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01/06/26

Nevera

         No soy capaz de dirigirme la palabra a mí mismo cuando me doy cuenta de todo el daño que he causado. Por eso siempre estoy en silencio. Aunque en mi cabeza sólo haya ruido seco de gritos asfixiados con mi propio puño. Y cuando pienso en mi madre, cuando realmente pienso en esa mujer, me entra una angustia tan terrible que me hace desear matarme. Una angustia que me devora por completo, como si estuvieran a punto de clavarme un arpón en el estómago, muy despacio, casi haciéndome el amor. Pero sólo sería una muerte sin más, nada espectacular. Y cuando pienso en mi padre me dan ganas de cambiar mi vida por la suya, para que le saque algo más de provecho. Es decir, matarme.

          Escucho música animada en el salón mientras mi padre duerme asustado por los gritos y los putos muebles que he roto hace unas horas. En realidad yo sólo quería bailar. Pero yo no puedo dormir porque soy culpable. Me fumo un cigarrillo con auténtica soberbia, como si fuera lo único elegante de mi vida. Fingiendo que lo fumo cara al público, en un alarde de sobrestimación. Y salgo por las noches en busca de viejos maricones para que me follen porque no tengo alma, porque estoy vacío, porque sólo busco saciar mi apetito humano. No tengo interés en ninguna mujer porque ninguna mujer es como mi madre. Ni tampoco tengo interés en ninguna muchacha porque ninguna muchacha es como mi hermana. Y no tengo ningún interés en ningún muchacho porque ningún muchacho es como Vorj.

          Odio tanto las manchas de mis dientes, las puto odio, son negras, horribles, como si fueran susurradores de mis vicios. Debería coger un alicate y arrancarme los dientes malos, como deberían arrancarme a mí de esta familia. Mi padre ha decidido deprimido irse a dormir a las 7 de la tarde porque no soporta verme sentado en el sofá destrozado. Luego he ido a espiarle con la sonrisita típica de enajenado mental, y lo he visto muy serio y muy triste intentando quedarse dormido. Entonces he entendido que tenía miedo y que no podía mirarme a la cara. Me he puesto muy mal, he cogido una chaqueta y he salido a la calle a gritar y pegarme con las farolas. Pero con la mano abierta, como si le diera bofetones a mi madre, que pegarle con los nudillos duele demasiado.

          Estoy en la casa de mi madre, ella con sus buenos deseos me dice que ha preparado pescado empanado para mí, que hace frío, mucho viento, que lo vamos a pasar bien. Pero entonces yo decido comportarme como un cretino, le miro a los ojos con odio y le reprocho mil estupideces que ha cometido; y sí, es cierto que mi madre me violó la mente con pocos años, que me pegaba, insultaba y todas esas delicias maternales; pero tampoco era tan mala madre. Y, sin ningún tipo de pudor piso y meo encima de sus buenos deseos, pero ella está cansada, me entran ganas de llorar, me estrangula con la mirada, pero estoy tan acostumbrado a ser una auténtica mierda que me da igual, me trago el llanto y miro con rostro serio, con los ojos de un loco. Enciendo un cigarrillo y le pregunto arrogante si se va a poner a llorar como la puta maricona que es. Entonces mi madre pone gesto de incredulidad, curva la boca y empieza a sollozar. Me pregunta que por qué le hago tanto daño, le digo que uno cosecha lo que siembra. Su llanto empieza a aumentar, pero no te confundas, yo también estoy llorando contigo, al menos no estás sola en eso.

         De vez en cuando me da por pensar en mi madre, y es ahí cuando no puedo más con mi culpa, y me entran ganas de matarme. Justo como ahora. Ahora mismo es un momento increíble para matarse. Porque no puedo con la culpa. Después pienso con terrible dolor en un niño de cuatro años siendo abofeteado, gritado, insultado tanto hasta que su mente no es suya. En mí con cuatro años encerrado como castigo improvisado en el salón, vomitándome encima del pánico que me daba estar solo, y a mi madre regresando, de su paseo espiritual, dejándose llevar por su amor gritándome que me trague mi propio vómito. Me veo a mí mismo y me entran aún más ganas de llorar. No me lo creo, pero qué marica soy. Y mientras le mantengo la mirada a ese niño él me mira todavía con más firmeza e intento apartar la mirada, pero me persigue. Me arrancaría los ojos. Pienso un poco más en mi madre, en su cansancio, en sus te quiero agónicos, casi desmayándose por su propia culpa, y me entran muchísimas ganas de fumar. Me pregunto casi derrotado, ¿por qué le doy guerra a una anciana cuando lo único que suplica es paz?

          Después estoy en el coche de mi padre rumbo a casa llorando porque mi madre me ha usado otra vez, quejándome mientras él me tranquiliza, sin dormir tres días, aprovecho para pedirle perdón por gritarle y montar un escándalo el otro día, pone gesto de auténtico asco al verme la cara, al verme pronunciar esas palabras: –ya hablaremos de eso Sergio. Me quedo frío, soy asqueroso.

          Le digo a mi hermana que tenemos que hablar que es hora de que volvamos a hablarnos, que ha pasado mucho tiempo y me dice que no tiene nada qué decirme, que soy su hermano pero que tampoco lo soy tanto. Le pido, casi suplicando, si puedo, con las pocas monedas que me quedan de un trabajo que conseguí invitarla a tomar algo y me mira a los ojos, a los ojos de su hermano, y dice que no lo cree. Siento rabia dolor y tristeza. Le miro a los ojos, le pregunto si habla en serio, dice que sí, que no quiere saber nada de mí. Le digo que se lo piense, por favor… Entonces voy a mi cuarto y me muerdo un nudillo para no armar escándalo mordiéndome a mí mismo el puto cuello como un depredador, me desvisto cojo una toalla y me ducho. Me pongo guapo, le digo que estoy listo, que si se lo ha pensando mejor que si vamos a tomar algo… Me mira con la misma mirada con la que miro a mi madre. Y finalmente me dice que va a salir con papá, que van a salir ellos dos solos, que no estoy invitado.

         Luego pienso que en realidad le debo haber hecho mucho daño para que me odie de esa manera. Le digo que muy bien, con delicadeza, que lo pasen bien. Mi padre no dice nada, en el fondo sabe que me lo merezco. Le digo a mi padre que se acerque y le susurro: lárgate de una puta vez de mi puta casa. Cierran la puerta y empiezo a chillar histérico, a llorar rabioso a reventar la nevera a cabezazos a patalear, a escupir a maldecir, a llorar solo en la casa hasta que las cosas se calmen. Yo no quería ser así, mi madre me ama, mi padre no puede mirarme a la cara, mi hermana no quiere saber nada de mí. Me llama por teléfono un pobre infeliz para salir a fumar porros. Le digo que sí, que nos vemos en la plaza, llego, me pregunta cómo estoy y le digo que bien. Fumamos hasta que nos entra hambre, le digo que vayamos a mi casa a comer. Abro la puerta y mi padre y mi hermana están allí, no los saludo, vamos directos a la cocina, preparo algo para comer y engullimos. Después le digo que simplemente se vaya. Más tarde, varias horas más tarde recibo un mensaje de un desconocido, le digo que sí, que voy a su casa, y mientras me folla pienso en mi madre, el tipo jadea, gime y se vuelve rojo e inmenso, mientras mi madre llora. Su polla gorda destroza mi culo y pienso que me merezco todo eso. Tengo ganas de matarme mientras me dejo violar, pero con indiferencia le pregunto si se va a correr dentro o en mi cara. Luego le digo que necesito quince pavos para el taxi, me da un billete de diez y me largo.



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