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05/06/26

Becoming Insane

He perdido. Lo sé con exactitud. ¿Habrá premio por haber perdido? Me ha ganado el mundo y todo lo que ello significa. Soy un perdedor. Lo estoy intentando. De verdad que lo hago. Y por eso, hoy, a pesar de querer suicidarme, matar a mi padre, suplicarle a mi madre que deje de llamar por teléfono y que se olvide de mí de una vez por todas, escribirle una carta a mi hermana, o simplemente llorar desconsolado en el sofá viejo del salón; hago un esfuerzo sublime por arrastrarme a la tienda de la esquina y comprar una botella de vino. Empiezo a recordar y, por ello, a sufrir. Pero al menos, hoy, no estaré solo. Me acompaña una botella de vino. Y sé, con mucho dolor, que esa será la única y mejor compañía que pudiera tener ahora mismo. Nadie más, ni siquiera la más hermosa de las almas, está a la altura de lo que necesito. Salvo, tener el coraje de beber un litro de vino y con suerte dejar de ser tan humano y volverme más un espectro.

04/06/26

Buena Suerte Andrés

 Dedicado a Valcour, el tercer integrante de Sífilis Mon Amour


Un Sergio muy obeso camina triste y solo por la ciudad de Vecindario. La gente lo mira con desprecio y burla porque está gordito. Sus antiguos compañeros de Instituto lo basurean porque está gordo sucio deprimido y sin trabajo. Y otro gordo (hermano se supone, sólo por gordura social, no por ser hermano de sangre) le dice: estás horrible, no sé qué te pasó, pero estás gorda y das asco; ¿sabes a quién me recuerdas? Al actor pornografico Torbe.

El gordo con baja autoestima, tristeza, sin madre y malestar no responde. Luego, al rato, sádico y burlón, al ver que no le ha hecho daño todavía, continúa hambriento: ¡Estás hecho un asco puto degenerado; da muchísimo asco verte caminar, y hasta respirar, hazte un favor y muérete, suicídate ya mismo, no le haces ningún favor a nadie, el sólo hecho de verte con nosotros, los tíos guays hace que me den ganas de vomitar. No sé, haz algo, ábrete el culo, déjate follar por algún negro. ¡PUERCO, gordo cabrón!

El gordo sigue sin responder. Impasible, y pálido. Observa con malestar y algo de lástima la escena, y tan sólo logra pegar un trago a su cartoncito de vino delante del grupito de amigos de este Neogordo. Luego el cabronazo sigue: qué mal, encima bebiendo vino barato. Puto pobre sudaca de mierdad. Eso lo usa mi santa madre para cocinar, me das risa, me dan ganas de darte una bofetada.

Acto seguido, Andrés se acerca a Sergio y le propina un latigazo con la mano. Pero Sergio no responde, piensa: ¿qué sentido tiene devolverle un golpe físico a un cabronazo que lleva toda su vida metiéndose en peleas y abusando físicamente de su hijo pequeño y de su madre, y probablemente haya sido violado hasta por su padre? ¿Tendría sentido pegarle? Algo dentro de mí se rompió ese día. Una parte de mi corazón desapareció y entendí que tenía que acabar con él de todas formas. No podría seguir viviendo si no moría él. Pero con paciencia y mucha angustia, tristeza, decepción, lástima y hasta pena por él pensé: ¿Si él me arrebató a ese pequeño pajarito rojo debería yo arrebatarle a su bebé? ¿Debería follarme a su hijo por el culo hasta que le salgan hemorroides y le cueste cagar su propia diarrea? ¿Debería cortarle la polla y hacerle operar para que se vuelva mi mujer? El gordito de Sergio tenía dudas. Pero lo que sí sabía era que Andrés había cruzado una línea, había tocado el rostro del hijo de su papá. Calma, se dijo Sergio. Si no muere hoy, morirá mañana. Y si no muere él, moriremos los dos. Y si no morimos los dos, en la próxima vida, seré tu torturador.

El gordo piensa: ¿Ah, que tú, hijo de puta madre, tienes mamá? No lo parece, ¿qué tienes hijos? No lo parece. ¿Cómo un gordo se burla de otro gordo? ¿Qué clase de chiste es este? Pero el verdadero gordo guarda silencio y no decide entrar al trapo, porque, entre otras cosas, sabe que ese falso gordo hijo de su putísima madre le ganaría en una pelea real. El gordito está desentrenado, no hace ejercicio, apenas se mueve de la cama, apenas sale más que a comprar el pan, apenas tiene pene. No se la logra ver. Encima, se dice para sí mismo, "ese gordo cabrón tiene razón, me doy un aire a Torbe". Sergio se ríe, no por nervioso, sino porque es un psicópata. Se ríe porque le hace gracia que alguien tan insignificante haya podido pensar en algo tan mundano.

Una de las muchachas de allí hace lo que puede para defenderlo: cállate ya, desgraciado, no digas más mierdas de mi amigo. El gordo se conmueve, y llora por dentro. En su casa piensa en Yanet. Es una chica linda y hermosa, pero es muy joven para entender a Sergio. Sergio tiene sus motivos, prefiere no romper el silencio. Sigue a su rollo. Bebe otro trago de alcohol y no gesticula, no hace ningún comentario. Lo único que alcanza a hacer es soltar una sentencia:

"La verdad es que soy un parásito social, un gordo que sale de vez en cuándo a echarse unos cigarrillos, fumar algún que otro porro y beber alcohol".

El gordo abusador se queda callado, no dice nada, pero mira la situación con extrañeza. Luego el gordo profético continúa: "Soy un gordo nihilista y comprometido con la muerte. No me importaría morir mañana mismo. Estoy triste, pero tampoco me importan tus palabras. Son, como se suele decir, de usar y tirar. Papel sucio en baño mojado. Papel mojado de diarrea".

El neogordo se cabrea, intenta re-controlar la situación, así que le dice algo desorientador: ¿sabes dónde deberías estar tú? En el Jumbo chupando pollas. Tienes cara de puto gay. Pero el gordo se sonríe, luego con cinismo y gordura responde: Algo maricón sí que soy. El gordo reprimido se pone caliente, piensa, en sus delirios homosexuales que, de algún modo, podrá convertir a este pobre gordito en su gordita pasiva. Siente una atracción fatal y retorcida hacia él. A fin de cuentas, es un gordo con la cara bonita.

En alguna paranoia carcelaria, el típico gordo que es deseado por todos los presos que han descubierto su homosexualidad recientemente. El gordo, después de soltar esas palabras con algo de ironía, decide irse a casa, bastante triste pero sin agachar la cabeza. Nunca agachar la cabeza, Sergio. Luego recuerda a una profesora de mierda diciéndole que "está gordo, que le den por culo, que no tiene familia, que es una escoria, etcétera".

Pero al gordo le entra la risa, y cuándo un gordo se ríe, jadea de placer. Pobre vieja infeliz de tres al cuarto, piensa el gordo. Camino a casa ve la corrupción de la ciudad. La gente fumando sus porros, la gente ligando de madrugada, la gente falseando la verdad, la gente y la ausencia de Dios en todos los sentidos posibles. Los genitales del gordo están encogidos por el frío y las pastillas, quitándole testosterona, volviéndolo una criatura mitad hombre y mitad santo. Ha olvidado el olor de una vagina. Ha olvidado el olor de sus propias feromonas, su propio olor, el olor delicioso de sus huevos. Pero intenta no decepcionarse, intenta salir adelante. Intenta no morir en el intento de sobrevivir. Llega a su casa y se tumba en la cama. Y yace allí mientras los fantasmas de su gordura y la tristeza le lamen la oreja. Antes de dormir, ocurre lo insospechado, se acurruca con frío meado y con algo de caca en el ano, como el bebé de Andrés, y habla con Dios.

Por favor, Dios, si estás allí, dame una señal, suplica. Y a la mañana siguiente, el gordo despierta, contra todo pronóstico, más gordo todavía. Pasando de una obesidad mórbida I a una obesidad mórbida II.

Luego vuelve a ocurrir lo miso la noche siguiente, y el gordo sigue suplicando a Dios, acojonado por lo que le está ocurriendo. Ya pesa 150 kilos. Intenta levantarse de la cama, pero no puede. Piensa en las palabras del otro gordo, en su violencia psicológica. En sus maltratos, en sus abusos. En el terror que pudiera sentir una persona buena al verse en la situación en la que uno puede salir mal parado. Digamos que hablamos de miedo a ser asesinado... ¡golpeado hasta sangrar o quedar inconsciente! El gordo vuelve a rezarle a Dios, esta vez con más necesidad:

Por favor Dios, si estás allí dame una última e irreprochable señal, una señal para no apuñalar a su hijo en los ojos, y tragarme la sangre. Dame una señal para no disfrutar con la tortura que estoy a punto de realizar. Dame una señal, Dios, para no convertirme en un mounstruo. Para no cruzar el umbral.

Entonces Dios le manda una señal. Eres sociópata. No hay nada qué temer.

Y el gordo se despierta al día siguiente con una obesidad grado tres. 300 kilos aproximadamente. El gordo no se lo cree, ni la ropa que llevaba antes de dormir le queda, sólo hay retazos de tela estrangulando sus carnes y su grasa. Pero siguen sonando en su cabeza las palabras de ese gordo avasallador, se dice con ternura y tristeza: "¿Por qué es tan tóxico si él también está gordo? ¿No somos casi la misma persona?"

El gordo intenta levantarse de la cama, pero no puede, intenta respirar, pero no puede hacerlo con facilidad. Decide llamar a una ambulancia con el único dedo medianamente normal que tiene, y mientras pulsa los botones táctiles con el meñique se palpa el estómago con mucha ansiedad y desesperación. Su barriga entonces empieza a rugir, y antes de hablar con la ambulancia para que le auxilien la barriga comienza a hablar:

-Tranquilo gordo. No pasa nada por estar gordo. Soy yo, lo mejor de ti. La grasa que te habla te reconforta, la grasa no se hunde nunca, siempre flota.

El gordo queda perplejo, pero decide escuchar a su propia barriga, a fin de cuentas antes del suicidio como solución pretende escuchar a su propia grasa: "con esto gordo quiero decir que no te hundirás, y pese a que pudiera parecer lo contrario sólo será una forma de encontrarle sentido a la vida y a tu condición crónica de gordo terminal. No estarás solo en el proceso, yo te acompañaré". El gordo escucha atentamente y luego pregunta: ¿Y qué hago con ese otro gordo que tanto daño me ha hecho con sus palabras, que me ha obligado a tragarme mis heces? "No hace falta que hagas mucho, porque no es un auténtico gordo, sólo es un gordo mierdecillas que ni para darle por culo vale, es escoria, es escoria, es escoria; y deberías saberlo bien, no eres tonto, porque, entre otras cosas, te estás dejando avasallar por un impresentable. Pero no te preocupes, yo, tu grasoso amigo, Ytchz, tengo una solución a tu problema".

El gordo abre bien los ojos y acaricia su barriga, luego sigue las instrucciones que su diabólica barriga le indica. Lo complicado del asunto era salir de casa, así que esperó a que se hiciera de noche y luego de madrugada para salir por la puerta.

Se arrastró por el pasillo hasta el salón, intentando no despertar a su padre, dejando un hilo de sudor amarillo. Luego con la ayuda de la funda del gran sofá dónde se sentaba a ver la televisión se hizo un taparrabos. Fue a la cocina y cogió un pela papas que guardó en el pliegue de su barriga. Ésta lo engulló como si fuera una boca sin labios. Y guardó allí el filo y la punta de metal. Siguió con las instrucciones de su barriga y salió descalzo a la calle, en busca del gordo hijo de puta.

De mejor humor al no estar solo en esta guerra, con su barriga gigante mórbida y llena de estrías, con la piel como un órgano gigante y extendido como el coño laxo de una actriz porno, la abuela de Andrés, camina muy lentamente por la calle secundaria. La barriga le dice: Ahora gordo, quiero que camines muy despacio para ahorrar energía y cuándo veas a ese cabrón con sus amigos no les digas nada, se sorprenderán al verte y allí es cuándo deberás buscar el conflicto, atento a eso. Y luego ofreces droga. Inmediatamente después, cuando se hayan confiado, coges el puñal y te dejas llevar pensando en lo más sagrado que tengas. Para que llores tú, tu madre, o tu padre; mejor que llore su bebé.

El gordo obedece y camina y camina durante más de una hora, los pasos son muy dolorosos para él y sus articulaciones, pero de igual modo continúa. Llega al lugar dónde fue humillado y con una media sonrisa saluda a todos los presentes.

Atónitos y podridos en la droga miran al gordo con auténtico asco y pavor: si hasta parece más alto. La muchacha que lo defendió empieza a lloriquear histérica y piensa: "¿qué demonios te ha pasado, hermano, si tú antes no estabas así?" Sergio con olor a sobaco mira a los ojos al puto subnormal de Andrés. Ya él y con chulería y crueldad le dice:

Te has vuelto loco y encima estás peor todavía, no sé cómo coño lo has hecho; pero estás hecho todo un puto gordo. Encima no llevas camiseta, te has vuelto completamente loco, ¿qué coño haces aquí?

–Hola, ¿qué tal?

–¿No entiendes?

¿Qué coño haces aquí?

Aquí no te queremos.

–Yo he venido a saludar, traigo porros para todos.

–Ah vale, eso se dice primero, ¿polen o hash?

–¡Polen del bueno!

–¿Y dónde lo tienes?

–En la cartuchera...

–Ah, gordaco, sácalo todo y luego me la chupas, ¿vale?

–¡Claro! –el gordo lleva su mano al pliegue entre sus carnes y palpa el afila papas, piensa que ahora es una cuestión de sangre fría, pide papelillo y un filtro, se lo dan, se lleva el papelillo a la oreja que todavía es normal, luego el filtro en la boca y sujeta el mango del pela papas. Después se aproxima al abusador que quería convertirlo en su puta personal y, entre sonrisas cómplices, le pregunta si tiene fuego –a ver la droga– dice el basura éste, con tono autoritario.

Entonces la barriga rugue y una voz infernal, nacida de sus entrañas empieza a gritar. Todos se asustan. Le cambia el gesto al gordito y hambriento de sangre se abalanza sobre el abusador que parece una rata encogida. Caen al suelo, sus amigos intentan pegarle patadas al muchacho, pero la grasa le protege. Su cabeza está clavada en el cuello del abusador y mientras el abusador drogado y tambaleándose por dentro intenta desesperadamente buscar los ojos del gordo para clavarle los pulgares éste empieza a apuñalar su estómago hasta dejarlo hecho un colador.

Se puede ver la grasa amarilla casi como el mordisco de un animal extraño. Las babas caen de la boca del gordo hinchado a fármacos e inspirado por Dios. Su expresión es de deleite puro mientras la adrenalina bombea salvajemente y el apuñalado empieza a sangrar. La barriga grita con su ronca voz: –¡Te lo dije!– Y el gordo sigue apuñalando hasta quedar exhausto.

Con las manos rechonchas empieza a jugar con la grasa y la sangre, llevándose, con mucho apetito, la grasa fresca a la boca. Su boca brilla sucia y podrida de tanto odio, alimentándose de otro gordo, como un epiléptico en una fiesta. Empieza a convulsionar, pero no se mueve de su posición. Se mantiene allí hasta que los brazos del gordo maricón empiezan a flaquear. Luego con la frente empieza a destrozarle la nariz y entonces éste llora y en un suplicio de desesperación jadea infeliz y miserable: –¿Por qué?

El gordo del infierno se ríe. La muchacha ya no está, salió corriendo despavorida. Los amigos están llamando a la policía. Una sonrisa fingida dibujada en la boca del abusador. "Puto gilipollas" piensa el gordo. La barriga exige su premio, así que sigue rebanando el estómago con el pela papas y engullendo esa grasa, luego se gira sobre sí mismo, rodando y quedando boca arriba, y con cansancio y satisfacción suspira aliviado.

Porque sabe que Dios o su propia grasa le han mandado una señal irreprochable. Y con convicción más que por otra cosa, con felicidad en los ojos y sangre en la barriga, mugre y con paz en la boca respira hondo; y se le purifica el corazón.

Por cierto, todavía me debes veinte euros. Y me los tendrás que pagar en esta vida o en la otra. Con el trabajo y esfuerzo de uno, no se juega.

Instituto y demás demonios

Era otra época. Hubiera estado bien recordar con nostalgia los noventa, pero ni siquiera los recuerdo bien. Me tocó sufrir los dos mil y con ello todo lo que supuso cambiar de vida. No me quejo, sé de antemano que en cualquier lugar me hubiera sentido igual de mal. No era nada del otro mundo, sólo que me aburría con lo mismo de siempre. Aprender a disfrutar con las pataletas de la vida es una de las cuestiones más complicadas que existen. Aún era un niño, de hecho, sigo siéndolo. Pero, por desgracia me siento vacío, perdido y hasta agónico. Lo único que me saca de mi ensimismamiento es recordar las caras de todas esas personas que dejé atrás. Me hubiera gustado tener un amigo, y de hecho, lo tuve, pero no mucho tiempo. En casa las cosas no iban mal, papá tenía trabajo estable y mamá sabía cómo moverse en ese ambiente. Mi hermana aún construía su fortaleza interior, y no dejaba entrar a nadie. En ese sentido, lo hizo mejor que yo, supo fortalecer bien las paredes, distribuir las salidas de emergencia y también le dio tiempo para ponerle algo de color. En cambio, mi castillo no tenía ningún ladrillo, pensaba que si alguien se atrevía a entrar para buscar sangre yo podría defenderme, pero nada de eso era cierto. Todo era un terrible error y, la verdad, ahora tampoco me importa mucho.

          Tenía algunos amigos, pero los odiaba en secreto. A cada uno de ellos, cada sonrisa, sus ojos, las voces... era terrible, lo despreciaba. Con mucha expresividad. Los profesores eran otro tema, algunos sentían admiración por mí, otros insinuaban que era un muchacho prometedor, con un gran futuro, y por supuesto, con algunos despertaba cierta antipatía. Tendría que agradecerles a ellos por hacer mis días más llevaderos. Nunca fui un héroe, más bien, un niño confundido, un muchachito que quería hacer algo, pero que no sabía muy bien el qué. Luego, todo se volvía monótono, lleno de esperanzas vacías, burlas tontas y ansias de algo. Si por lo menos hubiera amado de verdad, no esos enamoramientos fugaces y absurdos... Ese juego estéril y patético de jugar al ajedrez. No hice muchos amigos, de hecho, a la mayoría le caía mal. Los primeros años me las pasé callado, y cualquier que me hubiera conocido en esa época hubiera pensado que era muy tímido. Pero, en realidad, en ese momento mi filosofía era la de no estropear el silencio. Después hablé un poco más y a mucha gente no le gustaba mi voz o lo que decía, vociferaban que me creía un gran sabio o cosas así. Aunque, en realidad, nunca pretendí llevar la voz cantante, me limitaba a sobrevivir. Tuve algunos momentos de violencia con otros compañeros. Anhelé a algunas chicas y me prostituí por un poco de afecto. Solía llevar una libreta dónde anotaba nombres y rumores sobre la gente. De hecho, de haberlo escrito me hubiera ganado el odio de todo el mundo, y mi existencia en el instituto hubiera sido un infierno. También tuve la idea de abrir una lista negra y escribir allí los nombres de la gente que me caían mal, pero no resultó, al final del curso me di cuenta que todas las personas que conocía estaban allí, incluidos mis padres, y también mi hermana. Sin embargo, si tuve compasión fue con Alice, a ella la taché varias veces de mi lista negra. En realidad, no me soportaba ni a mí mismo, ni a nada. Quería escapar de se abismo, pero no había forma. Recuerdo tantos momentos felices que por un instante caigo en ese eclipse de pensar que volver a esa época podría hacerme feliz, pero lo cierto es que lo aborrecía.

          Me hubiera gustado ser otra persona. Ser de otra manera. La felicidad de salir al cine, comer pizzas, o simplemente dar una vuelta; salir con chicas, tener varias novias, amigos de verdad y anhelos mundanos se me vetó. No tuve esa oportunidad. Aunque siempre se puede hacer justicia. De algún modo u otro. Es posible falsear los hechos y despotricar contra todos ellos, pintarme como lo que quise ser, un anhelo satisfecho. A veces me sorprendo con todo el odio que tengo dentro, aunque hace poco tiempo que ha ido disminuyendo hasta ser una nimiedad bastarda. Si me siento vacío es precisamente por no tener a nadie a quién odiar, ni enemigos, ni rivales, ni si quiera gente patética de la que reírme. Y si fuera sincero me gustaría volver a esa época. Ser otro, hacer justicia, repartir hostias, llenarme de sangre, estar exhausto, follar y follar con las chicas de clase. Tontear con todas, y fingir que los chicos populares de clase eran amigos míos. Coquetear con las drogas, etc. De hecho, pido poco, sólo un poco de piedad, algo de fantasía salvadora. Fingir que puedo volver a vivir todo eso, entre destellos de vida pasada... Algunos cuantos años más, volver a tener quince años, llevarlos hasta los dieciocho. Fingir que el tiempo no está muerto. Convencerme a mí mismo de que aún vivo en el dos mil. ¿A dónde van todos esos anhelos cuando nos entra sueño? Dormir otra vez en mi cama, no en el cuchitril en el que estoy ahora, pero temo que todo sólo sean anhelos sin importancia, y que ni siquiera tengan la fuerza genuina de un adolescente. Que quede reducido a un anhelo muerto. Una tontería que quiero creer, algo pasajero.

          Fornicar con tantas chicas que me arda la polla. Tantas traiciones que hasta me sienta traidor de mi propia condición. Luego ir a ese sitio de mala muerte en el sur y bailar escuchando música de mierda. Imaginar un futuro prometedor, un presente entretenido y olvidar un pasado perdido. Decirme a mí mismo que todavía es pronto, que no soy tan viejo. Que aún existen esperanzas, y que pueda volver y volver y volver. El pasado eterno: eso quiero. Un pasado eterno e infinito. Un pasado que me deje morir en el presente. Cambiar mi vida, hacer un pacto con los demonios, darles mi alma después de este sueño. Morir mañana si puedo vivir en el mañana. Tener la frescura del pasado continuo y la experiencia del estanque de hoy. Llevar a las chicas a mi portal y joder con ellas, colarlas en mi cuarto a altas horas de la mañana. Fumar tabaco en las puertas del instituto, mentirles a todos, vengarme de todos, maldecirlos. Matar a alguien y salir corriendo después. Tener amigos malos, grandes y tontos, manipulables, estar en una banda de niñatos enloquecidos, beber alcohol hasta hartarme. No tener sombra, ser un espectro. Poder cambiar de piel. Manipularles a todos con los ojos, meterme en peleas, en el recreo. Que me rompan la nariz, sangrar como un cerdo. Vomitar, ser bulímico, mear piedras, sangrar por la nariz. Fumar tabaco en la azotea... Probar drogas duras, ir a conciertos de música.

          Haber sido otro, tener la seguridad del suicidio en una fecha, morir el veintinueve de abril de dos mil quince. Que ese sea el pacto, pero dejadme vivir todo eso otra vez. No quiero más vida si no es esta. No quiero otro mundo, quiero el mismo, pero quiero ser yo. Hacer un cambio temporal, violar el espacio, entrar en bucles, vivir otros cuatro años, sólo cuatro años más. No tomar las decisiones equivocadas y podrirme antes de vivir un año más como un esclavo de mi propia vida.

          Si yo tuviera dieciséis otra vez sólo dejaría escrito mi diario. No tendría nada más importante que eso. Es un trato justo: veinte años de sacrificio, por volver a vivir dos años de mi vida. Algo solemne. Morir después. No hace falta vivir más. Ese mismo lugar, y exactamente la misma gente. Ni uno más, ni uno menos. No hace falta más. No quiero nada más. Salvo eso.

         Hace la mayor conquista del mundo: mi propia vida. Morir después, ¿para qué más tiempo? ¿Qué puede haber mejor que eso? Sólo quiero ese tipo de eternidad. Ninguna más, ninguna otra. Quiero tener otra vez diecisiete años. ¿Para qué más vida? ¿Para qué más tiempo? ¿Quién quiere tiempo si puede tener esa eternidad?

David contra Goliat

  regalo del Rey Plaga
 
     Decían que el puto subnormal tenía una polla enorme. Se la habían visto en los vestuarios de la piscina después de unas clases de natación. Yo no había podido ir a esa clase porque tenía concertada una cita con el médico para que me dijeran por qué santas narices no estaba creciendo. Mientras que todos mis compañeros habían crecido unos ocho centímetros como mínimo durante el último año yo había crecido únicamente dos. Al nacer lo había hecho con una estatura promedio y aunque nunca había sido demasiado alto me preocupaba el asunto de mi crecimiento: contra toda sospecha podría acabar convertido en un enano de metro cincuenta. Así que cuando me dijeron que me había perdido el espectáculo bochornoso de un imbécil con un pollón enorme lo lamenté sólo a medias: mi curiosidad se encontraba divida entre mi crecimiento y una polla colosal. O tal vez lo había lamentado el doble: no entendía por qué el mundo era tan injusto, por qué yo no crecía y por qué un retrasado mental tenía que tener una polla tan grande. ¿Qué tan grande sería? Hasta el próximo mes no teníamos una nueva clase de natación.

    Las cuatro semanas que faltaban hasta la próxima clase de natación se me pasaron lentísimas. A pesar de que sabía nadar tenía unos deseos horribles de ver aquella polla. Lo que no soportaba era la idea de que esa polla pudiera ser más grande que yo, o mejor dicho, que yo acabase siendo más pequeño que esa polla. Porque la verdad de este asunto es que había un riesgo, limitado pero un riesgo, de acabar siendo un enano de metro cincuenta; y si aquella polla, en rigor, seguía creciendo y desarrollándose como es lógico que una polla de doce años crezca y se desarrolle, entonces podía legítimamente suceder que esa polla acabase midiendo, por ejemplo, un metro cincuenta y dos, mientras que yo me quedase en el metro cincuenta y uno. El retrasado no era siquiera muy alto: calculo que a los veinte años apenas alcanzaría el metro ochenta o quien sabe si un metro ochenta justo. ¿Es justo que un subnormal de metro ochenta tenga una polla más grande que un chaval ciertamente no privilegiado pero tampoco tonto, a pesar de su altura paupérrima? Pues mucho menos justo es que ese subnormal tenga una polla más grande que ese chaval en su total integridad: que mientras ese chaval mida uno cincuenta y uno la polla del retrasado mida uno cincuenta y dos.

    Durante aquellas semanas, cada vez que me encontraba a solas con el retrasado, procuraba fijarme bien en su paquete y aunque parecía guardar una mercancía más grande de lo normal me era difícil calcular la magnitud exacta de esa mercancía y, por lo tanto, el grado de su monstruosidad. Observando aquel paquete de idiota ni siquiera parecía seguro el que fuera especialmente grande: podía suceder que mi miedo, no tanto al enfrentamiento con una polla grande como a la injuriosa comparación entre mi pronto enanismo y una polla enorme, estuviera exagerando mis percepciones y obligándome a ver un leviatán donde sólo había un miembro promedio y poco más que decente. Y a pesar de que me procuraba cualquier excusa para fijarme en el paquete del subnormal, no lograba salir de mi incertidumbre y, con el paso de los días, mi pánico fue adquiriendo connotaciones suicidas muy siniestras: soñaba con suicidarme sepultado en una gran polla de cabra o de dinosaurio. Los gorilas, recordé, tienen una polla muy pequeña en comparación con la polla de los hombres. Uno puede conducirse a engaño, a través del poderío físico de los gorilas, y convencerse de que deben tener una polla titánica cuando, en realidad, cualquier niño de teta ya tiene una polla tan grande como la de un gorila. Si lo piensas, al gorila debe parecerle también muy injusto que el hombre, criatura inerme y afeitada, tenga una polla más grande que la suya. Pero también imagino que supone una inseguridad exclusiva de las criaturas inermes y frágiles el tamaño de su polla: por qué iba precisamente a sentirse inseguro ante los hombres un gorila que puede con total sencillez aplastar un cráneo humano sin esfuerzo solo encerrándolo bajo sus sobacos negros. Que un gorila pueda coger tu cabeza, ponerla en su sobaco, y hacer estallar tu cráneo debería, más bien, indicar que es incapaz de sentirse inseguro ante nada descomunal o gigantesco que los hombres posean, ya que él en esencia posee algo más valioso: su fuerza.

    Llegó más tarde que temprano el día sagrado en que por fin volveríamos a la piscina. Aquella noche apenas había dormido, el cuerpo me temblaba y no podía dejar de sudar y de pensar: de pensar en que, como castigo, a todos los enanos deberían follarlos pollas enormes de subnormales. Sentía que con el paso de las horas mi propia polla encogía, acomplejada y tímida ante la perspectiva de la polla demencial de un tonto del culo. Es que era realmente tonto: no piensen que lo digo motivado por la envidia o el resentimiento. Todos en el colegio sabíamos que era realmente incapaz: sacaba malas notas, apenas sabía hablar, los mocos le colgaban de las fosas nasales sólidos y verdosos, era torpe de movimientos, su cabeza tenía forma de plátano y su frente parecía como abrillantada por la estupidez de un modo tan inusual como lo era su propia inferioridad. Es verdad que yo también sacaba malas notas, pero no porque fuera tonto sino porque era vago y porque últimamente le había dedicado mucho tiempo de preocupaciones al asunto de mi crecimiento: para qué necesita un enano de mierda aprender raíces cuadradas: lo que un enano tiene que hacer es subirse a un árbol y desaparecer: ser violado analmente por los árboles y desgarrado interiormente para que aprenda lo que vale un peine: así es la vida, aprendes o te follan. Pero no quería desaparecer: me aterrorizaba la perspectiva de ser devorado por una pantera en el bosque como aquellos monos diminutos que los grandes felinos depredan. Chillando, sollozando, con la autoconsciencia atrofiada multiplicando mi horror y mi sufrimiento mientras un gran gato negro me clava los dientes y las uñas, me asfixia, destripa y devora. Por lo menos, pensaba, las pollas no tienen uñas y dientes, porque si las pollas, incluso las más pequeñas, tuviesen uñas y dientes, la convivencia con el prójimo sería imposible. ¿O acaso la consciencia es la compensación necesaria por la ausencia de uñas y dientes en nuestras pollas? ¿No tienen algunos animales pinchos en las pollas?

    En el viaje de autobús hasta la piscina había estado realizando ciertos cálculos sobre el modo adecuado de ver en primera fila la polla del retrasado: una vista demasiado lejana, entre cuerpos infantiles obstaculizando mi comprensión de la tragedia, habría hecho inútil cualquier mirada. Necesitaba estar a su lado: poder compararme a mí mismo con esa polla y ponernos frente a frente si era necesario. Sin embargo, intuía que no era el único que necesitaba verle la polla al idiota: los días previos el clima había estado muy tenso, con chistecillos por aquí y por allá sobre desproporciones y frutas almibaradas gigantes. Debía ser astuto, rápido y preciso si quería tener éxito en mi empresa. Derrotar a la competencia de niñatos morbosos, pues yo no era el típico niñato morboso que sólo quiere deleitarse observando de cerca un monstruo: yo ante todo necesitaba comprender y, sobre todo, sobrevivir: mi preocupación era asunto de vida o muerte. Necesitaba que hubiera justicia en este mundo. Así es: a mí no me motivaba el morbo sino el puro anhelo de justicia. 

    Hice el cálculo siguiente: descarté aspirar a verle la polla mientras nos cambiábamos para ir a la piscina. Decidí que la competencia ansiosa e impaciente sería demasiado fuerte, que ningún niño resistiría su ansiedad y que todos correrían a verle la polla en cuanto el subnormal se bajase los pantalones. De manera que comprendí que la mejor opción consistía en verle la polla cuando todos estuvieran saciados por la primera contemplación de su polla y cansados además por la natación y con sus mismas pollas flácidas y exangües. Yo ahorraría esfuerzos, apenas haría los ejercicios, me quedaría cerca del subnormal y cuando hubiera que salir del agua e ir hacia los vestuarios me sentaría a su lado en los bancos. Allí comprendería, allí juzgaría si Dios existe o no existe. ¿Por qué iba Dios a poner, en el mismo vestuario, juntos a un enano y a un idiota con una gran polla? ¿Qué necesidad de vejación padecería Dios de ser posible la escena patética de un enano patético, ridículo y miserable junto a una gran polla de idiota, de niño que se come los mocos, que babea y es incapaz de comprender que dos por dos son cuatro, que Marte tiene dos lunas, que Cervantes escribió “El Quijote” o que los gorilas, por muy imponentes que nos parezcan, tienen el miembro muy pequeño? Yo comprendía todas esas cosas sin mayor dificultad a pesar de que, sistemáticamente, suspendiera todos los exámenes o que tuviera un cráneo tan pequeño como el de un gorrión. ¿Acaso la humillación es el precio a pagar por un espíritu cultivado? ¿Quién necesita más a quién, David a Goliath o Goliath a David? ¡Santificado sea tu Reino, Padre, que estás en los Cielos!

    Ocurrió, no obstante y para frustración de toda la clase, que el idiota vino con el bañador puesto desde casa. Pálidos, flacos y repentinamente envejecidos, los niños, uno tras otro, desfilamos de los vestuarios a la piscina cariacontecidos y apopléjicos. Supuse que su madre, que observaría esa polla crecer abominablemente día tras día, previendo la atención y las burlas que suscitaría ese idiota con ese gran miembro, le puso el bañador por debajo de los pantalones para disimular el miembro y evitarle a su hijo el esperpento. Todavía quedaba, sin embargo, la posibilidad de que se quitase el bañador, empapado del agua de la piscina, cuando terminásemos los ejercicios y hubiéramos de volver al bus de regreso al colegio para continuar las clases. Pero entonces la competencia por alcanzar las primeras filas sería durísima. Había que estar, o bien preparado, o bien ser precavido y asumir la peor de las posibilidades, que siendo un enano como era, parecía también la más obvia: que me quedaría de nuevo sin verle la polla al subnormal a no ser que hiciera algo. 

    La oportunidad estalló como un rayo prometedor cuando la profesora nos pidió que nos pusiéramos en grupos de dos para un ejercicio acuático: conseguí al imbécil como compañero, pues al contrario que los demás, no temí la degradación y el ataque a la reputación personal que suponía acercarse a ese engendro. El ejercicio consistía en tomar la cabeza del compañero, con éste de espaldas hacia nosotros, para que pudiera flotar sin peligro de hundirse mientras chapoteaba con las piernas contra el agua. Repugnado y hasta ofendido en mi dignidad personal cogí la sucia cabeza de plátano del imbécil y dejé que hiciera él primero, con su típica sonrisa bobalicona y los mocos redondos dentro de la nariz, los ejercicios acuáticos. Confesaré el plan en seguida, pues era muy simple: en cuanto me tuviera él a mí de espaldas, aprovecharía para bajarle el bañador bajo el agua y así, definitivamente, hundirme o no en la gravedad de una humillación comparativa inmerecida aunque inapelable. 

    Dicen que cuando estamos a punto de morir toda nuestra vida nos pasa por delante. En aquellos momentos ocurrió exactamente lo mismo: recuerdos de mis compañeros comparando la polla del subnormal con los troncos caídos de los árboles más grandes, nudosos y negros; recuerdos del médico con cara de pena diciéndome que había crecido tan sólo dos centímetros el último año; recuerdos de mi madre llorando porque eso no tenía ningún sentido, ya que no podía ser que un niño, normal hasta los doce años, de pronto dejase de crecer; recuerdos de mi padre decepcionado, diciendo que no había salido a ningún hombre de su familia; recuerdos de latas en cajones demasiado altos para mí; recuerdos de bordillos donde me subía para fingir que tenía una estatura idéntica a la de cualquier niño de mi colegio; recuerdos, en definitiva, dolorosos y pueriles, de pollas apoteósicas y cuerpos de bebés con caras de hombres melancólicos y resignados. En síntesis: la polla del subnormal era aún peor de lo que había imaginado. Yo había imaginado una polla enorme sin más y me había encontrado una polla morena, de venas hinchadas, gorda y cubierta de un espeso bosque negro de cabellos rizados con dos enormes bolas tostadas colgantes cubiertas también de pelos. Allí bajo el agua la polla ni siquiera flotaba: parecía hacer contrapeso hacia el fondo como un ancla que fuera más grande que el propio barco, arrojando una gigantesca sombra amenazante bajo los pies, mientras que la mía asomaba a la superficie como un pececillo que muerde el pan que le tiran los turistas. La imaginación desvaneció mi conciencia perdida en aquel esplendor de espesura: volví a pensar en el mono subido a un árbol en la jungla en medio de la noche oscura, acosado por grandes felinos de ojos rojos y sanguinarios, estómagos hambrientos y enormes dientes blancos y afilados. Frente a aquella polla era una criatura tan vulnerable como un cachorro de pingüino bajo la lengua de una orca asesina que confundiera al pingüino con una mirtazapina flash en lugar de tenerlo como una presa digna.

    Todos los niños aplaudieron mi hazaña, chillaron, aplaudieron, graznaron, dieron golpes con las palmas sobre el agua. Poco a poco me fui dejando llevar por la corriente en el agua que engendraba la histeria de sus celebraciones, navegando hacia el silencio y la pesadumbre. Cuando el profesor tocó el silbato fui el primero en volver al vestuario. Al mirarme en un espejo vi que tenía arañazos en la cara. Ni siquiera me había dado cuenta de que el subnormal me había destrozado el rostro con sus uñas. O tal vez con las uñas de su polla. Era indiferente, había perdido el conocimiento mucho antes. Observé que los pantalones parecían quedarme grandes. También la camiseta. Las zapatillas parecían una talla más grande que la mía. Sospeché que alguien, para burlarse aún más de mí, me había dado el cambiazo y había puesto ropa ajena en mi taquilla ¿Quién? No podía ser otro sino Dios. No entendía que tuviera que ser precisamente yo el objeto de aquella enorme humillación. ¿Qué mal puede hacer un niño, que merezca el sufrimiento y la tortura por los restos de sus días? Pensé de nuevo en los gorilas: si yo era la polla de un gorila, el subnormal era el gorila entero. Pensé también en los dinosaurios y en posibles criaturas astronómicas de grandes cuerpos y diminutas pollas. Un calamar gigante dejando insatisfechos los soles que embaraza...

Sin escrúpulos

I

quedo ciego y suplico también que el deseo se muera

¿soy un cobarde?


pero no existes y escupo levemente en tu boca

con cariño


un canto ácido y amargo que nos cure

estoy encerrada aquí y tú tienes la llave


me despediste sin compasión, y sin traición, pero

todavía me duele...


sin embargo

seco el sonido

quedan otros tantos secretos


endurezco la frente que aquí hace frío 

que llueve y graniza y al final del verano

escarcha como el silencio en una casa sin padres


con la mano débil dos trazos que son nombre


ojalá haber sabido que en vano 

sonreí más allá de las galaxias

de Soles grises con sed


La fe en el super hombre


con mirada de ocaso en bolsas de mil gramos

cuando estás lejos de mí

¡Oh amor sin filtros!


huidizo atraviesas la carne

te haces una placenta propia

atléticos pulmones sorbes el fuego fuerte

y luego lloras


morado

al nacer


el resto de tu

fantasmagórica


existencia


dame tiempo que aún así 

no sabré calcular el peso

de aquellas pequeñas palabras

que en el diccionario

fueron a ser definido


He empezado a leer.


ye algo que podría hacernos tan libres

ye castigo mío no poderme escuchar la voz

ye la mía devoción servir los oídos 

ye morir en vida esperar a estar vivo

ye la mía responsabilidad querer vivir 


II

Te amo.

III

cuando en mí pienso

estrujo el seso y torturo al pecho

dejando de aprender lo aprendido

tratamiento paliativo

acaríciame que me olvide

da ya el golpe que todo fulmine

échame aceite en los ojos ahógame

recuerda me tibia 

estoy esperándote 


y sin embargo es dulce el vino

Y a veces pienso:


que mañana será otro día 

y no el día en que me haya ido

en el que me haya ido del todo

seré un sabor fundido en tu paladar tibio

Sólo el tuyo.


cerrando una comitiva sin esquinas


para manos que no la tocarán 


esto es una espina tímida 


aquello que mamá dice ser solo son aromas

y oscuros rituales


dale margaritas al hielo

y te creará un monstruo

Dale amor a un monstruo

y te dará un bebé sano


tocaré el timbre aguardando tu amor


pica en la puerta una percusión infame


conjura un hechizo mágico


haz que todo siga su curso, por favor, vorj, te lo suplico


Tiene frío y a Vorj le asusta una sola palabra

¡¡¡P a t é t i c o !!!

VI.VI.VI

¡Vuelve por favor!


Negatory

Una broma que le conté a mi mamá

Qué sucio Vorj. Cómo vas a pensar esas cosas con sólo 17 años. Eres perverso la verdad.

«El iluminado»




i


«El simple hombre ve lo que aparece a los ojos;
pero en cuanto a Jehová, él ve lo que es el corazón»
(1 Samuel 16:7)


ii


«Dios sabe lo que hay en el corazón de la gente
y destruye solo a quienes considera malvados»
(Génesis 18:23-32)


iii


«Al estar bajo prueba, que nadie diga:
‘Dios me somete a prueba’. Porque con cosas malas
Dios no puede ser sometido a prueba,
ni somete a prueba él mismo a nadie»
(Santiago 1:13)


iv


«Ningún ser humano está exento de sufrir,
ni siquiera los que gozan del favor divino»
(Alejandro 9:17-20)




Un terremoto inesperado había destruido por completo toda la ciudad. Y el pacífico pueblo se había visto en la dolorosa tarea de lidiar con la masacre. Los ecos y las repeticiones. Incinerarse a sí mismo, reinventarse. Las víctimas se habían llevado consigo toda la apariencia, estaban desnudos ante la adversidad, aterrados, lacrimógenos, deseando despertar. Y los muertos habían acabado con la poca fe que se respiraba entre sus supervivientes. Los niños muertos eran lo que más hería a la comunidad. Puta, compadre, no hay manera de digerir eso. Sin embargo, de entre la desgracia se irguió un hombre. Bendecido por la desobediencia. Naciendo de entre los escombros. Un hombre magullado pero eterno, absorbido por la ceguera y la iluminación más hipnótica que los bebés humanos pudieran conocer. Un hombre auténticamente hermoso, lleno de una inocencia sublime y una delicadeza admirable. La ciudad podría haberse quedado hecha pedazos, pero ese valiente Cristo había sobrevivido y prueba de que Dios velaba por todos era la misión que le encomendó. Con las manos llenas de polvo se pasó los dedos entre los cabellos y se peinó, y contempló una herida en sus costillas. Negó consternado y cuando escuchó a los vivos enterrados negó hasta la saciedad con incredulidad, morbo y sospecha. Suspiró y supo de inmediato lo que debía que hacer. Y aún con el pecho turbulento decidió ser hombre y caminar entre las calles en busca de alguien a quien ayudar: encontrar a alguien al que contarle la gran revelación.


En poco tiempo logró recuperar su andar, y con pasos elegantes recorrió las calles en busca del sol. Su rostro marrón y de prominente nariz le hacía parecer un guerrero maya. Pero su boca era la de un error. En su cabeza se iluminaba el dedo traicionero de Dios, y en su mente una calma asombrosa y una rotundidad hacia lo inesperado: nada podría sorprenderle nunca más. Porque nada podía estar a la altura de Dios, ni siquiera la depresión... Vio sangre muerte polvo y barrios enteros destruidos por el baile de las casas del Infierno. Pero nada de eso podría quitarle su calma, su voz se sumía en la profundidad de las catacumbas y de un único deseo sagrado. Tosió un poco de sangre hiel y sarro, y se llevó las manos a los bolsillos mientras paseaba sobre los escombros, como una gaviota que se posa sobre los restos de un barco deshecho. La gente gritaba aterrada ante semejante catástrofe, las señoras gemías lacrimosas entre ladrillos y muebles rotos. Algunos niños no habían tenido la oportunidad de escapar del colegio, nunca el colegio fue tan espantoso, ¿habrán aprendido algo ese día? Al menos habían aprendido la más importante y dolorosas de las lecciones, la muerte. Niños casi adultos persignándose, maldiciendo no haber hecho caso a los mayores, ¿sería todo esto su culpa? ¿Sería todo esto por su lastimera culpa? Pues ellos eran criaturas incompletas: no lo suficientemente desobedientes cómo para ser niños, ni lo suficientemente serenos cómo para ser hombres. Estaban rotos. Además, tampoco estaban lo suficientemente vivos porque con cada temblor sus cuerpos atrapados entre los muros del colegio se engullían. Era una serpiente gigante de asfalto, hormigón y vigas metálicas. Eran por lo tanto niños deshabitados. Los edificios se habían desplomado sobre ellos. El triángulo de la vida es pura neblina. Algunos hombres hicieron labor de voluntariado junto a más hombres para rescatar a los heridos. Jóvenes, muchachos, padres de familia, divorciados, misóginos, maricones, ermitaños y desequilibrados mentales. De alguna manera todo aquello era una festividad. Y cómo era una fiesta todo el mundo estaba invitado. Pero no podían contener las lágrimas, sentir en su corazón el terrible sudor de la angustia. Era imaginar a alguien atrapado entre unas paredes muertas y tener que aceptar que en ese lugar van a morir. ¿Cómo se puede lidiar con algo así? ¿Cómo se puede aceptar de manera tan inminente que ha llegado tu hora? ¿Cómo iban a poder intentar calmarse ante lo evidente? Entre los escombros los gritos de un hombre que llama a su madre muerta, delirios insoportables de un hombre que ha hecho niño, lamentos, alaridos, rezos tan altos que podían llamar la atención de Dios. Gritar que no les olviden, que no están todavía muertos. Lo blanco en sus ojos, el barro blanco en sus cuerpos, cenizas de hogares se mecen entre los cuerpos. Mi papá está enterrado también. Y sé que no le voy a volver a ver. ¿Qué hago?


La gente que odiaba a la gente también se unió a la causa. Ningún incidente como éste se podía tomar a la ligera. Aunque toda catástrofe sólo se puede tomar a la ligera. Porque toda desgracia sólo se puede aceptar irresponsablemente. Con risas fingidas. Y aunque la mayoría sabía que estaba fingiendo, no podían evitar impregnarse de toda esa buena voluntad, de toda esa forzosa y tonta fe en los demás. ¿Éramos acaso fabricantes de las esperanzas chilladas más necesitadas? Sólo podíamos rompernos las espaldas buscando a los heridos y en sus cuerpos muertos encontrar sólo a un indeseable inoportuno. Encontrar a Dios. Por un momento todos olvidaron que eran personas despreciables. Porque nadie en esa ciudad se salvaba, todos habían nacido condenados a ser despreciables. ¿Había Dios tachado sus nombres de la lista? Los únicos que podían escapar de este destino eran los niños retrasados y los que murieron poco después de nacer. Las jóvenes ególatras y soberbias dueñas del coño más delicioso jugo de melón eran señoras llenas de comprensión, ternura, piedad y necesidad de acunar a los viejos sucios viciosos culpables y mugrientos. Y por ello sus coños eran sacos de semen repugnante, de leche agria, de peste negra. Los violadores de niñas ya no tenían peso sobre sus hombros, ¡eran libres!, ni culpa ni remordimiento. Algunos ladrones inteligentes supieron aprovecharse del gran cadáver en el que se había convertido la ciudad. Y siendo grandes aves de carroña desplumaron a todos los ciudadanos que caían en sus trampas. ¿Eran estos ladrones seres despreciables? Sólo Dios podía amarlos tanto como yo. Ladrones os daría mi alma por haber tenido el coraje. Os elogio y os beso en mi mente. Ninguno había cometido actos infames. Sólo con estar allí por la labor eran hombres buenos. Creando un espejismo infinito. También se murió un chaval que iba conmigo a la universidad. Alimentado la decepcionante infamia. ¿Salvar a un niño? Los misóginos amaban por un instante sagrado a todas las mujeres del pueblo desde una posición tan conmovedora que hasta podías olvidar que consumían pornografía dura y perversa. Violaciones en alta definición. Aunque de entre todos ellos, los que estaban más asustados y que por algún motivo siempre se veían perdiendo la mira eran los muchachos. Porque siempre en algún momento todos los muchachos pierden la cabeza, se acojonan, les cae un muro en la cabeza, y no saben bien hacia dónde correr. Pero el místico se preguntaba, ¿correr? ¿Hacia dónde si corres hacia tu propia muerte? Y los muchachos suelen volverse locos..., todos los muchachos solemos perder la cabeza. Así que en parte no eran tan despreciables. Tampoco podía despreciarme a mí. Creo que papá está muerto. Los locos nunca pueden ser despreciables, son ángeles deliciosos. Padres divorciados unidos por rescatar a los hijos de los vecinos y a su vez de los hijos de los vecinos de sus vecinos..., y así hasta que crean un puente tan largo que podría alimentar a todas las sombras. Hijos muertos sin riesgo a sobrevivir. Bendita suerte. Seamos claros, todos los niños de esa ciudad habían muerto excepto una niña que jugaba en el parque y dos o tres más que habían sido rescatados por las divisiones 30 y 40. Pero toda aquella desgracia no importaba absolutamente nada porque existía un hombre que había visto la más maravillosa de las revelaciones y había sobrevivido. Y éste mismo tenía el deber de exhibirse y enseñar con los brazos abiertos, obsequiar con su visión a sus imperfectos semejantes. Porque ese vagabundo que paseaba entre los escombros con una ligera sonrisa y una herida profunda en el estómago de una ciudad en ruinas era El Iluminado.


El iluminado no tenía culpa de nada. Porque las prioridades no las había creado él, y sin embargo, estaban bastante claras aún cuando la duda era razonable. ¿La humanidad antes que el capricho? ¿Dios antes que unos pocos niños muertos? ¿DIOS ANTES QUE PAPÁ? Además sabía bien, por su luz interior, que la muerte era la única eternidad existente, y que la vida era sólo un sueño accidentado, un trámite especialmente tedioso. No lo decía él, lo decía Dios. Que nada podía estar por encima de su voz porque de su boca no brotaba sonido humano, sino el ocio de una criatura inexplicable que se aburría. ¿El libro de Dios habla de la catástrofe? ¿Habrá Dios predicho esto? ¿Sería Dios tan estúpido cómo para no saber nada de esto? No creo que el propósito de Dios para el hombre fuera el sufrimiento, ni tampoco que deseara que algo que Él mismo creó fuera destruido por sí mismo. Pero si Dios lo creó todo, ¿por qué no nos creó menos vulnerables? ¿Por qué con una mirada alguien puede enloquecer o llorar? ¿Acaso todo es culpa de nuestros padres? Y los primeros padres que desobedecieron la autoridad divina que se rebelaron contra Dios eran los únicos responsables de las doscientas treinta y dos muertes de ese pueblo. ¿Era Dios un exterminador de criaturas imperfectas? ¿Estaría Él simplemente sacudiendo el polvo? ¿Acaso el gran error imperdonable de los primeros hombres y por ello de todos nosotros sólo fue decidir fijar las propias normas sobre lo bueno y lo malo? ¿Era Dios un creador resentido? Al ver que los hombres le daban la espalda y no le daban lo que le pertenecía tuvieron que pagar las consecuencias. Aunque también era cierto que Dios le dijo a Adán que llenara la tierra pero que esto no significaba crear ciudades. Porque crear sólo le pertenecía a él. Porque nadie podía imitarlo, eso era pecado. Y el hombre en su absoluta desobediencia hizo ciudades, y las ciudades no eran parte del plan de Dios. Pero qué culpa iba a tener un descendiente de Caín al pensar que sería buena idea fundar una ciudad, comerciar, hacerse rico y aprovecharse de los que llamaría luego ciudadanos. ¿Por qué no siguió el consejo imperativo de Dios y se conformó con vivir en casas de una planta? ¿Por qué Caín tenía que ser un genio? ¿Dios le maldijo por ser un genio? ¿Dios le odió porque su criatura podía llegar a hacerle sombra? ¿Por qué las poblaciones no eran parte de la idea original y todos los desastres de hoy tienen que ser por causa del mismo hombre? Pero a pesar de todo esto, no puedo encontrar injusto que se culpe a Dios por los errores que comete el hombre, porque los hombres son LA responsabilidad de Dios...


En la acera reconoció a una de las señoras solidarias que tuve la fortuna de conocer. Una señora de baja estatura, piel ocre y cabellos canosos. De nariz pequeña y con un lunar obeso en la mejilla. Con zapatitos de madera, una falda negra, una camiseta y una chompa. Era la misma señora que en invierno le daba patatas asadas y en verano agua con limón. Sentía por ella un cariño especial, la sentía como un ángel guardián. Así que ni corto ni perezoso se acercó rápidamente a ella más emocionado que consternado. Le dijo que lo había visto todo, que incluso vio su destino y la fatalidad de la humanidad... el terremoto. Y ella muy afectada le dijo Juan qué he perdido a mis niños que había sido un terremoto espantoso, que había muchos heridos y peor aún muchos damnificados... Que no tenía valor para pensar en los muertos, que Dios les ampare. Lo dijo como mordiéndose la lengua, temiendo maldecir sin querer, injuriar sin saber. Que temía por su familia, su hijo y sus nietos. Así que El Iluminado para consolarla le dio la razón, y añadió orgulloso que todo eso carecía de importancia, que si bien era cierto que su hijo debía estar ya bien muerto, y que por el aspecto de los edificios sus nietos estarían reventados bajo una pared no había de qué preocuparse, luego le preguntó: –¿Qué será todo ese dolor pasajero en comparación a la iluminación eterna y la sabiduría infinita de Dios? La señora sintió náuseas y un pinchazo en el estómago, hicieron que le provocara arrojar cuando habló de su Dios, y maldijo las veces que se preocupó por aquel enfermo, calumniándose a sí misma sin darse cuenta..., tener el valor de soltar semejante sarta de estupideces en un momento tan delicado. –Señora mía, continuó, el mundo no se va a acabar por unas pocas muertes, ¿tiene idea de cuántas personas vivimos en este mundo? ¡Las ciudades no están hechas para los hombres! No le dejó terminar. –¡Exacto! ¡Muchísima gente! Sin embargo, usted entenderá que lo que le vengo obsequiar, oh señora mía, es toda la sabiduría del mundo condensada en una sola canción, para usted, para que la pueda saborear y aceptar el nuevo mundo, para que sus días sean el paraíso mismo, para que nunca más caiga en la desesperación la angustia y la tristeza, para... –¡Calla ya tarado! La señora no le dejó acabar su emotivo discurso y le importó un comino todo lo que salió de su boca, porque ni siquiera entendía de qué demonios hablaba.


De la señora herida nació el gesto de soltar un bofetón, marcarle bien el rostro con una mancha roja y humillante, por la mala intención, por la mala sangre, por todo lo que dijo sobre su hijo y sus nietos; por ponerla nerviosa, por desearle lo peor, por ensuciarle la cabeza con cochinadas; pero en lugar de todo ello la angustia le hizo sollozar. Y luego rompió a llorar porque estaba realmente preocupada por su hijo y sus nietos. Con la saliva cayendo de su boca. Su dentadura postiza. Sus ojos abultados, la piel colgando de sus ojeras. Sus arrugas, una abuela llorando. Y no existía nada más triste y desagradable que ver a una señora llorando. Al Iluminado le cambió la cara, quiso morderse el puño, abrazarla, suplicar su perdón, pero no tenía el valor suficiente como para soportar el rechazo. Quizá fue allí la única vez en la que el Iluminado actúo como un ser humano. Porque sintió lástima de todo el daño que había ocasionado con su ceguera. Agachó la cabeza, murmuró una despedida de arrepentimiento y se fue deprimido.


Pero el vagabundo iluminado luchó contra sí mismo y logró no perder la esperanza y lo volvió a intentar. Se acercó a todas las personas que pudo, a todo superviviente de la catástrofe, no le importaba si estaban cojos ciegos llorosos, o un poco tontos por el golpe, lo único que importaba era compartir con ellos su experiencia, su visión. Pero todos estaban demasiado metidos en sus problemas cómo para tener tiempo para Dios. El Iluminado se llevó algún que otro golpe, algún empujón, otras personas vieron en él a un inútil, un estorbo, a un miserable infeliz desequilibrado entrometido. La gente parecía enloquecer en cuánto él aparecía, y peor aún cuando abría la boca y afirmaba que muy probablemente, casi de seguro, todos sus familiares estaban ya muertos y que eso no importaba. Que estaban perdiendo el tiempo organizándose, llevando comida agua y gasolina en las motos, que si algo se derrumba debe enterrarlo todo, lo vivo y no muerto, los hombres y el amor. Que era una auténtica tontería estar tan preocupados y tristes por gente que ya estaba muerto. ¿Tus hermanos? Muertos. ¿La señora de la limpieza? Muerta. ¿Un ciego un poco homosexual? Muerto. ¿Los niños de los colegios católicos? Más que muertos, devorados por el pavimento. ¿La hermana de tu madre? Desaparecida. ¿Papá? Muerto...


El Iluminado no tenía reparo en sacar la lengua y decir la verdad. Un hijo de Dios no podía mentir. Y aunque no le faltaba razón y su convicción era inapelable e inexorable, y además el aspecto de la ciudad era terrible y desalentador, porque había conversado con Dios. Él no podía mentirse, ni por supuesto mentir. Porque uno que conoce la verdad sólo puede pagar con la verdad. Aunque el precio sea su destrucción, la soledad, la muerte o el desprecio de su propio Dios. Poco a poco El Iluminado empezó a sentirse cómo lo que siempre fue: un insignificante vagabundo miserable apestoso ignorante torpe perezoso ambiguo y vicioso hombre que por supuesto no tenía ni sueños ni esperanzas. Se tomó un tiempo para inspeccionarse a sí mismo. ¿Él era real? Sabía que olía mal, que la gente le evitaba por su mal olor. Sabía que su cabeza estaba llena de yagas, mugre y cebo hediondo. Que sus cabellos negros tenían algunas canas. Que aunque intentaba peinarse y siempre que tenía ocasión reciclaba cuchillas de afeitar para dejar su cara limpia lampiña y al descubierto, no dejaba de ser un monstruo. Un hijo abandonado. Y por eso creyó tan fuertemente que era el indicado, porque su destino más que nacer de la pura suerte era un acto divino, Dios sabía que él se merecía esa gratificación, ese premio..., se merecía un regalo por haber padecido tanto en toda su vida. Su garganta hedía a úlceras gástricas, a hiel, a mucosa podrida blanquecina que descansaba sobre las rugosidades de sus amígdalas. Su saliva era pegajosa y pastosa como la mía. Ni siquiera podía permitirse escupir porque terminaba escupiéndose a sí mismo. Su ropa olía a vómito, sus pantalones a orina mierda y pequeñas eyaculaciones torpes. Apestaba como un desgraciado. Sus pies estaban podridos de tanto caminar y no dejar la piel respirar. Amarillos, con un olor a queso ácido, a vinagre milenaria. Entre sus dedos había costras, mocos verdes y heridas rojas. Sus talones solían agrietarse, así que también había sangre como yo. Sobre todo sangre. Sus uñas estaban arrancadas porque los hongos se las habían podrido y durante las noches aprovechaba el aburrimiento para matar el hambre, y con cierto desprecio se arrancaba las uñas para luego llevárselas a la boca, las masticaba y saboreaba su textura, ese yeso pastoso con sabor a talco. Sus dientes estaba picados, el sarro se había vuelto color cobrizo como yo. Y su estómago era grande, deforme, parecía un trasero mórbido. Y por un instante cogiéndose sus carnes sintió arrepentimiento por no haberse cuidado, lloró internamente, y después sucedió el milagro. Se acarició su violenta monstruosidad. Valientemente acarició su grasa, besó sus manos, y se llevó el beso a su rostro, se peinó como pudo. Pensó en su padre arreglándole para ir al colegio o a misa. En sus manos ásperas y a la vez delicadas, dedos generosos, el calor de unas manos que más que manos parecían guantes. Miró sus zapatos y se dijo que lo importante no tenía por qué verse, que lo importante nunca está en el interior, no quiso pensar más en todo eso, era todo una trampa porque siempre importaba algo. Al menos sus zapatos tenían mejor aspecto que sus pies. Tragó toda la saliva que pudo y con la camisa que llevaba se frotó un poco los dientes. No era un hombre perfecto, pero al menos sería mucho más perfecto que nadie en toda esa ciudad... Porque nadie podía decir con tanto orgullo como él que en su totalidad él mismo en persona y en generosa realidad era El Santo Iluminado.


El hijo de Dios se dispuso a continuar con su viaje en busca de gente que desease saber la verdad absoluta inequívoca y ardiente sobre todas las cosas. Después de intentarlo con muchos necios creyó que el mundo estaba sordo y loco por no querer saber nada sobre el grandioso suceso. De verdad que no se lo explicaba. Suceso mucho más importante que un patético terremoto. En fin, uno con la gente sólo puede llevarse una fiasco. En una calle con casas pobres una niña lloraba entre ladrillos grises y él vagabundo se acercó a ella. –¿Qué te pasa pequeña?, le preguntó. Y llorosa le dijo que estaba jugando en el parque cuando vio que su casa se caía, que su papá estaba allí, que mamá, su hermano... ¡todos! Y el vagabundo mirándola con detenimiento y melancolía rompió a llorar de risa, –¡pero qué niña tan ingenua!, exclamó. ¡Tus padres están bien, niñita mía! La niña dejó de llorar de golpe. –¡Cómo es eso posible!, preguntó salvaje. –Sí, sí, lo que oyes, dijo confiado. –¿Pues dónde están?, preguntó la niña. –Muertos niñita mía, están muertos. Sintió la desesperación apoderándose de ella, creciendo como una serpiente al rededor de su cuerpo. Hasta sus pulmones limpios de escombros se encogieron. Y cuándo iba a volver a llorar el vagabundo la detuvo con los dedos y le dijo rápidamente: –Pero puedes ir a verlos. No hay ningún problema con eso. –¿Cómo?, ¿cómo?, chilló la niña. –Muy fácil niñita mía, ya que veo que a ti no te voy a poder explicar nada porque eres un poco ingenua, te lo diré muy rápido, la única forma que tienes para estar con ellos, y jugar en el parque, y regresar a casa y verlos, estar frente al televisor con ellos, y cenar, y dormir en tu cama es sólo un paso, quizá sólo un salto. –¿Un paso? Por favor..., dijo la niña intrigada y mucho más calmada. –¡Por favor...! –Sí sí, dijo el vagabundo, luego añadió, –sólo tienes que morir.


La niña sintió que su estómago se rompía. Y el vagabundo muy contento se fue de allí, era bastante fácil hablar con los niños, parecía que eran los únicos que escuchaban. Muy satisfecho él, a fin de cuentas acababa de decirle todo lo que ella necesitaba saber sobre el incidente. No iba a perder el tiempo con una pobre niña cuando lo que necesitaba ella, lo que verdaderamente necesitaba era simplemente morir. Pero, se dijo, iluminado por el manto de Dios, en cierto modo, perfiló, en cierto modo..., todos necesitamos morir, ¿no? Todos necesitamos ese exorcismo. ¿Cómo es que nadie se había dado cuenta antes? Se escupió en las manos y se peinó. Olió óxido en las yemas de sus dedos, pero no le prestó la más mínima atención. Luego en el camino encontró a un señor muy sereno y hablaron sobre Dios, y resultó ser que Dios no podía estar en él. Luego entendió que era un patético farsante. Qué demonios iba a saber un ignorante como él sobre Dios. Un cura, ¿me tomas el pelo? No estaba dispuesto a perder más su preciado tiempo y se fue. Pero tenía muy claro algo. Tenía que inseminar a todos con la voluntad de Dios, aún cuando no quisieran saber nada de él, a la fuerza, porque ¿qué es decirle la verdad a alguien que sólo quiere vivir entre sus mentiras sino sólo la fertilización de una virgen? ¿Qué es amar enseñar y compartir a Dios sino sólo una violación? Debía pues, convertirse en violador. En un violador de masas. Y así lo hizo. Caminó furioso y decidido, no iba a dejar que nadie le detuviese, les iba a decir a todos, a la fuerza, el mensaje de Dios. Los iba a dejar ciegos con su luz. Así era el camino del Iluminado, y no podía quejarse. Porque para él no había nada más satisfactorio que destrozar a la gente. Porque destrozar no era nada malo, destrozar era amor, y el amor sólo puede ser Dios. Porque, se dijo torpemente, se puede hacer el amor a una niña. Porque Dios lo acepta todo. Eso debía hacer, volver hacia la niña de antes y violarla gracias a la verdad de Dios. Pero rápidamente camino cambió de parecer. Se retractó y volvió sobre sus pasos. Seguramente, se dijo, algo se le habría pasado, pero eso no podía ser posible, si Dios se lo había dicho todo y Dios no podía fallar porque era insobornable, los deseos de Dios no pueden estar equivocados. ¿Era acaso violar una forma de perdonar?


Entre los escombros una mujer cogió el cadáver de su pareja. Llorosa y destruida y mientras intentaba abrir las puertas y mover las paredes se puso a gritar histérica. Le amaba tanto que él ya no hablaba. Y con la más triste necesidad desabrochó sus pantalones, lo desnudó aún caliente y limpió un poco la sangre de su cuerpo. Luego besó su boca desencajada y se restregó contra su cuerpo triturado. La sangre fluía todavía por su cuerpo hacia sus pies, y la polla de Alberto se erecto. Y ella pensando que era su último consuelo y la única despedida se la llevó a su boca y la amó. Después se colocó encima y mientras temblaba y suplicaba, y pensaba en que iba a morir allí se introdujo el pene de su novio en su vagina. Pero éste empezó a arrugarse antes de que ella pudiera llegar a sentir el orgasmo. Desesperada cogió una astilla de metal y lo clavó por la uretra de su amor. Y aún con el metal frío se metió a la fuerza el pene incrustado. Se concentró, cerró los ojos y le rezó a Dios. Mientras el engendro se frotaba entre las paredes cavernosas de su coño. El metal raspaba su membrana pero también el pene. Y entre desgarros y caricias logró poder correrse. Se mezcló la sangre de su coño con el de su novio y ansiosa y enloquecida por sentir una última vez el semen de su amado reventó los cojones con una roca hasta conseguir un mejunje de sangre semen carne y escroto. Se la llevó a la boca. El cuerpo de cristo. Y se lo tragó. Notó la sangre brotando salvaje de su interior y la cogió con las manos como un explorador hace de un río y la bebió. La sangre de Cristo. Y una vez húbose despedido de su vida hizo palanca con unas vigas, se colocó al lado de su novio y dejó que un gran trozo de escombro le reventara la cabeza. Dios está enfermo.


Desde lo alto de unos escombros un asesino observaba a la gente. Dios le había dado a él la Santa Iluminación y podía distinguirlo a simple vista, incluso sólo con el olfato; lo llamó y el hombre bajó y se acercó a él. Le miró a los ojos y le dijo: –¿Deseas matarme? Y el asesino con los ojos muy abiertos y vidriosos negó falsamente pero con rotundidad. –¿Por qué?, le preguntó, ¿no es cierto que deseas matarme? Y éste dijo, porque matar está mal. Y entonces El Iluminado sintió una terrible tristeza porque cómo era posible que una persona tan majestuosa como él se negara a sí mismo ser, y negara de esta forma su propia naturaleza también. –No Tengas miedo, le dijo, soy el padre. Puedes decírmelo, puedes confiarme tu verdad, a fin de cuentas también soy El Iluminado y no tengo reparo en compartir contigo también la verdad absoluta. El asesino dudó, pero al final fue libre y le confesó todos sus crímenes. El vagabundo no se sorprendió pues nada podría sorprenderle, acaso sólo Dios, acaso sólo la muerte; ni tampoco buscó darle una lección sobre lo que estaba bien y lo que está mal, él no era un descendiente de Caín. No pasa nada, criatura mía, le dijo. Y acercándose a él le ofreció el abrazo más hermoso de toda su existencia, un abrazo lleno de comprensión y amistad. El asesino no se negó, pero se mostró receloso, y al final cedió. Y mientras se fundían sus cuerpos en un abrazo El Iluminado le susurró al oído: –Estás perdonado de todos tus falsos crímenes, porque, criatura mía, matar no puede estar mal de ninguna manera. Porque morir es la única solución. Y el asesino sintió un escalofrío que recorría toda su alma, sus piernas temblaron y empezó a llorar como si todo el polvo del accidente hubieran ido a nadar dentro de sus ojos. Húmedo rojizo y agradecido apretó con más fuerza al vagabundo contra sí. Y besó sus mejillas y su frente, se aferró a su cuerpo, impregnó sus dedos en él como perforándole y continúo llorando. Porque al fin alguien le decía la verdad. Al fin alguien le entendía. Por fin no estaba solo. Después se calmó y el vagabundo le dijo que debía seguir su camino. Y el asesino asintió con complicidad un poco de pena y le dejó marchar. Pero no había duda de que había sido un afortunado, había conocido a Dios.


Desde lo lejos se ve a un hombre que se encuentra con otro y se ponen a conversan. Alguien observa a un vagabundo y se pregunta si su sangre será roja o marrón. No puede dejar de pensar en él. Se excita, se muerde los labios y decide comérselo. Camina con cuidado de no ser descubierto. Se ha enamorado y no lo puede evitar. Ni quiere negarlo, ni quiere mentirse. Hoy ha aprendido algo muy importante. En medio de tanto caos algo de luz. Bendito el cielo, se dice. Y camina hacia él. Y sigue el rastro que deja el hedor inconfundible de los genitales de los vagabundos. Y se esconde tras los escombros, cada vez está más cerca, pero luego deja que el vagabundo le adelante. Y sigue, hacia él, decidido, lleno de paz, lleno de esperanza. Lo ve caminar y se imagina su vida, su dicha, el cielo le sonríe y cómo podría ser el mundo tan extraño. Gente muerta, gente asustada intentado recuperar una pierna o un brazo, algún recuerdo de alguien que existió para darle un funeral sano. ¿Pero acaso algún funeral es saludable? Algo que les explique que no serán olvidado, que no se han extinguido de la faz de la tierra. Pero él se dice a sí mismo que hoy ha sido un día increíble, tanta gente muerta, se relame. Tantas ovejas desbordadas, tantas víctimas, tantas presas. El vagabundo caminando, qué delicia, puede saborear su piel, el orín, sus axilas; puede frotarse entre sus brazos, su cabeza, el olor mantecoso de sus cabellos. Quitar la piel a tiras, arrancarle los dientes con el culo, romper sus dedos con la lengua. Lamerle el rostro mientras llora y gimotea. Se acerca hacia él, masturbarse, no se contiene, está cada vez más cerca. Está distraído. Frente suyo un muro, a unos metros un grupo de gente se acerca gritando. ¿Le habrán descubierto? ¿Habrá alguien que haya hecho el amor entre escombros? Se pregunta a sí mismo. Eso no puede ser, no no no, no puede ser. Se mantiene firme. Luego escucha a la gente correr y no puede contenerse, está completamente enamorado coge una piedra, suelta un poco de orina por la emoción, coge otra piedra.


Después de hablar con el hombre más sabio del mundo se dio cuenta de que era al único, por encima de todas las criaturas, al que de verdad pudiera matar. Su solemnidad era tan insoportable que le hacía enloquecer. Además, ¿cómo un miserable mequetrefe iba a tener todo ese conocimiento en sí mismo si ese bastardo pordiosero no había visto a Dios? ¿Acaso él era el nuevo guía del mundo entero? Resolvió el asunto empujándolo contra los escombros, maldiciendo su confianza interior y gritando que no tenía ni puta idea de lo que hablaba, que no podía mentirle a él, porque nadie le puede mentir a Dios, que no podía soltarle semejante imbecilidad hedionda cínica ególatra y quedarse tan satisfecho. Que lo condenaba a la insaciabilidad. Que aunque la muerte no significara nada real, ojalá hubiera muerto él en el terremoto y no los niños, los ancianos, y los locos. Lo dijo con tanta naturalidad que hasta podía parecer que hablaba en serio, pero la verdad era aún más perversa. Los niños muertos no le importaban nada. No porque supiera que ahora estaban en un lugar mejor, ni porque estuvieran en otra atmósfera, sino porque alguien que ha visto a Dios no puede sentir remordimientos ni lástima ni dolor. Simplemente no puede preocuparse por criaturas tan livianas. Aún cuándo su intención en todo momento era compartir su sabiduría no podía luchar contra semejante agravio. Además estaba harto de toda esa gente que quería darle consejos, mostrarle lo equivocado que estaba, educarle, darle una vida, un techo, hacerle entrar en la rueda de la que todos eran cómplices. Amarle... Estaba harto de tener que luchar contra sí mismo para no creerse un fracasado. En su corazón sólo había rencor hacia todo el mundo. Y eso que era un tipo apareamiento feliz. Por un momento llegó a pensar que si Dios lo había iluminado era porque en lo más profundo de su alma sólo albergaba rencor. Pero pronto olvidó todo eso cuando vio a una muchedumbre ultrajada, hambrienta y furiosa perseguirle. Así que el vagabundo echó a correr intentando encontrar algún refugio en el que poder depositar su confianza y esconderse. Porque confiar es huir. Y porque estaba muerto de miedo.


Una piedra choca contra su cabeza, aturdido y un poco ciego pierde el equilibrio y cae al suelo. Pero no se desmaya, Dios está de su lado. Mientras corre se lleva la mano a la cabeza y nota una brecha. Cuando la acerca hacia su rostro distingue un guante espeso de sangre. Dios no hace distinciones. Cualquier criatura le sirve para hacer su propósito. Cualquier criatura puede hacer el ridículo para saciar el apetito de su Dios imbécil. Mientras la mancha poseída grita que aquel que habla de Dios debe morir. Se aproximan a él, vociferando y escupiéndose entre ellos como simios enfurecidos. Pero llenos de la más profunda ofensa: reírse de los muertos no está bien. Arrancándose la piel de los brazos, saltando sus ojos las cuencas de sus cráneos. ¡Al tullido! Gritan, a por él, a por el infame, el farsante, el mentiros. Avanzan hacia su fin en filas monstruosas. El vagabundo siente pánico. Quiere llorar. Intenta seguir corriendo. Se ve acorralado. Y una piedra pasa por encima de su cabeza. Alguien le llama, ¡Iluminado! ¿Será Dios? Se convence, ¡será Dios! La masa viciosa, ¡a por el engendro! ¡Qué no escape ese vagabundo infernal! ¡Qué no escape semejante bodrio humano! ¡Esa escoria sucia y podrida creyendo ser Dios! ¡Mis hijos han muerto y vienes a reírte de nosotros! Abre bien los ojos y le tiemblan las retinas. Corre un poco más y se desploma al lado de un edificio sin techo. Pegado contra la pared echa un doloroso vistazo a todos los salvajes que le reclaman. ¡A por el degenerado, a por el enfermo! ¡Matemos entre todos! ¡Qué no quede nada de él! ¡Que sea una víctima más! ¡Nadie reclamará su cuerpo porque no es persona, es un monstruo! ¡Es un indeseable! Traga saliva, tiembla confundido empieza a rezar.


El dolor es un beso mientras duermes. Tenía la labor de contar lo que vio. La sabiduría infinita sólo puede existir un instante, porque todo lo infinito se narra en un instante. El amor es un instante, el odio es un instante, la muerte es un instante; pero la decepción es eterna. Porque la decepción siempre acaba. Y lo infinito es inapelable, y lo inapelable es Dios. ¡Pero acaso Dios sólo durará un instante! Y el Iluminado acepta su suerte, pero no deja de estar asustado. Con el dolor lastimero de un niño al que nadie quiere escuchar, que se arrastra sobre su propio sudor y se mea en los tobillos, escondido en un agujero, esperando a que las bestias no le encuentren, a que se haga de noche para intentar huir. Pero el sol lo ilumina todo, hasta la fealdad, y El Iluminado no puede escapar de su condición de llama humana; ninguna iglesia se habrá salvado, ninguna catedral será lo suficientemente fuerte cómo para soportar el capricho de un Dios enajenado. No queda ningún edificio en pie porque las paredes sobre las que descansa cedieron allí mismo y enterrándolo entre los escombros vio que estaba completamente confundido.


Y con el último hilo de vida que quedaba en su interior intentó mirar al cielo y preguntarle a Dios. Porque aunque la muerte no significara nada sentía tanto miedo a morir, y ciertamente El Iluminado estaba muriendo. Sus huesos se resquebrajaban, la piel se curtía, la carne se deformaba y su cráneo se iba haciendo cada vez más estrecho. Buscó a Dios en su final y no encontró nada más que miedo y angustia. Mientras las paredes danzaban sobre su muerte, su funeral nunca iba a poder brindarle la paz que brevemente conoció cuando resurgió de entre los escombros. Y lloró muriendo mientras la sangre brotaba de su cuerpo. Sangre amarilla y mocos rojos de entre sus ojos. Y justo cuándo ya no quedaba nada de él sólo un último trayecto de la sangre hacia su cerebro le pidió a Dios que por favor le volviera a contar ese cuento, que le consolara, que le quitara el miedo, que le devolviera la fe en la eternidad, ¡qué le ayudara a morir! Pero Dios, por encima del hombro y sin mover la boca ni los ojos..., sin ni siquiera existir le dijo con la luz divina que nada de aquello existía, que todo había sido siempre una broma.

tabaco y ron

¿Quién no se muere un poco cuando se muere una madre? Intentemos aceptar el duelo pero en realidad sólo nos volvemos más insensibles, cosa que nos vuelve flores de metal.

My bad queer son

Sin expectaciones, ni aciertos. Sin juzgarme a mí mismo ni mis desviaciones mentales, ni mi amor por lo punky raro weird y queer, pero sí por el camuflaje. Ese que perjudica al mundo entero y los vuelve tontos y vagos. La gente no sabe guardar secretos. Escupo con asco al recordar mi pasado. Te escupiría con cariño al verte cara a cara. No eres ni mi hija ni mi sobrina, así que aparta de mi camino, niño deforme. No quiero nada de ti, ni siquiera tu atención, talento, ni cariño. ¿Es que cuándo lo vas a puto entender? No quiero nada de nadie, porque nunca he recibido nada de nadie. Y lo digo llorando como un puto crío, y a la vez lo digo serio, con los ojos muertos y los labios secos de fumarme tu alma a cada cigarro que me eché en tu compañía. No me arde el recuerdo, me arde haber sido humano, como esa estúpida canción de un alien y y una estación de trenes, ¿qué quieres, acaso quieres que llore? Pues lloraré, pero nunca sabrás cuánto lo echaba de menos. ¿Qué quieres que de verdad llore por todo lo que he vivido? ¿Qué quieres, acaso, A*, quieres verme llorar? Lloraré toda la eternidad, toda la vida de un cogollo, toda la vida de una flor silvestre, toda la existencia de una margarita, toda la esencia de una amapola; pero te advierto de antemano que lo que saldrá de mí no será humo, sino cianuro en polvo. Y en mis lágrimas de impotencia y decrepitud, dolor y abuso sólo habrá un concepto clave: estrés postraumático y amor tardío.

¿Quieres que de verdad me abra más, que te explique algo que ya conoces? Soy una persona no binaria, no me importa absolutamente nada que no sea no perder el tiempo o aburrirme. Oh, vaya, de verdad que se me han secado las lágrimas. De verdad que se me ha cerrado el alma. De verdad que no puedo tragar ni un trozo de pan. Bebo agua como si fuera comida. Como arroz como si fuera una manzana podrida. Y sé que no es tu culpa, sólo que no entendí que tenía que hacer tantos sacrificios por cuidarte. No era tiempo para cuidarnos, era tiempo para crecer. Escribo esto con la garganta seca, llena de la más terrible amargura. Hiel con humo. Con dolor. Porque sé que ese dolor será eterno, mamá. Ya tendré tiempo de llorarte, pero no importa, no te culpo de nada, he aprendido a saber diferenciar a las personas rotas, de las personas sanas: y por suerte, las personas sanas están más locas que yo. A ti te guardo cariño y distancia, gracias a que existe el mar y los barcos. Escribo con hambre, con hambre de ti, y frío con frío espectral. Pero no me importa. No me importa ni el hambre ni el frío, ¿sabes por qué A*, porque sé con certeza que las sirenas sí existen. Sólo hay que trabajar en ello, no hace falta ponernos sujetador los dos para poder hacer ejercicio. Barrer la casa, limpiar el salón, tender la cama. Te quiero ver bien, y por eso respeto tus medidas de precaución, yo sólo intentaba mostrarte de lo que soy capaz sólo por estúpidamente ganar. Soy capaz de sacrificar a mis cachorros si hace falta, soy un depredador, un lobo sigma y feroz. Que sobrevivan los que se forjan en fuego arena y sal. Y sé, aunque no lo creas, que estás forjada en ello. Sólo te falta confiar un poco más en tus camaradas de SMA. Así como confiamos en ti. No hay nada que no se pueda salvar o vengar. Sin embargo, para esas labores hay que ser muy cuidadosos. Te pondré un ejemplo: No es lo mismo si yo digo que esa canción de mamá soy humano no se qué es hermosa y punto, que si digo; qué hermosa es mamá y su humano. Por eso el malentendido de la otra vez. No quiero competir contigo, pero ya que has vivido en mis tripas, sabrás que soy exactamente igual que tú. Estoy serio, es hora de ir a dormir. Buenas noches, cariño. Por cierto, hay que ser más desconfiado de la gente, o no otorgarles tu energía, cuídala, así como yo intento cuidar la mía cuando interactúo con 1 o 2 contactos. O incluso contigo. Soy frío, cuando me dicen que no, es que no. Sin embargo cuando me dicen de momento, espero, como un perro verde con collar de púas y un tanga de leopardo.






03/06/26

Póstumo

Dedicado a Santiago

Con una sonrisa en la cara me dirijo a la máquina de café portátil de casa. Enciendo la cafetera sin ningún sentimiento alguno. Hiervo el café, suavemente como una inyección de cianuro en la vena de mi primer bebé nacido del amor más transverso. Espasmos y pesadez mental, como cuándo una mujer mayor da a luz a un bebé nacido de una violenta perforación. Intento calmarme. No lo logro. Negatory. Voy a ser honesto con todos vosotros. Ayer casi me da un ataque de pánico. Y cuando los síntomas subieron escalando como cucarachas a mil por mi cabeza supe que estaba en alto riesgo. A un pelo de morir. Me desperté asustado y temblando de pánico y terror para niños pequeños de pies descalzos. Como una arpón en el dedo meñique. Cagado de miedo. Había visto de cerca a los Iluminatis por tercera vez consecutiva. En un extraño ritual en el que me forzaban a participar de sus actividades. No tuve opción a negarme. Hablaron en mi idioma, me dieron instrucciones pero yo me negué en rotundo cuando vi que la vida de mis hijos dependía de ello. Mis hijos no iban a pagar por los pecados que yo cometiera. Ni tampoco iba a suicidarme dejando a mis hijos traumatizados y muertos de miedo, yo tenía que sobrevivir a toda costa, medio cojo, ciego, tullido, sin dientes, y probablemente, por desgracia, con total seguridad, sin mi miembro viril. Estaba en clara desventaja, había nacido para perder; sin embargo eso no significaba que no me iba a defender con todas mis ganas. Iba a hacer un claro pvp de uno contra 6. Un vídeo pornográfico probablemente grabado por algún extranjero de mierda. Por suerte, no me afectaba en absoluto, ya que yo era un sociópata integrado. Esa carta me salvaba de todo remordimiento y de todo dolor que podría desencadenar en la pérdida de control de mi vida. Todavía estaba calentando cuándo me despertó el dolor de cabeza. Habré dormido unas pocas dos horas. La escalada mental es complicadísima. Tienes que dormir poco a poco, porque tienes el sueño destruido. Y ello implica cansancio lento. Y probablemente una fatiga profunda. La muerte por fatiga es acojonantemente sublime. No deja ni la sangre en el asfalto. Estás marcado con una cruz roja sobre tu cabeza. ¿Si ya estabas marcado para el asesinato, tendrías el valor de pelear por morir lento?

II

Cuando desperté de la pesadilla entendí que no había sido sólo una pesadilla nocturna, sino que era la presentación de aquellas bestias a las que nos enfrentábamos los de SMA. Habían hecho un consejo de guerra, y nos habían marcado para destruirnos. Aniquilar el amor de nuestros corazones y follarse a nuestros bebés. Allí supe que tenía que hacer algo. Yo no era el mejor luchador, ni tampoco el más esbelto ni el más fuerte, pero yo a pesar de tantos problemas físicos, estaba forjado a nervio y agilidad. 

III

Tenía la daga más pequeña del grupo. Todos ellos eran monstruos con espadas kilométricas y dagas forjadas en sangre de Cristos muertos. Y yo sólo tenía una pequeña daga que logré forjar con mi padre. Una de metal templado, pero de manija de hueso marino. Una daga heredada de la familia, pero que era muy útil. Los vi a todos, ellos eran reales. Y yo también. Estaba en otra dimensión, con entes gigantes y crudos. Y yo sólo era un humano que estaba cerca de la sobredosis de pastillas, encima, por estúpido, mezcladas con alcohol. No pretendía suicidarme. Yo nunca haría algo así. Yo pretendía ponerme al límite. El efecto de pesadilla se mantiene aún ahora cuando escribo estas letras. Sin embargo, la paz que me da estar en mi catedral no me la quitan ni siquiera los gigantes que me terminaron atravesando con una espada Cristal. Muriendo rápido y sin posibilidad de despedirme de este mundo. 

V

Me puse serio.

VI

Me puse muy serio.

VII

Entonces me dispuse a dormir después de 6 días sin dormir prácticamente nada. Había mentido a todo el mundo respecto a eso, y las consecuencias iban a ser tremendas. Entre otras cosas conocer a esos Entes. Los vi como si yo fuera un juguete al que levantaban de las piernas y los brazos, hasta dislocarme los hombros y romperme parte de la espalda. Se reían mientras lo hacían. Se reían con viveza y alegría. Ellos se estaban riendo de mí. ¿Cómo era posible que a Vorj le sucediera eso? Era imposible evitar lo inevitable, observando el sadismo, supe de inmediato, y en ese momento que había muerto.

VIII

Tenía dos opciones, el cielo o el infierno. O sucumbir ante el fantasma y estar en el purgatorio. Elegí purgatorio. Y allí empezó todo. Nuevamente me tocó vivir aquel sueño perverso. En el que las bestias llevaban las máscaras de mis seres queridos. Mi hermana, mi padre, y mi madre. Atavismo también estaba muerto y desfigurado. Tenían la máscara de mi novio. Y eso me hizo entrar en calor. Fue entonces que a la quinta vez del bullying decidí clavarle la daga justo en el labio inferior al más pequeño de ellos, y tratar de paso, en probar su sangre. Era un consejo que Ytchz me había dado. Así que obedecí sin objeciones. La sangre brotó como mayonesa en el estómago de alguien que no tiene apetito ni puede tragar ningún trozo de pan. Terror absoluto.

Eran ocho en total, ¿Cómo iba a librarme de ellos? Yo era humano. Eso me daba una ventaja extrema y letal. Podía morir llevándome a ellos conmigo. El precio no era muy caro, dadas las circunstancias. Ahora me río porque sólo a mí se me podía ocurrir lo de hacerle un piercing en el labio a un ente espectral y que este llorase por lo agudo del daño. A veces Exodum era fantasmal y eso me gustaba de él, a pesar de ser un fantasma, me hacía sentir poderoso y respetado. A fin de cuentas qué más daba vivir cerca de Atavismo, amarnos y cuidarnos, si yo iba a seguir oliendo mal. No te confundas muchacho, aprendiste a fumar recién a los 33 años, y eso que llevas desde los 20 con ese tonteo tonto. El alma es más fuerte que el cuerpo. A veces sólo hace falta respirar aire puro.

IX

Desperté meado y cagado. Tuve que tirar el colchón a la basura, pero por suerte, a lo lejos, en la pared, había una araña. Una araña preciosa de color rojo.