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03/06/26

Pies

Mi madre me llevó al podólogo. La estancia estaba limpia, y el piso resplandeciente. El olor a lejía aromatizada se mezclaba con la loción del propio doctor. En el bolsillo superior izquierdo de su bata llevaba insertada una piruleta redonda de sabor a fresa. El doctor me obsequió con una sonrisa y me dijo que si me portaba bien sería para mí. Pero a mí no me gustan las piruletas, ni las golosinas, ni tampoco las gominolas ni cualquier otra cosa que reviente los dientes y el estómago. Acaso quiera el doctor envenenarme. Salud = a ventosear feo + cagar duro y mandar a los médicos a tomar por... y me suda los huevos, los cojoncitos imberbes, voy a decirlo igual: ¡a tomar por culo! Médico = a matasanos. No sé. Quizás el remedio sea peor que la enfermedad. Quizás la jodida piruleta mierdosa que asoma por la bata como una guindilla maricona no sea más que un placebo. No soy un niño amable, no soy un niño cariñoso, sino más bien un ser melancólico y endiablado. ¿Por qué no? Por qué no ser lo que a uno le de la gana, aunque sea un puto doctor sierra piernas con piruleta. De ofrecerme algo podría ofrecerme cacahuetes. Los caca-huetes me gustan a excepción de que estén pelados, fritos y salados. Esos cabrones te hinchan por dentro como se hinchan las palomas tras ingerir las miguitas de pan que les lanzan los viejos decrépitos, aburridos y pederastas que pacen en los parques. Después se quejan de que los bazos hediondos y reventados de las palomas apesten las calles. Después se quejan de que hay niños con obesidad prematura o niños diabéticos y con el colesterol alto. Doctor= a exterminador infantil. Viejo = a genocida de palomas. Palomas= a ratas voladoras. El doctor me pidió que me sentara en la camilla y me quitara el calzado. ¿Cuántos años tenía? ¿5? ¿6? Los suficientes para ser desconfiado. ¿Los suficientes para ser peligroso? No. Infancia = a inocencia. Hace poco fui a urgencias con unas décimas de fiebre. Las púas de erizo que me clavé en el mar me estaban supurando. El doctor sujetó mis piernas ridículamente escuchimizadas e insensibles y me quitó las deportivas. Un tetrapléjico usando deportivas = a cruel ironía de la vida. La puta vida. Luego mis pies torcidos cubiertos de unos calcetines negros y agujereados, aunque hubo un tiempo en que estuvieron limpios y nuevos. Los enormes pies peludos y apestosos. Los pies de un enfermo. Pies más grandes que su antebrazo apuntando directamente a su nariz. La planta de mis pies supurante y negra como los calcetines. Pies = queso podrido atestado de gusanos. Atestado de púas. La negra espina de erizo que tengo clavada en mi corazón resentido. Joderos. Me llaman el “Ruedas” desde que empecé a ser desconfiado.

¡Dios...! exclamó.

Balbucea. Balbucea. Balbucea.

¡¡Santo Dios!! Pero es que usted…

No, no me lavo. Un lisiado de por vida = a ausencia completa de aseo personal. Muy sucio. Muy guarro. Extrae las jodidas púas de mis pies. ¡libérame! Doctor con bilis en la boca = a perro envenenado con estricnina. Doctor = a no saber que hacer. Jódete hijo de perra y lávame los pies con jabón desinfectante. Adelante, sé un buen samaritano y cura y lava estos pies rotos y pobres. Estos pies atrofiados de alimaña reptante. Doctor, sostén estos pies y grita: Lázaro camina. Lázaro levanta. Lázaro devuélveme unos pies nuevos y deshazte de estos. Lázaro = a por qué no revientas. Lázaro = a vino caminando de entre los lisiados. Lázaro hijueputa. Hace tiempo que soy incapaz de caminar, y para una vez que me sacan a hacer algo de ejercicio al mar, voy y me jodo y me cago en su puta madre que se me clava un erizo asqueroso. Pero volvamos a cuando tenía 5 o 6 años. Ahora tengo 30 y ya no soy desconfiado sino peligroso. 30 años = sucio lisiado cabrón y sociópata. El doctor toma unas medidas de mis pies y lo anota todo escrupulosamente. Después me pide que deposite mis plantas en un recipiente que contiene una sustancia como de plastilina. Observo mis huellas ligeramente torcidas sobre la superficie. El doctor asiente. Me vuelve a pedir amablemente que vuelva a sentarme y, valiéndose de un martillito, descarga unos golpecitos sobre mis rodillas sin obtener ninguna respuesta. Doctor = a Thor sin gloria.

Esto no me lo esperaba. Dijo.

Mi madre visiblemente nerviosa. El doctor me aplica un gel y me masajea las rótulas. Mi madre = a no le sobes los muslos a mi cachorro, pervertido. A continuación, me pide que me tumbe bocabajo. Ojos de mi madre = a desconcierto. El doctor inspecciona mis vértebras. Los dedos del doctor = a una tarántula recorriendo mi espina dorsal.

Principio de esclerosis, me temo. El doctor mira a mi madre. Sin lugar a dudas, señora.

Una respuesta firme, franca, sin posibilidad de remisión, sin importarle mi suerte, sin importarle mi futuro. Sinceridad del doctor = a devastadora crueldad. Después me tiende la piruleta. El doctor conduce a mi madre hacia un rincón. Hablan entre ellos y el doctor apoya sus manos en los hombros de mi madre. Mi madre observa al doctor con los ojos empañados de lágrimas. Los berridos de mi madre herida retumban por todo el hospital.

⸺¿Por qué lloras mamá? pregunto abrazándola para calmarla.

Porque el doctor dice que vas a sufrir mucho, hijo mío. Sufrirás mucho cuando seas un hombre y yo no esté para cuidarte.

⸺¿Por qué dices eso mamá?

De momento van a fabricarte un molde para corregir tu desvío y luego ya veremos sino tenemos que comprar una silla de ruedas.

⸺¿Van a ponerme unos hierros como al niño de la peli, mama?

Si hijo, posiblemente lo harán.

No llores, má. Un día saldré corriendo de aquí y no me detendré nunca. Los hierros se caerán y me dejarán libre, igual que en la peli, mamá.

Inocencia de un niño = a esperanza. A los 22 años comencé a trabajar en una agencia publicitaria de promoción para minusválidos. Personalmente prefiero que nos llamen inválidos, que nos traten de torpes, que nos maltraten a falta de zonas habilitadas. Ser ciego, sordo o tullido es sinónimo de ser un jodido inútil. Verdad = a mentira. Mentira = a verdad. Mundo = paradoja. Vida = a tragicomedia. Nosotros los tullidos debemos aceptar esto si queremos aspirar a lo que tenemos y no a lo que echamos en falta. Yo echo en falta una vida. Mi vida echa en falta a mis pies. Yo era el protagonista de estos perturbadores anuncios. Anuncios en los que aparentaba realizar tareas cotidianas, pero que en el fondo me resultaban imposibles sin la ayuda de mi madre. Madre muerta = a estar muy pero que muy jodido. Siempre trajinando con mi estúpida silla de ruedas. Yo = gasterópodo. Siempre poniendo cara de criatura desdichada. La compasión del prójimo = subvención socialista. A veces pienso en los niños africanos que tienen que caminar kilómetros para un trago de agua. A veces en un enfermo de obesidad mórbida que no puede desplazarse ni dos pasos para mear. A veces en ser abandonado en un desguace. A veces sueño con que el director de los anuncios me arroja por unas escaleras infinitas. A veces siento que estoy corriendo lenta pero inexorablemente hacia la tumba. A veces tengo la esperanza de que al final de los anuncios aparezca el eslogan de “Durex”. Propagación irresponsable de la especie = a proliferación de imbéciles. Me gratularía contemplar, después de cada anuncio, mi jodida cara corrompida, irónica y ojerosa y demacrada y desaliñada y sucia como la planta de mis pies.

31/01/22

La curva de la felicidad

 

Dedicado a Alejandra, por compartir conmigo una vida espartana

 

Mi esposa y yo nos mudamos a Tenerife a primeros de año. A mi mujer le ofrecieron un puesto de relativa importancia como psicóloga en un campamento de inmigrantes, y yo comencé a dar clases de filosofía en un colegio concertado de la Laguna mientras terminaba mi tesis doctoral sobre los sistemas presocráticos de racionalidad. Vivimos en una zona residencial de un pueblecito costero al norte de la isla, cercados por las escarpadas montañas que conforman el macizo de Anaga y el bravo océano atlántico que se extiende azul e infinito hasta el horizonte. Decadentes fincas dedicadas al cultivo de plataneras se expanden a lo largo de la costa. La exuberante vegetación que nos rodea hace pensar que vivimos en el corazón de un paraíso perdido. Lagartos gigantes del color de la ceniza reptan entre las agrestes formaciones rocosas de origen volcánico. Allá donde uno dirija su mirada podrá encontrar palmeras, especies innumerables de cactus, chumberas, eucaliptos, dragos, tabaibas y verdes y frondosos bosques de laurisilva. Vertiginosos barrancos rompen la simetría del paisaje escarbando abruptamente bajo nuestros pies hasta alcanzar un foso de espinas. En las mismas laderas que franquean el barranco, las viejas casas de pescadores penden milagrosamente del precipicio, como si los arquitectos hubieran firmado alguna clase de pacto mefistofélico para sostenerlas.

Llevamos viviendo aquí cerca de un año y todavía no disponemos de coche, lo cual, para nuestra desgracia, entraña una serie de problemas logísticos que convierten cualquier necesidad cotidiana en una hazaña de proporciones homéricas. En estas circunstancias conviene trazar un plan realmente efectivo para minimizar en lo posible las infinitas dificultades que puedan presentarse ante determinadas situaciones, como, por ejemplo, hacer la compra del mes. Muy importante resulta en este sentido elegir correctamente el día y la hora, así como detallar de forma premeditada y escrupulosamente cada una de las fases de las que se componga la tarea. El mismo hecho de ir al Mercadona, ubicado en el pueblo de Tejina a dos kilómetros de distancia, supone todo un reto para nuestras conciencias, pues bajo un sol implacable debemos atravesar una sinuosa y estrecha carretera de tráfico muy concurrido, y no es algo extraordinario encontrar cruces revestidas de flores marchitas junto a la cuneta.  Aunque la experiencia nos ha vuelto bastante resolutivos, dependiendo de nuestros respectivos estados de ánimo, no son infrecuentes las discusiones en torno a quién de nosotros debe encabezar la marcha. Yo me pongo especialmente nervioso en esta primera fase, pues temo mucho que en la curva siguiente nos arroye un camión y seamos los siguientes en cubrir de cruces el camino. Así que, por norma general, mi mujer, que es bastante más decidida que yo, es la que lidera la trepidante marcha hacia las puertas del hipermercado. Es común, que, en determinadas épocas del año, la panza de burro que se posa sobre la corona montañosa de Anaga oscurezca el cielo y los rayos de sol nos den unas horas de tregua. Según las previsiones meteorológicas para el día de la compra mensual, la panza de burro no debería desaparecer hasta la tarde, y, sin embargo, a eso de las diez se había disipado por completo, por lo que no tuvimos más remedio que afrontar con dignidad la inclemente descarga de un sol de justicia.

Al llegar a Tejina, la fúnebre voz de un pregonero anunciaba por las calles la muerte de un respetado anciano que había fallecido atragantado la noche anterior tras ingerir su indispensable vaso de leche con gofio. Mi mujer y yo nos detuvimos en la acera frente a la iglesia, donde se arremolinaba una muchedumbre de familiares enlutados, ataviados con sus mascarillas negras despidiéndose para siempre del estimable anciano.

Amor, no te detengas, debemos proseguir nuestra marcha.

Ya lo sé. Sólo que me resulta curiosa la escena. Hacía mucho tiempo que no veía algo parecido.

Debe ser algo común aquí dije secándome el sudor de la frente con el antebrazo. De cualquier forma, vivimos en un mundo extraño.

Dejamos la iglesia a un lado y tomamos la circunvalación de la izquierda. A unos trescientos metros se encontraba el Mercadona. Ahora circulábamos en paralelo, cada uno cargado con innumerables bolsas de tela.

El verdadero suplicio vendrá luego dijo mi mujer mirando las bolsas.

¿Cuándo? pregunté.

Luego, cuando volvamos cargados con la compra.

No te preocupes, cielo. Ya pensé en eso antes de salir de casa.

¿Y por qué me lo has ocultado?

No sé. Creo que esperaba sorprenderte con mi determinación.

¿Sabes qué es posible que la guagua no pueda pasar a causa del funeral? apuntándome de forma inquisitiva.

Lo sé. Tranquila, está todo pensado.

Deberíamos haber caído antes en esto. De todas formas, las cosas no han salido como esperábamos.

Las gotas de sudor bañaban su rostro. Sus ojos melados mirándome inquietos. Su pelo negro cayéndole por los hombros. Sus enormes aros de plata. Su pecho se alza tras una profunda inspiración. Somos unos desgraciados sin coche, pero la quiero mucho.

¿Lo dices por lo del anciano? pregunté al fin, intrigado.

¿Cómo iba a saber yo que ese desgraciado iba a morir atragantado la noche antes al día fijado para la compra? ¿Cómo iba a saber yo que el pregonero cantase la noticia justo cuando entrásemos en el pueblo? ¿Cómo iba yo a imaginar a toda esta gente cortando la calle?

No lo digo por lo del anciano. Eso me da igual, lo digo por el pronóstico del tiempo echando la cabeza hacia atrás. ¡Me aso de calor!

Una de sus cejas se arquea. Su piel dorada por el sol. Los tatuajes en sus extremidades. El corazón se me acelera al imaginarla desnuda. Ella continúa la marcha decidida, como siempre, y yo no puedo despegar mis ojos de su oscilante movimiento de cadera. Una enorme nube se detiene sobre nosotros. La sombra. Respiro aliviado, por fin algo de brisa. La sigo. Las puertas del Mercadona por fin. Ahora comienza la segunda fase. Cada uno se apropiará de un carrito de la compra. Mi mujer irá primero al departamento de comida para mascotas, después irá al pasillo de lácteos y de camino cogerá café y pan para tostar. Yo en cambio me encaminaré hacia el pasillo de la carne. Un lugar tétrico en el que se respira a muerte envasada. Después iré a pedir cola en la pescadería, y mientras espero, al mostrador de congelados. Mi mujer proseguirá por el pasillo de la fruta y la verdura, y a continuación, se dirigirá al pasillo contiguo, donde se encuentran los frutos secos, las latas en conserva y los encurtidos. Una vez que aparezca mi número en la pantalla, intento hacerme hueco entre las señoras chismosas que se aglutinan ante la morralla. Si bien resulta un tanto tétrico el pasillo de la carne, la pescadería, con los pescados sepultados sobre una tumba de hielo, observándote desde la pétrea y, simultáneamente, gelatinosa superficie de sus ojos siempre abiertos, es la viva imagen del infierno. Por último, mi mujer desaparecerá en el departamento de cosmética y yo revisaré los carros en busca de algo que se nos pudiera haber olvidado. Es muy importante que respetemos este orden riguroso del procedimiento, pues en caso de imprevisto sabremos dónde encontrarnos. Una vez tuvieron que llamar a mi mujer por megafonía, acontecimiento que logré gracias a las incesantes suplicas que proferí a la cajera. El hecho de salir del umbral del anonimato a través de la válvula de un megáfono tampoco es que a ella le hiciera mucha gracia, pero como todo proceder mejora a través de la experiencia acumulada, ahora sé que si la pierdo podré encontrarla con seguridad en el pasillo de cosméticos. Los artículos de compra han sido previamente pactados, como siempre, horas antes de la salida. No debemos excedernos en el precio, ni tampoco en la duración estimable dedicada a cada departamento. Esta última cuestión siempre origina tensos debates relativos a la concepción que tiene cada uno del tiempo, pero lo cierto es que el secreto de un matrimonio está siempre en la comunicación. Quizás, una de las partes más laboriosas y en la que más tensión se acumula, es a la hora de colocar los artículos en las bolsas de tela. La cajera trabaja a una velocidad abrumadora, y nuestros artículos se amontonan rápidamente al otro lado del mostrador si mi mujer y yo no nos coordinamos con eficiencia. Tras sucesivos desastres, acordamos que yo sería el responsable de depositar los artículos en la cinta deslizante y ella la que se encargaría de ordenar por peso y características el conjunto de la compra. Gracias a esta forma de proceder hemos ganado bastante calidad de vida como pareja. Luego subimos con nuestros carritos a reventar por el ascensor y después nos enfrentamos a la cruda realidad de los que no tienen coche. Pero como antes se anunció, yo quería sorprender a mi mujer con una revolucionaria propuesta.

Dos semanas atrás me había visto en la necesidad de hacer yo sólo la compra, y tras desmesurados esfuerzos por alcanzar la parada de la guagua, justo a la altura de la plaza, encontré una parada de taxis. Apiadándose de mi situación, el taxista me ayudó a colocar la compra en el maletero, y tras tomar la pronunciada curva que conduce a nuestra residencia, logré llegar a casa en un tiempo récord y sin desgarrarme las articulaciones. Tras pagar al taxista, que me ayudó a llevar las bolsas junto al portal, estrechándole la mano, le dije:

¿Menuda curva eh?

El taxista asintió obsequiándome con una sonrisa.

Una curva como la vida misma señaló.

Mi mujer me contemplaba incrédula. Después su expresión cambió y en sus labios se dibujó una sonrisa irónica.

No sé si me hablas alguna vez en serio dirigiendo la mirada a los carritos, ocultos del sol en el rellano de la entrada. ¿Quieres que me acerque yo a la parada?

Como quieras. Te espero aquí pacíficamente fumándome un cigarrillo observando igualmente los carritos espero que no se descongele nada…

Pensé en los carritos como si fueran dos seres vulnerables ante la intemperie de los elementos. Imaginé toda la compra derritiéndose y goteando entre los huecos de la maya metálica. Fue entonces cuando, de forma inexplicable, me sentí tremendamente afligido al comprender cómo de inútiles habían resultado nuestros esfuerzos. 

Pues ahora nos vemos. A ver si hay suerte… dijo.

Llámame con cualquier cosa.

Me encendí el cigarrillo y mi dispuse a fumar custodiando los carritos. En ese instante, una viejita con el pelo corto y completamente blanco asomó por la puerta del establecimiento y se detuvo a escasos centímetros de mí, observándome con suspicacia.

¿Verdad que usted no ve la televisión? preguntó la vieja.

¿Cómo? repuse perplejo.

Que usted no ve la televisión, cómo no lleva mascarilla…

La verdad es que no tengo televisión.

¿Qué intenciones tendrá la vieja? El puño se me cierra sobre la mano dispuesto a saltarle la dentadura.

Pero señora tratando de contener mi ira no es obligatorio en la calle.

Entonces me percato de que tampoco la lleva puesta.

La viejita se dirige a mí a través de movimientos espasmódicos. Respira de forma entrecortada:

Entonces a usted eso de la pandemia… gesticulando con la mano derecha. A usted eso le da igual…

Señora, no sé cuales son sus verdaderas intenciones, pero advierto que usted tampoco la lleva, así que no sé conque derecho se atreve a recriminarme.

La viejita sonríe ampliamente ostentando su dentadura postiza:

No, usted no me ha entendido. La mascarilla… susurrándome al oído, de tal forma que me veo en la obligación de inclinarme. No hay que llevarla nunca. Yo misma le he practicado dos agujeros, porque si no me es imposible respirar.

La viejita me lo demuestra introduciendo sus dedos en los agujeros, continúa:

A la gente le han lavado el cerebro. La televisión es corruptora, todas esas noticias. Toda esa paranoia del virus.

La gente es imbécil, señora. Me alegra encontrar gente así, como usted. Al principio pensé que trataba de recriminarme. Dándole unas chupadas al cigarrillo. Verá, señora, eso de la responsabilidad y el civismo... rascándome la cabeza la verdad es que los viejos y los enfermos me preocupan bien poco, bastante difícil me resulta hacer ya la compra. Ahora celebro que me haya usted hablado y que sea de las mías.

Hace un momento quería abrirle la cabeza. Alargué la mano para estrechársela:

Pero no vamos a entrar en debate ahora, actualmente todo esto es agua pasada, y, sin embargo, la gente la sigue llevando a todas horas.

El rostro de la vieja se convulsiona. Sus dedos huesudos y alargados trepan hasta mi hombro presionándolo.

Eso es, joven. Todo esto forma parte de un plan mundial. El nuevo orden, así lo llaman. Las noticias ocultan la verdadera naturaleza de lo que está sucediendo. Por eso hay que usar Telegram. Este es el único canal válido para enterarte realmente de lo que está pasando. Llevan años allanando el terreno, contaminan la atmósfera que respiramos con nanopartículas y la gente tiene la inteligencia nublada. Depositando su mano artrósica sobre mi pecho. ¡Pero aún hay esperanza, no todo está perdido! Espero que no te hayas vacunado.

Pues tuve que vacunarme, señora.

La vieja se retira, consternada.

Me obligaron, señora. Tuve que hacerlo por el trabajo.

Eso es mentira. La mujer me escruta con desconfianza. ¡No pueden hacerlo!

Bueno, y aunque no lo hicieran, tengo mis razones, sobre todo económicas. Señora, cuando viajaba a la península, me estaba dejando un dineral… repuse indignado.

¡Pues no vayas a la península! exclamó imperiosa.

La viejita está comenzando a hincharme los cojones.

Señora, eso no puede ser.

Ahora tienes la sangre contaminada… persignándose a mi nieta no se le despega el tenedor del brazo donde la vacunaron.

En ese instante un taxi estaciona en la acera. Mi mujer sale del auto y me llama a voces.

Tengo que irme señora, pero me alegro mucho de haber charlado con usted.

¡Los carros! ¡ve a por los carros! increpó mi esposa.

Tampoco ve ella la televisión, ¿verdad?

No, señora. Ella también es de los nuestros.

¡Las bolsas!

Virándome hacia mi mujer:

¡Voy!

¿Pero qué te dice la vieja?

Orillándola hacia el taxi:

Entra, ya llevo yo el resto.

Volviéndome hacia la vieja:

Ya nos veremos señora, ¡que tenga usted un buen día!

De camino al taxi le conté a mi mujer todo lo que había pasado. Ella se rio. Yo también me reí. En fin, dije, no fue para tanto al final. No amor, si es que tú y yo somos muy resolutivos. Qué gracioso lo de la vieja, la verdad es que vivimos en un mundo extraño. Si, criatura, demasiado, repuse yo. Cuando el taxi tomó la curva le pedí que se detuviera. El coche frenó en seco, y si no fuera porque llevábamos puesto el cinturón, le habríamos destrozado la pantalla protectora al taxista.

¿Qué haces? dijo mi mujer agarrándome con fuerza de la rodilla.

¿No lo has sentido?

¿El qué, de qué estás hablando? ¡Menudo susto me has dado!

Esa curva… ¿Sabes qué?

¡Estás fatal!

¡Es la curva de la felicidad...! exclamé desperezándome en el asiento.

Sí, cuando nos compremos un coche… dijo mi esposa.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

10/01/22

La cena está servida

Desde que aquella noche nos comimos a María todo cambió entre nosotros. No creo que me sea posible evaluar dicho cambio como algo negativo, puesto que aquel acto aberrante nos mantendrá unidos de por vida. Pero tampoco podría deducirse lo contrario, es decir, que aquel acto inaugurara de algún modo un devenir positivo con respecto al futuro de nuestra relación. Simplemente lo cambió todo, y por tanto es lo suficientemente significativo como para hablar de ello.

Nosotros vivíamos en uno de los edificios que circundaban la plaza del oeste. Se trataba de un piso antiguo, propiedad de un matrimonio de ancianos decrépitos, ideal como para albergar a seis personas, aunque solo figurásemos cuatro en el contrato. Los ancianos desconocían esta situación, y de su ignorancia nos beneficiábamos nosotros, que pagábamos un precio ridículo por el alquiler.

A María nos la entregaron a comienzos de septiembre. A penas era una bola de pelo retorciéndose en la palma de la mano. A SJ le gustaba asomarla por el balcón, y la pequeña gata maullaba presa del terror. María poseía un pelaje sedoso y abundante de color pardo, con intermitentes manchas blancas. Le era característica una sola y única manchita negra en la parte superior de su hocico, de donde le sobresalían unos largos bigotes. Con el tiempo le crecieron garras y dientes afilados como púas, y desde el momento en que los abrió, resaltaban por su intenso color verde sus ojitos achinados. María creció rápidamente, traumatizada por las exposiciones a las que fue sometida inicialmente por SJ, y jamás reunió el valor suficiente como para subirse a cualquier plataforma superior a tres pies de altura.

María ha sido el mejor animal que he tenido en mi vida: inteligente, escurridiza, rápida y, en determinadas ocasiones, entrañable. Era inteligente porque convivir con nosotros en aquel piso no era tarea sencilla, exigía, por el contrario, una alta capacidad de adaptación. Adaptación que María supo adquirir desde bien pequeña, digna de la mayor de las alabanzas. Era escurridiza y rápida porque resultaba extraordinariamente difícil atraparla. Lo cierto es que un gato sabe ocultarse muy bien, hecho que puede derivarse de sus innatas habilidades para cazar, y cuando decide hacerlo, cualquier oquedad, por pequeña que sea, puede servirle como escondite. He definido más arriba que su carácter entrañable era de una naturaleza ocasional, puesto que esto acontecía especialmente en aquellos días en que María experimentaba el periodo, días en los que agradecía que le tocasen su pequeña cavidad reproductiva. En referencia a esto último, cabe señalar que durante las noches maullaba descosidamente, y no dejaba de hacerlo hasta que alguno de nosotros la acunaba entre sus brazos acariciando cariñosamente sus genitales. Es difícil de explicar lo que disfrutaba con solo observarla: con una elegancia pasmosa era capaz de esquivar las interminables cantidades de basura que diariamente se acumulaban en aquel infecto lugar, así como pasar entre los cascos vacíos de botellas y flanquear los atestados ceniceros sin perder uno solo de sus pelos.

Una vez saqué a descongelar un par de doradas que pretendía cocinar a la sal en compañía de SJ. Ambos nos descuidamos durante un rato y al volver a la cocina una de las doradas había desaparecido. Buscamos la dorada dominados por un voraz apetito y no dimos con ella hasta que escuchamos un grito de horror proveniente de la habitación de AB, que decía que bajo el armario asomaba algo así como la “cola de un pez”. En efecto, se trataba de la cola de nuestra dorada. María había hincado sus pequeños pero afiladísimos dientes en la escamosa piel del pescado, pero salvo estos desperfectos y la suciedad que la cubría, nuestra dorada estaba en perfectas y apetecibles condiciones.

Nuestros amigos del tercero, S y JB, llevaban viviendo un año juntos. Discutían a menudo, y durante sus visitas a nuestra casa podían entreverse las grietas y fisuras que ostentaba ya casi de forma irreversible su relación sentimental. Quizás les motivara vernos por el hecho de que la visita actuara como analgésico capaz de aplacar por unos minutos sus serios problemas conyugales, pero lo cierto es que no funcionaba, puesto que siempre terminaban discutiendo. Ello me resultaba francamente insoportable, y de hecho no lo hubiera tolerado si no fuera por que traían con ellos a Lola, una cachorra surgida de un cruce de Pitbull con Stanford. Os podéis imaginar el traqueteo que se traían ambos animales por la casa. Todos sabíamos que no era más que un juego entre ellas, un juego intrínseco a la naturaleza de cada una. El único juego que existe realmente en la vida: el del cazador o la presa.

A veces sentíamos la necesidad de premiar a María por su excelente comportamiento. A María le chiflaban unas barritas hechas con grasa de salmón que vendían en la tienda de animales que hacía esquina con la plaza. La dependienta era una veterinaria frustrada que había terminado por abrir una tienda para mascotas. No le gustaba demasiado su trabajo, a penas si mostraba un mínimo interés cuando le preguntabas acerca de algún producto en especial. Era vaga y sebosa y olía a meado de gato. Pero en cualquier caso nos recomendó esas barritas para nuestra pequeña María que le hacían perder la cabeza. Ni siquiera la presencia de las fauces abiertas e impregnadas de saliva de Lola hubieran impedido que María saliera de su escondite maullando y retorciéndose de impaciencia por aquel pedacito de mierda. En una ocasión AB quiso llegar aún más lejos y compró una tarrina de hígado de buey. Sobre el plato parecía un flan, por cuyos flancos resbalaba una gelatina brillante con aspecto de costra. El olor hizo que inmediatamente me rugiera el estómago. Me acerqué a aquella cosa y le pregunté a AB de qué se trataba.

            Solomillo de buey. Dijo.

            Carai. Respondí. ¿Podría probar un poco?

            Sí, claro. Pruébalo. Aunque solo prueba un poco.

Por unos instantes no comprendí. ¿A qué venía eso de que solo probara un poco? En aquella casa no existía la propiedad privada. De mal grado, pero sin ganas de pelearme por un trozo de solomillo, me serví de un tenedor y arranqué una porción.

            Esto es realmente asqueroso.

            Por eso te dije que probaras un poco.

            Sin duda es lo más repugnante que he comido en mi vida.

            Claro. Es que es para María.

El año transcurrió casi sin darnos cuenta, y cada uno de nosotros fue abandonando el piso sin querer hacerse responsable del destino de María. Ciertamente, María había supuesto un agradable entretenimiento durante todo aquel periodo de nuestras insulsas vidas, añadiendo esa chispa de vitalidad que solo aquellos que nos vemos inmersos en la apatía sabemos valorar, pero de ahora en adelante, para la mitad de los que vivíamos allí, la existencia o no de María resultaba completamente indiferente. Los últimos en abandonar el piso éramos SJ y yo, por tanto, quizás por causas accidentales, o quizás por la necesidad en la que de forma inexorable transcurre todo cuanto acontece, recayó sobre nuestras manos el destino de María. Debíamos encontrar una solución a nuestro problema lo antes posible, ya que en un par de días debíamos partir lejos, muy lejos de allí. S y JB también tenían que irse, por lo que en todo el edificio no teníamos a nadie conocido al que pudiéramos vender a María. Tampoco en la ciudad, y la verdad es que nos daba bastante apuro abandonar a María a su propia suerte, ya que, acostumbrada al confortabilidad del hogar, no sobreviviría durante mucho tiempo. Los refugios para gatos tampoco nos convencían, además, en dichas instituciones, hay que entregar al animal en calidad de “donación”, y para nosotros María tenía un valor excepcional, valor que indudablemente solo entregaríamos a cambio de dinero, puesto que no existe otra forma de solventar los daños causados por la pérdida de aquello que se tiene en mucha estima.

No habiendo pues un gran abanico de posibilidades, decidimos que la forma más adecuada para despedir a María sería la de organizar un festín en su honor. Además ni SJ ni yo habíamos probado nunca la carne de gato. Especulamos acerca de su jugosidad, su textura y el sabor, y la comparamos con otro tipo de carnes que sí habíamos probado. Quizás consistiera en algo parecido a la carne de gallina, o al pollo. La ternera, el cerdo y el cordero quedaron inmediatamente descartados. Entonces fue cuando recordamos casi simultáneamente que lo más parecido a comer gato sería el conejo o la liebre. Por eso decían lo de “que no te den gato por liebre”.

            ¿Pero has cocinado alguna vez una libre?. Me preguntó SJ.

            No que yo recuerde. En cualquier caso, lo más complicado será despellejarla.

            María es puro hueso y pellejo. Seguramente la carne será dura y fibrosa, y estará muy adherida a la piel. Nos va a costar trabajo limpiarla.

            Casualmente, el otro día pasó por el barrio el afilador. Me despertó esa dulce musiquilla que sale del altavoz y que recuerda a la melodía que produce una flauta de pan. Me asomé a la ventana con la extraña sensación de sentir por primera vez que algo se me removía en el estómago, como si en el fondo de mi ser palpitase aquello que nos recuerda que estamos vivos, y que hace que experimentamos algún tipo de emoción. No pude ver desde la ventana al afilador, pero su mensaje parecía venir desde todas las direcciones, y su voz inundó estas calles estrechas y malolientes como si se tratara del redentor.

¿Pero qué es lo que decía?. Preguntó SJ.

            Fue tan emocionante que retuve en mi memoria cada una de sus palabras. El mensaje decía: “Ya está aquí el afilador. Se afilan cuchillos, navajas, tijeras, hachas, machetes, todo tipo de utensilios de cocina, máquinas de fiambre…”. Luego volvía a repetir lo mismo, en bucle, hasta que su voz se iba perdiendo en la distancia…

            ¿Y no fuiste en su busca? ¿No sentiste en tu corazón el impulso de afilar hasta las patas de una silla?

            Pues claro que fui en su busca. Bajé con ese hacha viejo y oxidado que encontramos en el polvorín, donde C dio una fiesta el año pasado.

            Sí, me acuerdo del hacha. Siempre he querido usarlo, pero hasta hoy no se me ocurrió con qué.

No fue tarea fácil atrapar a María. Creo que ella columbró que el brillo que se desprendía de nuestros ojos no era el mismo que cuando le entregábamos las barritas de grasa de salmón. Supongo que ella sabía qué clase de destino le aguardaba. De alguna forma intuyó que aquella tarde sería su final. Despedazamos a María en la encimera de madera de la cocina y tiramos sus restos al cubo de basura. La cabeza, sin embargo, quiso quedársela SJ, algo a lo que yo me opuse en principio porque también la quería para mí, puesto que María ha sido el mejor animal que he tenido en mi vida.  

En definitiva, el guiso que hicimos con María no tenía nada que envidiar a ningún otro. Ni siquiera los menús que se sirven en los banquetes más prodigiosos podrían comparársele. Nos llevó unas cuantas horas guisar y limpiar la sangre y los pelos de María. A eso de las nueve de la noche llegaron nuestros invitados, S y JB. Iba a ser nuestra última cena en aquella ciudad.

            Puedes darle un poco a Lola. Estoy convencido de que su sabor le resultará familiar. Dijo SJ a S.

            Encuentro la salsa muy buena, solo que la carne está demasiado dura. Apuntó JB.

            Eso es porque la carne es salvaje. Respondí.

            La verdad es que si hubiera sabido que íbamos a comer liebre no hubiera venido. Nunca me gustó comer liebres. En mi pueblo siempre las cazaban, después mi abuela las despellejaba y las deshuesaba en el patio. Todo se manchaba de sangre y era muy desagradable. Añadió S.

            Además… esta carne… No sé… Sabe demasiado a algo que no me gusta. JB masticó durante un rato la porción que acababa de engullir y se quedó pensando en silencio. Un momento, claro. Ya sé a que me recuerda. Sabe un poco a salmón. Eso es, salmón. Y el salmón, como cualquier pescado, no lo soporto.

            ¿Pero quién ha hablado de que sea liebre lo que estamos comiendo? Insinué yo.

            Ni liebre ni salmón. Dijo SJ. Estamos comiendo algo muy distinto. Algo muy especial.

            ¿Y por qué no nos decís qué coño es?. Insistió JB.

En ese instante, Lola destapó el cubo de la basura y comenzó a lamer su interior.

            ¡Lola! ¡Lola! ¡quieres venir de una vez! ¡eso no se hace Lola!. Gritó S. Mira, te has llenado de pelos. Tienes todo el hocico lleno de pelos, Lola.

            Espera, para quieta. ¿Qué demonios tiene en el hocico? Preguntó JB. Coño, S, la perra está sangrando.

Es cierto que tiene sangre, pero fíjate bien, parece que no es de ella.

En ese instante S y JB se viraron hacia nosotros mirándonos con estupefacción: algo descabellado les había pasado a los dos por la mente. Una idea que no deseaban formular, pero que indudablemente estaba ahí, revolviéndoles las entrañas…

            No he visto a María hoy. Señaló S. ¡Qué raro que no salga a jugar con Lola!

            Ya sabéis que los gatos saben ocultarse muy bien. Dijo SJ.

            Sí. Eso sin duda. Pero María no está escondida en ninguna parte. María está a simple vista. Está aquí, con nosotros. Añadí yo.

            ¿Aquí dónde?. Preguntó JB en tono de alarma.

S se levantó inmediatamente de la mesa y contempló el plato de comida.

Está aquí mismo. Repuso SJ. ¡Debajo de vuestras narices!

23/11/21

Utopía paraíso

1)      Antes que nada, me gustaría insistir en la desconfianza que siento acerca de cualquiera de las explicaciones de orden escatológico que hayan podido declararse sobre nuestros orígenes.

2)      No quiero afirmar que todo sea falso, pero sí, que, detrás de cualquier supuesta explicación, existe algo que se tambalea, similar a cuando percibimos el reflejo ondulatorio de nuestra imagen sobre un charco de agua.

3)      Todos provenimos del Cubo ubicado en el centro del Tanque. Sobre éste resplandecen los Tres Soles. Los Tres Soles iluminan nuestro mundo durante 14 horas, el resto del tiempo lo pasamos resguardados al calor y la oscuridad de nuestras madrigueras.

4)      Hasta donde me ha sido posible averiguar, sé que nuestros ancestros fueron originalmente cuatro. Los machos eran: Antígono y Crántor. Las hembras: Filipa y Melanta.

5)      Las paredes que recubren el Tanque están forradas de mayas trepadoras confeccionadas con alambre. Los primeros barracones se hicieron a partir de estas estructuras metálicas. También disponíamos del material suficiente y necesario para construir nuestros nidos. Las condiciones climáticas eran las ideales, junto con la necesidad de alimentos y el resto de provisiones. Los abrevaderos siempre estuvieron llenos, así como los hangares destinados al almacenamiento de comida. En el lado opuesto a los abrevaderos se encuentra “La Rueda” o zona recreacional.

6)      En términos generales, podría afirmarse que vivíamos en un auténtico paraíso. Quizás al principio si lo fuese, al menos durante las primeras líneas sucesorias, pero con el transcurso del tiempo, la situación comenzó a volverse insostenible…

7)      Durante la conocida etapa de “La Prosperidad”, regentada por el gobierno de Los Parias, la población de nuestra comunidad se duplicaba cada 55 días.

8)      Yo nací y crecí por aquel entonces. Existía cierta controversia acerca de si fueron mejor los tiempos pasados o los que estaban por venir. En este caso cabe destacar que nunca vinieron tiempos mejores que aquellos en los que transcurrió mi lactancia. Esto lo afirmo objetivamente, a pesar de que sé que este tipo de pensamiento es propio de los viejos chochos y nostálgicos, que viéndose impelidos por las circunstancias presentes, recuerdan con añoranza su pasado.

9)      A partir del día 315, las cosas nunca volvieron a ser como antes. Esta época se conoce como la de “La Gran Depresión”, ya que la tasa de reproducción se redujo hasta tres veces. Cabría preguntarse el porqué de esta circunstancia puesto que aún permanecíamos en condiciones ideales para el desarrollo de nuestra especie, o bien especular sobre los sistemas de regulación inherentes a la propia naturaleza, como puede ser el hecho de que ésta, es decir, la propia naturaleza, actuara como medida preventiva contra la superpoblación. Podríamos incluso indagar acerca de si la superabundancia puede ser contraproducente, pero, por más disquisiciones filosóficas en las que nos veamos envueltos, difícilmente averiguaríamos qué fue exactamente lo que nos llevó a la situación que me dispongo a relatar.

10)  Había unos 600 ratones cuando comenzó “La Gran Depresión”. El abastecimiento de comida no había experimentado disminución alguna. Esto nunca fue un problema, la comida y la bebida parecían brotar de las mismísimas entrañas de la tierra. Lo que si comenzó a constituir un verdadero problema fue el espacio, cada vez más reducido, en el que nos veíamos abocados a habitar. La sensación era como si las paredes del Tanque se contrajeran, como si todo, de repente, se hubiera vuelto más pequeño. Los barracones inferiores estaban superpoblados. Dormíamos unos sobre otros como animales de cuadra. Competíamos por cada milímetro cúbico de aire. Algunos expertos en climatología denunciaron esta situación ante el tribunal de Los Parias, pues afirmaban que en poco tiempo la calidad de nuestra atmósfera se pervertiría hasta alcanzar niveles de toxicidad intolerables. Algunos abrevaderos fueron corrompidos por la desmesurada cantidad de residuos fecales, que prácticamente llegaron a cubrir la totalidad de la superficie del Tanque.

11)  El día 475, el consejo de Los Parias fue destituido por el de Los Jerarcas. Los Jerarcas se apropiaron rápidamente de los enclaves de aprovisionamiento y tomaron bajo su control a las hembras, inaugurando de esta forma el periodo de “Los Jerarcas”. Estos machos eran fuertes y rudos como tejones, narcisistas y despiadados.

12)  Las condiciones ideales habían provocado que nuestra esperanza de vida se prolongara más de lo natural, por lo que esto, sumado a la falta de espacio, acrecentó la rivalidad entre las generaciones. Los Jerarcas más viejos comenzaron a agredir a los ratones más jóvenes, y toda nuestra generación se vio azotada por una vorágine de violencia y crueldad sin precedentes.

13)  Los Jerarcas solían acechar los barracones inferiores, que eran los más poblados. En cualquier momento podrían entrar en una de las madrigueras y despedazarte. Mis hermanos, Leucipo y Favorino, fueron asesinados en presencia de lactantes. También entre los propios Jerarcas se libraban cruentos combates. Este tipo de enfrentamientos solían realizarse en La Rueda, en presencia de todos. Mi amigo Molón me convenció para asistir a una de estas luchas. Durante la reyerta, alternada por ráfagas de polvo y sangre, mi amigo Molón sufrió una herida irreversible que pocos días después le causó la muerte. Nadie desvió sus oscuros ojos de ratón para ayudarme con Molón, pues el resto de mis semejantes, cegados por la histeria colectiva, no hacían otra cosa que arañar la tierra y batir sus colas, ostentando sus colmillos como ratas endemoniadas.

14)  El día 550, el Jerarca conocido como Hegesias, se batió en duelo con Herilo, su mayor contrincante. El resultado fue que Herilo perdió la visión de un ojo y Hegesias murió de hemorragia a consecuencia de una profunda herida en la garganta.

15)  Las represalias no tardaron en llegar. El día 560, Quinón, hijo de este último, descendió a los barracones y mató a los cachorros de Herilo, poniendo fin al legado sucesorio de éste. Tras este acontecimiento se desencadenó la guerra entre los Jerarcas. El vacío de poder y las sucesivas muertes entre los machos dejó vulnerables a las hembras y las crías de éstas.

16)  Sedientos de venganza, los más jóvenes aprovecharon para tomar el poder. Fueron días oscuros teñidos por la sangre de los inocentes. Yo me negué en rotundo a participar en tales matanzas, a pesar de que mis hermanos fueron asesinados a garra y colmillo por los progenitores de aquellos que ahora se habían quedado huérfanos. No había un solo recoveco en todo el Tanque, ni si quiera en el espacio del Cubo, considerado hasta entonces como un lugar sagrado, en el que un cachorro pudiera estar a salvo de los vengativos ratones adolescentes. Mataban a diestro y siniestro, sin importarles lo más mínimo el estado de gestación en el que se encontraran las hembras. Algunas de ellas eran capturadas entre varios de estos ratones y las abrían en canal, extrayendo a sus hijos de su seno como miserables garrapatas y aplastados posteriormente sus endebles huesos contra el ensangrentado suelo de las madrigueras.

17)  Como consecuencia del “ratoncidio” que se estaba cometiendo, un grupo de hembras independientes anunció vetar la reproducción si las circunstancias drásticas en las que había degenerado nuestra comunidad no cambiaban radicalmente. Este grupo se conoció como el “Elenco de la no gestación”, y se hizo realmente importante en las postrimerías de la centuria número cinco, cuando la guerra entre los Jerarcas tocaba a su fin.

18)  El día 607, murió el último de los jerarcas, Periandro. El responsable había sido Querosenos, su hermano. Las malas colas cuentan que éste fue desprovisto de sus genitales la noche en que trató de acostarse con Erquia, la hembra predilecta del Jerarca. Traumatizada por los abusos experimentados, Erquia enloqueció y sacrificó a sus propias crías. Así lo hicieron muchas hembras, pues, paradójicamente, terminaron por dirigir las agresiones de otros machos a su propia descendencia.

19)  Con la definitiva consolidación del elenco, las hembras tomaron el poder y sentaron las bases de una nueva era: “Las Reinas”.

20)  Los machos que sobrevivimos a esta situación fuimos progresivamente marginados. Algunos de nosotros terminamos por quebrar psicológicamente. Ante el veto, impuesto por el elenco, de la actividad reproductiva, una nueva generación de jóvenes ratones se volvieron homosexuales. Perdieron el interés por las hembras y comenzaron a desarrollar prácticas sodomitas entre ellos. Fueron conocidos como “Los guapos”, por la costumbre de atusar sus bigotes y la obsesión por el aseo.

21)  El día 635, las hembras del elenco emprendieron una dura persecución contra “Los guapos”. Lo que en un principio empezó como una privación de sus derechos, terminó en una auténtica carnicería. Nadie podrá explicar por qué las hembras del elenco consideraron una amenaza a este grupo de ratones homosexuales, pero en su empecinamiento por erradicarlos fueron bastante comunes los actos de canibalismo.

22)  Las imparables y cruentas luchas que se libraron desde la muerte de Hegesias trajeron como consecuencia la propagación de enfermedades: en un recuento que se realizó el día 734, nuestra comunidad había sido prácticamente diezmada.

23)  Las Reinas, tomando consciencia de que dicha situación podría abocarnos a una extinción inminente, decidieron anular el veto de la reproducción y obligar a todos los machos disponibles a que ejercieran de fecundadores.

24)  Aquellos machos que se negaron fueron exterminados. Estaba escribiendo algunas notas, cuando un par de estas poderosas hembras entraron en mis dependencias y abusaron de mí impunemente. Sin duda fue la cosa más humillante de las tantas que he padecido en mi vida desgraciada. Recuerdo que mientras me extraían el esperma como si fuera una jodida mamadora reían como auténticas ratas de alcantarilla… Unos días más tarde, un antiguo compadre que conocía desde los pacíficos días de “La Prosperidad”, se ahorcó de su propia cola. El cadáver lo había hallado una capitana del elenco, famosa por sus crueldades, y como muestra de su desprecio, lo arrastró a través de todo el recinto hasta la zona recreacional, donde a vista de los lactantes, dejó que se pudriera en señal de que eso jamás debía repetirse.

25)  En el día 803, una nueva amenaza puso en jaque a la infame tiranía de Las Reinas. Con el nacimiento de un par de gemelos, llamados respectivamente Heracles y Breva, muchos de nosotros pensamos en una remota profecía, formulada ya en tiempos de los Parias, que anunciaba el advenimiento de una era de paz y concordia. Las élites, dispuestas a conservar el poder, habían procurado borrarla de nuestra memoria. Aconsejada por La Resistencia, entre la cual me incluyo, logramos que la madre se negara a sacrificar a sus propias crías, tal como obligaba una ley con respecto al nacimiento de gemelos, promulgada durante el periodo de Los Jerarcas.

26)  Este ha sido el episodio más importante de mi vida, puesto que yo y otros cuantos machos marginados, que no habíamos sucumbido todavía ni a la locura ni a la homosexualidad, ocultamos a las crías de los perversos hocicos de Las Reinas.

27)  En el más absoluto de los secretos, formamos una sociedad clandestina conocida como “Nueva alianza”, derivada del viejo movimiento de Resistencia, que tenía como objetivo alimentar a estas crías hasta que alcanzaran la madurez y derrocaran definitivamente a Las Reinas.

28)  A pesar de todos nuestros esfuerzos, todas nuestras esperanzas sucumbieron el día en que la enfermedad nos arrebató a los gemelos. Ahora estaba todo perdido, al no ser que la profecía no fuera más que una patraña y toda nuestra esperanza una quimera.

29)  Las Reinas descubrieron nuestro escondite el día 850 y todos fuimos sentenciados a la pena capital. Sin embargo, la enfermedad actúo más rápido que las estranguladoras colas que nos cercaban, y dos días después murió Cuántica, la última soberana.

30)  Los albores de una nueva época se discernían en el horizonte. Las herederas no se pusieron de acuerdo a la hora de nombrar una nueva Reina y terminaron por matarse entre ellas.

31)  El día 860 se fundó “El consejo de los Ancianos”, aunque por ese entonces ya éramos muy pocos los que todavía nos sentíamos con alguna fuerza.

32)  Una nueva oleada de enfermedad se llevó a la última de nuestras crías el día 900.  El Consejo de Ancianos se disolvió al día siguiente…

33)  Hace cinco días Celantes perdió todo atisbo de lucidez. Decía que había sido tocado por la gracia de los cuatro ancestros. Decía que pronto todo retornaría los inicios, como cuando el agua corría limpia de los abrevaderos y de la tierra crecían tiernos tallos. Decía incluso que si nos poníamos de acuerdo podríamos repoblar el tanque. Decía que había notado como desde hacía un par de semanas se le habían hinchado las mamas. Decía que se convertiría en una hembra sana y fértil. Decía que yo… En fin. Todas incongruencias de su malgastado cerebro. Todo un disparate, mi estimado Celantes.

34)  En una incursión a los abrevaderos le encontré muerto con la mitad del cuerpo sumergido en el agua. Su rabo yacía inanimado y tieso como el alambre.

35)  Día 1001. Sin novedad.

36)  Día 1.020. Sin novedad.

37)  Día 1.024. Han fallecido Anfiarao y Bión.

38)  Día 1.037. Muerto Esquilo. En los días sucesivos fallece Cerníades. Después Demetrio. Después Sofronisco. Después el bueno de Menéxeno.

39)  Día 1.058. Soy el único que permanece con vida. No tengo mucho que contar. Merodeo de un lado para otro y aprovecho a descansar dentro Del Cubo. Allí escribo. Allí paso casi la mayor parte del tiempo. Me alimento y bebo de lo que todavía no está contaminado.

40)  Día 1.079. Soy un viejo con muchas cicatrices en el alma y en el cuerpo y no albergo ninguna duda de que el final está próximo.

41)  Día 1.088. Recuerdo mis uñas hurgando en la tierra y el movimiento rápido de mi cola. El sabor agrio de la leche. Recuerdo el Cubo Azul Cieno y la luz cegadora de los Soles la primera vez que abrí los ojos.

42)  Día 1.101. Me estoy volviendo loco. No tengo fuerzas ni para morirme. Tan solo espero que generaciones posteriores no incurran en los mismos errores. Este es el único propósito de todo cuanto he contado.

43)  Último día…