He perdido. Lo sé con exactitud. ¿Habrá premio por haber perdido? Me ha ganado el mundo y todo lo que ello significa. Soy un perdedor. Lo estoy intentando. De verdad que lo hago. Y por eso, hoy, a pesar de querer suicidarme, matar a mi padre, suplicarle a mi madre que deje de llamar por teléfono y que se olvide de mí de una vez por todas, escribirle una carta a mi hermana, o simplemente llorar desconsolado en el sofá viejo del salón; hago un esfuerzo sublime por arrastrarme a la tienda de la esquina y comprar una botella de vino. Empiezo a recordar y, por ello, a sufrir. Pero al menos, hoy, no estaré solo. Me acompaña una botella de vino. Y sé, con mucho dolor, que esa será la única y mejor compañía que pudiera tener ahora mismo. Nadie más, ni siquiera la más hermosa de las almas, está a la altura de lo que necesito. Salvo, tener el coraje de beber un litro de vino y con suerte dejar de ser tan humano y volverme más un espectro.
ALERTA: +18 Lea bajo su propia responsabilidad. Adictivo como nicotina en encía virgen. No nos hacemos responsables de su estabilidad mental. Consuma con moderación. Joya de ficción. Terapia grupal marginal: TLP-Sociópatas-Psicópatas-Amables. Colaboradores nacionales. Siglo XXI. En honor a Albertito de la Mancha. SMA fundado en 1993 por Larva Destouchez.
Páginas
05/06/26
Becoming Insane
04/06/26
Buena Suerte Andrés
Dedicado a Valcour, el tercer integrante de Sífilis Mon Amour
Instituto y demás demonios
Era otra época. Hubiera estado bien recordar con nostalgia los noventa, pero ni siquiera los recuerdo bien. Me tocó sufrir los dos mil y con ello todo lo que supuso cambiar de vida. No me quejo, sé de antemano que en cualquier lugar me hubiera sentido igual de mal. No era nada del otro mundo, sólo que me aburría con lo mismo de siempre. Aprender a disfrutar con las pataletas de la vida es una de las cuestiones más complicadas que existen. Aún era un niño, de hecho, sigo siéndolo. Pero, por desgracia me siento vacío, perdido y hasta agónico. Lo único que me saca de mi ensimismamiento es recordar las caras de todas esas personas que dejé atrás. Me hubiera gustado tener un amigo, y de hecho, lo tuve, pero no mucho tiempo. En casa las cosas no iban mal, papá tenía trabajo estable y mamá sabía cómo moverse en ese ambiente. Mi hermana aún construía su fortaleza interior, y no dejaba entrar a nadie. En ese sentido, lo hizo mejor que yo, supo fortalecer bien las paredes, distribuir las salidas de emergencia y también le dio tiempo para ponerle algo de color. En cambio, mi castillo no tenía ningún ladrillo, pensaba que si alguien se atrevía a entrar para buscar sangre yo podría defenderme, pero nada de eso era cierto. Todo era un terrible error y, la verdad, ahora tampoco me importa mucho.
Tenía algunos amigos, pero los odiaba en secreto. A cada uno de ellos, cada sonrisa, sus ojos, las voces... era terrible, lo despreciaba. Con mucha expresividad. Los profesores eran otro tema, algunos sentían admiración por mí, otros insinuaban que era un muchacho prometedor, con un gran futuro, y por supuesto, con algunos despertaba cierta antipatía. Tendría que agradecerles a ellos por hacer mis días más llevaderos. Nunca fui un héroe, más bien, un niño confundido, un muchachito que quería hacer algo, pero que no sabía muy bien el qué. Luego, todo se volvía monótono, lleno de esperanzas vacías, burlas tontas y ansias de algo. Si por lo menos hubiera amado de verdad, no esos enamoramientos fugaces y absurdos... Ese juego estéril y patético de jugar al ajedrez. No hice muchos amigos, de hecho, a la mayoría le caía mal. Los primeros años me las pasé callado, y cualquier que me hubiera conocido en esa época hubiera pensado que era muy tímido. Pero, en realidad, en ese momento mi filosofía era la de no estropear el silencio. Después hablé un poco más y a mucha gente no le gustaba mi voz o lo que decía, vociferaban que me creía un gran sabio o cosas así. Aunque, en realidad, nunca pretendí llevar la voz cantante, me limitaba a sobrevivir. Tuve algunos momentos de violencia con otros compañeros. Anhelé a algunas chicas y me prostituí por un poco de afecto. Solía llevar una libreta dónde anotaba nombres y rumores sobre la gente. De hecho, de haberlo escrito me hubiera ganado el odio de todo el mundo, y mi existencia en el instituto hubiera sido un infierno. También tuve la idea de abrir una lista negra y escribir allí los nombres de la gente que me caían mal, pero no resultó, al final del curso me di cuenta que todas las personas que conocía estaban allí, incluidos mis padres, y también mi hermana. Sin embargo, si tuve compasión fue con Alice, a ella la taché varias veces de mi lista negra. En realidad, no me soportaba ni a mí mismo, ni a nada. Quería escapar de se abismo, pero no había forma. Recuerdo tantos momentos felices que por un instante caigo en ese eclipse de pensar que volver a esa época podría hacerme feliz, pero lo cierto es que lo aborrecía.
David contra Goliat
Las cuatro semanas que faltaban hasta la próxima clase de natación se me pasaron lentísimas. A pesar de que sabía nadar tenía unos deseos horribles de ver aquella polla. Lo que no soportaba era la idea de que esa polla pudiera ser más grande que yo, o mejor dicho, que yo acabase siendo más pequeño que esa polla. Porque la verdad de este asunto es que había un riesgo, limitado pero un riesgo, de acabar siendo un enano de metro cincuenta; y si aquella polla, en rigor, seguía creciendo y desarrollándose como es lógico que una polla de doce años crezca y se desarrolle, entonces podía legítimamente suceder que esa polla acabase midiendo, por ejemplo, un metro cincuenta y dos, mientras que yo me quedase en el metro cincuenta y uno. El retrasado no era siquiera muy alto: calculo que a los veinte años apenas alcanzaría el metro ochenta o quien sabe si un metro ochenta justo. ¿Es justo que un subnormal de metro ochenta tenga una polla más grande que un chaval ciertamente no privilegiado pero tampoco tonto, a pesar de su altura paupérrima? Pues mucho menos justo es que ese subnormal tenga una polla más grande que ese chaval en su total integridad: que mientras ese chaval mida uno cincuenta y uno la polla del retrasado mida uno cincuenta y dos.
Durante aquellas semanas, cada vez que me encontraba a solas con el retrasado, procuraba fijarme bien en su paquete y aunque parecía guardar una mercancía más grande de lo normal me era difícil calcular la magnitud exacta de esa mercancía y, por lo tanto, el grado de su monstruosidad. Observando aquel paquete de idiota ni siquiera parecía seguro el que fuera especialmente grande: podía suceder que mi miedo, no tanto al enfrentamiento con una polla grande como a la injuriosa comparación entre mi pronto enanismo y una polla enorme, estuviera exagerando mis percepciones y obligándome a ver un leviatán donde sólo había un miembro promedio y poco más que decente. Y a pesar de que me procuraba cualquier excusa para fijarme en el paquete del subnormal, no lograba salir de mi incertidumbre y, con el paso de los días, mi pánico fue adquiriendo connotaciones suicidas muy siniestras: soñaba con suicidarme sepultado en una gran polla de cabra o de dinosaurio. Los gorilas, recordé, tienen una polla muy pequeña en comparación con la polla de los hombres. Uno puede conducirse a engaño, a través del poderío físico de los gorilas, y convencerse de que deben tener una polla titánica cuando, en realidad, cualquier niño de teta ya tiene una polla tan grande como la de un gorila. Si lo piensas, al gorila debe parecerle también muy injusto que el hombre, criatura inerme y afeitada, tenga una polla más grande que la suya. Pero también imagino que supone una inseguridad exclusiva de las criaturas inermes y frágiles el tamaño de su polla: por qué iba precisamente a sentirse inseguro ante los hombres un gorila que puede con total sencillez aplastar un cráneo humano sin esfuerzo solo encerrándolo bajo sus sobacos negros. Que un gorila pueda coger tu cabeza, ponerla en su sobaco, y hacer estallar tu cráneo debería, más bien, indicar que es incapaz de sentirse inseguro ante nada descomunal o gigantesco que los hombres posean, ya que él en esencia posee algo más valioso: su fuerza.
Llegó más tarde que temprano el día sagrado en que por fin volveríamos a la piscina. Aquella noche apenas había dormido, el cuerpo me temblaba y no podía dejar de sudar y de pensar: de pensar en que, como castigo, a todos los enanos deberían follarlos pollas enormes de subnormales. Sentía que con el paso de las horas mi propia polla encogía, acomplejada y tímida ante la perspectiva de la polla demencial de un tonto del culo. Es que era realmente tonto: no piensen que lo digo motivado por la envidia o el resentimiento. Todos en el colegio sabíamos que era realmente incapaz: sacaba malas notas, apenas sabía hablar, los mocos le colgaban de las fosas nasales sólidos y verdosos, era torpe de movimientos, su cabeza tenía forma de plátano y su frente parecía como abrillantada por la estupidez de un modo tan inusual como lo era su propia inferioridad. Es verdad que yo también sacaba malas notas, pero no porque fuera tonto sino porque era vago y porque últimamente le había dedicado mucho tiempo de preocupaciones al asunto de mi crecimiento: para qué necesita un enano de mierda aprender raíces cuadradas: lo que un enano tiene que hacer es subirse a un árbol y desaparecer: ser violado analmente por los árboles y desgarrado interiormente para que aprenda lo que vale un peine: así es la vida, aprendes o te follan. Pero no quería desaparecer: me aterrorizaba la perspectiva de ser devorado por una pantera en el bosque como aquellos monos diminutos que los grandes felinos depredan. Chillando, sollozando, con la autoconsciencia atrofiada multiplicando mi horror y mi sufrimiento mientras un gran gato negro me clava los dientes y las uñas, me asfixia, destripa y devora. Por lo menos, pensaba, las pollas no tienen uñas y dientes, porque si las pollas, incluso las más pequeñas, tuviesen uñas y dientes, la convivencia con el prójimo sería imposible. ¿O acaso la consciencia es la compensación necesaria por la ausencia de uñas y dientes en nuestras pollas? ¿No tienen algunos animales pinchos en las pollas?
En el viaje de autobús hasta la piscina había estado realizando ciertos cálculos sobre el modo adecuado de ver en primera fila la polla del retrasado: una vista demasiado lejana, entre cuerpos infantiles obstaculizando mi comprensión de la tragedia, habría hecho inútil cualquier mirada. Necesitaba estar a su lado: poder compararme a mí mismo con esa polla y ponernos frente a frente si era necesario. Sin embargo, intuía que no era el único que necesitaba verle la polla al idiota: los días previos el clima había estado muy tenso, con chistecillos por aquí y por allá sobre desproporciones y frutas almibaradas gigantes. Debía ser astuto, rápido y preciso si quería tener éxito en mi empresa. Derrotar a la competencia de niñatos morbosos, pues yo no era el típico niñato morboso que sólo quiere deleitarse observando de cerca un monstruo: yo ante todo necesitaba comprender y, sobre todo, sobrevivir: mi preocupación era asunto de vida o muerte. Necesitaba que hubiera justicia en este mundo. Así es: a mí no me motivaba el morbo sino el puro anhelo de justicia.
Hice el cálculo siguiente: descarté aspirar a verle la polla mientras nos cambiábamos para ir a la piscina. Decidí que la competencia ansiosa e impaciente sería demasiado fuerte, que ningún niño resistiría su ansiedad y que todos correrían a verle la polla en cuanto el subnormal se bajase los pantalones. De manera que comprendí que la mejor opción consistía en verle la polla cuando todos estuvieran saciados por la primera contemplación de su polla y cansados además por la natación y con sus mismas pollas flácidas y exangües. Yo ahorraría esfuerzos, apenas haría los ejercicios, me quedaría cerca del subnormal y cuando hubiera que salir del agua e ir hacia los vestuarios me sentaría a su lado en los bancos. Allí comprendería, allí juzgaría si Dios existe o no existe. ¿Por qué iba Dios a poner, en el mismo vestuario, juntos a un enano y a un idiota con una gran polla? ¿Qué necesidad de vejación padecería Dios de ser posible la escena patética de un enano patético, ridículo y miserable junto a una gran polla de idiota, de niño que se come los mocos, que babea y es incapaz de comprender que dos por dos son cuatro, que Marte tiene dos lunas, que Cervantes escribió “El Quijote” o que los gorilas, por muy imponentes que nos parezcan, tienen el miembro muy pequeño? Yo comprendía todas esas cosas sin mayor dificultad a pesar de que, sistemáticamente, suspendiera todos los exámenes o que tuviera un cráneo tan pequeño como el de un gorrión. ¿Acaso la humillación es el precio a pagar por un espíritu cultivado? ¿Quién necesita más a quién, David a Goliath o Goliath a David? ¡Santificado sea tu Reino, Padre, que estás en los Cielos!
Ocurrió, no obstante y para frustración de toda la clase, que el idiota vino con el bañador puesto desde casa. Pálidos, flacos y repentinamente envejecidos, los niños, uno tras otro, desfilamos de los vestuarios a la piscina cariacontecidos y apopléjicos. Supuse que su madre, que observaría esa polla crecer abominablemente día tras día, previendo la atención y las burlas que suscitaría ese idiota con ese gran miembro, le puso el bañador por debajo de los pantalones para disimular el miembro y evitarle a su hijo el esperpento. Todavía quedaba, sin embargo, la posibilidad de que se quitase el bañador, empapado del agua de la piscina, cuando terminásemos los ejercicios y hubiéramos de volver al bus de regreso al colegio para continuar las clases. Pero entonces la competencia por alcanzar las primeras filas sería durísima. Había que estar, o bien preparado, o bien ser precavido y asumir la peor de las posibilidades, que siendo un enano como era, parecía también la más obvia: que me quedaría de nuevo sin verle la polla al subnormal a no ser que hiciera algo.
La oportunidad estalló como un rayo prometedor cuando la profesora nos pidió que nos pusiéramos en grupos de dos para un ejercicio acuático: conseguí al imbécil como compañero, pues al contrario que los demás, no temí la degradación y el ataque a la reputación personal que suponía acercarse a ese engendro. El ejercicio consistía en tomar la cabeza del compañero, con éste de espaldas hacia nosotros, para que pudiera flotar sin peligro de hundirse mientras chapoteaba con las piernas contra el agua. Repugnado y hasta ofendido en mi dignidad personal cogí la sucia cabeza de plátano del imbécil y dejé que hiciera él primero, con su típica sonrisa bobalicona y los mocos redondos dentro de la nariz, los ejercicios acuáticos. Confesaré el plan en seguida, pues era muy simple: en cuanto me tuviera él a mí de espaldas, aprovecharía para bajarle el bañador bajo el agua y así, definitivamente, hundirme o no en la gravedad de una humillación comparativa inmerecida aunque inapelable.
Dicen que cuando estamos a punto de morir toda nuestra vida nos pasa por delante. En aquellos momentos ocurrió exactamente lo mismo: recuerdos de mis compañeros comparando la polla del subnormal con los troncos caídos de los árboles más grandes, nudosos y negros; recuerdos del médico con cara de pena diciéndome que había crecido tan sólo dos centímetros el último año; recuerdos de mi madre llorando porque eso no tenía ningún sentido, ya que no podía ser que un niño, normal hasta los doce años, de pronto dejase de crecer; recuerdos de mi padre decepcionado, diciendo que no había salido a ningún hombre de su familia; recuerdos de latas en cajones demasiado altos para mí; recuerdos de bordillos donde me subía para fingir que tenía una estatura idéntica a la de cualquier niño de mi colegio; recuerdos, en definitiva, dolorosos y pueriles, de pollas apoteósicas y cuerpos de bebés con caras de hombres melancólicos y resignados. En síntesis: la polla del subnormal era aún peor de lo que había imaginado. Yo había imaginado una polla enorme sin más y me había encontrado una polla morena, de venas hinchadas, gorda y cubierta de un espeso bosque negro de cabellos rizados con dos enormes bolas tostadas colgantes cubiertas también de pelos. Allí bajo el agua la polla ni siquiera flotaba: parecía hacer contrapeso hacia el fondo como un ancla que fuera más grande que el propio barco, arrojando una gigantesca sombra amenazante bajo los pies, mientras que la mía asomaba a la superficie como un pececillo que muerde el pan que le tiran los turistas. La imaginación desvaneció mi conciencia perdida en aquel esplendor de espesura: volví a pensar en el mono subido a un árbol en la jungla en medio de la noche oscura, acosado por grandes felinos de ojos rojos y sanguinarios, estómagos hambrientos y enormes dientes blancos y afilados. Frente a aquella polla era una criatura tan vulnerable como un cachorro de pingüino bajo la lengua de una orca asesina que confundiera al pingüino con una mirtazapina flash en lugar de tenerlo como una presa digna.
Todos los niños aplaudieron mi hazaña, chillaron, aplaudieron, graznaron, dieron golpes con las palmas sobre el agua. Poco a poco me fui dejando llevar por la corriente en el agua que engendraba la histeria de sus celebraciones, navegando hacia el silencio y la pesadumbre. Cuando el profesor tocó el silbato fui el primero en volver al vestuario. Al mirarme en un espejo vi que tenía arañazos en la cara. Ni siquiera me había dado cuenta de que el subnormal me había destrozado el rostro con sus uñas. O tal vez con las uñas de su polla. Era indiferente, había perdido el conocimiento mucho antes. Observé que los pantalones parecían quedarme grandes. También la camiseta. Las zapatillas parecían una talla más grande que la mía. Sospeché que alguien, para burlarse aún más de mí, me había dado el cambiazo y había puesto ropa ajena en mi taquilla ¿Quién? No podía ser otro sino Dios. No entendía que tuviera que ser precisamente yo el objeto de aquella enorme humillación. ¿Qué mal puede hacer un niño, que merezca el sufrimiento y la tortura por los restos de sus días? Pensé de nuevo en los gorilas: si yo era la polla de un gorila, el subnormal era el gorila entero. Pensé también en los dinosaurios y en posibles criaturas astronómicas de grandes cuerpos y diminutas pollas. Un calamar gigante dejando insatisfechos los soles que embaraza...
Sin escrúpulos
I
quedo ciego y suplico también que el deseo se muera
¿soy un cobarde?
pero no existes y escupo levemente en tu boca
con cariño
un canto ácido y amargo que nos cure
estoy encerrada aquí y tú tienes la llave
me despediste sin compasión, y sin traición, pero
todavía me duele...
sin embargo
seco el sonido
quedan otros tantos secretos
endurezco la frente que aquí hace frío
que llueve y graniza y al final del verano
escarcha como el silencio en una casa sin padres
con la mano débil dos trazos que son nombre
ojalá haber sabido que en vano
sonreí más allá de las galaxias
de Soles grises con sed
La fe en el super hombre
con mirada de ocaso en bolsas de mil gramos
cuando estás lejos de mí
¡Oh amor sin filtros!
huidizo atraviesas la carne
te haces una placenta propia
atléticos pulmones sorbes el fuego fuerte
y luego lloras
morado
al nacer
el resto de tu
fantasmagórica
existencia
dame tiempo que aún así
no sabré calcular el peso
de aquellas pequeñas palabras
que en el diccionario
fueron a ser definido
He empezado a leer.
ye algo que podría hacernos tan libres
ye castigo mío no poderme escuchar la voz
ye la mía devoción servir los oídos
ye morir en vida esperar a estar vivo
ye la mía responsabilidad querer vivir
II
Te amo.
III
cuando en mí pienso
estrujo el seso y torturo al pecho
dejando de aprender lo aprendido
tratamiento paliativo
acaríciame que me olvide
da ya el golpe que todo fulmine
échame aceite en los ojos ahógame
recuerda me tibia
estoy esperándote
y sin embargo es dulce el vino
Y a veces pienso:
que mañana será otro día
y no el día en que me haya ido
en el que me haya ido del todo
seré un sabor fundido en tu paladar tibio
Sólo el tuyo.
cerrando una comitiva sin esquinas
para manos que no la tocarán
esto es una espina tímida
aquello que mamá dice ser solo son aromas
y oscuros rituales
dale margaritas al hielo
y te creará un monstruo
Dale amor a un monstruo
y te dará un bebé sano
tocaré el timbre aguardando tu amor
pica en la puerta una percusión infame
conjura un hechizo mágico
haz que todo siga su curso, por favor, vorj, te lo suplico
Tiene frío y a Vorj le asusta una sola palabra
¡¡¡P a t é t i c o !!!
VI.VI.VI
¡Vuelve por favor!
Una broma que le conté a mi mamá
«El iluminado»
tabaco y ron
My bad queer son
Sin expectaciones, ni aciertos. Sin juzgarme a mí mismo ni mis desviaciones mentales, ni mi amor por lo punky raro weird y queer, pero sí por el camuflaje. Ese que perjudica al mundo entero y los vuelve tontos y vagos. La gente no sabe guardar secretos. Escupo con asco al recordar mi pasado. Te escupiría con cariño al verte cara a cara. No eres ni mi hija ni mi sobrina, así que aparta de mi camino, niño deforme. No quiero nada de ti, ni siquiera tu atención, talento, ni cariño. ¿Es que cuándo lo vas a puto entender? No quiero nada de nadie, porque nunca he recibido nada de nadie. Y lo digo llorando como un puto crío, y a la vez lo digo serio, con los ojos muertos y los labios secos de fumarme tu alma a cada cigarro que me eché en tu compañía. No me arde el recuerdo, me arde haber sido humano, como esa estúpida canción de un alien y y una estación de trenes, ¿qué quieres, acaso quieres que llore? Pues lloraré, pero nunca sabrás cuánto lo echaba de menos. ¿Qué quieres que de verdad llore por todo lo que he vivido? ¿Qué quieres, acaso, A*, quieres verme llorar? Lloraré toda la eternidad, toda la vida de un cogollo, toda la vida de una flor silvestre, toda la existencia de una margarita, toda la esencia de una amapola; pero te advierto de antemano que lo que saldrá de mí no será humo, sino cianuro en polvo. Y en mis lágrimas de impotencia y decrepitud, dolor y abuso sólo habrá un concepto clave: estrés postraumático y amor tardío.
¿Quieres que de verdad me abra más, que te explique algo que ya conoces? Soy una persona no binaria, no me importa absolutamente nada que no sea no perder el tiempo o aburrirme. Oh, vaya, de verdad que se me han secado las lágrimas. De verdad que se me ha cerrado el alma. De verdad que no puedo tragar ni un trozo de pan. Bebo agua como si fuera comida. Como arroz como si fuera una manzana podrida. Y sé que no es tu culpa, sólo que no entendí que tenía que hacer tantos sacrificios por cuidarte. No era tiempo para cuidarnos, era tiempo para crecer. Escribo esto con la garganta seca, llena de la más terrible amargura. Hiel con humo. Con dolor. Porque sé que ese dolor será eterno, mamá. Ya tendré tiempo de llorarte, pero no importa, no te culpo de nada, he aprendido a saber diferenciar a las personas rotas, de las personas sanas: y por suerte, las personas sanas están más locas que yo. A ti te guardo cariño y distancia, gracias a que existe el mar y los barcos. Escribo con hambre, con hambre de ti, y frío con frío espectral. Pero no me importa. No me importa ni el hambre ni el frío, ¿sabes por qué A*, porque sé con certeza que las sirenas sí existen. Sólo hay que trabajar en ello, no hace falta ponernos sujetador los dos para poder hacer ejercicio. Barrer la casa, limpiar el salón, tender la cama. Te quiero ver bien, y por eso respeto tus medidas de precaución, yo sólo intentaba mostrarte de lo que soy capaz sólo por estúpidamente ganar. Soy capaz de sacrificar a mis cachorros si hace falta, soy un depredador, un lobo sigma y feroz. Que sobrevivan los que se forjan en fuego arena y sal. Y sé, aunque no lo creas, que estás forjada en ello. Sólo te falta confiar un poco más en tus camaradas de SMA. Así como confiamos en ti. No hay nada que no se pueda salvar o vengar. Sin embargo, para esas labores hay que ser muy cuidadosos. Te pondré un ejemplo: No es lo mismo si yo digo que esa canción de mamá soy humano no se qué es hermosa y punto, que si digo; qué hermosa es mamá y su humano. Por eso el malentendido de la otra vez. No quiero competir contigo, pero ya que has vivido en mis tripas, sabrás que soy exactamente igual que tú. Estoy serio, es hora de ir a dormir. Buenas noches, cariño. Por cierto, hay que ser más desconfiado de la gente, o no otorgarles tu energía, cuídala, así como yo intento cuidar la mía cuando interactúo con 1 o 2 contactos. O incluso contigo. Soy frío, cuando me dicen que no, es que no. Sin embargo cuando me dicen de momento, espero, como un perro verde con collar de púas y un tanga de leopardo.
03/06/26
Póstumo
Dedicado a Santiago
Con una sonrisa en la cara me dirijo a la máquina de café portátil de casa. Enciendo la cafetera sin ningún sentimiento alguno. Hiervo el café, suavemente como una inyección de cianuro en la vena de mi primer bebé nacido del amor más transverso. Espasmos y pesadez mental, como cuándo una mujer mayor da a luz a un bebé nacido de una violenta perforación. Intento calmarme. No lo logro. Negatory. Voy a ser honesto con todos vosotros. Ayer casi me da un ataque de pánico. Y cuando los síntomas subieron escalando como cucarachas a mil por mi cabeza supe que estaba en alto riesgo. A un pelo de morir. Me desperté asustado y temblando de pánico y terror para niños pequeños de pies descalzos. Como una arpón en el dedo meñique. Cagado de miedo. Había visto de cerca a los Iluminatis por tercera vez consecutiva. En un extraño ritual en el que me forzaban a participar de sus actividades. No tuve opción a negarme. Hablaron en mi idioma, me dieron instrucciones pero yo me negué en rotundo cuando vi que la vida de mis hijos dependía de ello. Mis hijos no iban a pagar por los pecados que yo cometiera. Ni tampoco iba a suicidarme dejando a mis hijos traumatizados y muertos de miedo, yo tenía que sobrevivir a toda costa, medio cojo, ciego, tullido, sin dientes, y probablemente, por desgracia, con total seguridad, sin mi miembro viril. Estaba en clara desventaja, había nacido para perder; sin embargo eso no significaba que no me iba a defender con todas mis ganas. Iba a hacer un claro pvp de uno contra 6. Un vídeo pornográfico probablemente grabado por algún extranjero de mierda. Por suerte, no me afectaba en absoluto, ya que yo era un sociópata integrado. Esa carta me salvaba de todo remordimiento y de todo dolor que podría desencadenar en la pérdida de control de mi vida. Todavía estaba calentando cuándo me despertó el dolor de cabeza. Habré dormido unas pocas dos horas. La escalada mental es complicadísima. Tienes que dormir poco a poco, porque tienes el sueño destruido. Y ello implica cansancio lento. Y probablemente una fatiga profunda. La muerte por fatiga es acojonantemente sublime. No deja ni la sangre en el asfalto. Estás marcado con una cruz roja sobre tu cabeza. ¿Si ya estabas marcado para el asesinato, tendrías el valor de pelear por morir lento?
II
Cuando desperté de la pesadilla entendí que no había sido sólo una pesadilla nocturna, sino que era la presentación de aquellas bestias a las que nos enfrentábamos los de SMA. Habían hecho un consejo de guerra, y nos habían marcado para destruirnos. Aniquilar el amor de nuestros corazones y follarse a nuestros bebés. Allí supe que tenía que hacer algo. Yo no era el mejor luchador, ni tampoco el más esbelto ni el más fuerte, pero yo a pesar de tantos problemas físicos, estaba forjado a nervio y agilidad.
III
Tenía la daga más pequeña del grupo. Todos ellos eran monstruos con espadas kilométricas y dagas forjadas en sangre de Cristos muertos. Y yo sólo tenía una pequeña daga que logré forjar con mi padre. Una de metal templado, pero de manija de hueso marino. Una daga heredada de la familia, pero que era muy útil. Los vi a todos, ellos eran reales. Y yo también. Estaba en otra dimensión, con entes gigantes y crudos. Y yo sólo era un humano que estaba cerca de la sobredosis de pastillas, encima, por estúpido, mezcladas con alcohol. No pretendía suicidarme. Yo nunca haría algo así. Yo pretendía ponerme al límite. El efecto de pesadilla se mantiene aún ahora cuando escribo estas letras. Sin embargo, la paz que me da estar en mi catedral no me la quitan ni siquiera los gigantes que me terminaron atravesando con una espada Cristal. Muriendo rápido y sin posibilidad de despedirme de este mundo.
V
Me puse serio.
VI
Me puse muy serio.
VII
Entonces me dispuse a dormir después de 6 días sin dormir prácticamente nada. Había mentido a todo el mundo respecto a eso, y las consecuencias iban a ser tremendas. Entre otras cosas conocer a esos Entes. Los vi como si yo fuera un juguete al que levantaban de las piernas y los brazos, hasta dislocarme los hombros y romperme parte de la espalda. Se reían mientras lo hacían. Se reían con viveza y alegría. Ellos se estaban riendo de mí. ¿Cómo era posible que a Vorj le sucediera eso? Era imposible evitar lo inevitable, observando el sadismo, supe de inmediato, y en ese momento que había muerto.
VIII
Tenía dos opciones, el cielo o el infierno. O sucumbir ante el fantasma y estar en el purgatorio. Elegí purgatorio. Y allí empezó todo. Nuevamente me tocó vivir aquel sueño perverso. En el que las bestias llevaban las máscaras de mis seres queridos. Mi hermana, mi padre, y mi madre. Atavismo también estaba muerto y desfigurado. Tenían la máscara de mi novio. Y eso me hizo entrar en calor. Fue entonces que a la quinta vez del bullying decidí clavarle la daga justo en el labio inferior al más pequeño de ellos, y tratar de paso, en probar su sangre. Era un consejo que Ytchz me había dado. Así que obedecí sin objeciones. La sangre brotó como mayonesa en el estómago de alguien que no tiene apetito ni puede tragar ningún trozo de pan. Terror absoluto.
Eran ocho en total, ¿Cómo iba a librarme de ellos? Yo era humano. Eso me daba una ventaja extrema y letal. Podía morir llevándome a ellos conmigo. El precio no era muy caro, dadas las circunstancias. Ahora me río porque sólo a mí se me podía ocurrir lo de hacerle un piercing en el labio a un ente espectral y que este llorase por lo agudo del daño. A veces Exodum era fantasmal y eso me gustaba de él, a pesar de ser un fantasma, me hacía sentir poderoso y respetado. A fin de cuentas qué más daba vivir cerca de Atavismo, amarnos y cuidarnos, si yo iba a seguir oliendo mal. No te confundas muchacho, aprendiste a fumar recién a los 33 años, y eso que llevas desde los 20 con ese tonteo tonto. El alma es más fuerte que el cuerpo. A veces sólo hace falta respirar aire puro.
IX
Desperté meado y cagado. Tuve que tirar el colchón a la basura, pero por suerte, a lo lejos, en la pared, había una araña. Una araña preciosa de color rojo.