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03/06/26

El Mendigo y el Iluminado

Al borde del camino había un Mendigo. Llevaba más de treinta años pidiendo limosna a los viajeros. Sentado sobre una pequeña caja de madera muy sucia, el Mendigo extendía su vieja gorra y decía: «por favor, una ayuda para el hambriento».

Una mañana llegó un Iluminado y el Mendigo, debilitado porque hacía días que ningún viajero cruzaba por el Camino y le daba para comer, extendió su gorra y dijo, como solía: «por favor, una ayuda para el hambriento…».

    «No tengo nada para ti» respondió el Iluminado. Y al observar el deplorable estado en que se encontraba el Mendigo, le preguntó: «¿Por qué vives así, dependiendo de los viajeros para comer?».

«Soy muy pobre y muy viejo. No tengo fuerzas para trabajar» respondió el Mendigo.  

Y en seguida se apercibió el Iluminado de la caja tan extraña que el Mendigo utilizaba como asiento. «¿Qué hay dentro de esa caja en la que estás sentado?» preguntó como con hondura de pronto.

«¿De esta caja? No lo sé. Nunca he mirado dentro. Creo que nada».

«Mire dentro, por favor» ordenó sonriente y vigoroso el Iluminado.

«Será mejor que mire usted mismo dentro. Yo estoy medio ciego, incluso aunque dentro hubiera algo de valor, no sería capaz de verlo: ningún brillo me sorprende ya. Sea lo que sea que haya dentro, puede quedárselo, seguro que le pertenece a usted mucho más de lo que me pertenece a mí».

Defraudado por aquella indisposición, pero celebrando la generosidad pusilánime del Mendigo, que se levantó torpemente del asiento mientras el Iluminado se le acercaba, levantó la tapa de la caja de madera y miró adentro. Tras un breve momento de espantosa confusión, al fin lo comprendió todo.

¿Y qué fue lo que vio el Iluminado allí dentro? ¿Qué verdad más brillante y valiosa que la moneda más brillante y valiosa? ¿Qué fue lo que definitivamente comprendió? Que era su propia cabeza lo que estaba dentro de la caja, mirándole a él con pasmo absorto. Irritado por aquel truco tan barato, indigno sin duda de la sorpresa de un Iluminado, cogió su cabeza, la sostuvo en su regazo y se tambaleó por el camino unos pocos pasos hasta que cayó mortalmente agraviado.  

    Todos los tesoros están malditos y todas las moralejas son mentira.


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