ,,,, que la arena y el agua atraviesan sin demandar ya nada!
oh dios lo sabe que aquella sangre    era para jugar tan sólo/solo

              para saber entero en lo innato de mis desviaciones
cuál era el sentido de la luna ésta ,está tan alejada,,,,,, de mí
de mí
 como cae debajo del tiempo
 la palabra nunca
***

El Mendigo y el Iluminado

Al borde del camino había un Mendigo. Llevaba más de treinta años pidiendo limosna a los viajeros. Sentado sobre una pequeña caja de madera muy sucia, el Mendigo extendía su vieja gorra y decía: «por favor, una ayuda para el hambriento».

Una mañana llegó un Iluminado y el Mendigo, debilitado porque hacía días que ningún viajero cruzaba por el Camino y le daba para comer, extendió su gorra y dijo, como solía: «por favor, una ayuda para el hambriento…».

    «No tengo nada para ti» respondió el Iluminado. Y al observar el deplorable estado en que se encontraba el Mendigo, le preguntó: «¿Por qué vives así, dependiendo de los viajeros para comer?».

«Soy muy pobre y muy viejo. No tengo fuerzas para trabajar» respondió el Mendigo.  

Y en seguida se apercibió el Iluminado de la caja tan extraña que el Mendigo utilizaba como asiento. «¿Qué hay dentro de esa caja en la que estás sentado?» preguntó como con hondura de pronto.

«¿De esta caja? No lo sé. Nunca he mirado dentro. Creo que nada».

«Mire dentro, por favor» ordenó sonriente y vigoroso el Iluminado.

«Será mejor que mire usted mismo dentro. Yo estoy medio ciego, incluso aunque dentro hubiera algo de valor, no sería capaz de verlo: ningún brillo me sorprende ya. Sea lo que sea que haya dentro, puede quedárselo, seguro que le pertenece a usted mucho más de lo que me pertenece a mí».

Defraudado por aquella indisposición, pero celebrando la generosidad pusilánime del Mendigo, que se levantó torpemente del asiento mientras el Iluminado se le acercaba, levantó la tapa de la caja de madera y miró adentro. Tras un breve momento de espantosa confusión, al fin lo comprendió todo.

¿Y qué fue lo que vio el Iluminado allí dentro? ¿Qué verdad más brillante y valiosa que la moneda más brillante y valiosa? ¿Qué fue lo que definitivamente comprendió? Que era su propia cabeza lo que estaba dentro de la caja, mirándole a él con pasmo absorto. Irritado por aquel truco tan barato, indigno sin duda de la sorpresa de un Iluminado, cogió su cabeza, la sostuvo en su regazo y se tambaleó por el camino unos pocos pasos hasta que cayó mortalmente agraviado.  

    Todos los tesoros están malditos y todas las moralejas son mentira.


31/05/26

Flores

Mi propia vida se esfuma de mis manos
Soy una cuerda
Y tú un ángel sin polla
Desvarío, estoy loco de amor
Caes por el precipicio como una dulce ventaja
y me hace reír a carcajadas imaginarte caer
porque yo nunca he caído tan bajo
Mi propia muerte se esfuma de mis manos
Soy un ente
Y tú un demonio con coño
Me mofo de mis sentimientos
Estoy harto de la hipocresía y de lo último
Si tan sólo pudiera pedir un deseo
Borrar tu trauma
Salvar mi alma
Morir en una cama


02/11/24

Diarios Vorj


Nota: Me gusta la idea de que Valcour le publique a Vorj sus diarios mientras él convalece en el hospital psiquiátrico, después de un año de antipsicóticos que le impedía ponerse agresivo con la gente, que le follaron la mente hasta el punto en el que perdió la identidad, la personalidad, el amor propio, la paz, la energía y a Dios. Mientras que Valcour, el de verdad, no el mierdecilla de "Sergio" tan mal apodado Valcour de primera instancia, sería solamente un niñato que creía tener el verdadero título de Valcour, pero en sus viajes y en la inercia, el joven Zoon, apodado en su época adulta Siiderius encontró a Luis, un profesor de filosofía que durante el día da clases a chavales y durante la tarde, la noche, la madrugada, es que me da igual cuándo sea, me suda la polla de cuándo sea, sino que siempre está cavilando y escribiendo algo. El nuevo Valcour, apodado W, POR LA SIMILITUD DE UNIR V+V Se considera la fuera poderosa de la unión de Valcour y Vorj, una fusión como en Dragon Ball Z. De Goku y Vegueta, siendo exactamente esto lo que los convierte en un super sayan. Yo considero que Valcour es un gran nickname, Vorj es mío de calle, y Santiago, el pequeño Zoon consideró crear algo nuevo llamado Siiderius. Falta sólo Larva, que tiene que mover ficha, si apostar por la Literatura, o por el amor, la vida, o si ha sido suficiente tiempo estos años de castigo para mí, si en realidad debería volver a hablarme y estar yo a la altura de tan semejante hermosa amistad, al que me lo dio todo cuándo no tenía nada, cuándo tenía frío, miedo, hambre y mis tendencias bisexuales me hacían dudar de todo el mundo. El que me hizo ser más fuerte, siendo un asesino del duelo de miradas, haciéndome el cínico, poderoso, cretino, y dolorosamente capaz asesino de almas y mentes, porque en nombre de Dios y los Demonios, voy a follarme a ese cabronazo que se folló a Melania en los baños del Instituto, mientras que yo la miraba y sólo podía ver en ella belleza y dulzura. Dicho esto, esta es la historia de Valcour, Vorj, Larva y Zoon.

Diarios Vorj
Sergei
Día 4 de enero

Logré mentirle al psiquiatra y me ha dejado salir. He tenido que decirle exactamente lo que quería oír. Me he humillado para su deleite clínico, baboseando sus pelotas llenas del más repugnante ego anciano. Me siento bien, pero en el fondo sé que todo será tormentoso.

Día 7 de enero

Me siento extraño.

Día 8 de enero

Hoy he despertado con ganas de matarme.
No le he dicho nada a papá.

Día 12 de enero

No puedo pensar en nada.

Día 13 de enero

Estoy cansado, con ganas de llorar, me siento infructífero. Sin duda siento que todo me lleva a la desesperación, a la angustia, al cansancio. Mínimo dos meses desde que no escribo. Me siento impotente al explicarme, no le encuentro palabras a mi boca, ni sangre a mis brazos. Me refugio en sinagogas inexistentes. Siento una presión en mi pecho y un dolor en mi cabeza. Siento que estoy siendo castrado químicamente, quitándome todo lo que era y todo lo que soy. Antes he sufrido un ataque de pánico, mi padre lo ha visto todo, ya no tengo secretos con él. Me muestro como un animal que se ensucia con químicos. No sé nada ni tampoco albergo esperanzas. Me cuesta centrarme en nada. No me importa que esto se lea, no merece mi tiempo. No merece nada. Quiero calma, descanso, ganas de reír. Reír a carcajadas. Reírme del mundo, de mi situación. De lo bajo y hondo que he caído. Mis dedos cansados y torpes, teclear aquí, teclear allá. Todo está mal. Y nada me abriga. Siento un frío fantasmagórico. Busco disciplina, busco una rutina que me salve, he pasado una semana en declive, empeorando con los días. Sólo quiero que dejen de meterse en mi cabeza. Mi padre lo intenta todo, intenta salvarme, no sabe cómo hablarme, y yo me veo tan disminuido y tan cansado cómo para explicarle nada, quiero encerrarme en otro cubo, en otro sitio, merezco otro sitio, merezco volver a sentirme dueño de mí mismo. Merezco estar bien, merezco estar lleno de armonía de paz, de belleza. Y si he fallado sólo puedo pedir perdón, pero a quién, a Dios. Le suplico perdón a Dios.

Es una lucha constante contra mi cabeza, contra el desánimo. Han pasado nueve días desde que salí del psiquiátrico. Allí he visto cómo se consume y estropea el ánimo y la cabeza humana. Es un lugar espantoso. Es el horror mismo. Allí no debo volver. Debo ser fuerte, debo estar en la guerra contra esto. Debo ser fuerte, debo estar fuerte, debo estar a la altura. Y sin embargo no lo estoy, me sobrepasa, si tan sólo pudiera dejar de sentir tanto por tan impostores, por todo esto. Y me veo tecleando tontamente el teclado. Deseando una mejoría. Y si luchar consiste en levantarme y salir a correr, volver, ducharme, y seguir mis horarios de comida, lo haré. Porque no tengo mucho hacia dónde huir o mirar. Mirar de frente el problema. Mirarme a mí mismo escribiendo asustado. El siguiente paso.

Me siento mejor, pero sigo demasiado aterrado con ideas que no puedo controlar nada en mi cabeza. Ojalá la calma eterna, la paz. Ponerme piel de otro animal y enfrentarme ante todo lo que se me provoca imposible, dejar de doler, levantar cabeza, estirar el pescuezo y dejar de sentir.

Día 14 de enero

Hoy es Domingo, el día ha amanecido frío y lluvioso, he decidido poner un colchón en mi habitación y tirar todo lo que a mis ojos mortales se asemeja a la basura. He decidido también que voy a despertarme a la hora que lo hace mi padre y apostar por mí, y escribir un diario de mis días. Siento que mi cabeza no responde igual que antes, pero sólo puedo intentar tener un buen día. He dormido con mi padre, preso de un pánico y una angustia insoportable. Escuchando sus ronquidos, intentando rezar o algo parecido. Recuperar la espiritualidad, salvarme meditando. Y si lo único que necesito es fumar un cigarro y mirar al horizonte. Echo de menos a mi madre. Espero que esté bien. Gracias al cielo tiene trabajo y ahí se distrae. Ha salido caro todo, recuperarme sale caro, pensar sale caro. Mirar por la ventana sale caro, hasta hacerse una paja sale caro. Intento acompañarme con la música, pero la verdad es que estoy asustado. Deseo dejar de estarlo. Saldré con papá a dar un paseo en el coche. No sé cómo explicarme, desearía no perturbarlo, ser hombre, tomar una decisión.

Debo:
– Arreglar mi cuarto
– Escribir
– Dibujar

Admito que estoy asustado, me siento vulnerable a más no poder. ¿Qué significa el mundo si no es sólo inercia biológica?

Día 15 de enero de 2018

Me he despertado de un salto de la cama. Pienso combatir. Hoy será un buen día. Voy a hacer algo, aunque sea escribir torpemente aquí. Voy a hacerme un café. Rezo en mi cabeza por el bienestar de todo el mundo. Que todo el mundo esté bien, que mi madre esté bien, que mi padre esté bien, que mi hermana esté bien. Voy a salir a ver cómo amanece.

Ideas en mi cabeza, vamos a ponernos manos a la obra, Hoy saldré a trotar, a tomar el aire, voy a cocinar algo para mi padre. Hoy irá bien aunque mis ánimos estén caídos, voy a obligarme a estar bien. Dios santo, líbrame de todo este letargo amígdala infame e inflamable.

Me he fumado dos cigarros, dentro de un rato saldré a dar un paseo hasta que se haga de día. He desayunado una rebanada de pan de molde y tres regañás, que son pan duro elaborado con aceite, harina y agua. Comer eso me sienta bien, porque se disuelve en mi boca como si fuera una pastilla.

Día 16 de enero

Ayer dormí todo el día, y eso me hace sentir extraño, como si hubiera perdido mi identidad. Hoy voy a estar todo el día despierto, voy a intentar estar despierto todo el día. No beberé café, desayuné media manzana y un trozo de pan. No tengo ánimo para nada, pero intentaré contrarrestar el mal ánimo con buen ánimo, pero me siento solo, y preocupado por mi futuro. Escucho a los Bad Manners. Hoy debo cocinar algo para mi padre. Y por lo tanto, para mí. Te extraño Larva.

He salido a dar un paseo, se ha hecho de día.

Día 17 de enero

Acabo de despertar, he pasado una noche fea.
Después de mi tercer paseo y vuelta a casa he entendido que prefiero estar loco antes que esta peste flácida y maldita. Seguiré tomando las pastillas sólo por cumplir con mi padre, pero el éxodo mental ya lo he pasado y no voy a volver a fallar. No pienso dar un paso atrás. Saldré a correr por las mañanas e iré a nadar y al gimnasio, pero siempre alimentando mi psicosis, no me importa, no le tengo miedo a las consecuencias porque las consecuencias son un asco, y tendré que decírselo a mi padre, en otra ocasión que aunque parezca que está mal, yo me siento lleno, pletórico. Hace nada he sentido una iluminación en mi pecho, un alfiler de esperanza, y me lo he clavado en el dedo y he decidido serlo. No mirar atrás, olvidar todo el daño. Pero no pienso caer, no pienso caer ante los demonios de la infelicidad y de la cama. No voy a volver a dormir hasta que esté cansado de verdad.

Heme aquí, sin camiseta y arrugando mi alma. Destrozado pero de una pieza. Luchando contra los demonios. Asustado y sereno. Lleno de fuerza de luz, de excitación. Oliendo el día, como un lobo. Teniendo que elegir entre mi cabeza o la nada. Elijo mi cabeza, porque es la única que me acompaña. Con la fuerza de mil hombre levanto la bandera de mi alma.

Bebo vino, me digo que hoy ha sido un gran día. Que mañana volveré a correr hacia mi destino. Escucho música, vuelvo a tener algo de control sobre mi vida. La posibilidad de ser o no ser nada. Espero que sea un brote, no puedo vivir sin brotes, sin el entendimiento de las cosas. Sin la nada, con el vacío. Siento miedo, pero me sobrepongo. Escucho la voz de la histeria, el nihilismo de la euforia. Estoy lleno de vida, lleno de deseo por ser, un hombre que camina solo. Asustado de la nada, valiente, lleno de paz. Imperturbable, aborrezco la calma, espero mi hora.

Soy fuerte, soy un toro. Soy áspero, soy una estepa. Soy un hombre que recorre la vida con los ojos de un muerto, porque no soporto la vida errática de la vida. Nací para vivir en otra dimensión, y es el precio de mi genialidad. La otra dimensión.

Tendré que ir con cuidado, pero mi alma pide velocidad. Aceleración. Adrenalina.

Día 18 de enero de 2018

Me he despertado a las seis y no he podido volver a dormir, aunque haya ido a la cama de mi padre a intentar conciliar el sueño. Hoy saldré a dar un paseo a que me de el sol, me he apuntado en piscina. Soy un niño, pero intento dominar mi temor, limpiaré un poco el cuarto, mi habitación, saldré luego, Iré a la biblioteca a leer algo. Llamaré a Miguel y hablaremos del día. Hoy será un gran día. No dejaré que el desánimo me gane. Es cierto que estoy asustado, pero al menos me mantengo en pie, he logrado mirarme a los ojos.

Fui a nadar, estuvo bien, aunque me dio un poco de claustrofobia. Pero logré nadar, siento mi cuerpo fuerte y ahora saldré a dar un paseo. He regresado del paseo y el sol me ha sentado bien. La verdad es que extraño a mi madre. Debo curarme.

Día 19 de enero de 2018

Me siento con más energía. Hoy iré a la piscina. Quizá salga a dar un paseo, tomaré rivotril por la mañana. Ayer me tomé la zyprexa a la hora. Pero mi cabeza sigue muy dispersa. Al menos he podido desayunar. Deseo que sea un buen día. A las 9:30 iré a la piscina. He nadado mejor que ayer. Pero, no me es suficiente nada. Me siento insatisfecho, cansado, con ganas de llorar. Enfermo, pero con ganas de salir de este letargo. Mamá te quiero.

Día 20 de enero

Me queda poco tabaco. No puedo pensar con claridad. Quiero que sea un buen día. Aborrezco sentirme así. Deprimido, cansado y no poder dormir. Me desperté a las siete y no he vuelto a pegar ojo. Mi padre duerme. Recibí una carta de Mariam. No sé que será de mí, desearía que no me importe, pero estoy demasiado sujeto a la tierra.

Día 21 de enero

Me he despertado a las siete. Ayer he dormido toda la tarde. No tengo más sueño, no quiero molestar a mi padre. Intentaré dormir. Quiero estar bien.


Día 22 de enero

Después del paseo que di, cerca de casa me encontré un billete de 100 euros. Ayer llamó mi madre y hablamos. Hoy de madrugada la llamé y parece que las cosas van mejor. Le di el billete a mi padre. Yo no necesito dinero.

Día 23 de enero

Salí con papá en su coche hasta unas calles lejanas y regresé trotando y caminando. Me duché y estoy en casa.

Día 24

No tengo ánimo de nada, salí a correr. Sigo tomando medicación. Fumé un par de veces, no logro encontrarme conmigo mismo, pero deseo hacerlo.

Día 25

Salí a trotar, papá me dejó un poco más lejos que ayer. El día no sé cómo será, pero parece que será un día largo. Llevo 4 o 5 días sin cagar. Papá dirá que es porque apenas como nada y no ceno, pero yo sé que es un monstruo en mí. Estoy alimentando al monstruo de mis tripas.

Día 26 de enero

Hoy tengo cita con el psiquiatra. No sé muy bien qué le voy a contar. Le diré que me baje la medicación porque me siento muy drogado cuando me despierto. Que duermo mal, que todo es un caos. Que vivo a tropezones con mi propio vómito.

Salí a correr, desayuné normal. No deseo comer nunca. No deseo estar tan decaído, pero el suelo me abraza y su corteza de mármol me condensa. No sé muy bien en qué pienso, todo es una broma que me hace llorar.

Día 27

El doctor me ha bajado la dosis. Pero me da un complemento y su puta madre en total son 17 gramos lo que consumo. Ayer vi a mi madre. He dormido mal. A las cuatro me desperté y desde entonces cada media hora o cada hora me he despertado. Espero que hoy sea un buen día.

Día 28

Vi a mamá.
Día 29

Buenos días.
Espero que hoy sea un buen día.

Día 30

Buenas tardes.
Son las cuatro y veinte.
Hoy ha sido un buen día.

Día 31

Hoy también será un buen día.
Me noto con algo más de energía.

Día 1 de febrero

No hay nada en mi cabeza. Sólo silencio que relleno con ruido. En mi pecho una cruz en mi lomo una espalda con manos negras. He sido un producto de la infamia. Lloro por dentro, me vuelvo loco. Estoy cansado, pero en el fondo albergo una alegría. Soy un infame vomitando hiel, no hay ritmo.

Día 03 de marzo

He dado un paseo de cincuenta minutos con papá, pero en mi cabeza todavía revolotea la cola de un animal que me devora desde la más minúscula de mis células. Un cáncer intelectual. Puedo pensar un poco, pero aún así no es suficiente. Todavía no estoy lo suficientemente fuerte. Me da asco todo. Mierda de vida, salvadme de mí mismo. Hoy es sábado. Fui al mercado con papá.

Día 04 de marzo

Hoy Miguel me ha llamado rata asquerosa.
Luego me ha vuelto a llamar “rata inmunda”.

Día 05 de marzo

He desayunado con mi madre en su casa.
Se le ha ido de las manos.
Se le ha ido por completo todo de las manos.
He visto el balcón abrazándome.
Mamá...





20/09/23

El mendigo y el viajero

 ¡Cuántos cuentos absurdos se han escrito a lo largo de los milenios!

[Este Cuento, más adelante]


Al borde del camino había un feo Mendigo. Llevaba más de treinta años pidiendo limosna a los viajeros, siempre en el mismo lugar, con su cara arrugada, llena de verrugas y de gérmenes. Sentado sobre una pequeña caja de madera carcomida, el Mendigo extendía su gorra, antiguamente de color verde esmeralda pero ahora de un amarillo pistacho, y decía: «por favor, una ayudita para los hambrientos…».

    Una mañana llegó un Viajero y el Mendigo, debilitado porque hacía días que nadie cruzaba por su Camino y le daba de comer, extendió su gorra en descomposición cromática y dijo, como solía: «por favor, una ayudita para los hambrientos…».

Pero el Viajero juzgó el ruego de una exigencia muy inapropiada, porque allí sólo estaban ellos dos y sólo uno era el hambriento, de manera que el Mendigo debió decir que le diera a él una ayuda para comer. Creyó ver en el mendigo un atisbo de mediocridad embustera y tal vez un secreto. Hasta sus ojos le parecían demasiado pequeños, demasiado rasgados, ocultos tras las arrugas y las costras. Es mucho más común de lo que parece, sin embargo, confundir los brillos de un tesoro con los resplandores de un relámpago.

«¿Qué hay dentro de esa caja?» preguntó el Viajero, al percatarse de aquella caja tan extraña que el Mendigo utilizaba como asiento. Más que una caja aparentaba ser un cofre. Eso le parecía al Viajero, tentado por aquella dulce promesa. El Mendigo carraspeó nervioso, se alteró infantilmente y apenas balbució unas pocas frases de palmaria torpeza. 

    «¿En mi caja? Ejem, ejem, pues no lo sé. Nunca he mirado dentro, etcétera. Creo que nada. Pero ale, ale, siga su camino, no parece que vaya a concederme un miserable duro…» dijo el Mendigo, buscando espantar al Viajero, o por lo menos ofenderle, con ese gesto de las manos tan común pero ofensivo, que consiste en afearle a alguien su mera presencia ante nosotros agitando los nudillos en sus narices como si de un vapor apestoso se tratase. 

«Mire dentro, por favor» ordenó implacable el Viajero. Los viajeros no son moco de pavo.  La mayoría de los viajeros que se cruzan por nuestros caminos han conocido mucho mundo, probado exquisitos manjares, conquistado un número infinito de mujeres, sobrevivido a un par de duelos, leído tantos libros y tan misteriosos que su sola presencia espanta a los fantasmas y recaudado una gran fortuna con lucrativos y soberbios negocios. Sus cabezas son fenomenales almacenes de profundas sabidurías y divertidas anécdotas. A los niños les encanta oír sus historias. Hasta sus amigos los envidian. Por donde pisan la hierba crece más verde y se dora en un bucle definitivo de purísimo placer.

«La verdad que prefiero que no» murmuró exhausto el Mendigo. Se había cansado solamente de mover las manos. Así de desnutrido se encontraba. 

«Pues si no miras tú, tendré que hacerlo yo. No puedo seguir mi camino si no miro qué hay dentro de la caja» dijo autoritario el Gran Viajero. 

«Pero yo no sé si puedo permitírselo, señor. No, definitivamente no puedo…».

Irritado por aquella negativa tan estéril e impotente, el Viajero cargó contra el Mendigo, lo hizo a un lado de un empujón tras un brevísimo forcejeo y abrió la tapa de la caja. Cualquiera que hubiera sido testigo de aquella sencilla pelea reconocería que, a pesar de la enorme desigualdad física existente entre ambos contrincantes, el Mendigo se había esforzado sobremanera. Pero, ¿cuánto vale el esfuerzo de un mendigo? Poco, muy poco, casi nada. 

El Viajero hundió las narices hasta el fondo de aquella caja. ¡Qué idiota! Si hubiera leído este cuento antes de protagonizarlo todo le habría ido mucho mejor. Naturalmente, yo no tendría historia alguna que contar, o no ésta, tendría que improvisar alguna otra y quién sabe si no sería mucho más absurda. ¡Cuántos cuentos absurdos se han escrito a lo largo de los milenios! No, nunca más. 

Dentro se encontró el Viajero en un nebuloso infinito de mares que volcaban unos sobre los otros, fundiéndose y desvaneciéndose en oleadas, muriendo y resucitando, matándose y procreando, todo en un mismo y bravísimo gesto. ¡Pero no, ingenuo lector! Aquellas olas, aquellos mares no eran mares como esos mares a los que seguramente tú estés habituado, independientemente de si los has visto en costas o en postales. ¡Pues no eran mares, sino lenguas! ¡Eran lenguas, miles de millones de lenguas rojas como fresones salvajes e hinchadas como sandías! Lenguas humanas mecidas por una fría corriente de más lenguas humanas, en una corriente de lenguas que se mecían a sí mismas. ¿Y dónde están las palabras?, se preguntará el lector impaciente. ¡Ah! Las palabras eran rayos, rayos cegadores que atravesaban los ojos como finísimas agujas de luz electrocutada, rayos silenciosos y secos, así como húmedas y dicharacheras son las lenguas, rayos silenciosos como la fuente demoníaca en que se sumía todo aquel baile desastroso y toda aquella lucha zafia y promiscua, aparentando una brutal masa de estúpido movimiento sin sentido ni dirección.

Luego de apartar su mirada del interior de la caja, advirtió el penoso Viajero que había quedado mudo, inútil para la oratoria y por lo tanto los negocios y las conquistas, pues su lengua le había sido arrancada de la boca y ya no podía proferir palabra o grito alguno. Vivir es ir perdiendo las ganas de ganar dinero para sustituirlas por las ganas de dejar huella, ya sea en forma de obras intelectuales, imperios, hijos o gritos bastante horribles, pues también los gritos embarazan. ¿Cuánto tiempo había pasado mirando aquel abismo temible e insondable y otros muchos adjetivos que mejor ahorrarnos, para que el pobre Viajero pueda volver pronto sobre sus pasos y hallar consuelo en su lecho? No podría decirlo. Un segundo, tal vez cien años, tal vez el abismo lo engendró, tal vez el abismo lo retenga en su seno hasta el fin del mundo y lo esté ahora mismo rebozando en lenguas como a un filete de pollo en pan rallado y huevo…

«Se lo advertí» le dijo el Mendigo, de rodillas en medio del camino, mirando al Cielo y dirigiéndose a sus compasivos testigos. «Mira que se lo advertí: usted pensó que habría algo de valor en mi caja, porque es lo que todos los Viajeros piensan, pero yo sé que mi caja sólo esconde el Infierno. ¿Que cómo lo sé? Porque de algún modo esa caja es también mi corazón, mi lengua está bien, gracias por preguntar, pero los mandamases del imperio infernal que mi caja alberga me han prohibido hablar del asunto, y yo les tengo tanto miedo que obedezco… Lo único que puedo hacer es pelear para que no abran la caja y regañarles cuando la abren. Pero soy muy débil y todo el mundo me vence sin dificultad. ¡Ay! Si tan solo me dieran de comer antes de abrir la caja, y no después, yo podría hasta mostrar alguna especie de resistencia… Como dice un amigo mío, al que estimo y de hecho admiro: si hubieras leído este cuento antes de protagonizarlo todo te habría ido mucho mejor…»



07/03/23

Una araña en el colchón

Serían las nueve de la mañana cuando despertó de un inquieto sueño. Había pasado la noche entera revolviéndose entre las sábanas, pero al despertar fue incapaz de recordar lo que había estado soñando: vagas reminiscencias de aprensión y un extraño orgullo iracundo. En su ignorancia deseó haber despertado convertido en un asqueroso insecto, en una pequeña araña tejedora de panza negra y largas patas. Cualquier cosa le parecía mejor que ese adulto inútil y miserable en el que se había convertido. Por eso, y porque cuando no tienes motivos para despertar tampoco tienes motivos para levantarte, decidió permanecer en la cama hasta la hora de comer, cuando su padre le llamaría tocando la puerta para acudir a la mesa adonde tendría preparado un plato de caldo de pollo que cocinaría el día anterior con algunas sobras y un par de pastillas “avecrem”. En la mesa sobre un mantel sucio de amapolas y manchas de tomate habría un vaso de agua, servilletas, cubiertos y una naranja. La televisión daría las noticias con un murmullo enfermizo de fondo. Lentamente, frente a su padre, ensimismado en su larga tarea de sorber la sopa, retiraría la silla arrastrando las patas por el parqué, se apartaría el pelo de la cara, se sentaría, clavaría los codos en la mesa y con la primera cucharada de sopa con sabor al tabaco negro vespertino que fumaba su padre se echaría a llorar sobre el plato de sopa y se preguntaría para qué hacía falta más valor, si para matarse él o para matar a su padre. Él sabía por qué quería morir, no hacía falta más que verle, la reiteración en sus inercias no era sino un espejismo, el mañana era tan sólo un rodeo, un circunloquio que iba de lo mismo a lo peor, una artimaña de lo idéntico para desembarazarse de su propia regularidad estéril. Pero en cuanto a su padre… ¿acaso no tenía su padre derecho a su propia agonía?, ¿a su decadencia, a saborear los torcidos deleites de su enfermedad, de su hundimiento?, ¿a elegir el dolor, la insistencia, a demorar la nada un rato más? Un buen padre debe estar orgulloso de su hijo, sea quien sea su hijo y haga lo que haga, un buen padre debe estar orgulloso de su hijo incluso si su hijo amanece un día convertido en un repugnante insecto, incluso si su hijo decide hacer acopio de valor, enderezar su espíritu puramente compasivo y volverse un parricida. ¿Qué padre no quiere lo mejor para sus hijos? ¿Y a qué hijo le gusta ver sufrir a su padre? Revolviendo la sopa en el plato, como antes se había removido él mismo en la cama durante el sueño, creería ver su propio reflejo convertido en un remolino de aditivos cancerígenos y restos rancios de pollo con un ligero sabor a Ducados, creería verse a sí mismo como un dañino insecto, como una araña reclusa parda o una errante bananera, vomitando su negra bilis sobre la sopa, su baba purulenta y nociva. Entonces su padre, cansado y feliz, le contaría que había descubierto una radio nueva, que luego le diría cómo se llama porque ahora no se acuerda, pero que es una radio donde ponen música de todos los rincones del mundo, del África y del Brasil, de los cinco continentes y también de España, música que él nunca antes había oído y que si no fuera por esa radio nunca habría oído. Su padre se esforzaría por recordar el nombre, balbucearía en vano, encendería un cigarro en la mesa aunque no había nada que le resultase más desagradable que un padre moribundo fumando su tabaco con la comida todavía caliente en el plato, y por debajo de toda esa costra mundana, de ese campo infeccioso llamado hombre y llamado padre creería ver un poco de alegría, de sana curiosidad, de bondad genuina y castigada. No, no podría luchar contra su padre, no podría concebir la lucha ni tampoco asegurar su victoria, lo más que concebía era una proclama estúpida y ruin, una insensibilidad fatua y como una falta mayúscula de gracia inconsolable. Que su padre se lleve consigo a la tumba toda su alegría, toda su ingenuidad y su falta de malicia, la música y las letras, que se lleve Brasil y Oceanía a la tumba, que no quepan en el ataúd tantas cosas buenas juntas, o mejor, que lo incineren, que lo incineren y los restos se esparzan por el aire callando bocas y limpiando oídos, apretando corazones y latiendo en las sienes de los injustos y los desesperados. ¿Qué lección le quedaría por aprender de su padre? Ninguna, su padre ya no tenía nada que enseñarle, pues su única lección era de una estupidez incomprensible, la falta de valor, la falta de una ética más allá de la indolencia. Lágrimas corrían por todas direcciones, ensayando laberintos, y los olores y los sabores y los ruidos y las caras se mezclaban en una sola sustancia insulsa y dolorosa, ya no habían dos seres incomprendidos uno frente al otro, sino acaso una sola carne, una epifanía de cuerpos podridos, un padre muerto, un hijo asesino y una araña teniendo una pesadilla en el colchón.