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24/06/26

El gordaco cabrón

    Dedicado a REY RATA y Menta, el primer integrante de Sífilis Mon Amour y my exnovia brujita arrepentida, te hago vodoo si me da la gana, capulla, te costó mucho el truquito de brujeria o qué, muñeca, tus tetas en mi boca, pero más grandes, como los de una madre alcoholica.


Un bully gordo seco apestoso con hachis en la boca camina por Vecindario. La gente lo mira con desprecio y asco, no porque esté gordo. Sus antiguos compañeros de Instituto lo basurean porque está gordo. Y otro gordo (hermano se supone, sólo por gordura social, no por ser hermano de verdad) le dice: estás horrible, no sé qué te pasó, pero estás gorda y puta adicta y das verguenza bro; ¿sabes a quién me recuerdas? Al enano ese que dice Chúpalooo, pero en gordo y en maricón.

El gordo con baja autoestima, tristeza, depresión y malestar no responde. Luego el otro gordo, al ver que no le ha hecho daño todavía, continúa: Estás hecho un asco; da muchísimo asco verte. Haz ejercicio, PUERCO, gordo cabrón.

El gordo sigue sin responder. Observa con malestar y algo de lástima la escena, y tan sólo pega un trago a su cartón de vino delante del grupito de amigos de este Neogordo. Luego el cabronazo sigue: qué mal, encima bebiendo vino barato. Eso lo usa mi santa madre para cocinar.

El gordo piensa: ¿Ah, que tú, hijo de puta madre, tienes mamá? No lo parece, ¿qué tienes hijos? No lo parece. ¿Cómo un gordo se burla de otro gordo? ¿Qué clase de chiste es este? Pero el verdadero gordo guarda silencio y no decide entrar al trapo, porque, entre otras cosas, sabe que ese falso gordo hijo de su puta madre le ganaría en una pelea real. El gordito está desentrenado, no hace ejercicio, apenas se mueve de la cama, apenas sale más que a comprar el pan, apenas tiene pene. No se la logra ver. Encima, se dice para sí mismo, "ese gordo cabrón tiene razón, me doy un aire a Torbe".

Una de las muchachas de allí hace lo que puede para defenderlo: cállate ya, desgraciado, no digas más mierdas de mi amigo. El gordo se conmueve, sigue a su rollo. Bebe otro trago de alcohol y no gesticula, no hace ningún comentario. Lo único que alcanza a hacer es soltar una sentencia:

"La verdad es que soy un parásito social, un gordo que sale de vez en cuándo a echarse unos cigarrillos, fumar algún que otro porro y beber alcohol".

El gordo abusador se queda callado, no dice nada, pero mira la situación con extrañeza. Luego el gordo profético continúa: "Soy un gordo nihilista y comprometido con la muerte. No me importaría morir mañana mismo. Estoy triste, pero tampoco me importan tus palabras. Son, como se suele decir, de usar y tirar. Papel sucio en baño mojado. Papel mojado de diarrea".

El neogordo se cabrea, intenta re-controlar la situación, así que le dice algo desorientador: ¿sabes dónde deberías estar tú? En el Jumbo chupando pollas. Tienes cara de puto gay. Pero el gordo se sonríe, luego con cinismo y gordura responde: Algo maricón sí que soy. El gordo reprimido se pone caliente, piensa, en sus delirios que, de algún modo, podrá convertir a este pobre gordito en su gordita pasiva. Siente una atracción fatal y retorcida hacia él. A fin de cuentas, es un gordo con la cara bonita.

En alguna paranoia carcelaria, el típico gordo que es deseado por todos los presos que han descubierto su homosexualidad recientemente. El gordo, después de soltar esas palabras con algo de ironía, decide irse a casa, bastante triste pero sin agachar la cabeza. Nunca agachar la cabeza. Luego recuerda a una profesora de mierda diciéndole que "está gordo, que le den por culo, que no tiene familia, que es una escoria, etcétera".

Pero al gordo le entra la risa, y cuándo un gordo se ríe, jadea de placer. Pobre vieja infeliz de tres al cuarto, piensa el gordo. Camino a casa ve la corrupción de la ciudad. La gente fumando sus porros, la gente ligando de madrugada, la gente falseando la verdad, la gente y la ausencia de Dios en todos los sentidos posibles. Los genitales del gordo están encogidos por el frío y las pastillas, quitándole testosterona, volviéndolo una criatura mitad hombre y mitad santo. Ha olvidado el olor de una vagina. Ha olvidado el olor de sus propias feromonas, su propio olor, el olor delicioso de sus huevos. Pero intenta no decepcionarse, intenta salir adelante. Intenta no morir en el intento de sobrevivir. Llega a su casa y se tumba en la cama. Y yace allí mientras los fantasmas de su gordura y la tristeza le lamen la oreja. Antes de dormir, ocurre lo insospechado, se acurruca con frío y desesperación y habla con Dios.

Por favor, Dios, si estás allí, dame una señal, suplica. Y a la mañana siguiente, el gordo despierta, contra todo pronóstico, más gordo todavía. Pasando de una obesidad mórbida I a una obesidad mórbida II.

Luego vuelve a ocurrir lo miso la noche siguiente, y el gordo sigue suplicando a Dios, acojonado por lo que le está ocurriendo. Ya pesa 150 kilos. Intenta levantarse de la cama, pero no puede. Piensa en las palabras del otro gordo, en su violencia psicológica. En sus maltratos, en sus abusos. En el terror que pudiera sentir una persona buena al verse en la situación en la que uno puede salir mal parado. Digamos que hablamos de miedo a ser asesinado... ¡golpeado hasta sangrar o quedar inconsciente! El gordo vuelve a rezarle a Dios, esta vez con más necesidad:

Por favor Dios, si estás allí dame una última e irreprochable señal.

Y el gordo se despierta al día siguiente con una obesidad grado tres. 300 kilos aproximadamente. El gordo no se lo cree, ni la ropa que llevaba antes de dormir le queda, sólo hay retazos de tela estrangulando sus carnes y su grasa. Pero siguen sonando en su cabeza las palabras de ese gordo avasallador, se dice con ternura y tristeza: "¿Por qué es tan tóxico si él también está gordo? ¿No somos casi la misma persona?"

El gordo intenta levantarse de la cama, pero no puede, intenta respirar, pero no puede hacerlo con facilidad. Decide llamar a una ambulancia con el único dedo medianamente normal que tiene, y mientras pulsa los botones táctiles con el meñique se palpa el estómago con mucha ansiedad y desesperación. Su barriga entonces empieza a rugir, y antes de hablar con la ambulancia para que le auxilien la barriga comienza a hablar:

Tranquilo gordo. No pasa nada por estar gordo. Soy yo, lo mejor de ti. La grasa que te habla te reconforta, la grasa no se hunde nunca, siempre flota.

El gordo queda perplejo, pero decide escuchar a su propia barriga, a fin de cuentas antes del suicidio como solución pretende escuchar a su propia grasa: "con esto gordo quiero decir que no te hundirás, y pese a que pudiera parecer lo contrario sólo será una forma de encontrarle sentido a la vida y a tu condición crónica de gordo terminal. No estarás solo en el proceso, yo te acompañaré". El gordo escucha atentamente y luego pregunta: ¿Y qué hago con ese otro gordo que tanto daño me ha hecho con sus palabras? "No hace falta que hagas mucho, porque no es un auténtico gordo, sólo es un gordo mierdecillas que ni para darle por culo vale, es escoria, es escoria, es escoria; y deberías saberlo bien, porque, entre otras cosas, te estás dejando avasallar por un impresentable. Pero no te preocupes, yo, tu grasoso amigo, tengo una solución a tu problema".

El gordo abre bien los ojos y acaricia su barriga, luego sigue las instrucciones que su diabólica barriga le indica. Lo complicado del asunto era salir de casa, así que esperó a que se hiciera de noche y luego de madrugada para salir por la puerta.

Se arrastró por el pasillo hasta el salón, dejando un hilo de sudor amarillo. Luego con la ayuda de la funda del gran sofá dónde se sentaba a ver la televisión se hizo un taparrabos. Fue a la cocina y cogió un pela papas que guardó en el pliegue de su barriga. Ésta lo engulló como si fuera una boca sin labios. Y guardó allí el filo y la punta de metal. Siguió con las instrucciones de su barriga y salió descalzo a la calle, en busca del gordo hijo de puta.

De mejor humor al no estar solo en esta guerra, con su barriga gigante mórbida y llena de estrías, con la piel como un órgano gigante y extendido como el coño laxo de una actriz porno, camina muy lentamente por la calle secundaria. La barriga le dice: Ahora gordo, quiero que camines muy despacio para ahorrar energía y cuándo veas a ese cabrón con sus amigos no les digas nada, se sorprenderán al verte y allí es cuándo deberás buscar el conflicto, atento a eso. Y luego ofreces droga. Inmediatamente después, cuando se hayan confiado, coges el puñal y te dejas llevar pensando en lo más sagrado que tengas. Para que llores tú, tu madre, o tu padre; mejor que lloren los suyos.

El gordo obedece y camina y camina durante más de una hora, los pasos son muy dolorosos para él y sus articulaciones, pero de igual modo continúa. Llega al lugar dónde fue humillado y con una media sonrisa saluda a todos los presentes.

Atónitos y podridos en la droga miran al gordo con auténtico asco y pavor: si hasta parece más alto. La muchacha que lo defendió empieza a lloriquear histérica y piensa: "¿qué demonios te ha pasado, hermano, si tú antes no estabas así?" El gordaco con olor a sobaco mira a los ojos al gordito morbidito y con chulería y crueldad le dice:

Te has vuelto loco y encima estás peor todavía, no sé cómo coño lo has hecho; pero estás hecho todo un puto gordo. Sin autoestima, encima no llevas camiseta, te has vuelto completamente loco, ¿qué coño haces aquí?

–Hola, ¿qué tal?

–¿No entiendes?

¿Qué coño haces aquí?

Aquí no te queremos.

–Yo he venido a saludar, traigo porros para todos.

–Ah vale, eso se dice primero, ¿polen o hash?

–¡Polen del bueno!

–¿Y dónde lo tienes?

–En la cartuchera...

–Ah, gordaco, sácalo todo y luego me la chupas, ¿vale?

–¡Claro! –el gordo lleva su mano al pliegue entre sus carnes y palpa el afila papas, piensa que ahora es una cuestión de sangre fría, pide papelillo y un filtro, se lo dan, se lleva el papelillo a la oreja que todavía es normal, luego el filtro en la boca y sujeta el mango del pela papas. Después se aproxima al abusador que quería convertirlo en su puta personal y, entre sonrisas cómplices, le pregunta si tiene fuego –a ver la droga– dice el basura éste, con tono autoritario.

Entonces la barriga rugue y una voz infernal, nacida de sus entrañas empieza a gritar. Todos se asustan. Le cambia el gesto al gordito y hambriento de sangre se abalanza sobre el abusador que parece una rata encogida. Caen al suelo, sus amigos intentan pegarle patadas al muchacho, pero la grasa le protege. Su cabeza está clavada en el cuello del abusador y mientras el abusador drogado y tambaleándose por dentro intenta desesperadamente buscar los ojos del gordo para clavarle los pulgares éste empieza a apuñalar su estómago hasta dejarlo hecho un colador.

Se puede ver la grasa amarilla casi como el mordisco de un animal extraño. Las babas caen de la boca del gordo hinchado a fármacos e inspirado por Dios. Su expresión es de deleite puro mientras la adrenalina bombea salvajemente y el apuñalado empieza a sangrar. La barriga grita con su ronca voz: –¡Te lo dije!– Y el gordo sigue apuñalando hasta quedar exhausto.

Con las manos rechonchas empieza a jugar con la grasa y la sangre, llevándose, con mucho apetito, la grasa fresca a la boca. Su boca brilla sucia y podrida de tanto odio, alimentándose de otro gordo, como un epiléptico en una fiesta. Empieza a convulsionar, pero no se mueve de su posición. Se mantiene allí hasta que los brazos del gordo maricón empiezan a flaquear. Luego con la frente empieza a destrozarle la nariz y entonces éste llora y en un suplicio de desesperación jadea infeliz y miserable: –¿Por qué?

El gordo del infierno se ríe. La muchacha ya no está, salió corriendo. Los amigos están llamando a la policía. Una sonrisa fingida dibujada en la boca del abusador. "Puto gilipollas" piensa el gordo. La barriga exige su premio, así que sigue rebanando el estómago con el pela papas y engullendo esa grasa, luego se gira sobre sí mismo, rodando y quedando boca arriba, y con cansancio y satisfacción suspira aliviado.

Porque sabe que Dios o su propia grasa le han mandado una señal irreprochable. Y con convicción más que por otra cosa, con felicidad en los ojos y sangre, mugre y paz en la boca respira hondo; y se le purifica el corazón.

03/06/26

Quiero hacer feliz a mi hijo

 Para mi amigo Diego M. M.


Cuando mi madre murió, mi padre comenzó abusar de mí como hasta entonces lo había hecho con mi madre. Tenía trece años. Después, cuando mi padre también murió, me sentí libre del todo. Contaba con diecisiete años y me hallaba sola en el mundo. Pero esto no me desanimaba. Salía a diario a emborracharme. A veces acostumbraba a llevarme cuatro, cinco, e incluso seis hombres a la cama en una sola noche. Me encantaba el sexo. Me volvía loca que me ataran y me metieran diversos objetos en la boca y en el culo. Me chiflaba de veras que me vejaran sin piedad. Mi vagina era prodigiosa y descomunal. Yo aullaba como loba siendo maltratada hasta lo inimaginable. La concepción que tengo del sexo, o que por lo menos tenía en aquel entonces, superaba con creces toda fantasía, todo límite, y jamás quise ni deseé privarme de nada. Cuanto más lo practicaba más lo necesitaba. La mayoría de las veces me frustraba a causa de hombres que eran demasiado blandos. Los echaba de la casa a escupitajos y les maldecía haciéndoles sentir miserables. Les odiaba cuando no me pegaban. Les insultaba cuando no defecaban en mi espalda o me orinaban encima. Les odiaba y les despreciaba por lo poco viriles que eran. No obtuve mejor resultado con las mujeres. El sexo era demasiado sensible, demasiado para mí. Yo deseaba que me penetraran con punzones, o que me desgarraran la vagina con tijeras, o me metieran cristales por el culo, porque todo ello me procuraba un placer infame. Un placer que se había adueñado por completo de mi persona, esclava incondicional de mi deseo por alcanzar el paroxismo de la locura que bullía en mí de forma cada vez más monstruosa. El dolor y el placer se mezclaban de forma homogénea en todo cuanto tuviera que ver con mi deseo, con mis fantasías, infinitas y brutales; mediante las cuales procuraba culminar mis relaciones sexuales hasta alcanzar el apogeo de todo cuanto a mi cuerpo le fuera posible experimentar y soportar. Pero pronto descubrí que mi deseo era superior a mi cuerpo y que todo ello me provocaba un sufrimiento atroz, sin que por ello dejara de seguir estando aferrada a él del mismo modo que un perro maltratado continúa aferrándose a la pierna de su amo. Una noche me asaltaron tres hombres en el portal de mi casa. Yo estaba eufórica porque había consumido bastante cocaína y les supliqué que me violaran salvajemente y que me pegaran sin consideración, y ellos dejaron que les mamara bien sus vergas. Sus vergas eran ridículas y exigí que me penetraran simultáneamente por el culo, la boca y la vagina. Dos de ellos se vinieron al instante, pero el tercero aguantó más y terminó por correrse en mi vagina. Noté como el semen caliente se mezclaba con mi propia materia y me atravesaba guiado por una voluntad desconocida. Tres semanas después supe que estaba en cinta. Algo diabólico impidió que abortara. Quise tenerlo. Dejé que germinara dentro de mí y se me hinchara el vientre. Contacté con diversas entidades dedicadas a la pornografía. Me especialicé en el porno de embarazadas practicando sexo con reputados actores como “Cojones de acero”, “Verga-Rey” y “Anaconda Negra”. Todos ellos hombres viriles y de buena talla que me hicieron chorrear como una desalmada. Obtuve varios premios por el realismo de las escenas que filmaba y actores y directores me amaban y deseaban como nadie lo había hecho hasta entonces. Fueron los ocho meses más felices de mi vida. En el octavo mes se me prohibió rodar. El hijo que llevaba en mis entrañas estaba a punto de nacer. Desde que nació mi hijo ya no quise nada más en este mundo. Me había hecho relativamente rica y podría procurarle una infancia feliz y un futuro provechoso. Era mi hijo, el fruto de una violación múltiple, y le amaba como hasta entonces había amado que profanaran todos los orificios de mi cuerpo. Desde entonces solo pienso en cómo hacer feliz a mi hijo. A veces se me echa en cara que soy una madre demasiado protectora. Di de mamar a mi hijo hasta los nueve años. Me gustaba que mi hijo me mordisqueara los pezones y me hubiese gustado que lo hubiera hecho indefinidamente, hasta que un mal día se negó a causa de la vergüenza que sentía en relación con otros niños que ya no lo hacían a su edad. Yo le miré sonriente y le besé en los labios. Desde entonces, como cada tarde hasta que cumpliera doce años, cuando regresaba de jugar al fútbol con sus amigos, no quiso nunca más mamar de mis pechos. Lo cierto es que durante su infancia siempre fui muy protectora, esto lo admito sin reparos. Una tarde llegó magullado del colegio. Al principio no quiso decirme nada, pero cuando a los pocos días regresó aún más lastimado, con el rostro hinchado y cubierto de lágrimas, terminó por confesarme quiénes eran los responsables. A la mañana siguiente no vacilé en apalearlos como a perros, valiéndome de lo primero que tuviera a mano hasta romperles los huesos. Nadie nunca osará tocar a mi hijo mientras yo viva. El hijo mío que ha nacido de mis entrañas y que amo y adoro con todas mis fuerzas. A mi hijo querido que es propiedad indiscutible de mi ser. A mi hijo que es una extensión más de mí misma. Otras madres critican la relación que tengo con mi hijo. Yo las miro con recelo, como una hiena protectora y territorial. Les enseño los dientes a esas putas y no dudo en arrancarles los ojos con mis uñas si se atreven a hablar mal de mi hijo. Ninguna autoridad moral o legal impedirá nunca que yo haga feliz a mi hijo. Sé que mi hijo se masturba desde hace unos años. Ahora tiene quince y su cuerpo es ya el de un hombre, y su verga también. Cuando se marcha de casa inspecciono el cuarto de mi hijo, reviso sus cajones y pertenencias personales. Huelo la ropa interior de mi hijo, especialmente la que está sucia y me impregno las narices absorbiendo la esencia que ya desprenden sus cojones. Fantaseo diariamente con pillarle haciéndose una paja. A veces encuentro trozos arrugados de papel higiénico bajo la cama que contienen restos de su semen. Entonces me pongo a cuatro patas y los olfateo como un animalillo sucio y perverso. Lamo esos restos de semen vaticinando que un día probaré el semen fresco y calentito de mi hijo, y me humedezco las bragas como una adolescente pervertida y sinvergüenza. Yo quiero mucho a mi hijo y por eso voy hacerle un regalo especial. Hoy cumple dieciséis años. Se que a mi hijo le excitan mis pechos prominentes y redondos, a pesar de que ya tenga una edad. Sé que cuando se masturba piensa en meterme la polla entre los pechos. Esta tarde cuando llegue del instituto le esperaré en albornoz. Hoy desprendo un aroma irresistible, me he aplicado aceite por todo el cuerpo y me siento hermosa y brillante. Me he pintado los labios. Me he rasurado el coño y después me he masturbado pensando en el momento en que llegue mi hijo. Le felicitaré con un beso en los labios, le quitaré la mochila y le sentaré en el sillón. Le preguntaré cómo fue el día. Le susurraré cosas al oído para que capte la fragancia que desprende mi cuello desnudo y me inclinaré sobre él para que contemple mis pechos firmes y esbeltos. Después le desabrocharé el pantalón y le bajaré los calzones, como cuando era un niñito. Seguramente él protestará, pero su erección será incontrolable. El mismo tendrá que admitir que no hay admonición posible. Le chuparé el glande con suavidad, lamiéndole cada milímetro, y sintiendo cada centímetro de su verga introducírseme por la garganta. Llevaré el pelo recogido en un moño para que lo pueda observar todo, para que no se pierda detalle. Al principio no usaré las manos, tan solo la boca. Que vea y compruebe mi destreza, el poder de mi boca y de mi lengua y observe excitado bajar y subir mi cabeza por su verga embadurnada y ardiente. Después le apretaré los genitales, los presionaré con mi mano derecha mientras me llevo la otra a la vagina, cuyos labios la estarán esperando mojados e impacientes. Le lanzaré una mirada lasciva y sumisa desde sus huevos. Él me mirará con timidez, al menos al principio, pero después comenzará a removerse en el asiento cegado por el placer que le produce su madre. Sus ojos se pondrán del revés, perdiéndose en la inmensidad inconmensurable del éxtasis. Todo lo que quiero es hacer feliz a mi hijo. Quiero que eyacule en mi boca, o sobre mis pechos, o en ambos si es que tiene la suficiente virilidad que tanto ansío que así sea. Quiero que cuando se corra observe a su madre arrodillada y bañada de semen, del vigoroso semen de su cachorro; y quiero que me vea relamiéndome los restos que penden de la comisura de mi boca, y una vez que me lo haya tragado contemplaré satisfecha el rostro ahogado e infinitamente feliz de mi hijo.

 

 


19/04/22

Angélica

 

Yo pensaba que Angélica tenía pene y me la imaginaba en la bañera sumergida en agua negra como el pelo púbico que se enredaba en sus ingles entre las cuales asomaba su pene imaginaba que era un hueso por su voluntad tiesa Angélica juntaba la punta de los dedos de sus pies y contemplaba anonadada su polla emerger del agua como la mira de un submarino rodeado de extraños e infantiles patitos de goma yo me encontraba apoyado en el marco de la puerta del baño observándola con curiosidad ella me tenía inquina y pensaba que era un niño con notables y serios problemas de retraso mental o quizás simplemente me comparaba con su hijo absolutamente dependiente debido a una falta de oxígeno durante el parto y yo no era sino un pretexto de venganza un objetivo a abatir en este mundo injusto que de tantas desgracias nos hace protagonistas o espectadores además siempre me colgaban unos mocos verdes de la nariz que no hacían sino reforzar este complejo del cual era acusado hipotéticamente por las razones expuestas pero lo cierto es que yo simplemente era un niño como otro cualquiera aunque particularmente ensimismado y con mucha imaginación que creía firmemente que su profesora de segundo de infantil era andrógina imaginaba que un buen día en primero o segundo de primaria nos reencontraríamos en el patio de recreo del “Campo Arañuelo” contemplando al resto de niños arañando la tierra y levantando nubes de polvo o jugando al escondite entre los árboles siendo por entonces yo un palmo y medio más alto que Angélica y Angélica una arruga y media más vieja con el pelo corto como lo solía llevar cuando era mi tutora sólo que en esta ocasión ya se podían entrever las canas de la vejez que nos recuerdan que al fin y al cabo somos todos mortales y que es la muerte y no la miseria la que nos iguala a lo largo de nuestra vida e iniciaríamos entonces una conversación  desde hacía mucho tiempo pendiente y que a mí personalmente me devoraba las entrañas y entonces yo le preguntaría por qué tenía pene o por qué había nacido con pene y de cómo se sentía ella de por qué el estar en posesión de semejante malformación le había arrastrado con los años a odiar a un niño por el simple hecho de parecerse a su propio hijo aunque esto último no fuera más que una conjetura de por qué en aquellos tiempos en los que era mi tutora y estaba a cargo de elaborar informes despreciables contra mi integridad moral ella me decía que siempre estaba en babia o pensando en la luna de Valencia y yo quería saber el significado de esas expresiones porque ciertamente no me dejaban dormir entonces Angélica me cogería de la mano que supongo sería más grande que la suya y la guiaría hasta su entrepierna dónde yo podría notar perfectamente como su pene se iba tornando más y más duro y más y más grande hasta convertirse en un bulto por dentro de su delantal que parecía tener vida propia como un corazón recién extraído latiendo con fuerza sobre la mano que lo sostiene y entonces Angélica me diría por fin has madurado hijo comprendiendo yo en ese instante lo real que era aquello mientras los niños ajenos a nuestra presencia desentendidos como es natural de mi descubrimiento proseguían con sus juegos infantiles alborotando el patio de recreo en tanto que Angélica me suplicaba que apretase con fuerza y yo la miraba incrédulo porque es de incrédulos pensar que una suposición se convierte de repente en algo cierto y aunque lo deseara con todas mis fuerzas es decir aunque no esperaba otra cosa no podía creer que aquello que estaba palpando era realmente el pene inhiesto de mi antigua profesora desenrollándose por dentro del delantal como una rareza extraordinaria de la evolución o como una impureza del ser creado o como una maldición de la cual tenía que vengarse concentrando todo ese odio en un niño que por una similitud más que justificada podría comparársele a su propio hijo a su descendiente igualmente maldito y entonces Angélica me dijo que siempre había sido un niño con mucha imaginación.

06/04/22

La casita de Olabarri

 

La vida es siempre dura, porque la vida, en tanto que proyecto de la naturaleza, es como una roca gigantesca que se cierne accidentalmente sobre un poblado de chabolas, o como el achaque agónico de un moribundo tendido bajo la implacable luz de un quirófano. De la vida desconocemos su fin, pero no su final. En el caso que nos ocupa, lo que pasó de ser una simple idea, infundada por promiscuas sospechas, desembocó, lamentablemente, en una devastadora tragedia.

Muchos fueron los kilómetros que recorrieron dos jóvenes con el afán de tejer su propio destino. Así fue como, lejos de todo indicio de civilización, en algún tramo de una autopista, alquilaron el ático de un edificio que, aun sirviendo anteriormente como guardilla, en poco tiempo lo transformarían en un agujero entrañable, o en un oasis refrescante en medio de un árido desierto, o en un remanso de paz y descanso, y bien hubiera sido todo esto posible, de no escuchar el tránsito ininterrumpido de los vehículos por la autopista, ni de los setenta centímetros que distaban entre el suelo y el techo:

            Imagínate López que estamos frente al mar escuchando el sonido de las olas rompiendo contra la costa trató de consolarle Naranjo.

            Imagínate Naranjo que somos meros gusanos y que por eso mismo no nos queda otra que arrastrarnos por el suelo le motivó a su vez López.

Extraños y perturbadores hechos acontecieron al poco tiempo. En un espacio tan reducido resultaba inconcebible que día tras día fueran desapareciendo diversos objetos. Cuando se trató de los mecheros poco importaba, igual que en el caso de las zapatillas de andar por casa o con otras pertenencias que tampoco es que tuvieran mucho valor. Pero cuando un día se levantaron y no encontraron el televisor por ninguna parte comenzaron a saltar las alarmas… A las desapariciones se sumaron otros fenómenos igualmente inexplicables: sobre las tres de la madrugada, aparte del tráfico, al que ya estaban absolutamente adaptados, podían escucharse una serie de murmullos a través de las paredes, así como pisadas sospechosas que hacían crujir el suelo de madera. En alguna ocasión también oían voces indescifrables que parecían venir de ultratumba. También la nevera prorrumpía en lamentos nocturnos, como si en su interior albergara la más terrible pesadilla que un electrodoméstico pudiera soñar. Por los ventanales de la guardilla asomaba una fría calígine que tenía la capacidad de accionar el aire acondicionado, cosa que les molestaba particularmente porque apenas contaban con el suficiente dinero como para permitirse algo de calefacción.  

En términos generales, no obtuvieron una respuesta satisfactoria a lo que pasaba allí dentro. Lo habían intentado todo. Habían mirado ensimismados el cielo cosido de estrellas. Habían leído los anuncios obsoletos de las páginas amarillas. Habían revisado todos y cada uno de los programas de Cuarto Milenio e incluso habían leído a Lovecraft. Pero nada. Tanto los técnicos como la casera no daban crédito a las historias que contaban.

            Todo está perfectamente señalaban los técnicos

            No entiendo que es lo que os quita el sueño se quejaba la casera fijaos, la nevera funciona, la calefacción está desactivada, y os garantizo que en los últimos cinco años que lleva la casa vacía, nadie escuchó ninguna voz. Aquí no hay fantasmas, chicos.

            ¿Y qué me dices del televisor? preguntaron.

            ¿Qué televisor? respondió la dueña armada de paciencia ¡Aquí no hay televisor que valga!

Con el paso de los días la salud mental de los jóvenes fue en detrimento. López le confesó a Naranjo que se sentía como una fruta madura espachurrada en el suelo, y que los gusanos, que eran algo así como el insomnio, le estaban devorando el cerebro. Naranjo le dijo que él se sentía más bien como el cadáver de un roedor expuesto a la intemperie de los elementos, y que las moscas, que eran algo así como la locura, habían depositado ya hace tiempo los huevos que pronto eclosionarían arrebatándole la razón.

Una noche escucharon el transitar de unos pasos que parecían provenir de las escaleras. Aquello que estuviera ascendiendo hacia la guardilla lo hacía muy lentamente, de escalón en escalón, provocando un sonido semejante al de cuando se pisan las ramas secas. Unos golpecitos tras la puerta confirmaron que efectivamente no se trataba de una alucinación, algo aguardaba al otro lado. Naranjo reptó hasta la entrada y extendió su largo brazo hasta dar con el pomo de la puerta. López se enroscó expectante al otro extremo de la estancia. Al abrirse la puerta, apareció en el rellano la silueta de una vieja. La escasa luz del pasillo apenas alcanzaba para trazar el perfil de aquella figura, y aunque su rostro permanecía aún velado por el misterio, podía distinguirse la punta de su espeluznante nariz olisqueando el marco de la puerta. Cuando se adentró del todo, tanto López como Naranjo pudieron verle los ojos a la vieja, arremolinándose como aguijones venenosos en la oquedad carcomida de sus cuencas.

            Quién diablos eres preguntó López.

            La misma muerte respondió la vieja.

            ¡Tu puta madre! exclamó Naranjo.

            Espera intercaló López creo haberla visto antes. Es la gitana del primero.

            He venido a que por fin conciliéis el sueño, gandules.

            Iré a por los cuchillos anunció Naranjo arrastrándose lo más rápido que pudo en dirección a la cocina.

            ¡No! Aguarda un momento. Vamos a terminar con esto de una vez. Abajo en el coche tengo una garrafa de gasolina.

Naranjo, que avanzaba ahora en dirección a la anciana con un cuchillo entre los dientes, masculló:

            ¡Qué piensas hacer!

Quemar el puto edificio respondió López.

Lo que sucedió a continuación es difícil de explicar. López regresó al instante con la gasolina y esparció su contenido por toda la guardilla. Actuaba como un títere movido por hilos invisibles, como si las larvas, que decía le estaban devorando el cerebro, hubieran cumplido con su cometido y López ya no fuera López, sino tan solo un autómata descerebrado o una fruta madura y pocha sin semillas. Por su parte Naranjo forcejeaba con la vieja, que decía ser la muerte, o un tipo de ángel exterminador, cuando la pura realidad es que era una vieja chocha y desdentada. “Si mato la muerte ganaré la vida”. En eso pensaba Naranjo mientras rodaba con la vieja asentándole múltiples puñaladas bajo una lluvia de gasolina. Las llamas devoraron rápidamente la habitación consumiendo los tres cuerpos, no tardando en extenderse al resto del edificio. Los cimientos cedieron al fuego y todo el bloque se desplomó levantando una nube de polvo y ceniza. Cuando a la mañana siguiente la policía se acercó al lugar de los hechos, lo único que encontraron fue el televisor de la casita de Olabarri, cuya pantalla asomaba resplandeciente entre la ceniza como una jodida señal de Dios.

16/12/21

La receta

El Guisante Sonriente era el clásico bar erasmus donde se aglutinaban un sinnúmero de nacionalidades diversas. El objetivo que nos había traído aquella noche por el Guisante Sonriente consistía en trabar nuevas amistades o ampliar las fronteras de nuestra sexualidad sin ningún tipo de compromiso. Las candidatas eran Deméter, una joven griega que entonaba canciones populares de su país, Dominika, una polaca hambrienta de tez albina, tetas pequeñas y desproporcionadas caderas eslavas, y Georgina, una italiana del sur con abundante melena, con un rostro agradable salpicado de pequeñas pecas que le daban un aire de inocencia y frescura, aunque manchada de una repugnante pelusilla de varón pubescente que amenazaba en torno a las mejillas y bajo la nariz. Las tres siendo conocidas de mis engreídos amigos latinoamericanos, Fulgencio Amador, al que todos llamaban Rey, de nacionalidad peruana, con rasgos mongólicos y extremidades cortas y rechonchas, un pigmeo de los andes con depredadores ojos negros y colmillos afilados entrenados para desgarrar carne humana; y Anastasio Güímar, colombiano de piel cerúlea, licenciado en económicas y criado en Washington. Niño de bien a pesar de sus oscuros orígenes, adoptado por un acaudalado comerciante de la costa Este. Todos al son de una degenerada música urbana que estimulaba el contacto físico de una multitud efervescente y alcoholizada, retorciéndose sobre sí misma como un ciempiés moribundo. Yo por ahí intentando destacar entre mis latinos, pues soy alto y de buen porte, a pesar de que camine algo encorvado y nunca mire a las chicas directamente a los ojos. Sin entablar ninguna clase de conversación con nadie, sumido en cavilaciones y pensamientos poco trascendentes, disimulando mi malestar por encontrarme en un sitio como El Guisante Sonriente, rodeado por todos aquellos hijos de Dios, aparentando prestar atención a discusiones que no entendía, principalmente debido a mi más que plausible desconocimiento del inglés, abrumado por el olor a sudor y a amoniaco que emanaba de las letrinas, sin dinero en los bolsillos, sin cigarros en la tabaquera, husmeando como un perro famélico entre los cascos semivacíos de mis camarades, deshebrando las chustas acumuladas en el suelo etc. Mientras Anastasio, no sin esfuerzo, se proponía abarcar las caderas de Dominika, y Rey, con sus dedos gordos y limitados, palpaba los pronunciados pechos de Georgina buscando desesperadamente su garganta, Deméter me observaba con una mezcla de curiosidad y lástima. Después buscaba hablar conmigo de cualquier cosa, a lo cual yo simplemente asentía mirando al suelo mientras apuraba uno de esos apestosos cigarrillos reciclados. Insistía sin lograrlo en que bailáramos, susurrándome obscenidades al oído en su idioma, el que, por supuesto no entendía, pero que por el tono de su voz no podría tratarse de otra cosa proviniendo de una mente ecléctica y mediterránea. Después trataba de besarme, pero su aliento me hacía retroceder de forma instintiva. Luego me tocaba la espalda y bajaba hasta la cintura, pegando cada vez más su pelvis contra mi miembro, del que puedo asegurar que padecía un serio letargo y que no manifestó reacción alguna ante los encantos, cada vez menos discretos, de aquella lasciva criatura del señor. De esta penosa circunstancia pensaba yo evadirme considerando la paja que me haría nada más alcanzar mi despojada y humilde habitación ubicada en el barrio periférico de Nueva esperanza. Por aquel entonces me era imposible mantener relaciones sexuales satisfactorias al no ser que se tratara de prostitutas, mi dedicación plena estaba orientada a parecer un patético e indigente vagabundo centroeuropeo alcohólico y suicida de veintiún años que soñaba con convertirse en el más célebre, cabal y carismático poeta de su tiempo. Salimos del Guisante Sonriente a altas horas de la madrugada, atravesamos solitarias y oscuras calles alemanas del centro atestadas de espectros semiconscientes tratando de alcanzar la boca del metro. Nuestras amigas, borrachas y tambaleantes, se pararon ante un puesto de salchichas que desprendía una humareda tóxica con olor a curry. Anastasio, Rey y yo aguardábamos ateridos en una esquina, mientras las chicas engullían con ansiedad sus salchichas alemanas confeccionadas con seso de oveja. Después atravesamos el puente de acero que unificaba ambas orillas del Rin. El resplandor de los candados amarrados en los laterales del puente como consumadas y quizá olvidadas promesas de amor. Las chicas riendo como hienas posando ebrias y patéticas ante la cámara de sus teléfonos. Recuerdos estúpidos de una noche de fiesta retornando a las madrigueras del Studentenwerk. Las chicas se despidieron de nosotros en el primer bloque de edificios. Anastasio y Rey insistieron en que nos acompañaran hasta la habitación de aquel, pues aún conservaba algunas chelitas en la heladera. Las chicas repitieron varias veces el vocablo inglés maybe. Yo me orillé en una esquina y eché una larga meada en la dirección en la que supuse que se encontraba Inglaterra. Finalmente nos quedamos solos, dispuestos a proseguir borrachos indefinidamente. Tanto tiempo haciendo el pendejo para coger sucios en la soledad de nuestra cama. Pero lo cierto es que yo prefiero hacerme una buena paja que el ridículo con una griega. Durante el camino a casa de Anastasio hablé a mis amigos latinoamericanos de la grandeza de castilla, y de que, a pesar de nuestras diferencias étnicas, los quería tanto como si fueran descendientes de Pizarro. Impuros y degradados compatriotas de américa, yo sé que por vuestras venas aún corre sangre castellana. La habitación de Anastasio estaba limpia y ordenada. Rey le pidió que pusiera algo de música y Anastasio puso un disco original de los andes. Mientras escuchaba la música imaginé esas enormes cordilleras de américa. Una densa niebla descendiendo hacia la inexpugnable selva. Los magnéticos sonidos que emanan de la inescrutable profundidad de sus bosques tropicales. Entonces tuve una experiencia regresiva en la que encarnaba a uno de mis ascendientes extremeños abriéndose paso con un machete entre la densa vegetación, cargando el peso de una armadura manchada de sangre y atormentado por una aureola de mosquitos venenosos. La melodía de las flautas de pan seguida de una percusión primitiva y otros instrumentos ancestrales constituían la banda sonora perfecta para una incursión en el corazón de las tinieblas. Anastasio me despertó de aquel maravilloso y espaciado ensueño en el que me hallaba sumido, el muy cabrón tenía hambre y no tenía ni idea de cocinar: guarro latino malcriado y gringo. Fuimos a la cocina y abrió la despensa en la que acumulaba un montón de conservas. Casi me pidió de rodillas para que ideara qué demonios podíamos hacer con toda esa porquería almacenándose inútilmente. La cocina es como la literatura, uno puede seguir la receta al pie de la letra haciéndose con todos esos ingredientes exóticos y complicados de encontrar, o bien puede coger lo que tenga y montar un popurrí que a tres borrachos empedernidos y huérfanos de su patria pueda saber a gloria. Entonces me valí de una sartén con serias dudas de que estuviera desinfectada y mandé a Anastasio a picar ajo y cilantro. Añadimos un chorro de aceite de girasol al fuego y le fuimos incorporando sustancias sin ningún criterio específico. Removimos bien y finalmente quedó una masa homogénea mediocremente presentable. Anastasio se deleitaba con el aroma de mil especias que desprendía aquella cosa y llamamos a Rey para que echara un vistazo, aunque después de comer niños en el amazonas poco podría sorprenderle. Después de llamarle sin éxito regresamos al salón y sin encontrarle allí tampoco, comenzamos a buscarle por toda la casa. Finalmente, Anastasio lo encontró desnudo sentado en el retrete. Entre las dos manos sujetaba un casco de cerveza. Parece un pendejo la concha de su madre, dijo Anastasio. Dormía profundamente, y pasamos un par de minutos observando anonadados como respiraba. Quiero que imaginéis realmente lo que estoy tratando de exponer: su barriga redonda y sin pelos hinchándose y desinflándose como si estuviera gestando una criatura abominable allí dentro. ¡Pero marica, si tiene la verga al aire! señaló Anastasio. Regresamos al salón y le dejamos allí postrado en lo que nosotros degustamos aquella bazofia incomestible. Recuerdo que al llegar a mi habitación vomité como un diablo y lloré durante bastante tiempo sobre la taza del wáter. Muchos años después de aquella aventura literaria recibí un email de Anastasio. Hacía por lo menos siete años que no mantenía contacto con ellos. Me contaba que él y Rey iban a celebrar un reencuentro nostálgico con las chicas en Colonia y que esperaba que fuera. Luego me contaba algo más de su vida privada que no me interesó en absoluto, y que había conocido a un editor muy simpático que si quería podía intentar que me publicara. Era cierto que durante el escaso tiempo en que mantuvimos el contacto después del erasmus le había enviado algún cuento, pero el muy gringo con cara de inca ni si quiera me contestó. Al final de aquel extrañísimo mensaje con tan absurda proposición, añadía una posdata en la que rezaba:

Marica, espero que te acuerdes de la receta y me la mandes.

Saludos camarade.

A.G.

17/11/21

Retorno


 

Durante la noche tuve un sueño muy extraño que en aquel momento se me ocurrió compartir con ellos. Me encontraba con algunos familiares aguardando impacientes la llegada de mi padre. Mi padre había estado viajando durante un tiempo por las profundidades siderales del cosmos, recorriendo infinidad de galaxias y explorando los rincones más recónditos del universo. Según los cálculos que había hecho, a su vuelta mi padre regresaría mucho más joven de lo que era cuando se marchó. Apenas sería un adolescente. La idea de que mi padre fuera más joven que yo cuando regresara del viaje me mantenía en un estado de excitación e incertidumbre indescriptibles. En realidad, todos estábamos nerviosos y expectantes por su llegada, pero yo, particularmente, más que ningún otro, pues, coño, estaba a punto de reencontrarme con mi padre, mi jodido padre, que retornaría del abismo con la apariencia de un niño. 

Mientras le esperábamos, mi abuela sacó un álbum de fotos para que todos nos fuéramos haciendo una idea del aspecto que tendría mi padre. Las fotos eran viejas y de mala calidad, pero indudablemente era mi padre el que aparecía en ellas. Fotos del año setenta y cinco, mi padre con once años vestido con un pantalón de campana y el pelo negro y largo cayéndole por los hombros. La sonrisa de mi padre. El brillo de los ojos de mi padre mirando a la cámara, inmortales, con total desconocimiento acerca de lo que le aguardaba en el futuro. Mi padre sin miedo a envejecer, con la muerte todavía muy lejos de sus ojos, sin miedo a cumplir años, sin miedo a desintegrarse. Mi padre con las manos en los bolsillos o con los brazos cruzados bajo las axilas mirando a la cámara sonriente, feliz. Año ochenta y dos, mi padre tocando la armónica en una plaza o mi padre posando de modelo para una revista. Sus ojos verdes, taciturnos, mirando directamente al infinito, hacia la nada. Expresión seria. Tranquilo. Año ochenta y siete, mi padre con algunas ojeras mirando a cámara y sosteniendo un humeante cigarrillo entre los dedos. Los años van pasando inexorables…

No podía contener mi emoción. Todo estaba a punto de volver a empezar. Según cruzara el umbral de la puerta, ¿Cómo saber quién era el padre y quién era el hijo? ¿Lo entendéis? Mi abuela podría abrazarlo como el crío que fue, como el hijo que nació de sus entrañas y que aparecía en las viejas fotos. Pero ¿yo? ¿Cómo podría observar al niño destinado a ser mi padre que, sin embargo, por algún capricho del destino, sin dejar todavía de ser mi padre, había vuelto a ser un niño que tenía frente a sí a un hijo varios años mayor que él? ¿Cómo iba a mirarme mi padre, alzando hacia arriba su cabeza de niño, observando la figura alta y más vieja de su hijo? Y al fin llegó mi padre. Entonces me arrojé a sus brazos completamente desesperado, y por más que traté de reconocer en él los rasgos de un niño, mi padre seguía siendo el de siempre, es decir, inexplicablemente más viejo, incluso noté que había vuelto un poco más gordo que cuando se fue.